Actualizado el 21 de abril de 2012

El Síndrome de la Prostituta Digna

Por: . 18|4|2012

Ilustración: Amilkar FeriaHace años, cuando a Cuba no había llegado la primera jirafa, muchas personas creían haber tenido alguna delante y se hizo una encuesta para corroborar la opinión. Efectivamente, un elevadísimo por ciento de personas estaban convencidas de que en el Zoológico de 26 siempre las hubo, algo que solo sucedió años después. No podían creer que esa imagen tan familiar la tuvieran en base a referencias, y algunos estaban dispuestos a discutirle a la mismísima institución recreativa. A esa interesante confusión de los sentidos se le llamó el “síndrome de la jirafa”.

Igual que con la jirafa, hay muchas otras cosas que a fuer de verlas reproducidas en los medios, creemos conocerlas en la realidad. En mi opinión, uno de estos casos es el de la prostituta. Un buen número de personas al escuchar esta palabra evocarán una imagen que ya les resulta familiar, conformada a partir de la pantalla pero que consideran realidad objetiva.

En la ficción se les encuentra con bastante asiduidad pues se ha convertido en un personaje tipo, como el del gángster, el vaquero o el asesino múltiple. Ella, como todo personaje así, tiene características muy oportunas para desarrollar una trama interesante, ventaja sobre la cual incluso han hecho carrera grandes estrellas del cine. Tal y como lo asume la pantalla, su oficio casi nunca es el asunto; el socorrido personaje sirve para tejer conflictos extremos acerca de temas que a todos nos competen.

Utilizarla no es reprochable en sí, los personajes tipos son convenciones o referentes que sirven al juego de la ficción y a través de ellos se pueden expresar grandes ideas y construir historias de muy alto valor. Lo que sí me parece reprochable es tomar esta convención y a partir de ella intentar profundizar sobre sus equivalente reales.

Durante décadas en Cuba no era posible utilizar este personaje en tramas de actualidad; primero porque esto no correspondería mucho con la realidad, donde la existencia de la prostitución era prácticamente nula; luego, cuando las condiciones socioeconómicas provocaron un resurgimiento bien importante del fenómeno, se intentó evadir, y por buen tiempo debíamos hacer como si no existiera. Afortunadamente se ha comprendido la necesidad de abordar esta como cualquier otra triste arista de nuestra realidad social, y se permite incluir a alguien con este oficio en un argumento sobre la Cuba de hoy. Sin embargo, me parece que hay que diferenciar la licencia de utilizar el personaje tipo de marras y un abordaje serio de esta realidad social. Porque lo primero, aunque lícito, no es un mérito sino más bien una ventaja aprovechada.

Este personaje de la ficción es básicamente atractivo y por tanto sedimenta simpatías en el imaginario popular. La prostituta de la ficción tiene virtudes envidiables: es una mujer muy seductora, a veces despampanante y sobre todo con mucha dignidad, rayana en la soberbia, que desatiende las convenciones morales, tiene altas aspiraciones y está resuelta a conseguirlas, valiente y dispuesta a renuncias importantes, buena amante, apasionada hasta lo épico-trágico y que generalmente tuvo o tiene un potencial gran romance que se frustró por azares del destino, conduciéndola a la vida que ahora lleva y de la cual no puede escapar. También se le puede incorporar su desquite de género, convirtiéndola a los ojos de otras damas en un supuesto paradigma de mujer liberada, que ha decidido abusar de quienes abusan. Ella suele además ser el sueño de algún atractivo galán, o de muchos, dispuestos a perdonarle lo que sea con tal de merecer sus favores carnales o su amor.

Cualquier mujer, pienso, desearía en ciertos momentos ser todo esto. Por supuesto, el personaje tendrá defectos, pero eso no quita que nos provoque mucha admiración. La cuestión de su “oficio” en sí, queda tras un velo medio rosa. Las escenas de alcoba suelen ocurrir con algún amante de grata apariencia y generalmente algún significado sentimental; escenas para explotar la sensualidad que suele acompañar a este personaje tipo, y que sin querer provocan la ilusión de ser el cotidiano de “la vida de placeres” por la que optan las prostitutas. El suculento físico de ella parece asegurar belleza y poesía a su intimidad, sea cual fuere el caso. Olvidamos que en la cama ella no se mira a sí misma, que su cotidiano son imágenes que la cámara no agradecería.

El mito de que la prostituta es por condición una buena amante creo que merecería ser revisado. Ella conoce de prácticas que técnicamente provocan placer, una información que le era exclusiva en viejos tiempos, sobre todo debido a la moralidad reinante; pero esta moralidad ha ido cambiando, y hoy por hoy, cualquier mujer puede superar el conocimiento de una prostituta sobre tales asuntos, con la ventaja de que puede incorporarlos a su conveniencia o hasta prescindir de ellos si considera que su relación carnal contiene goces más sublimes.

La prostituta, en cambio, tiene una sexualidad marcada por el sello de su condición. Más que un oficio, la prostitución es una filosofía de vida; filosofía que comparten también los clientes, como es natural, y otras muchas personas. Es una filosofía que parte de la veneración al dinero o a su representación en bienes, a un grado tal que prácticamente anula al sujeto; hay que tener al sujeto muy devaluado para admitir como una práctica razonable la venta de cuestiones tan básicas como la sexualidad o el cuerpo. Una prostituta es alguien que devalúa totalmente al sujeto y a su vez se considera solamente sujeto, lo material lo pone el otro. El cliente no paga por hacerle homenajes y ponerla en alta estima como a veces se infiere de las tramas; él ha considerado un precio para ella, un monto que asume equivalente a la dignidad de la cual ella debe hacer dejación, y esto es algo en lo que ambos están de acuerdo.

La prostituta altanera y soberbia que se pasea por la pantalla haciendo desfallecer a los hombres, no tiene mucho que ver con las de la vida real, que lejos de pavonearse asedian a los potenciales clientes con la más patética indignidad, aclarando así de antemano cuán dispuestas están a olvidar su condición humana si alguien les hace el favor de unos pesos.

Para prostituirse el primer paso es abandonar la dignidad. Y no se puede ser prostituto en un horario y en otros cambiar el punto de vista. Convertir la sexualidad en un servicio tiene muy serias implicaciones, no solamente prácticas sino sobre todo psicológicas.

Por supuesto, es un fenómeno que se da en distintos grados; y a veces es difícil establecer la línea divisoria entre esto y el convenio matrimonial, que a fin de cuentas parte de una base parecida, aunque se haya logrado hacer de él una saludable institución.

Es razonable que nuestros ancestros disminuyeran las relaciones amorosas y carnales a una especie de comercio, entendiendo lo material como la única razón humana importante, pero creo que ya contamos con argumentos suficientes como para percatarnos de la necesidad de superar tan primitiva visión.

Esto, sumado al arcaico criterio moralista de considerar lo sexual como un asunto de poca importancia, es lo que permite ver razonable tales negociaciones. Olvidándonos del derecho de todo ser humano a una sexualidad plena.

Me atrevería a decir que la prostitución no es solamente hija de determinadas condiciones económicas sino de una educación sexual deficiente.

Las prostitutas son nada más la más palpable, evidente y soez representación de esta mentalidad. Su proliferación, un reflejo de que todos nos hemos prostituido un poco. Esta contaminación de la conciencia es lo suficientemente alarmante como para que se le preste la debía atención y se le trate con la mayor seriedad.

Puedo disfrutar de una obra que utilice como recurso a la popular prostituta de la ficción; pero luego, cuando esto se interpreta como un abordaje de la verdadera problemática social, me quedo pensando en lo que tales juicios pudieran ocasionar, porque al tomar una cosa por otra estamos alimentando una imagen falta y perjudicial acerca de un fenómeno que merece la mayor claridad posible.

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