Actualizado el 6 de marzo de 2012

El cerebro y el arte de la ficción

Leer la mente

Por: . 6|3|2012

Leer la mente. Ilustración: Amilkar FeriaLas miradas animales escudriñan el laboratorio, sin éxito, en busca de sus cuidadores. Las miserables criaturas no tienen modo de saber que, como todos los días a la una y media de la tarde, investigadores y asistentes se congregan en una pequeña trattoria a pocos pasos de distancia y, frente a un generoso platón de tortellini, discuten sobre las habilidades cognitivas de los primates —y sobre la última derrota del Parma FC—. Entretanto, los macacos permanecen en sus jaulas con los cráneos abiertos y los cerebros enchufados a una telaraña de circuitos que permite analizar qué neuronas se activan cuando ellos miran un objeto, juegan, comen, retozan o pelean entre sí.

Uno de los científicos se adelanta a sus compañeros y, todavía con medio helado de pistache en la mano, se introduce en el laboratorio de forma intempestiva. Los instrumentos enloquecen: en cuanto los monos observan al humano zamparse su cornetto, sus cerebros no sólo se lanzan en una actividad neuronal desenfrenada en sus áreas de percepción, sino también, para sorpresa general, en el área F-5, una zona motora del cerebro. ¿Por qué diablos se encienden neuronas motoras del macaco ante el goloso movimiento del científico?

Giacomo Rizzolatti y su equipo se encontraban frente a un fenómeno inédito en los estudios sobre el cerebro. Como demostraron en una larga serie de experimentos posteriores, al parecer los seres humanos —y otros animales— contamos con un tipo especial de neuronas motoras que se activan cuando vemos a alguien comer un helado o, usando un ejemplo paradigmático, cuando vemos que alguien patea una pelota. Y no sólo eso: también saltan enloquecidas cuando imaginamos que alguien patea una pelota, escuchamos que alguien patea una pelota e incluso cuando pronunciamos la mera palabra “patear”.

Imposible adivinarlo: la evolución nos entregó una herramienta que nos lleva a reconocer los actos ajenos como si fueran propios. Te veo caminar e, inevitablemente, en mi cerebro, yo camino. De igual modo, si te imagino caminando, si alguien me cuenta que te ha visto caminar o —algo esencial para este libro— si leo un libro donde se dice que tú caminas, en mi mente yo también me lanzo en un delicioso o árido paseo. No había mejor nombre para estas neuronas, claro, que neuronas espejo.

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Reconozcámoslo: nos fascina parecernos a los demás —de allí el espíritu de grupo, pero también el nacionalismo, el racismo y la xenofobia, ideas siempre odiosas— para así podernos sentir identificados, seguros, como en casa. Observa, por ejemplo, a esa pareja que juega con sus hijos: sus integrantes apenas se parecen, pero guardan cierto “aire de familia”, un porte, algunos tics y algunos gestos que los vuelven reconocibles. Un gracioso experimento demostró que los chicos que mejor habían congeniado con sus parejas durante la primera cita eran aquellos que sincronizaron sus movimientos y ademanes con mayor precisión.

En Oscuro bosque oscuro relaté un caso más siniestro: los miembros del batallón 101 de la policía de reserva de Hamburgo perdieron la oportunidad de no convertirse en criminales por su incapacidad de dar dos pasos al frente y desprenderse, así, del resto. De haberlo hecho, hubieran sido excusados de asesinar a miles de judíos, sin consecuencia alguna para ellos. ¿La razón? Pocos temores más acendrados que el miedo a la vergüenza pública, al ridículo —y al disenso.

Admiramos tanto a los héroes y execramos tanto a los criminales porque en realidad se requiere un enorme esfuerzo para distinguirse de la multitud. Una especie de inercia imitativa guía buena parte de nuestras conductas: como el Zelig de Woody Allen, nuestro animal totémico es el camaleón.

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Las neuronas espejo han alcanzado la perfección de una maquinaria de relojería. Algunas, llamadas “estrictamente congruentes”, se activan con sólo observar un movimiento, mientras otras, llamadas “lógicamente congruentes”, lo hacen incluso antes de que éste se produzca —por ejemplo, cuando distingues sobre la mesa ese plato de lasaña que no tardarás en comerte.

Y no olvidemos a las “neuronas canónicas”, que parecen codificar los objetos en abstracto, silla, mesa, pelota, ventana, sin tomar en cuenta sus propiedades subjetivas —los qualia que tanto han incomodado a los filósofos desde la Antigüedad.

La extrema sutileza del mecanismo, que a veces se produce a escala unicelular, permite aventurar que las células espejo tal vez sean las precursoras del lenguaje. Desde muy pequeños somos capaces de imitar los movimientos de los labios y la boca, incluso los más suaves y refinados —por eso los niños aprenden de inmediato la fonética de su lengua materna. Observen, si no, cualquier conversación: buena parte del sentido reposa en las muecas y modales, más que en las palabras (como sabe cualquiera que haya intentado ligar en una discoteca con la música a todo volumen).

Las neuronas espejo no sólo nos llevan a imitar las conductas de los demás, por más abnegadas o infames que éstas sean, sino a entenderlas. Antes se creía que intentábamos comprender a los otros por analogía, comparándonos racionalmente con ellos; ahora sabemos que el proceso es más expedito e involuntario. Cuando te miro llorar, en mi cerebro lloras y yo lloro al mismo tiempo: las dos personas gramaticales se confunden.

En las neuronas espejo, el yo y el otro se traslapan, se trenzan, se enmarañan —por un instante dejamos de estar aislados en el recóndito interior de nuestros cráneos y creamos un vínculo virtual con los demás. Seré más drástico: de hecho, el yo sólo se modela a partir del contacto con los otros. Como demuestran las historias de niños ferales, como el infeliz Kaspar Hauser, un bebé que crece en aislamiento es apenas humano. Por eso la soledad extrema conduce con frecuencia a la desesperación o a la locura —o a la filosofía.

La magia singular de las neuronas espejo radica, sin embargo, en su capacidad para activarse sin depender de un acontecimiento real —pensar en alguien equivale a observarlo—. En otras palabras: para ponerme en tu sitio, para ser por un instante, lo único que tengo que hacer es imaginarte. Al hacerlo, te copio, te arremedo, y mi cerebro intenta adentrarse así, de pronto, en tu impenetrable magma interior.

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¿La imaginación altera de forma tan drástica nuestras aptitudes? Por disparatado que suene, parece que así es. Pasar todas las tardes leyendo a Corín Tellado tiende a convertirme en una romántica insufrible, mientras que sumergirme a diario en Cioran acentúa mi pesimismo —no debemos olvidarlo, Alonso Quijano es un personaje realista. Pero tampoco simplifiquemos en exceso: si las neuronas espejo me inducen a copiar los modelos que comparecen frente a mí, la razón, el pudor o el miedo le imponen toda suerte de límites a mi vena camaleónica.

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Nos topamos, aquí, frente a un ineludible dilema ético. Ahora sabemos que las imágenes públicas, reales o ficticias, influyen directamente en los comportamientos sociales, como no se han cansado de señalar los apocalípticos. La reiteración de la violencia provoca conductas violentas; la repetición incesante del machismo, el racismo o la homofobia genera actitudes machistas, racistas u homófobas. ¿Deberíamos regular entonces la producción y difusión de estas ideas en los medios? ¿Tendría que haber algún tipo de censura —o autocensura— entre periodistas, directores de cine o incluso novelistas? La cuestión no es fácil de dirimir. Aunque en principio uno siempre busca colocarse del lado de la libertad de expresión, sería irresponsable no evaluar las consecuencias que podría desatar la expansión de ciertas ideas —la imaginación se puede convertir en una amenaza pública.

Gracias al descubrimiento de las neuronas espejo, se ha corroborado una intuición ancestral: leer una novela es como habitar el mundo. Cuando me introduzco con Guerra y paz en la Rusia de Alejandro I o con En busca del tiempo perdido en la Francia de principios del siglo XX, mi cerebro se comporta igual que cuando recorro las calles de mi barrio o paseo por el Zócalo de la ciudad de México. En cierto nivel, el cerebro sabe distinguir la realidad de la ficción; pero, mientras me mantengo allí, en la Rusia de Tolstoi o el París de Proust —mientras leo—, mis neuronas espejo se activan con una intensidad semejante a la que experimentan frente a un escenario auténtico —las novelas también son videojuegos.

Y no sólo eso: si digo que los personajes de un libro me habitan, o que yo vivo en ellos, no se trata de una simple baladronada. A causa de las neuronas espejo, yo en verdad soy Hamlet, Gargantúa, Tristram Shandy, Julien Sorel, Joseph K., Lulú o Aura: hago lo que ellos hacen, vivo sus aventuras, gozo o padezco, dudo, traiciono o me convierto, de un momento a otro, en una anciana. Y, a la inversa, ellos se vuelven una parte sustancial de mí. Cada vez que pienso en ellos, resucitan —y me trastocan. Mientras no me olvide de ellos, permanecen en mi mente como polizones: viajan a mis expensas y, en más de una ocasión, reaparecen para determinar mis respuestas a un determinado comportamiento social.

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El crítico James Woods recuerda que, en Elizabeth Costello, el gran J. M. Coetzee hace decir a su personaje que la posibilidad de imaginar la vida interior de un murciélago define a un buen novelista. Por supuesto, otra cosa es empecinarse en romper la identificación irracional que nos liga a un personaje por una razón ética o estética —como Brecht, quien obligaba al espectador a distanciarse de sus actores para que pudiesen juzgar a Madre Coraje privados de sentimentalismo.

Si bien las neuronas espejo nos impulsan a identificarnos con el primero que pasa —de las cenicientas de las telenovelas a los estereotipos de Dan Brown o Danielle Steel—, sólo aquellas figuras que despliegan una amplia gama de posibilidades, que nos lanzan a debatirnos con nuestros temores y deseos, que nos cuestionan y arrebatan, merecerían ser imitadas —o leídas. Mi convicción es la siguiente: la gran literatura construye personajes que escapan de los modelos previsibles, de los clichés y los lugares comunes no sólo con el afán de sorprendernos o anonadarnos, sino de sacudirnos y de hacernos comprender la infinita complejidad de lo humano.

Reencarnar en la chica que se casa con el príncipe o en el detective que resuelve sus casos siempre a partir de las mismas premisas, nos metamorfosea en criaturas tópicas, desprovistas de emoción. Representar mentalmente a Jean Valjean, a Adrián Leverkühn o a Mersault, en cambio, quizás nos transforme por un momento en seres atormentados y sombríos, pero también nos permite observar con atención nuestros anhelos, frustraciones o desvaríos y entrever, acaso, quiénes somos en realidad.

Según Kundera, los personajes de ficción son egos experimentales. ¿Qué sentido tendría, entonces, repetir una y otra vez la misma prueba, cuyos resultados conocemos de antemano, en vez de aventurarnos hacia lo desconocido? Las grandes novelas no nos reconfortan: nos desafían. No nos alegran la tarde: cambian, literalmente, nuestras vidas.

Eliminemos, eso sí, las buenas intenciones: leer no nos convierte por fuerza en mejores personas —a lo mucho nos torna un poco menos obtusos. Quien frecuenta el arte de la ficción tiene un acceso privilegiado a las variedades de la naturaleza humana al que sólo podría aspirar alguien con una enfebrecida vida social: en unas cuantas páginas conocemos a decenas de personas —y nos introducimos en ellas. Una buena novela es, en realidad, un tratado sobre el yo.

Además de sumergirnos en las mentes de los demás, la ficción literaria nos permite experimentar sus emociones. De hecho, numerosos críticos consideran que la función central del arte consiste, más que en hacernos pensar, en hacernos sentir. ¿Cuántas personas no van al cine o leen una novela para desfogarse, para desternillarse a carcajadas o llorar a lágrima suelta sin ser juzgadas por ello? No es fácil mostrar, así como así, tus emociones: la ficción, en cambio, te concede el permiso provisional para exhibirlas en público con la aparente tranquilidad de que no son emociones reales —aunque lo sean.

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Leer una novela, es decir, convertir ciertos signos en un personaje, y el personaje en una persona, es una actividad que se aprende y refina con el tiempo tras leer cientos o miles de novelas o, enloquecidamente, una misma.

Entre muchas otras cosas —guardianes de la memoria, transmisores de ideas y patrones, breviarios del futuro—, la ficción también funciona como una máquina de emociones. Adentrarse en una película, una teleserie, una radionovela, una pieza de teatro o un relato es como subirse en una montaña rusa emocional: saltamos de un personaje a otro y, a veces contra nuestra voluntad, sufrimos, amamos, gozamos, nos enaltecemos, nos paralizamos o nos derrumbamos con cada uno de ellos —hay temperamentos que no toleran este frenesí.

La ficción nos inocula, de pronto, el síndrome de personalidad múltiple: me estremezco, casi simultáneamente, como aquel, como aquel y como aquel, uno tras otro, sin parar. No sólo soy Emma Bovary, sino que me aburro, me frustro, me desconcierto y me abandono como si fuera Emma Bovary. Y, apenas unos segundos —unas páginas— más tarde, sufro, desconfío y me enfurezco con Charles, su marido. Madame Bovary c’est moi, sin duda, pero Fierre Bovary c’est moi aussi.

Una novela es un campo de pruebas emocional: si Platón ordenó expulsar a los poetas de su República, era para evitar a los ciudadanos este torbellino interior que terminaría por distraerlos de sus ordenadas labores cotidianas. Platón no entendía —o, perversamente, lo entendía muy bien— que las emociones provocadas por la ficción (o la poesía) nos enseñan a ser auténticamente humanos.

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En sentido contrario, ahora podemos comprender por qué los artistas han defendido con tanto énfasis la autonomía de la ficción. Si tantos de ellos han estado dispuestos a arriesgar sus vidas por una novela o un relato (o un poema), es porque en las novelas y en los relatos (y en los poemas) se cifra una de las mayores conquistas de nuestra especie: la posibilidad de experimentar en carne propia, sin ningún límite, todas las variedades de la experiencia humana. La libertad de la ficción es siempre la medida de nuestra libertad individual.

Hasta el momento, hemos revisado distintas manifestaciones de la actividad del cerebro—la conciencia, la memoria, la imaginación, la empatía y las emociones—, así como sus vínculos con la ficción. La perspectiva que nos ha guiado ha sido la del observador, la del lector. La última parte de este libro la dedicaré a explorar, a partir de estos mismos ángulos, cómo funciona el cerebro durante el proceso de creación. Pongamos bajo la lente, pues, a la esquiva responsable de las ficciones: la mente del escritor…

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