Actualizado el 19 de abril de 2012

Género a debate y un hombre que mira

Por: . 14|3|2012

Ilustración: Amilkar FeriaTanto las niñas como los niños aprenden desde bien temprano sobre la discriminación femenina. Mi vecina dice frente a sus hijos: “A la mujer le toca todo lo malo” y después de enumerar las múltiples injusticias del patriarcado sigue con lo que ella considera agravantes naturales: “nos toca parir, ningún hombre conoce de ese dolor, nos toca la regla cada mes, tan despreocupados que pueden vivir ellos de su cosita, tenemos que agacharnos para orinar, tan fácil que lo resuelve un hombre…”

A las niñas se les educa en sus roles de género bajo el criterio de que es un mandato que deben cumplir aunque sea injusto, la explicación dada es que desgraciadamente les tocó la peor parte en la repartición de derechos, que ser mujer es una especie de mala suerte que se tuvo al nacer. Unas aceptarán resignadamente el designio y otras batallarán contra él, pero siempre partiendo de que son las víctimas por definición, todo cuanto hagan es por serlo lo menos posible. Se les enseña que deben cuidarse de los hombres porque ellos siempre quieren abusar y mangonear, que deben cuidar de su virginidad porque si se embarazan tendrán que cargar con la barriga mientras ellos se desentienden. Deben prepararse muy bien en lo profesional para poder imponerse a “los hombres que nunca quieren ceder espacio”, deben luchar duro y no quedarse calladas, para que “los hombres entiendan que nosotras también tenemos derechos”.

Los niños masculinos también tienen una larga lista de roles que cumplir, pero en este caso el discurso es diferente. Los nacidos con pene oímos las mismas cosas acerca de la fatalidad femenina, así que a los diez o doce años, si no antes, ya estamos dando gracias al bendito mundo por habernos librado de semejante castigo, sintiendo un poquito de lástima y hasta algo de culpa para con las perdedoras en el juego.

El niño se da cuenta de que tampoco puede hacer cosas de niñas pero a él no se le dice que sea una injusta prohibición, se le enseña que las niñas no hacen cosas de varones porque lo tienen prohibido, pero que los varones no hacen cosas de niñas porque no le gustan. No podría ser de otra forma, ya que, según todas las referencias, las cosas de los varones son las buenas. Si él le encuentra algún atractivo a jugar con muñecas, digamos, sabe que debe abstenerse, pero no lo considera injusticia sino un problema muy personal suyo, alguna aberración rara que está padeciendo. Así que mejor se lo calla y supera inmediatamente esa preocupante afición. ¡Capaz que lo tomen como un deseo de ser niña!

Que una mujer diga que le gustaría ser hombre es lógico y una muestra más de lo que sufren las féminas. Pero que un hombre diga que le gustaría ser mujer, ¡¿dónde se ha visto?! ¡¿Cómo no le va a gustar ser hombre si ser hombre es una maravilla?! Si tiene la suerte de pertenecer por obra y gracias de sus genitales a la cofradía de los poderosos.

Se presume que los hombres están muy felices de las exigencias que se les puedan hacer porque se supone no son exigencias, sino demandas de su naturaleza masculina que no pueden evitar.

Desde chiquitos se les obliga a ser violentos, digamos. Si otro niño viene y le arrebata la pelota, él correrá a dar las quejas la primera vez, si es que no estaba bien informado. Que se la haya dejado arrebatar lo deshonra incluso a los ojos de quienes están encargados de su tutela. Él debe aprender, enseguida, que ante la violencia no tiene amparo, que el único modo de ponerle coto es entrenar la propia. Buscarse protectores es perder autonomía y él debe ser autónomo. Debe ejercitarse en la violencia como dé lugar, porque en la beca será peor y allí sus padres no pueden hacer nada, él es quien tiene que hacer por ellos: aliviarlos de la preocupación de tener un hijo débil.

Si todos dan por hecho que los hombres son violentos, él tendrá que serlo, de lo contrario sentiría que se niega como hombre o que no lo es tanto.

Al llegar a la adultez ya las querellas son escasas y pareciera que la edad los ha civilizado, pero en verdad lo que sucede se parece al caso de la guerra atómica, lo que la imposibilita es precisamente el nivel de apertrechamiento bélico alcanzado. Una pelea entre hombres puede tener trágicas consecuencias, incluso sin pretenderlas de antemano, porque desata todo el instinto impulsivo que cada uno desarrolló por años. La violencia de un hombre adulto es considerablemente superior a la de un niño.

Y entonces resulta, por lo que oímos, que la violencia no es algo que se nos impuso sino un defecto de la naturaleza masculina que no hemos sabido superar. Es que la testosterona nos domina y, como somos los todopoderosos, queremos hacer el festín con nuestra afición por ella. El mundo no nos obligó sino que trata de disculparnos.

Las muñecas y la violencia son solamente dos ejemplos a los que me he referido de modo muy simple por no resultar extenso, pero habría mil ejemplos de cómo las desventajas masculinas se disfrazan de beneficios y como tal se ven obligados a asumirlos los hombres para que no se ponga en duda su virilidad. Lo que entendemos como hombre masculino no es una verdad científica, sino un supuesto, un criterio cultural al que debe obedecer el evaluado.

Ella todos los días comenta que la pila del lavamanos no hace juego con la ducha, él entiende que su esposa le está recriminando su ineptitud para elegir pilas y de paso le está diciendo que compre la idónea. Se siente responsable y convocado porque su misión de hombre es resolver las cosas. Tan pronto puede, compra una pila que combine con la ducha y la instala. Espera ver la cara de satisfacción de su esposa a la que este asunto tenía tan disgustada. Cuando ella llega sonríe ante la pila, una sonrisa de compromiso, se nota, no le ha hecho mucha gracia. Al rato, ya no puede contenerse y dice, sin darle mucha importancia, que la pila retirada le gustaba pues tenía la ventaja de que no salpicaba el agua. Él se insulta: “¡¿Pero por qué me pediste que la cambiara entonces?!”. Ella aclara: “Yo nunca pedí eso, a mí me gustaba, sólo decía que no hacía juego con la ducha, cosa que es cierta”. Él, furioso, agarra los herrajes y parece que romperá el lavamanos con su vehemencia. La esposa considera que su marido no verbaliza lo que le molesta y por eso sufre esos inesperados arrebatos de ira. Él considera que ella, con tal de verbalizar quejas, se las inventa.

No digo que todas las mujeres ni todos los hombres sean así, pero creo que los personajes de esta escena ilustran bien sus tradicionales roles de género. La mujer tiene todas las licencias para el lamento y hasta se le educa para ello, el hombre lo tiene prohibido. Para un hombre la queja es una debilidad. Toda queja lleva implícita una solicitud de ayuda y se supone que él no la necesita; quejarse además sería reconocer que hay algo que le molesta y no ha sido capaz de resolver, y esto desdice de su competencia y por ende de su hombría.

Estas actitudes influyen, creo que determinan, en los debates sobre género. Las quejas femeninas conforman una enorme lista mientras que los hombres no pasan de dos o tres temas, buscados por especialistas, pues si dependieran de planteamientos del hombre común la lista sería nula. El género femenino ha sido históricamente mucho más desfavorecido pero esta desproporción abismal de quejas es demasiado sintomática.

A veces el cuestionamiento femenino expresado en un comentario de género parece un ejercicio de ingenio para lo rebuscado. Hace unos días leí un artículo en La Ventana en contra del piropo callejero por considerarlo acoso sexual; existe incluso un movimiento abogando por leyes que prohíban estas expresiones populares. Estoy de acuerdo con que una supuesta galantería pudiera ser acoso —casi todo pudiera serlo—, lo que me sorprende es que ya el tema del acoso a la mujer vaya por tales rumbos mientras que el acoso al hombre ni siquiera parece existir. Sin embargo, para una mujer acosar a un hombre ni siquiera necesita contar con potestades sobre el mismo: culturalmente él está obligado a complacerla. Claro, en este caso la víctima jamás se quejaría, no sólo debe someterse sino aparentar que le resulta satisfactorio, incluso muy probablemente se asuma que el victimario es él y estará muy contento con este veredicto. Por fortuna las campañas por la diversidad han conseguido aliviar un poco a la humanidad de la homofobia, gracias a lo cual ya en Cuba hay hombres que se atreven a desobedecer su mandato, pero en verdad no ha variado el criterio de género de que un hombre que no esté siempre dispuesto debe ser gay, lo único diferente es que ya no es tan grave que lo piensen.

La desproporcionada correlación de quejas no parece levantar suspicacias, sino tomarse como una prueba más de que, como dice mi vecina, “a la mujer le toca todo lo malo” y los hombres no tienen nada de qué quejarse.

Las problemáticas de la mujer son expuestas, analizadas muy profundamente y divulgadas; con los hombres no sucede y lo más interesante es que tal y como a veces se habla, pareciera que existe un concilio masculino. Como si los hombres tuvieran unas conspirativas reuniones secretas donde se ponen de acuerdo para establecer las cosas a su conveniencia.

¿Saben? Si existen esas reuniones a mí nunca me han citado. ¿Y saben? A decir verdad no estamos tan contentos que digamos. El patriarcado no es un dios benefactor de los seres masculinos, él no está ahí para escucharnos y cumplir nuestros deseos, él ni siquiera pregunta qué queremos. No nos acuna en sus brazos, nos lleva a látigo como a cualquier otro mortal.

Ni siquiera el machismo es una asociación para defender los intereses de sus afiliados, los machistas no son una confraternidad sino un ejército, acatan órdenes y como todo soldado, han de callarse el cuestionamiento.

A los machistas no hay que convencerlos de las desventajas femeninas, ellos, como todo el mundo, están muy concientes de eso, sólo que en su caso les parece pertinente. Lo entienden como justa recompensa a su sacrificio de ser machos.

Por muy justas razones los estudios de género se han basado históricamente en la defensa de la mujer, y tuvo que ser el feminismo quien pusiera sobre el tapete la cuestión del género. Pero en cualquier momento habrá que dividir esto en campos: El género, entendido como condición de todos los seres humanos y los estudios sobre las problemáticas femeninas en particular, que es una parte del asunto. Parte que ahora se interpreta como el todo.

Si intento abordar las problemáticas masculinas —a riesgo de que me consideren lo mismo machista que femenino—, es porque creo que a los debates de género les perjudica la ausencia de contraparte. Una feminista se queja de que sus planteamientos no son lo suficientemente atendidos. Debía también lamentar la ausencia de argumentos que se le opongan sobre los cuales perfilar sus teorías. El silencio masculino, sin ser una deliberada estrategia de lucha, consigue constituirse en un serio perjuicio incluso para las batallas femeninas. Yo nada más soy un hombre; dicen que los del género masculino hicimos el mundo pero yo no participé, cuando llegué ya estaba hecho y sólo trato de comprenderlo y en la medida de lo posible aportar lo que pueda a su mejoramiento.

Leer el artículo “Rasgando velos…desde otro mirar

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