Actualizado el 2 de febrero de 2012

El Caimán Barbudo: Para una mirada expedita al campo cultural cubano de 1966 a 1980

Por: . 29|1|2012

Resulta imposible hablar de la historia cultural
(y a veces de la historia a secas) de un período,
sin tomar en cuenta los testimonios ofrecidos
por las revistas culturales que en él vivieron,
no importa lo contradictorio que puedan ser
entre sí tales testimonios.
Roberto Fernández Retamar

 Si como ha dicho Retamar, las revistas culturales son un “diálogo con el tiempo” y “espejo de una época”, rememorar las primeras décadas de vida de la publicación El Caimán Barbudo, entrada ya en sus 45 años, sea acaso un obligado reto a la desmemoria; porque descifrar ese diálogo del Caimán con la Cuba del 60 y 70 aportará siempre nuevas claves para aproximarnos y entender las dinámicas que hicieron ebullición en el complejo escenario cultural cubano de entonces, lo mismo por los conflictos, polémicas y articulaciones diversas entre política y cultura que la revista protagonizó, como por las posturas y trayectorias de los artistas e intelectuales que logró nuclear en torno suyo.

Reconstruir esa historia pasada de la revista, signada por un contexto en el que coexistían conflictos generacionales, censura, sectarismos, contradicciones en la relación vanguardia artística-vanguardia política y tensiones acerca del papel del intelectual en la emergente sociedad socialista, será un ejercicio que necesariamente reconstruya también el tejido cultural de nuestro país en aquel momento.

Mas, en este empeño de desnudar la publicación y encontrar su savia, o lo que es lo mismo, examinar su perfil editorial y el periodismo desplegado por ella en estos primeros catorce años, es decir, en los años que transitan desde 1966 hasta 1980, se tropieza uno con la existencia de dos etapas en dicho período: la llamada del primer Caimán —que va desde mayo de 1966 hasta diciembre de 1967; o sea, los primeros quince números de la revista— y la de El Caimán Barbudo Época II —que aunque comienza con exactitud en enero de 1968, no tiene una conclusión explícita—. Y a su vez, cada uno de estos segmentos temporales dibuja características muy propias.

De hecho, la mayoría de los acercamientos teóricos que han escudriñado la publicación, han estudiado por separado estas dos etapas; lo cual aporta más miradas parcializadas que una visión global, histórica. Y aunque para indagar en las particularidades de la revista sea preciso caracterizar y analizar cada uno de estos dos momentos, ello no debe tributar a ese abismo insalvable que muchos intentan abrir entre el primer Caimán y el segundo, pues lo justo es considerar a la revista como una sola desde su fundación hasta hoy. Sus diferencias no son más que el reflejo de lo que en cada momento ha acontecido en el ámbito cultural cubano. Examinar, pues, El Caimán Barbudo como una sola revista, con las rupturas y continuidades que aportan todos sus períodos, permitirá comprender las rupturas y continuidades acontecidas, también, en el campo cultural cubano.

En 1966, inscrito en un movimiento editorial continental que incluía revistas como Marcha, de Uruguay, Siempre, de México, la venezolana El techo y la ballena y la colombiana El gato emplumado, entre otras; y como continuidad de esa tradición de publicaciones culturales que existía en Cuba: Revista de Avance, Orígenes, Ciclón, Lunes de Revolución, nace a instancias de la Unión de Jóvenes Comunistas El Caimán Barbudo, con un formato tabloide de aproximadamente 30 páginas y como suplemento cultural del periódico Juventud Rebelde.

Bajo la dirección del escritor Jesús Díaz y un consejo inicial formado por Guillermo Rodríguez Rivera en la jefatura de la Redacción, Elsa Claro y Mariano Rodríguez como redactores y Juan Ayús a cargo del diseño, se aglutina la primera generación de la revista. Su nómina incluía una extensa lista de intelectuales provenientes de disímiles profesiones, entre ellos Jesús Díaz, Guillermo Rodríguez Rivera, Wichy Nogueras y Víctor Casaus del campo literario; Félix Guerra y Félix Contreras de formación periodística; Ricardo Jorge Machado, Aurelio Alonso, Fernando Martínez Heredia de perfil filosófico, y Juan Ayús y el gallego Posada en las artes visuales.

Desde su fundación, el perfil de la revista ha sido tan amplio que aún hoy, a 45 años de su nacimiento, definirlo constituye todo un desafío. Si bien algunos de sus gestores prefirieron considerarla de arte y literatura, y otros la han asumido como de cultura y pensamiento, el análisis de lo publicado en materia periodística y literaria por El Caimán… en sus primeros catorce años hace insuficientes ambas definiciones. En ocasión de cumplirse el décimo aniversario de la revista, Guillermo Rodríguez Rivera apuntaba que “El Caimán Barbudo no quería ser simplemente una publicación cultural. O, para decirlo de otro modo: quería ser una publicación que entendiera la cultura en su sentido más cabal, más legítimo, más pleno. Esto es: que partiera de la certeza de que el hecho cultural cubano más genuino, más trascendente, el que posibilita todos los demás, es la Revolución misma”1.

Y el propio nombre de la publicación resultaba revelador de esa postura de compromiso con las circunstancias históricas de la Cuba de entonces. Al idear su nombre, José Luis Posada se propuso “que rompiera con el convencionalismo habitual en los nombres de publicaciones semejantes; que reflejara la nacionalidad de la revista y que evidenciara la militancia política e ideológica de los que trabajaban en ella. El símil tan común que se ha hecho entre el contorno de nuestra isla y el de un caimán resolvió el problema de la identificación nacional. La militancia la dio la imagen de las barbas que evocaba la gesta de la Revolución cubana”2.

El Caimán Barbudo fue suplemento cultural de Juventud Rebelde durante toda su primera etapa3, y aunque por su categoría de dependencia debía de abrazar el perfil editorial de su órgano de prensa rector, la revista logró crear su sello como publicación, una imagen muy propia no solo desde la perspectiva visual sino también desde el discurso literario y periodístico vertido en sus páginas. Dentro de la agenda temática que caracterizó a esta primera etapa de la publicación, tuvieron espacio la promoción de las actividades realizadas por la Unión de Jóvenes Comunistas, la Brigada Hermanos Saíz —actual Asociación Hermanos Saíz — y el periódico Juventud Rebelde, así como los intelectuales y escritores premiados por la UNEAC en su concurso David o los galardonados (nacionales o extranjeros) del concurso intercontinental Casa de las Américas. Sin embargo, recorrer las páginas del Caimán fundador es, sobre todo, dialogar con el contexto internacional de los años 60, colmado de complejidades que incidieron de forma evidente en la generación de escritores y artistas reunidos en torno a la revista.

A ello se debe que sea imposible hojear el primer Caimán sin encontrarse, cara a cara, con el pensamiento de Marx, Lenin, Sartre, Amílcar Cabral; con los avatares de la guerra de Vietnam, la guerrilla del Che, la condición colonial y neocolonial en muchos de los países tercermundistas; y el desarrollo de la canción y el cine en el continente como armas de lucha. En este sentido, el discurso periodístico de la publicación en su primera etapa se volcó hacia lo internacional, y en esa perspectiva universal con que el Caimán gestor abordó los temas de la cultura reside precisamente uno de sus principales aportes, puesto que permitió conectar el campo cultural cubano de los años 60 con el del continente, y la vanguardia intelectual y artística nacional con la latinoamericana y la del resto del mundo.

En el periodismo desplegado por la revista en esta primera etapa, salta a la vista una concepción de cultura que rebasó el estrecho marco referido solo a las artes y a la vida intelectual, para internarse en un sentido más amplio que incluye la ideología, los sistemas sociales, la vida política, las relaciones del poder, las cuestiones religiosas. Poesía y antipoesía, coloquialismo e intimismo, crítica y apología, religión y marxismo, nuevas y viejas generaciones, realismo socialista y autonomía del arte, desfilaron por sus páginas, unas veces en forma de antinomias, otras como muestra de la gran diversidad propiciada por el triunfo del 1º de enero de 1959. El primer Caimán entendió que debía emprenderse la educación de las masas en materia artística y literaria partiendo de la máxima “esta obra es buena, por lo tanto debemos hacerla comprensible para todo el pueblo”, y no desde posiciones populistas arraigadas luego en los años 60, que invirtieron la ecuación y comenzó a regir la máxima “esta obra es comprensible por todo el mundo, por lo tanto, es buena”4. Y en esta diversidad de enfoques radican también las principales diferencias entre la primera y segunda época de la revista.

Mas, cuando se hable de este primer tiempo del Caimán, no puede dejar de mencionarse la influencia que tuvo —directa o indirecta— en la aparición de la Nueva Trova en el panorama cultural cubano, y en la renovación literaria que dicho movimiento imprimió a la letra de sus canciones. Para 1967, varios meses después de la creación de la revista, ya algunos juglares deslumbraban por separado, en pequeños conciertos o recitales de poesía; pero sería la generación poética del Caimán la que, persuadida de la necesidad de establecer, o mejor: restablecer el vínculo entre poesía y canción, ayudaría a cuajar aquellos primeros destellos en hechos más concretos.

Así, “los muchachos” del primer Caimán organizaron ese mismo año una lectura de poesía en el Palacio de Bellas Artes de La Habana, donde participó la trovadora Teresita Fernández. En este escenario, Víctor Casaus se atribuiría, acaso sin saberlo, el mérito histórico de sumar al recital a un cantautor de 20 años no muy conocido por entonces: Silvio Rodríguez, quien desde ese día se hizo asiduo del quehacer cultural del Caimán. No pasaría mucho tiempo para que se repitiera la experiencia y meses después la Biblioteca Nacional fue testigo de cómo poetas y trovadores intercambiaban habilidades en otro recital dedicado esta vez al amor. Allí Silvio musicalizó los textos poéticos “Para mirar nacer”, de Víctor Casaus y “El pobre amor”, de Rivera; “o mejor, Silvio nos dio música que nosotros textamos”5.

Y fue justamente a finales de 1967, a causa de la polémica sostenida entre el poeta Heberto Padilla y los miembros del Caimán6, que la UJC decide separar de la publicación a todos sus miembros. En el número 18 del suplemento, correspondiente al mes de enero de 1968, su machón se vestía doblemente de estreno: presentaba a El Caimán Barbudo Época II y al funcionario Félix Sautié como su nuevo director. Y aunque a simple vista esto podría pasar por un mero cambio formal, en los años siguientes, la publicación haría tabula rasa del primer Caimán.

La nueva línea editorial que caracterizaría y definiría a la revista en los próximos años, estaría por mucho tiempo ligada al editorial que inauguró esta segunda época y que llevaba por título “El Caimán Barbudo”. En dicho texto, se promovía y declaraba una nueva línea de trabajo encaminada a “suscitar el interés de los jóvenes hacia el arte y la literatura. El Caimán Barbudo no trabaja para un tipo especial de jóvenes, no representamos un grupo especializado de nuestra juventud (…), pero esta amplitud de nuestro mensaje no implica pérdida en el rigor y en la calidad. No se piense que por esta razón las nuevas generaciones serán culturalmente inferiores a las ‘élites intelectuales’ de las viejas generaciones. Las masas de trabajadores del mañana serán infinitamente más cultas que ‘las élites intelectuales’ de todas las épocas anteriores”7.

En consecuencia, la publicación emprende la iniciativa de los Grupos Caimán, una especie de talleres artístico-literarios creados en casi todas las provincias del país, desde donde los jóvenes participaban en la confección de la revista enviando sus colaboraciones. Sin embargo, pese a que el editorial advertía que ello no implicaba pérdida en el rigor o en la calidad, en la práctica fue todo lo contrario.

“En aquel texto ellos intentaban desacreditar a los intelectuales, pretendían anular las diferencias entre un trabajador manual y un trabajador intelectual; era como si dijeran: ‘todo el mundo puede escribir un cuento’. No había nadie en la revista que decantara las obras que por su calidad podían publicarse de las que no, y se publicaba prácticamente cualquier cosa, esto era imperdonable para una publicación que tenía entre sus objetivos la educación de los jóvenes”8.

Es curioso cómo la creación de los Grupos Caimán y el conjunto de ideas que sustentan su puesta en práctica, resultan premonitorios de muchas de las ideas que se oficializarán luego en el Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971; de hecho, el movimiento de aficionados que se desarrolla en el país a partir de 19729, tiene su antecedente más cercano en los Grupos Caimán.

Como puede presumirse, este congreso encontraría amplia repercusión en las páginas del entonces mensuario. De tal manera, los números de la revista que conocieron la letra impresa en los meses siguientes al Congreso fueron testigos de una nueva vertiente dentro de las funciones de El Caimán Barbudo: la publicación de “Materiales para los círculos de lectura de la UJC”, como cumplimiento de una de las ideas del Congreso del 71 y plasmada en su declaración final, en la cual se le asignaba al arte y a la literatura el principal deber de ser “valiosos medios para la formación de la juventud dentro de la moral revolucionaria”10.

Ello viene a engranarse con uno de los rasgos característicos de la publicación en los primeros años de la década del 70, y es que El Caimán… devino vocero del trabajo político ideológico de la Unión de Jóvenes Comunistas. Sus diferentes entregas reproducirían discursos, resoluciones, convocatorias, llamamientos y otros textos que necesitara hacer públicos la organización; lo cual guarda estrecha relación con lo que fue una constante en la publicación luego de que, en 1968, Félix Sautié fuera designado director de El Caimán Barbudo: durante mucho tiempo serían “cuadros” de la Unión de Jóvenes Comunistas quienes ocuparían indistintamente la dirección de la revista11.

En estos años de la década del 70, el debate y la polémica desaparecen por completo de las páginas del Caimán, en concomitancia con la política trazada por la UJC y expresada en la carta enviada por el entonces Secretario General, Jaime Crombet, a la revista al comenzar su “segunda época”. En uno de sus párrafos se leía:

“En el último editorial de El Caimán Barbudo se plantea como política ‘No es nuestro interés entrar en el debate en el campo de la literatura y el arte. Un elemental sentido de la modestia nos obliga en este terreno a estudiar, observar, más que a pretender teorizar o polemizar’. Esta política es enteramente justa. Sin embargo, quedaba pendiente una polémica entre Jesús Díaz y Heberto Padilla, que el Buró Nacional de la Juventud ha considerado positivo que se publique, lo que constituirá una excepción dentro de la política que se traza El Caimán Barbudo y que, desde luego, debe mantenerse”12.

Del fragmento de la carta citada puede inferirse la política de El Caimán Barbudo Época II de invalidar todo intento polémico en sus páginas. Esta carta resultó premonitoria de lo que fue la revista en sus próximos años; premonitoria, en definitiva, de las infelices circunstancias que padecería el campo cultural cubano durante el llamado Quinquenio Gris, pero que para El Caimán Barbudo comenzó en la temprana fecha de 1968.

Todo ello condiciona que la publicación, en la primera mitad de los 70, se nos presente “almidonada” y con cierto sabor a Caimán temeroso. “En los años 70, en que no había mucho espacio para la confrontación, El Caimán… fue el espíritu de esa sociedad cerrada, dogmatizada. Fue un reflejo de lo que fue el país, la cultura, en esos años”13.

Sin embargo, quienes leyeron El Caimán Barbudo en los primeros meses de 1975, no pudieron dejar de notar cambios que en los siguientes números se harían más evidentes14. Estas incipientes transformaciones que asomaron paulatinamente en la revista, coincidieron con importantes acontecimientos en el terreno nacional: el primer Congreso del Partido Comunista de Cuba y, como continuación de las políticas que aprobó, la creación del Ministerio de Cultura en 1976. De ahí que las modificaciones en la concepción editorial de la publicación devinieron reflejo del progresivo cambio que experimentaba la política férrea con respecto a la cultura imperante en la primera etapa de los setenta.

También en 1976, en el décimo aniversario de la revista, la redacción se muda a Paseo No. 613 entre 25 y 27, donde la publicación volverá a trascender el hecho editorial —bendita costumbre que conserva hasta el presente— para convertirse en toda una institución cultural: “La casa de Paseo era un hervidero, como debe ser toda revista cultural. Casi todo intelectual de América Latina que pasaba por La Habana, se llegaba también a la casa de Paseo para visitar al Caimán. Allí se reunía lo mejor de la intelectualidad joven de Cuba y América Latina”15.

La llegada de 1980 constituirá, empero, el año de giro del Caimán en aquella etapa. Los cambios en el interior del país tendrán su reflejo en el interior también de la publicación y en la conclusión, para algunos, de una dilatada “segunda época” porque una nueva comenzaría en los meses siguientes16.

Para la historia de Cuba más reciente, este año es sumamente importante. “Es el año de la crisis del Mariel. Es un año en que, entre otras cosas, la población cubana disminuyó considerablemente, en cuatro o cinco meses más de 100 mil personas abandonaron el país. Eso fue una conmoción en la sociedad cubana. Así que a partir de este año y con esta experiencia del Mariel, en la cultura, en la economía, en la sociedad, hubo una nueva permisibilidad que disminuyó las tensiones y que posibilitó que se tuvieran ciertas posturas críticas, diferentes, en la vida cotidiana cubana, y El Caimán… las asume inmediatamente”17.

En 1980 el machón de la revista anuncia como director a Roberto Romay, ingresa un nuevo Jefe de Diseño —Pelly— y en el Consejo de Redacción se estrenan Bernardo Marqués, Víctor Rodríguez Núñez, Víctor Águila y Leonardo Padura. La renovación de la revista en un cincuenta por ciento, tanto en la gráfica como en la redacción, provocaría inevitablemente un cambio hacia el interior del mensuario.

No obstante, será el conjunto de transformaciones que se viene gestando en la sociedad cubana, y que se cristaliza en esta coyuntura específica de 1980, lo que en realidad remata la agonía final de aquel Caimán dogmatizado de los años 70, e inicia así El Caimán Barbudo que transitaría a lo largo de la década del 80, dueño de otras turbaciones y ansiedades que, en circunstancias diferentes, desahogaría por otras vías.

En efecto, en los años que concluyen la década del 70 y en el inicio del 80, la publicación mantuvo las mismas regularidades y un ritmo ascendente en la calidad. El Caimán… comienza a recobrar el espíritu dialéctico de sus años fundacionales, el que la rigidez del 70 le había negado. Al tiempo que se recupera también de similares contusiones el campo cultural cubano, el “saurio” rescata la revista que fue en sus inicios: abierta, plural, autónoma hasta donde se podía, con una mirada muchas veces polémica, si se quiere, pero distinta siempre.

A la libertad creativa, de expresión, al espíritu de debate y polémica de los 60 se opusieron, en los setenta, el dogmatismo, la estrechez de pensamiento, los discursos normativos y disciplinantes sobre el arte. El primer Caimán y El Caimán Barbudo Época II son tan distintos entre sí como lo fueron, en materia de política cultural, estas dos décadas en el contexto cubano.

Pero hay algo que enlaza y encadena por sobre todas las circunstancias a cada una de las etapas de El Caimán…, y es su vocación de promotora del arte joven, para muchos, la mayor y más cara herencia que El Caimán Barbudo de todos los tiempos ha donado al campo cultural cubano: “A pesar de errores, de períodos grises, el balance es positivo. Y es positivo porque ha sido una publicación que —la mayoría de las veces— ha privilegiado a los jóvenes, a zonas de la juventud que de otra manera no hubieran tenido forma de expresarse. Si uno pasa revista a toda la gente que ha publicado allí, se da cuenta de que (…) se puede seguir, a través de las páginas de El Caimán Barbudo, la evolución de la literatura y la cultura cubana de las últimas décadas18”.

NOTAS

1. Guillermo Rodríguez Rivera, “Y pasó el tiempo y pasó” en El Caimán Barbudo, La Habana, núm. 102, p. 24.

2. José Luis Posada, “Y pasó el tiempo y pasó” en El Caimán Barbudo, La Habana, núm. 102, p. 24.

3. Guillermo Rodríguez Rivera, “Y pasó el tiempo y pasó” en El Caimán Barbudo, La Habana, núm. 102, p. 24.

4. José Luis Posada, “Y pasó el tiempo y pasó” en El Caimán Barbudo, La Habana, núm. 102, p. 24.

5. No es hasta el número 41, ya entrada en su «segunda época», que la publicación adquiere autonomía propia con respecto al periódico.

6. Desiderio Navarro, “In medias res publicas: Sobre los intelectuales y la crítica social en la esfera pública” en Las causas de las cosas, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p 68.

7.Guillermo Rodríguez Rivera, «Poesía y canción en Cuba» en Ensayos Voluntarios, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de la Habana, 1984, p. 160.

8. La polémica entre Heberto Padilla y la redacción del primer Caimán estuvo integrada por varios trabajos: la nota valorativa de Padilla sobre la novela Pasión de Urbino, de Lisandro Otero; la “Respuesta de la Redacción Saliente a Heberto Padilla”; la “Respuesta a la Redacción Saliente de Heberto Padilla”; “¿El Yogi y el Comisario?” de Jesús Díaz, Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera y Víctor Casaus; y “Del lado del Atlántico: una actitud”, de Lisandro Otero. Los criterios emitidos por Padilla condujeron a la que fue la más grande polémica protagonizada por la revista en toda su historia, que dio al traste con el primer Caimán y originó a El Caimán Barbudo Época II. Después de 42 años de acontecida aquella polémica, Guillermo Rodríguez Rivera confesó que “nunca debimos haber publicado la respuesta de Padilla en la revista. Detrás de ello no hubo ninguna doble intención que tantos paranoicos de entonces insistieron en buscarle; como le dijimos en una de nuestras respuestas a Padilla, lo que pretendíamos con ello era dar una visión más completa de la novela, es decir, suscitar el debate, contraponer opiniones, para eso pusimos la de Oscar Hurtado que era apologética, la de Padilla que era opuesta y la de Wichy que era un término medio. Solíamos llamarle a esta tríada el ditirambo, la diatriba y la media tinta. Fuimos ingenuos, éramos muy jóvenes, el mayor de nosotros era Jesús y solo tenía 24 años, y lo pagamos caro porque atentó contra la revista; fue como tirar por la borda todo el trabajo que en materia cultural habíamos logrado” [En entrevista con las autoras el 4 de mayo de 2009].

9. El Caimán Barbudo, 1971, p 3.

10. Guillermo Rodríguez Rivera, en entrevista con las autoras el 4 de mayo de 2009.

11. Según Arturo Arango, “el impulso al movimiento de aficionados y los talleres literarios, aunque lastrados por esas mismas dogmatizaciones, puede ser el principal o tal vez único aporte del Congreso de 1971 a la cultura cubana” (Arturo Arango, “Con tantos palos que te dio la vida: poesía, censura y persistencia” en La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión, Centro Teórico-Cultural Criterios, La Habana, p 115).

12. El Caimán Barbudo, 1971, p 33.

13. A Félix Sautié, quien fuera luego vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura, le sucedieron Alberto Rodríguez Arufe, Armando Quesada, Roberto Díaz y Francisco Noa. Sería así hasta los años ochenta, cuando el poeta Alex Pausides se convierte en el primer escritor, luego de la desintegración del primer Caimán, a quien se le confiara la dirección de la publicación.

14. Jaime Crombet, El Caimán Barbudo, núm. 19, marzo, 1968, p 2.

15. Leonardo Padura, en entrevista con las autoras el 29 abril de 2009.

16. En la primera página del No. 90 de la revista se podía leer: “(…) Estos son tiempos de elevar nuestra capacidad, nuestro espíritu crítico y nuestro nivel artístico. Se imponen el estudio y el trabajo como leyes fundamentales porque para lograr resultados verdaderamente satisfactorios es imprescindible madurar intelectual y políticamente. Al movimiento de jóvenes escritores y artistas cubanos le corresponde prepararse y recoger lo mejor del proceso cultural mundial y de nuestras tradiciones; el supremo propósito de estar a la altura de los reclamos de este momento histórico”. Resulta evidente el contraste de tonos entre este editorial y el que inaugurara El Caimán Época II –El Caimán Barbudo. Una de las más visibles diferencias radica en el empleo del tan vilipendiado binomio “jóvenes escritores” o “jóvenes intelectuales”, que en su momento descalificara el editorial El Caimán Barbudo y que aparece esta vez despojado de los prejuicios anticulturales con que había sido investido en aquella ocasión.

El llamado a elevar “nuestro espíritu crítico”, tan contrario al recelo enunciado en El Caimán Barbudo con respecto a la función del intelectual como conciencia crítica de la sociedad, es sintomático de que la revista asiste a los finales del período dogmático, populista y acrítico que caracterizó al campo cultural cubano en el primer lustro de la década del setenta.

A partir de entonces se suceden en la revista notables cambios que el lector advierte con rapidez y lo expresa en cartas enviadas a la revista y publicadas en las páginas del mensuario. En lo adelante, la cantidad de trabajos por edición aumenta considerablemente y surgieron los diferentes tópicos que hasta hoy se mantienen: entrevista, crónica, historia, teatro, cine, cuento, poesía, ensayo, libro, figuras… Asimismo, disminuye el número de cuartillas de cada material y el lenguaje se hace más fluido. Particularmente, la literatura recibe también un cambio en su tratamiento, pues los nombres que ahora aparecerán no serán siempre los laureados, sino que noveles valores —y no solo capitalinos— también encontrarán espacio en la publicación.

17. Alex Fleites, en entrevista con las autoras el 10 de abril de 2009.

18. En julio de 1980 se crea la Casa Editora Abril, la cual acogería a la revista El Caimán Barbudo junto a otras cinco publicaciones periódicas: Zunzún, Pionero, Alma Máter, Somos Jóvenes y Juventud Técnica.

19. Leonardo Padura, en entrevista con las autoras el 29 abril de 2009.

20. Eduardo Heras León, en entrevista con las autoras el 12 de febrero de 2009.

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