Actualizado el 27 de noviembre de 2011

La juventud de un caimán

Por: . 24|11|2011

Quince años, más o menos, ha sido el plazo que la contemporaneidad ha fijado para marcar la separación entre la sucesión de las generaciones literarias, casi siempre promovidas por una revista que las representa.

Si pensamos sólo en el ejemplo cubano, son claras las fechas de fundación de las más caracterizadas revistas literarias de nuestro siglo XX.

Cuba Contemporánea se funda en 1913, el año en que uno de los integrantes de esa primera generación republicana que ella representa, Regino Boti, casi refunda la poesía cubana contemporánea con su libro Arabescos mentales; la Revista de Avance aparece en 1927, catorce años después, como la mejor representación de nuestro vanguardismo; diecisiete años más tarde, tras algunos intentos generacionales menos trascendentes (Verbum, Espuela de Plata, Clavileño, Poeta, Nadie parecía), Rodríguez Feo y Lezama Lima fundan Orígenes; pasan quince años hasta que, en 1959, Guillermo Cabrera Infante y Pablo Armando Fernández editan el primer número de Lunes de Revolución.

Han pasado apenas siete años de la edición del magazine que mejor representó a la generación de los años 50, cuando Juventud Rebelde, el órgano de la Unión de Jóvenes Comunistas, acoge como suplemento una revista de jóvenes intelectuales. Se llamaría El Caimán Barbudo por la ocurrencia del artista plástico —español y cubano— José Luis Posada, quien claro que también dibujó su imagen. La representación era sintética y terminante: la imagen de Cuba, pero con las barbas de la Revolución.

La historia, como todas, tiene sus circunstancias concretas.

Previamente a la aparición de El Caimán… había existido el grupo editorial El Puente. Pero su historia me parece que tendría que ser objeto de un estudio particular, que hace tiempo se viene necesitando.1

Se supone que los que le abren camino, los que le hacen espacio al desempeño inicial de una generación literaria y artística, son aquellos que también cronológicamente llegan primero. Tienen que tener, además, la voluntad de desempeñar ese papel, y tienen que llegar también con un trabajo intelectual que apuntale de algún modo ese liderazgo.

Creo que ese fue el caso de Jesús Díaz, el fundador y primer director de la nueva publicación. Díaz había nacido en 1941, en los mismos umbrales de la nueva generación de intelectuales que, a mediados de los años 60, está pugnando por aparecer.

Jesús había pasado a dirigir la página cultural de Juventud Rebelde. Ya desde entonces me llamó a mí, que fui su alumno en la Escuela de Letras, para que le ayudara, no sólo entregándole colaboraciones propias para el periódico, sino sugiriéndole y de algún modo “reclutándole” jóvenes colaboradores, especialmente poetas, porque Jesús —un profesor-narrador aislado del mundo literario— no tenía idea de lo que pasaba en la joven poesía.

Ocurría que, por la proximidad de las edades, habíamos hecho una amistad que superaba la distancia que suele existir entre profesor y estudiante.

En 1965, un poco antes de ocupar la responsabilidad de la página, Jesús sorprende a todo el mundo ganando el premio de cuento en un concurso súbitamente convocado. Concursaba únicamente un cuento y ahora no recuerdo si la temática era libre o se cerraba en torno al asunto de la zafra azucarera. Recuerdo que Onelio Jorge Cardoso era el presidente del jurado y quedó encantado con el relato de Jesús.

El cuento de Jesús que ganó, aparecería después en su libro Los años duros. Se titulaba “¡No hay Dios que resista esto!” y era la experiencia de un cortador de caña voluntario que observaba, sufría el duro mundo de trabajo en el que debía subsistir por un corto tiempo, y barrunta idear la excusa fraudulenta para ausentarse y liberarse del esfuerzo.

La rudeza con que se exponían las condiciones de la vida en un campamento de cortadores, y la dureza de la representación del trabajo en el cañaveral, sacaban al cuento del habitual tono propagandístico, del frecuente edulcoramiento con que se presentaba el asunto en los intentos literarios de entonces. El propósito de esos textos, era exaltar un esfuerzo físico que se hacía imprescindible para el país en tiempos en que el corte todavía era manual y claro que casi habían desaparecido los cortadores de otros tiempos, cuando la zafra era uno de los alivios al desempleo en el país. El cuento de Jesús había colocado el trabajo, además, en una dimensión ética.

En febrero de 1966, apenas unos meses después, su libro Los años duros ganaba el premio de cuento en Casa de las Américas.

Ese libro incluía el cuento premiado un poco antes pero, sobre todo, dejaba inaugurada una línea narrativa que poco después sería llamada “cuentística de la violencia”, una épica de los años iniciales de la Revolución, a la que pronto se sumarían Condenados de Condado (1968), Premio Casa, de Norberto Fuentes, y La guerra tuvo seis nombres (1968), Premio David, de Eduardo Heras León, quien, ya en 1970, entregaría su mejor libro: Los pasos en la hierba, mención en el Premio Casa de las Américas.

En cualquier caso el premio de Jesús, y su libro, lo colocaban en un lugar especialmente ventajoso para emprender la tarea que habría de empezar enseguida. La idea de publicar una revista de jóvenes intelectuales surge inmediatamente después del Premio Casa de Jesús Díaz.

Miguel Martín, entonces primer secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas, acuerda con Jesús la aparición de la publicación, que editaría su número inaugural en mayo de 1966, como suplemento del diario Juventud Rebelde.

La idea era dar un órgano de expresión a la que debía ser una nueva intelectualidad cubana. Ese era el propósito que animó desde el primer momento la aparición del magazine.

El hecho de que apareciera como suplemento del diario, implicaba que tendría una enorme tirada. Ese acompañar a un diario de gran circulación le daba a la publicación un alcance muy grande, y la obligaba a circular entre un público que no era el habitual de una revista de ese tipo.

Desde su fundación, El Caimán Barbudo no quiso ser únicamente una revista artístico-literaria. Quería, como ha seguido queriendo después, ser una revista cultural en la más amplia dimensión de la palabra. Un grupo de colaboradores vinculados al Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, incursionaba por caminos que podían tornarse de difícil tránsito si tenemos en cuenta las polémicas de la época en torno a la validez de las diversas aproximaciones al marxismo. Hoy, algunos entre esos nombres (Fernando Martínez Heredia, Aurelio Alonso, Hugo Azcuy, Oscar Zanetti, Ricardo Jorge Machado) se han convertido en voces decisivas de nuestras ciencias sociales.

Quizá, una publicación como esa, debió demorar más en aparecer, pero la vida no tiene en cuenta ciertas simetrías. Si nos atenemos al que había sido, en la historia cultural de Cuba, el lapso de una publicación generacional a la otra, la fecha adecuada para la aparición del Caimán habría sido 1974, más o menos quince años después de aparecida Lunes de Revolución. Para esa fecha, sus editores habríamos andado alrededor de los treinta años: la edad de Mañach, Marinello, Lezama, Cabrera Infante o Pablo Armando cuando hicieron sus revistas, porque no sólo la revista fue prematura sino que también sus editores eran demasiado jóvenes.

Pero, de haber sido así, de haber observado esas regularidades, El Caimán… habría tenido que aparecer en el puro centro del Quinquenio Gris, cuando el condicionamiento negativo de la vida cultural cubana era tal, que la publicación no podría haber dado expresión legítima a la aparición de una generación intelectual.

Cito apenas un ejemplo: un poeta como Raúl Hernández Novás nació en 1947, apenas dos años después que Lina de Feria y Raúl Rivero; tres después que Luis Rogelio Nogueras, Nancy Morejón y Víctor Casaus. Yo creo que RHN es integrante de la generación de esos autores, que es la mía, pero sólo va a poder expresarse en los años 80.

La poesía de Raúl no tenía espacio ni posibilidad para editarse cuando empezó a escribirse, en la década de los 70. Los libros de Hernández Novás tienen que esperar los años 80, cuando haya caducado el Quinquenio Gris, para poder editarse y circular.

Hay que decir que la Revolución Cubana fue un hecho esencialmente pragmático, fue un proceso revolucionario apenas sin teoría, e incluso llevado a cabo contra las teorías existentes. “Se podía luchar con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército”, se decía entonces.

La dirección de Fidel Castro aúna a todo el pueblo que quería librarse del régimen de Batista. El Ejército Rebelde, nutrido en gran medida por campesinos, pero también por obreros y estudiantes, logró derrotar a las fuerzas de la tiranía. También fue pragmática la Revolución en el poder. Aunque existía el programa del Moncada, resumido en La historia me absolverá, Ernesto Che Guevara dijo alguna vez que el único acto original de la Revolución fue la Reforma Agraria, que desató el enfrentamiento con los Estados Unidos.

Todos los demás actos de la Revolución, hasta la proclamación del socialismo en 1961, fueron “contragolpes”, respuestas impuestas por la vida a las agresiones norteamericanas.

Si la Revolución Cubana fue pragmática y poco teórica, mucho más se fue del lado de la práctica la juventud que ella quiere formar como vanguardia. La UJC estaba empeñada en un sinfín de trabajos entre los que no se jerarquizaba el trabajo con los intelectuales.

Si los que fundamos El Caimán todavía no estábamos preparados para el empeño que implicaba la revista, creo que tampoco lo estaba la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) para atender a los jóvenes intelectuales. Eran tareas que todos teníamos que aprender.

La existencia de grupos intelectuales siempre ha sido importante en la aparición de jóvenes promociones y en la propia creación artística y literaria, pero un grupo de ese tipo se veía en esos años como una “capilla”, como una “piña”, y esa fue una de las mayores injusticias que algunos propalaron de ese momento del Caimán. No creo que haya un solo escritor joven que mereciera ser publicado en 1966 y 1967, que no apareciera con algún trabajo en el magazine, aunque los editores tuviéramos nuestra propia estética como creadores. El Caimán… se editaba mensualmente: treinta y dos páginas cada treinta días eran pocas para cubrir los reclamos de los jóvenes escritores y artistas.

Últimamente he visto aparecer la idea de la existencia de un Caimán homofóbico. Alberto Abreu Arcia la pone en circulación del modo más elemental. Cita el editorial del número inaugural de la publicación:

Conscientes de la profunda militancia, y que los dogmas no han hecho siempre sino frenar el desarrollo de la cultura, alentaremos la investigación en todas las esferas sin olvidar que somos hombres de una época, hombres de una revolución, hombres de la Revolución Socialista de Cuba, y que a ella nos debemos.

Escribe enseguida Abreu:

La vehemencia con que se reitera el sustantivo hombre no es accidental. A través de este acento podemos inferir el papel y el status que cobra el cuerpo masculino como ideal normativo de la escritura y el lenguaje dentro de la nación. Por lo que resulta primordial atender a este momento de los años 60 en que la masculinidad se torna en objeto de vigilancia como alegoría de la salud de la nación.2

Pero creo que hombre, además de designar al macho de la mujer y también al heterosexual masculino, designa genéricamente una especie, el homo sapiens. Abreu Arcia le está exigiendo a aquel editorial de los años 60, el manejo de un lenguaje de género que entonces era inexistente. Calculo que razonando así, tendrá que echar abajo como machista al mismísimo Protágoras por su alusión al homo mensura. Me parece muy poco serio el reproche de Abreu.

Cuando no pudimos publicar algún autor gay, no fue nunca por decisión de los escritores que hacíamos la publicación, sino del Comité Nacional de la UJC.

El libro de Abreu, a pesar de haber sido premio en un concurso tan prestigioso como el Casa, está lleno de imprecisiones que podían haberse salvado con un poco de cuidado. Coloca la aparición del Caimán antes de que Jesús fuera premiado por Los años duros y pone al propio Jesús a firmar el manifiesto “Nos pronunciamos”, que era exclusivamente de poetas.3

El manifiesto “Nos pronunciamos” era una afirmación de la poesía conversacional, que tenía, como era de esperar, sus adversarios. Pero ningún manifiesto, ni siquiera las ácidas declaraciones de los surrealistas, supone la extinción del resto de las poéticas posibles.

Yo recuerdo haberle propuesto a Miguel Barnet y a Nancy Morejón que lo firmaran. Ambos declinaron la propuesta, seguramente con buenas razones Hay quien prefiere hacer su poesía sin que un manifiesto la anuncie y Nancy y Miguel, excelentes poetas, tenían una obra más encaminada que los desconocidos firmantes del “Nos pronunciamos”. Nos los perdimos en ese sentido, pero también ellos, al igual que Lina de Feria, publicaron en ese momento inicial del Caimán.

Miguel Martín, primer secretario de la UJC al fundarse El Caimán Barbudo, se hizo cargo casi enseguida de la Secretaría General de la CTC, y la nueva dirección de la UJC no fue propicia a la existencia del magazine y a la tarea que hicimos sus fundadores. Como se vio después, no querían una publicación que fuera expresión de una nueva generación intelectual. Aceptaban la publicación como un mecanismo para promover la cultura en la organización, y trabajar esencialmente con aficionados.

Cuando, en enero de 1968, cambia la dirección del Caimán, se publica en el número 18, el que abre la llamada Segunda Época, un editorial escrito por Félix Sautié, el nuevo director de la publicación, que quiere “reorientar” sus propósitos. El texto subrayaba que

El Caimán Barbudo no debe ser considerado el órgano de los jóvenes intelectuales. Esta expresión esquemática e impropia no puede servir para caracterizar lo que ha de reflejar y ser El Caimán Barbudo.

Y precisaba enseguida:

La expresión trabajadores intelectuales o jóvenes intelectuales reduce y enmarca el campo de la actividad cultural a un estrecho compartimento, la desvincula de la práctica, la aleja de la Revolución.

Desconociendo rotundamente a Antonio Gramsci, el marxista que mejor ha explicado la función del intelectual revolucionario, el autor borra (en el papel) las fronteras entre trabajo intelectual y trabajo manual. No es extraño que termine rechazando la misma existencia del intelectual.

Tengo la certeza de que ningún proceso cultural, de la índole que sea, aparece súbitamente. Tiene siempre un proceso de incubación, de preparación en que  se van allegando los componentes que, en un momento dado, pondrán a funcionar el fenómeno en cuestión.

El novelista Lisandro Otero, entonces vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura, había preparado una nueva época de la revista Revolución y Cultura, tradicional órgano de prensa de la institución. Del tabloide que había sido, se convirtió en una revista presillada que no cuidaba mucho su imagen externa: se hacía en papel gaceta y se imprimía su portada en blanco y negro pero, como contrapartida, reunía muy interesantes trabajos sobre la cultura mundial. Creo que Lisandro quería, salvando todas las distancias, inspirarse en la factura de Les Temps Modernes.

En el número 3 de RC, como se le conocía, apareció un trabajo del comandante Jorge Serguera titulado “El intelectual y la Revolución”. Aquí, Serguera desplegaba ideas coincidentes con las de Sautié, aunque me importaría destacar una diferencia.

El ensayo del comandante Serguera era la exaltación de la práctica, del trabajo manual y jerarquizaba lo que era muy necesario en esas circunstancias del país, en especial con respecto a la “Zafra de los Diez Millones”, que ya se avizoraba. Estábamos aún lejos del corte cañero mecanizado. El ensayo de Serguera, claro, desconocía la función del trabajo intelectual en la sociedad, y motivó la renuncia en pleno del prestigioso Consejo de Redacción de RC.

En el editorial de Sautié la pretensión era que, como se descalificaba la expresión y la condición misma del intelectual, nadie pudiera asumir el liderazgo de lo que no debía existir. Si había un liderazgo, debía ejercerlo el dirigente político. En el caso de los jóvenes escritores y artistas que se reunían en El Caimán, el propio Sautié, que era su director.

Creo que este “antintelectualismo” será una entidad preparatoria del Quinquenio Gris. No me parece casual que Sautié devenga la segunda figura del Consejo Nacional de Cultura en 1971.

El famoso “caso Padilla” está asociado al inicio del Quinquenio Gris y se ubica en esos años que van de 1968 al 71, cuando tiene lugar el I Congreso de Educación y Cultura que, prácticamente, deja establecido el Quinquenio.

Pero el caso Padilla comienza también en El Caimán Barbudo, y está hondamente vinculado al fin de la primera época del magazine.

En 1965 Guillermo Cabrera Infante, que se desempeñaba como consejero cultural de la Embajada de Cuba en Bélgica y Luxemburgo, había obtenido el Premio Joan Petit Biblioteca Breve, conferido por la Editorial Seix Barral, con un libro que se llamaba Vista del amanecer en el trópico. Ese mismo año había fallecido Zoila Infante, la madre del escritor, y GCI vino a La Habana para asistir a sus funerales. Trajo su novela premiada y aún inédita. El mundo literario habanero recibió con alegría el importante premio para el exdirector de Lunes de Revolución. Las revistas literarias del país prepararon ediciones de capítulos de la novela y yo, que por entonces era secretario de redacción de la revista Cuba, tuve la oportunidad de conocer personalmente al escritor, cuando acudió a la redacción de la revista, entonces situada en un sótano del actual edificio de las FAR, en la Plaza de la Revolución, que entonces albergaba al Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA).4 Cabrera Infante llegó allí para saludar al director de la publicación, su amigo Lisandro Otero, y para conceder una larga entrevista que editó la revista.

Como yo también colaboraba en la redacción de la revista Casa, tuve en mis manos la copia mecanográfica de la novela de GCI. La revista —que ya dirigía Fernández Retamar— publicó el capítulo titulado “Seseribó”. La novela repetía la estructura que Cabrera Infante había dado a su libro de cuentos Así en la paz como en la guerra, que tuvo cuatro ediciones cubanas por esos años.

La trama novelesca, la historia de los “tigres” en La Habana nocturna y cabaretera, alternaba con viñetas que mostraban la violencia e incluso los crímenes de los cuerpos policiales en tiempos de la tiranía de Batista. Eran las dos caras de La Habana de entonces: la risueña y la trágica.

Lo que ocurrió después tiene al menos dos versiones. Heberto Padilla contó que un policía cubano hizo bajar a GCI del avión que lo devolvía a Bruselas. El propio Cabrera Infante nunca se ha hecho eco de esa versión. Ha escrito que, desencantado de lo que era La Habana y el país mismo, renunció a la diplomacia y pidió autorización para irse a vivir a Europa. Se le concedió. Se fue con sus hijas y su esposa a Madrid y, muy poco después, a Londres, ciudad en la que residiría por el resto de su vida.

Su novela había sido detenida por la censura franquista, en razón de las viñetas que ilustraban la lucha revolucionaria en Cuba.

GCI demoró en tomar la decisión, pero al fin ordenó retirar las viñetas impugnadas por la censura española, y la novela apareció sólo con la historia de La Habana de los cabarets y cambió su título por Tres tristes tigres.

La muerte de su madre, vieja militante comunista, acaso le había liberado para manifestar su desacuerdo con la Revolución Cubana, que ella apoyaba. Lo hizo a fines de 1968.

El año anterior había aparecido en La Habana la novela Pasión de Urbino, de Lisandro Otero, que fuera finalista en el Premio Joan Petit de 1965, donde obtuvo el galardón Cabrera Infante.

El Caimán Barbudo, atendiendo a la repercusión de tenía la edición de la novela en Cuba, organizó una encuesta con tres opiniones diferentes sobre el texto de Otero.

No fueron escogidos al azar los participantes en la encuesta. Sabíamos que el poeta y narrador Oscar Hurtado admiraba la novela de Otero, del mismo modo que conocíamos que el poeta Heberto Padilla, viejo amigo de Lisandro, había manifestado su desagrado por la noveleta. Con uno a favor y otro en contra, decidimos buscar una tercera opinión que se equilibrara entre la aceptación y el rechazo. Pensamos que Luis Rogelio Nogueras, jefe de redacción del propio Caimán, podía dar ese registro intermedio. Bromeando, con esa voluntad de jugar que nunca nos abandonaba, llamamos a las tres opiniones “el ditirambo”, “la diatriba” y “la media tinta”.

Pero la “diatriba” desbordó con creces lo que esperábamos de ella, lo que, en verdad, habíamos solicitado de Padilla: un enjuiciamiento crítico de la novela de Otero, todo lo crítico que quisiera, pero una valoración del texto literario.

Padilla derivó hacia un enjuiciamiento de la propia personalidad de Lisandro, y acusó al que llamó un “oscuro policía que bajó a Cabrera Infante del avión que lo llevaba de regreso a Bruselas”.

Cabrera Infante mismo, jamás contó de esa manera el episodio.

Yo —era mediados de 1967— defendí la necesidad de publicar la respuesta de Padilla tal como la entregó. Hoy, mi criterio hubiera sido diferente. La respuesta no era lo que le habíamos pedido: Padilla la había usado para otra cosa enteramente diferente de lo que se acordó. Usó la publicación como tribuna para decir otra cosa. Pero nosotros éramos incapaces de “censurar” a un poeta. Y nos equivocamos.

Ahí empezó el “caso Padilla” que tuvo su segundo acto con la concesión a fines de ese propio año del premio de poesía de la UNEAC a su libro Fuera del juego, impugnado en un prólogo por la propia editorial que lo concedió. En 1971 Padilla es detenido y enseguida hace su sainetesca “retractación”. Unos años después, abandonó Cuba.

Hoy también creo que Fuera del juego no debió ser convertido en un libro maldito Si lo quería ser, que lo fuera por cuenta propia. Pero lo ayudamos.

Todavía, en su libro del año 2007, que he venido citando, Abreu Arcia escribe sobre Padilla, considerando tanto su opinión sobre la novela de Otero como su “Respuesta a la redacción saliente”:

¿Cómo leer a la luz de los años transcurridos los dos textos que aporta Padilla a esta polémica? ¿Qué razones lo compulsaron? ¿Lealtad al amigo, respeto o deslumbramiento por su obra o la que quizás pudiera ser todavía más admisible: la defensa apasionada de un modelo escritural que se erige como alternativa frente a otros? ¿Acaso estamos frente a un nihilista, un francotirador o un intelectual que se asume como conciencia crítica? Admito que no tengo respuesta para estas preguntas, pero me es inevitable formularlas.5

Yo creo que tengo una respuesta a las dudas no resueltas de Abreu Arcia. Al menos, tengo mi respuesta.

No recuerdo si fue exactamente tras la impugnación de Fuera del juego, cuando varios escritores firmamos una carta que se dirigiría a los más altos niveles partidarios para interceder por Heberto Padilla. Entre los firmantes de esa carta estaba el poeta salvadoreño Roque Dalton, que admiraba a Padilla y, tiempo atrás, había escrito una elogiosa nota sobre El justo tiempo humano. En esos días lo encontré y me dijo lo siguiente, que reproduzco de memoria: Hablé con Heberto y le dije que planeábamos escribir una carta. Me dijo: “No te metas. Esta es mi pelea con la Revolución”. ¿Ah, sí?— le respondí—. Muy bien, pero no es la mía.

La acción de Padilla le parecía el proceder de quien se construye un expediente de actuación contra la Revolución. La carta no llegó a enviarse.

Me parece que estas incidencias, estas confrontaciones fueron de importancia, para bien y para mal, en el inmediato devenir de la cultura cubana.

El Caimán Barbudo ha tenido, desde entonces, muy diversos momentos, creo que hondamente relacionados con el desarrollo de nuestra cultura. Yo, apenas, he contado un instante de ella. Lo importante, de cualquier manera, ha sido la perdurabilidad de la revista, el haber sido expresión de varias generaciones de intelectuales cubanos, en sus 45 años de existencia.

Una historia más completa debía abarcar mucho más del espacio que han concedido las bases de este concurso para emprenderla. Pero esta es ya la muestra de la voluntad de tener en cuenta esa historia y aprender todo lo que ella es capaz de enseñarnos. Será, no me cabe duda, una historia que no se ha escrito todavía, pero de la que no se podrá prescindir para entender la cultura cubana de aquellos años y de estos.

NOTAS

[1]. De momento, remito al lector al interesante dossier que, sobre El Puente, editara La Gaceta de Cuba, julio-agosto de 2005.

2. Abreu Arcia, Alberto: Los juegos de la Escritura o la (re)escritura de la Historia, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2007, pp. 79-80.

3. Abreu Arcia, Alberto: Ob. Cit.

4. Hay que destacar que la revista CUBA se llamó primero INRA, la dirigía Antonio Núñez Jiménez y radicaba en el mismo lugar donde comenzó a hacerse luego CUBA.

5. Abreu Arcia, Alberto: Ob. Cit., p. 121.

Categoría: Artículos | Tags: | | | | |

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados