Actualizado el 30 de abril de 2012

Decadencia y esplendor de la necrópolis

Por: . 27|4|2012

NecrópolisCristo sin brazos; los Juanes descabezados que continúan orando (y remando) a los pies de la Patrona de Cuba; un perro inamovible ante la tumba de su amo; María ensimismada y una botella de ron junto a las botas cuyo propietario colgó del árbol (por si acaso), son el tipo de composiciones en las que se detiene el lente de Juan Carlos Romero, un fotógrafo de especial sensibilidad para captar esos ambientes de hibridismo entre magnificencia y ruina que singularizan a la capital cubana.

Ya lo hizo antes —en 2007— con la que fuera su primera exposición personal: Paisaje utópico, en el Museo de Arte Colonial, La Habana Vieja. Por entonces su ojo indagador prefirió dejar constancia del renacer de la vida en medio de la devastación. Imposible olvidar aquellos edificios derrocados por el tiempo, a punto de derrumbarse; en tanto sus techos y paredes, sus mutilados balcones, servían de lecho fértil al brote de florecientes plantas: metáfora insuperable de la persistencia de lo vivo, incluso en entornos de aplastante adversidad.

El cementerio de Colón constituye el escenario escogido para su Necrópolis, la exposición inaugurada en marzo 30 en los bajos de la Fototeca de Cuba (frente a la Plaza Vieja): alrededor de tres decenas de piezas de mediano formato con las que Juan Carlos revisita uno de los sitios verdaderamente emblemáticos de la urbe: el camposanto.

Yacen en Colón generaciones diversas de cubanos (y de otras nacionalidades); familias aristocráticas escoltadas en su viaje a la eternidad por monumentos grandiosos; seres anónimos cuyas fosas exhiben la desnudez material que nunca les abandonó en su bregar sobre La Tierra. Alguna vez leí (no recuerdo dónde) que solo con la muerte se alcanza la verdadera igualdad. La máxima me sigue pareciendo justa.

El arte funerario —trascendiendo sus valores estéticos— constituye además una especie de pantalla gigante en la que puede visualizarse el devenir de un pueblo, de una nación, de una cultura. La monumentalidad religiosa de raíz judeo-cristiana (con prominencia católica en el caso cubano), encuentra en la gran necrópolis habanera un reducto que difícilmente pueda sucumbir al olvido o a la erosión del implacable. Una parte sustancial de nuestra historia nacional pervive en sus piezas escultóricas, no pocas veces auténticas obras maestras, sobre las que el artista echa ahora una mirada patrimonial y admonitoria.

En lo tocante a estilo, opta Juan Carlos —como en su Paisaje utópico— por la fotografía en blanco y negro. Un conjunto de imágenes revela la suntuosidad de las esculturas, en relación directa con las posibilidades reproductivas de la obra de arte en la contemporaneidad. “La reproductibilidad técnica de la obra artística modifica la relación de la masa para con el arte”, ha escrito Walter Benjamin. La cualidad humana de edificar (en términos arquitectónicos) y de concebir obras de proyección espacial, le resulta inherente desde su misma aparición como especie sobre el planeta. En la modernidad se erigen —tanto la fotografía como más tarde el cine—, en soportes abarcadores que favorecen la democratización del consumo de imágenes. A nivel conceptual, Juan Carlos Romero no emprende el abordaje de las figuras como entes aislados, sino que las contextualiza de manera óptima, integrándolas al paisaje del que forman naturalmente parte. En lo personal me conmueven esos cielos oscurecidos sobre los que deambulan con engañoso rumbo las nubes blanquísimas: ¿alegoría que alude al extravío del hombre en tránsito efímero sobre el mapa de la infinitud? Es el caso de “Camino al paraíso”, “Arribo al umbral II” o “María, siempre María”.

Otro conjunto de imágenes apunta sin ambages al deterioro: capillas en franco estado de calamidad; estatuas fragmentadas; espacios que muestran el signo presunto de la profanación. La tesis de la obra artística en función regenerativa cobra entonces especial clarividencia y emite señales de alerta: de la muerte no están a salvo ni los cementerios, si les dejamos fenecer en la indiferencia. Cabe mencionar fotos como “Descomposición”, “Sufrimiento desmembrado” y “Profanados II”.

En piezas como “¡Por si acaso!”, “Email” y “Demencia sepulcral”, el fotógrafo se expresa en tono menos grave (o más irreverente, depende de cómo se mire). En la primera se trata de una botella dentro de unas botas que a su vez penden de un árbol (junto al par de zapatos alguien ha colocado también un candado). En la segunda una paloma sobre la testa del ángel pareciera transmitir un mensaje del Altísimo. En la tercera se muestra un contenedor de basura encerrado entre las rejas del sepulcro. Un cierto toque de humor irónico que con calculada precisión redondea la muestra.

Juan Carlos Romero de la Fuente (La Habana, 1964) trabaja en Artecubano Ediciones, es miembro del Fondo Cubano de la Imagen Fotográfica y cuenta en su haber con varias exposiciones personales y colectivas. Su Necrópolis lo ratifica entre los fotógrafos de la Isla que con mayor astucia y compromiso enfocan el lente hacia las entrañas de su ciudad, su realidad, su tiempo.

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