Actualizado el 23 de enero de 2012

Caballeros: ¡a esto le ronca los epiplones!

Por: . 18|1|2012

…de las epidemias,
 de horribles blasfemias,
 de las academias,
 líbranos, Señor.
 Rubén Darío

Decididamente, resulta espinoso hablar de sí mismo.

Mucho más cuando uno se ha criado de la mano de Argelio Santiesteban Senior —hombre del 26 de Julio, líder masónico, ser muy respetado en la comunidad bautista—, quien era la humildad sobre dos pies.

Pero a veces no queda más remedio que ejercer tal desempeño, sobre todo cuando se es objeto de gratuita agresión, pues, como me enseñó El Viejo, uno no debe quedarse da’o.

En una publicación de la Academia Peruana de la Lengua —que se reproduce en Internet1— Aurora M. Camacho Barreiro, lingüista cubana, la emprende contra mi diccionario2 con todos los hierros.

Primera acusación: soy uno de los “aficionados a recopilar palabras”, o sea, no me he graduado de lingüista en parte alguna. Y, en efecto, pertenezco a esa espontánea tropa gloriosa que paró la oreja para escuchar qué habla el pueblo. Como, por ejemplo, Esteban Pichardo —sólo un infeliz cartógrafo—, con ese primer gran paso que fue su Diccionario provincial3. O Constantino Suárez, “El Españolito” —un cagatintas de la prensa— con el Vocabulario cubano4. O Fernando Ortiz —oscuro jurista que escribía “glosas folklóricas”—, quien nos regaló sus catauros5.

Ninguno matriculó en la Universidad Carolina o en la Lomonosov, para que checos o soviéticos le enseñaran qué significan guajiro y rebambaramba. De seguro ellos también incurrieron en la falta de sistematicidad, la perspectiva teórica errada” que la ilustre lingüista le achaca a mi diccionario.

Pero hay más. Mi libro intenta “ser ligero y desenfadado y utiliza una cuerda humorística”, pecado mortal a los ojos de los académicos, para quienes es imprescindible parir un ladrillo indigerible que además, al ser masticado, sabe a estopa.

Otra fue la opinión de aquel chispeante santiaguero, José Antonio Portuondo, quien mucho se divertía con mi diccionario, y presidió el jurado que le concedió el Premio de la Crítica, en su primera convocatoria.

Tampoco se le perdona a este miserable autor que cite, como apoyatura, a escritores no cubanos, como Las Casas. Pero da la puñeterísima casualidad —bien debe saberlo la erudita crítica— que fue el dominico sevillano quien primero dejó constancia de voces como hamaca, biajaca o jutía.

Otros pecados: doy rienda suelta a la “subjetividad y valoraciones de tipo personal”, lo cual hace que brote mi “ideología de forma descontrolada”. O sea, hay que escribir como un fantasma, un ente ectoplasmático, una no persona, un ser incoloro carente de criterios.

Ah, pero aquí viene el crimen supremo: yo soy un macho oriental, y no alguna otra cosa que esperaba mi despiadada crítica. Por eso despliego una “mirada androcéntrica, machista, vulgar y hasta ofensiva”. La compañera Camacho me pasa la cuenta por recoger en mi diccionario expresiones que son, a todas luces, misóginas. Pero ya desde el Siglo de Oro algún corrosivo clásico señalaba que no se debe culpar al espejo, sino a la cara fea. Yo no inventé esas palabras y modismos. Sólo registro el hecho, no lo aplaudo. Si así fuese, me hubiera dedicado a escribir letras de inmundas tonaditas, donde se llame “brujas” a las damas. (Aunque me esforzase, me sería imposible desbarrar en contra de esos seres etéreos que tienen mucho de hospitalarios, como dijo Antonio Machado).

En fin, comadres y compadres, no es tan grave ser agredido. Lo imperdonable, lo que le ronca es que lo hagan con tanta torpeza.

Al menos, mi fustigadora tuvo que reconocer en mi diccionario una “extensa y valiosa recopilación de voces cubanas, la más completa después del Léxico… de Rodríguez Herrera y la primera nacida en el período revolucionario”.

Quizás por eso hasta me perdone la vida, y me permita consumir un buchito del oxígeno atmosférico mientras respiro.

NOTAS

1. “Abordaje diacrónico de los mecanismos de citación y ejemplificación en la lexicografía diferencial cubana”.

2. El habla popular cubana de hoy. Ciencias Sociales. La Habana. Tres ediciones: 1982, 1982 y 1997.

3. Diccionario provincial de voces cubanas. Imp. de la Real Marina. Matanzas. 1836. Reeditado en 1849, 1862, 1875, 1953 y 1976.

4. Vocabulario cubano. Librería Cervantes. La Habana. 1921.

5. Un catauro de cubanismos. Apuntes lexicográficos. Extracto de la Revista Bimestre Cubana. La Habana, 1923; Glosario de afronegrismos. Prólogo por Juan M. Dihigo. Imp. El Siglo XX. La Habana. 1924; Nuevo catauro de cubanismos. Ciencias Sociales. La Habana. 1974.

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