Actualizado el 21 de diciembre de 2011

Caimán con muchas historias que contar

Por: . 21|12|2011

No sé si en algún tratado teratológico de la Antigüedad o en algún bestiario de la Edad Media existió, junto a las aves fénix, los grifos, dragones, basiliscos, salamandras y mantícoras, algún saurio con patillas. Lo cierto es que en esta isla del Caribe habita desde hace 45 años un ejemplar raro como el descrito, nada menos que un caimán barbudo, que bien pudiera llamarse saurio cubensis barbadensis, el que ha visto muchas veces las barbas de sus vecinos arder y ha puesto en remojo las suyas, por más que en algunas ocasiones saliera chamuscada.

Este caimán letrado tiene muchas historias que contar, y para ayudar a  descubrirlas sus favorecedores convocaron a un concurso, en el que tuve la  suerte de ser jurado, y el honor, todavía mayor, de entregar uno de sus premios  al maestro Guillermo Rodríguez Rivera, parte de las huestes caimaneras desde sus orígenes como suplemento cultural de Juventud Rebelde, quien con la prosa lúcida y batalladora que lo caracteriza, nos entrega un pedazo de la leyenda más antigua del reptil patilludo de los años 60, que a pesar de su juventud era beligerante y audaz, tanto como la joven revolución en la que se desarrolló y  la nueva intelectualidad  que de ella surgió. Considero muy atendibles todas las aclaraciones, anécdotas e historias  que Guillermo, como protagonista de aquellos años duros, Jesús Díaz dixit, realiza en su texto, sobre todo para los que se atrevan a escribir la saga del Caimán en el futuro. En igual sentido creo que tiene un enorme valor testimonial e histórico el relato que realiza Eloísa Carreras de los primeros años de la AHS, también signados al igual que el Caimán por la desmesura y la energía vital de aquel proyecto, y que del mismo modo tuvo que enfrentarse a la burocracia cultural,  insensible y negada a conceder a la joven organización la necesaria autonomía que sus miembros demandaban. Veinte años después, se siguieron cometiendo parecidos y nuevos desvaríos en la cultura, como si la historia vivida no fuera suficiente para  conjurar a los espectros malignos de la mediocridad y el oportunismo. Hay otros contenidos premiados, pero esos los dejaré para que los descubran por ustedes  mismos.

Entrando en materia de este número, hay varios textos, sobre todo entrevistas, que arrojan luces y sombras sobre aspectos candentes de la realidad cultural cubana actual. Una de esas conversaciones versa sobre el videoclip cubano y los celebérrimos Premios Lucas, y  la vieja querella de si se trata de un  resultado estético válido o  no  es más que un subproducto comercial para promocionar artistas. Bajo este fuego cruzado, Orlando Cruzata asume todos los riesgos y apuesta por un video clip que, sin dejar de reconocer su condición efímera y hasta superficial, logre tocar las fibras más profundas de quien lo mira, a partir de la sensibilidad artística que tenga su realizador y la propia calidad de la propuesta musical, un binomio que no se puede separar. Creo que el reciente affaire en torno a un deleznable tema cuyo nombre no mencionaré, debe servir de lección a muchos.

Siguiendo con los temas musicales, hay otros  diálogos sumamente reveladores de dos trayectorias,  generacionalmente distantes y distintas, pero unidas por una autenticidad raigal y una insaciable cubanía. El  estimado amigo Joaquín Borges Triana interroga a mi coterránea Ela O’Farrill, uno de los mitos vivientes del filin, sobre su formación y trayectoria, el origen de algunas de sus canciones y su actual trabajo artístico. Como es conocido Ela   fue discípula de Cesar Portillo de la Luz, Clara Nicola y Vicente González Rubiera (Guyún), participó en el Seminario de Música Popular fundado por Odilio Urfé, cantó en los más importantes centros de la noche habanera de los 60  y algunas de sus canciones  fueron  interpretadas por Elena Burke, Olga Guillot, Pacho Alonso, Bola de Nieve, Pancho Céspedes, La Aragón y Armando Manzanero. De su amplio repertorio: Penas, Y puedo vivir, Son cosas que pasan, Mientras duermes, Una melodía, No tienes por qué criticar, Cuando pasas tú, hay una que sobresale, tanto por sus valores como canción como por la  absurda polémica que desató en su momento.  Me refiero, por supuesto a: Adiós felicidad.

Como cuenta la doctora Graziella Pogolotti:

“La aparición del feeling había matizado el ambiente musical de los años 50 con su carácter intimista, con la elaboración de las letras y la renovación de las búsquedas armónicas. El asunto estalló al difundirse un comentario de Gaspar Jorge García Galló, según el cual la canción ‘Adiós felicidad’ no tenía cabida en el socialismo. Pocos tuvieron acceso al texto crítico, pero el comentario se divulgó de boca en boca. La autora de la canción, Ela O’Farrill, recorrió la ciudad hasta encontrar a Fidel Castro en una esquina del Vedado. Interrogado al respecto, el jefe de la Revolución respondió divertido que los desengaños amorosos podían tener lugar en cualquier circunstancia. Escritores y artistas decidieron zanjar definitivamente la cuestión. En la Biblioteca Nacional un foro, con ponencias de relevantes personalidades, clausurado por Alejo Carpentier, se consagró al feeling. El novelista y musicólogo cubano aclaraba que la historia de nuestra música atravesaba por múltiples influencias, tenía poder suficiente para asimilarlas sin perder su carácter. Un concierto multitudinario dio término definitivo al debate.”

Radicada en México desde finales de los 60, Ela le confiesa a Joaquín que: “Para mí lo fabuloso fuera que me cantaran aquí en Cuba, que es mi tierra, mi país. Ese es mi sueño de ahora y de siempre: que en mi patria sigan interpretando mis canciones y que no me olviden”.

El otro entrevistado es uno de los músicos jóvenes cubanos que más admiro, y espero que pronto mi  buen amigo Radamés Giro, en el tomo III de su Diccionario Enciclopédico de la Música Cubana, en la letra O, página 167, entre las fichas correspondientes a los hermanos Eliades Ochoa Bustamante y María Ochoa Bustamante, coloque la de Ochoa, Kelvis. El inefable Bladimir Zamora titula su entrevista: un músico cercano,  y tiene toda la razón, pues su propuesta musical rezuma  cubanía  en cada latido, y no creo exagerar si digo que para mí la cadencia de Kelvis es una mezcla fantástica de Sindo Garay con Benny Moré y con los Van Van. Es decir, Kelvis ha bebido en los veneros más genuinos de nuestra tradición, y ha sacado de allí los jugos nutricios de  melodías que sirven para compartir la nostalgia, para contar amores imposibles, para narrar lo sublime y lo cotidiano y también, cómo no, para bailar.  Estimo que su permanencia entre nosotros, después de algunos años de ausencia que no fueron olvido, vivifica y alimenta las esencias de nuestra canción actual.

Paseando por los bosques de la narrativa, Pedro Pérez Rivero intenta trazar un mapa sobre la ciudad de La Habana literaturizada. Como sabemos, desde Cecilia Valdés hasta Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy, pasando por Meza, Carrión, Carpentier, Lezama y Virgilio, La Habana y sus abismos han sido narrados, fabulados, inventados, negados y dislocados en los textos más variopintos. Esa fascinación por las ruinas, el mar, la luz, la gente y los territorios heterogéneos de la ciudad afloran con notable fuerza en la cuentística de los últimos decenios, marcada a hierro y fuego por el prolongado período de  escaseces que  se dio en llamar, con exquisita ironía, especial, y que nadie sabe si terminó o es un estado del alma. Las fábulas de autores de diversas generaciones como Arturo Arango, Laidi Fernández, Anna Lidia Vega, Ángel Santiesteban, Abel González Melo, Ernesto Pérez Chang, Ernesto Pérez Castillo, Arnaldo Muñoz, Nancy Alonso y Evelyn Pérez González, nos devuelven una ciudad caótica, extraña, inescrutable, paradójica y heterotópica. Uso este último concepto, en el sentido que le otorgó Michel Foucault, es decir,  su visión de la ciudad contemporánea como “(…) un espacio heterogéneo. En otras palabras, no vivimos en una especie de vacío, dentro del cual localizamos individuos y cosas. (…) vivimos dentro de una red de relaciones que delinean lugares que son irreductibles unos a otros y absolutamente imposibles de superponer”. Heterotopía que puede ser leída también como discursos de resistencia civil ante las fallas estructurales de la ciudad y los estados esquizofrénicos o represivos que la misma puede alcanzar en periodos de crisis.

Me referiré, por último, a  un texto que, como historiador debo confesar que constituyó una revelación: nada menos que el secuestro por una célula del 26 de julio del afamado cómico argentino Pepe Biondi, en La Habana, el 4 de septiembre de 1958, meses después de un rapto similar sobre otro argentino famoso, el corredor de automóviles Juan Manuel Fangio. Además de  asombrarse con los avatares y peligros del secuestro, y admirar la valentía de aquellos jóvenes, los lectores descubrirán que entre los implicados estaban dos nombres, uno muy poco conocido, Luis Martínez Bello, quien dirigía a fines de 1958 las acciones de sabotaje en la capital, y el otro un jovencito de quince años que con el tiempo sería uno de nuestros mejores cineastas: Humberto Solás.

Quiero terminar como dice un viejo refrán de la costa caribeña: “Ningún mico se ve su rabo, ni perro come perro ni caimán come caimán”. Aunque quizás este saurio barbudo, como reza una canción: “Come queso y come pan, y toma tragos de ron”.

Diciembre de 2011

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