Actualizado el 27 de diciembre de 2011

25 Aniversario AHS

Por el Pensamiento AHS que sigue vivo

Por: . 26|12|2011

A Omar Mederos, Víctor Rodríguez,
Bladimir Zamora, Raúl Fidel, Verónica Puente,
Alex Pausides, Vicente García, Ricardo Acosta,
Margarita Maciñeiras, Jorge Luis Sánchez,
Luis Alberto García, María Elena Vinueza,
Vivian Martínez, la Puchy, Juan Pin, Rosendo,
y a toda aquella genuina tropa de eternos soñadores,
“de enamorados, cómplices del arte y la cultura.”

Me acerqué al proyecto germinal de la Asociación —de forma casual— en 1985, cuando era solo una joven profesora de Estética proveniente de la carrera de Historia del Arte, que recién se había graduado de Filosofía en esa especialidad, en la Universidad Lomonosov de Moscú. Aquel primer contacto tuvo lugar cuando conocí a Omar Mederos —entonces vicejefe del Departamento de Cultura de la UJC—, en el Coloquio de la Crítica Artística y Literaria de la antigua Brigada Hermanos Saíz, que sesionaba por aquellos días, en el Instituto Superior de Arte. De inmediato quedé reclutada —para siempre— por Omar, otros artistas entonces miembros de esa Brigada, y compañeros del citado Departamento de Cultura de la UJC, para comenzar en el específico trabajo de promoción cultural de los jóvenes artistas e intelectuales en el país y participar en las reuniones fundacionales del comité organizador de la que después fue nuestra querida AHS en la Casa del Joven Creador, para lo cual se congregaban allí las direcciones de las brigadas existentes hasta ese momento (Brigada Hermanos Saíz, la Brigada Raúl Gómez García y el Movimiento de la Nueva Trova). Lo que experimenté a lo largo de aquel fructífero período se entrecruza en mi memoria, es por ello que, en mi opinión, el análisis de conjunto es lo principal.

La aparición de la Asociación, como un novedoso proyecto sociocultural de los jóvenes artistas e intelectuales, surgida al calor del fogonazo cultural y artístico protagonizado por estos a mediados de la década de 1980, en el escenario y contexto cubano, fue no solo oportuno e inevitable sino también imprescindible. Porque el proyecto de la AHS, es una alternativa necesaria, un espacio vital en el que esa joven vanguardia, además de sentirse apoyada, puede encauzar sus inquietudes y preocupaciones, las cuales no están limitadas exclusivamente al arte y la literatura de sus asociados. Además de que siempre existirán jóvenes creadores que precisen canalizar y conquistar espacios para sus novedosos proyectos culturales, artísticos y literarios en una organización de este carácter.

A su vez, la sociedad cubana, para oxigenarse adecuadamente, demanda la presencia de una institución con esa naturaleza sui géneris, en la cual se labore bajo la divisa de luchar por preservar, estudiar y promover mediante las más diversas vías y medios, lo más auténtico y mejor del arte joven en el país, respetando la libertad de creación y las distintas tendencias estéticas existentes, así como la búsqueda experimental acorde con las corrientes más actuales en el plano artístico y académico, con la finalidad de participar desde una altísima responsabilidad social, en la consecución y puesta en práctica de la Política Cultural en el país, y de esta forma servir adecuadamente a la historia, la cultura y la Revolución.

La Dirección que emergió en el I Encuentro Nacional en octubre de 1986, con Víctor Rodríguez como nuestro primer Presidente abrió el camino para el cumplimiento de los objetivos que habían sido trazados, a pesar de las duras batallas que se tuvieron que librar, como le pasa a todo el que comienza a andar.

No hay dudas que los inicios fueron difíciles para Víctor y aquel primer Ejecutivo Nacional, pues se tuvieron que encargar de interminables tareas organizativas, funcionales, institucionales y de promoción cultural; buscar solución a los problemas existentes en cada una de las provincias, acorde con sus peculiaridades; establecer un diálogo sistemático con los responsables del resto de las instituciones y organizaciones del entramado político cultural del país que de una forma u otra debían no solo contribuir materialmente con el trabajo de la AHS, sino también comprender y propiciar la mejor consecución de sus objetivos.

Desde el momento mismo de su aparición, en las provincias, en la Sede Nacional en la capital, y en La Madriguera —lo cual es muy importante si se toma en consideración que la mayor parte de sus miembros están en esta región—, la AHS, a pesar de todos los obstáculos que encontró a su paso, pudo realizar conciertos, exposiciones, muestras de cine joven, encuentros literarios y teóricos, giras artísticas y otros muchos proyectos de relevante importancia que fueron aprobados y auspiciados por la organización.

Asimismo, debo subrayar que otro de los grandes méritos de Víctor, como Presidente, fue convertir a la AHS en una gran escuela para todos los que allí servimos de una u otra manera. Trabajábamos interminables jornadas como en un taller de creación colectiva, en el que no hubo un solo acuerdo que fuera adoptado unilateralmente, siempre se tomaron decisiones colegiadas. Desde entonces no recuerdo haber estado ausente de todo lo que allí se “cocinó —para bien o para mal—”, porque nunca en el Ejecutivo pecamos de creernos inmunes a cometer errores; nada es más ajeno a la naturaleza con la que realizábamos nuestra gestión día a día, dedicados por entero a cumplir con estas responsabilidades, y a entregar lo mejor de cada uno de nosotros para hacer avanzar el Proyecto AHS.

En los primeros meses de 1989, luego de la salida de Víctor, me llamaron para que asumiera la Presidencia, y me encargara de llevar adelante la dirección de la Comisión Organizadora del I Congreso —como la tarea fundamental de mi mandato—, el cual debía celebrarse para a finales de 1991 y con el que se afianzaría la institucionalización de la Organización. Las primeras líneas de la Convocatoria que se discutió en todo el país, venían precedidas de aquellas hermosas palabras del Apóstol: “No hay belleza en la rigidez; la vida es móvil; desenvuelta… muelle, activa; se ha de sentir la carne; se ha de palpar el nervio en el ademán del movimiento”.

Es obvio que la AHS, para que pudiera hacer su trabajo necesitaba estar dotada “de un cabal status legal, que le permitiera obtener los recursos materiales y humanos precisos para obrar. Ello quiere decir tener un presupuesto propio, manejado en consonancia con las particulares características de una institución que tiene entre sus principales retos, prioridades y objetivos, la promoción de los intelectuales y artistas jóvenes”. Para realizarlo había que equipar a la AHS de los instrumentos indispensables, a fin de que pudiera representar a sus miembros ante los diversos factores de la sociedad y cumplir su misión y objetivos.” Es decir, la AHS debía “tener una gestión operativa y funcional propia, con los recursos vitales para concretar el Proyecto de acuerdo con el peso en cada territorio de jóvenes creadores miembros”, eso fue a lo que se le llamó entonces “la Necesaria Autonomía para la organización”.

En breves palabras, la máxima aspiración de cara al Congreso, era en primer lugar “legitimar nuestros órganos de dirección”, toda vez que la organización había nacido en el Encuentro Nacional de La Habana, y por lo cual se había dado en su constitución la anomalía de la pirámide invertida; asimismo debíamos lograr la solución de los históricos “problemas domésticos” de infraestructura, funcionamiento e institucionalización, para poder realizar el trabajo, el cual para ese momento ya era insostenible con el esquema económico que sustentaba la gestión de la AHS en el país. En el criterio de la Dirección Nacional y de una buena parte de los asociados, solucionados estos problemas, podíamos conseguir que la magna cita dirigiera el peso de sus reflexiones acerca del papel y la responsabilidad de los jóvenes creadores en el entorno cultural de la sociedad cubana en la que estaba inmersa.

Para abundar en este tema recomiendo la lectura de los excelentes y profundos artículos de Bladimir Zamora: “La AHS no es una sigla tranquila”, que aparece en la edición 267 de El Caimán Barbudo, “¿A qué se llama Necesaria Autonomía?” y “La sexta pata (coda a una mesa redonda)”, textos todos que fundamentan con objetividad y transparencia estos cardinales asuntos de la Asociación.

Debemos recordar con claridad que en cada escenario en el que fue planteado el tema de la “Necesaria Autonomía”, subrayamos con todo el énfasis de que fuimos capaces: “que la Asociación llegue a ser autónoma, no significa anarquía y no representará nunca desconocer la orientación política de la Juventud Comunista y el Partido”. Asimismo, la Dirección Nacional ratificó en cada uno de sus documentos y en cada oportunidad que fue necesaria su voluntad expresa de que “más allá de cualquier coyuntura, la AHS asume el apoyo a la Revolución, el Partido y Fidel”.

Pero alrededor del mes de mayo del 90, los miembros de la Dirección, que de una forma u otra teníamos la responsabilidad de tirar para delante con el Proyecto de la AHS, ya estábamos sometidos a un fuerte desgaste y estrés tanto físico como intelectual, no solo por los malabares que teníamos que hacer para lograr cumplir y llevar adelante los objetivos de la organización, sino también porque nuestras complejas labores se vieron obstaculizadas, por las constantes incomprensiones, dudas, prejuicios infundados, desconfianza, suspicacias, confusiones a las que nos vimos sometidos; males todos que son hijos de la mediocridad, la intolerancia, el dogmatismo y la demagogia, de los burócratas de la época, que lejos de brindarnos el apoyo preciso, para poder realizar nuestra gestión, vislumbraron e identificaron a la AHS y a la celebración del Congreso, con “una zona crítica, ilegitima, peligrosa y dudosamente revolucionaria” dentro de la realidad cubana de entonces.

A estas alturas pienso que eso se debió a que —tal vez testarudamente— en la Dirección de la AHS mantuvimos la tesis de la “Necesaria Autonomía”.

No puedo dejar de referirme, asimismo, al sombrío antecedente, que le ocurrió por esa misma fecha a quien era nuestro líder nato, vicepresidente primero y el Director de la Casa del Joven Creador. Pues desde ese instante, comenzó el peor período por el que atravesamos en lo personal y en lo colectivo desde octubre de 1986. Tal parecía que no solo “nadábamos a contracorriente, sino que lo hacíamos en una piscina repleta de leche condensada casi a punto de fanguito.” Desde luego que no volvimos, ni pudimos ser los mismos después de aquel dramático suceso. Nuestro entorno fue más hostil, y el cumplimiento de nuestro principal objetivo en la AHS para entonces: la celebración del Congreso, cayó en un albur y azar estrepitoso.

Es cierto que todo esto aconteció en el breve lapso de tiempo en el que se vino abajo el socialismo real en Europa Oriental y la URSS, y comenzaron para los cubanos los barruntos de lo que muy poco tiempo después fue el Periodo Especial.

En última instancia, la suma de estos elementos y factores ya expuestos, concurrieron en aquellas complejas circunstancias históricas e imposibilitaron la realización del citado Congreso.

No obstante debo afirmar que aún hoy me siguen pareciendo lógicas las contiendas que libramos por aquel reclamo de lo que entonces denominamos repito “la Necesaria Autonomía para la organización”, como núcleo del “Pensamiento AHS”, pero como ya he explicado, ese tema desgraciadamente se convirtió en tabú; y ello nos colocó en una situación de rivalidad, escalada de beligerancia, conflictos arbitrarios, tendenciosos debates y eternas e injustificadas polémicas sobre todo con aquellos funcionarios que llegaron a la total incomunicación con nosotros.

A la distancia de mas de veinte años de lo descrito, estoy segura que había talento y deseos para hacerlo muchísimo mejor, y claro que también nosotros en el Ejecutivo Nacional debimos ser más consecuentes, realistas, maduros y autocríticos, pero eso no sucedió, sino lo aquí descrito, y en mi modesta opinión, indiscutiblemente los funcionarios citados tuvieron una decisiva responsabilidad en ello.

Una buena parte de estas razones están en la base de la solicitud de mi liberación del Ejecutivo, en aquella reunión de la Dirección en diciembre de 1991, aunque sinceramente, ya había comenzado a marcharme desde unos meses antes, después de haber recorrido todas las provincias del país con los miembros de la Dirección Nacional, y haber tenido conocimiento de que no había la menor posibilidad de que en las condiciones descritas se celebrara el Congreso.

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