Actualizado el 18 de abril de 2012

Philip Kendred Dick:

Un profeta callejero

Por: . 16|4|2012

Philip Kendred DickNo sé con exactitud en qué momento comencé a devorar con absoluta fruición todo cuanto me llegase de la obra del estadounidense Philip Kendred Dick, en la actualidad punto de referencia obligado en manifestaciones artísticas como la literatura y el cine. Quizá, mi interés por la narrativa dickiana se despertó a partir de un texto de mi colega y amigo Rafael Grillo o, tal vez, después de leer un intercambio entre el chileno Roberto Bolaño y el argentino Rodrigo Fresán acerca de Dick. Semejante precisión poco o nada importa. Lo cierto es que en un momento dado, me volví un fanático de PKD, ansioso de ser literalmente tragado por sus invenciones, las cuales son resultado de una compleja imaginación, siempre apta para brindar sorpresa, desencanto y algo así como un golpe escénico a lectores como yo, apasionados ante historias signadas por una duda de fondo o contradicción aparente que, en verdad, confunde en un primer momento, y a la postre, nos impulsa a la meditación.

Si bien la reflexión a propósito de la sutil frontera que separa lo humano y lo sobrenatural, entre seres vivientes, de carne y hueso, y las máquinas que actúan como si fueran entidades reales y pensantes (como si unos y otros ocuparan una misma piel), resulta componente esencial en las narraciones de Philip Kendred, fallecido a los 53 años, el 2 de marzo de 1982, en Santa Ana, California; sería un enfoque reduccionista ubicar su intenso quehacer literario solo en la ciencia ficción, pues el mismo va mucho más allá y en no pocas ocasiones entra dentro del ámbito filosófico. No en vano él afirmaba: “Soy un filósofo-escritor, no un novelista: utilizo mi habilidad de escritor de novelas y cuentos como un medio para formular mi sentir”. Y añadía: “En el centro de mis escritos no hay arte, sino verdad.”

Nacido prematuramente el 16 de diciembre de 1928, en Chicago, con Dick vino al mundo una hermana gemela, nombrada Jane, pero que murió apenas unas semanas después de ver la luz. Según varios biógrafos de PKD, dicho suceso devino porción dominante de la vida y obra del cuentista y novelista. Las mismas fuentes apuntan a que alrededor de 1940, tras retornar con su madre de Chicago a Berkeley, es cuando el entonces muchacho comienza a leer y a escribir ciencia ficción. Con apenas 14 años, da a conocer su primer cuento, Regreso a Liliput. Así, ya desde la adolescencia, publicó de manera regular historias cortas en el Club de Autores Jóvenes, una columna del Berkeley Gazette. Por aquellos días, los autores que más le influenciaban eran Robert Heinlein y A. E. Van Vogt.

A los 18 años de edad, abandonó a la madre y marchó a vivir solo. A la par, prosiguió los vínculos con la comunidad intelectual de Berkeley, mientras laboraba como dependiente en un negocio de comercialización de discos. Tras vender varios relatos a diferentes revistas pulp de ciencia ficción de aquella época, en 1951 asume PKD que lo suyo sería la literatura y por tanto, pasa a ejercer como escritor a tiempo completo. En relación con esta decisión, Norman Spinrad, uno de los principales biógrafos del narrador, en la Introducción al volumen 2 de los Cuentos Completos de Dick (Colección Gran Super Ficción, Ediciones Martínez Roca, 1993) afirma que ese instante coincide con la transformación más gigantesca que la ficción científica ha experimentado, al menos desde el punto de vista de las publicaciones. A inicios de la década de los cincuenta de la anterior centuria, las revistas aún eran el medio predominante de publicar ciencia ficción, con lo cual señoreaba el relato corto y quien pretendiese ganarse la vida mediante la escritura literaria, debía enfatizar en el ejercicio del cuento.

De las características principales de la etapa, PKD expresó: “La CF era tan despreciada que virtualmente no existía a los ojos de todos los EE.UU. El desprecio hacia los escritores de CF no era divertido. Hacía miserable nuestras vidas. Hasta en Berkeley la gente decía: ‘Pero, ¿estás escribiendo algo en serio?’. No ganábamos dinero; pocas editoriales publicaban CF; y se abusaban cruelmente de nosotros. Elegir como carrera ser escritor de CF era un acto de autodestrucción; en efecto, la mayoría de los escritores ni siquiera podían concebir que alguien los tomara en consideración”. Pese a ello, Dick, que por otra parte llevaba una vida amorosa muy agitada, era feliz: “Me río de esto ahora, y siento además una pequeña nostalgia, debido a que, en algunos aspectos, esos fueron los mejores benditos días de mi vida, especialmente allá en el principio de los 50. (…) Éramos pobres; en efecto —mi esposa Kleo y yo— éramos pobres. No lo disfrutábamos para nada. La pobreza no fortalece el carácter. Ese es otro mito. Pero sí te convierte en un buen contable; uno cuenta y cuenta con exactitud su dinero, su poco dinero, una y otra vez. (…) Por lo tanto ahí estaba yo en el Lucky Dog Pet Store en la Avenida San Pablo, de Berkeley, California, comprando una libra de carne picada de caballo. (…) No disfrutaba, de verdad, al saborear la carne de caballo; es muy dulce… pero en cambio disfrutaba de no tener que estar tras un mostrador exactamente a las 9 de la mañana, de traje y corbata diciendo: ‘Sí, señora, ¿puedo ayudarla en algo?’.”

En los relatos de aquel entonces, PKD esboza situaciones en las que prevalece la ausencia de superhombres, a tono con una de las grandes premisas de todo su quehacer literario; es decir, referirse al ciudadano común en el trance de salir de problemas extremos sin falsos heroísmos. Son personajes que se autoafirman a través de su atolondrada y fatigosa lucha. A la vez, en sus obras de la etapa y como anticipo de lo que acontecerá después, aborda el asunto de la manipulación del tiempo y de la opinión pública, el abuso del poder, la paranoia y el clima de “caza de brujas” instaurado en USA en los 50. Cuentos suyos como Los marcianos llegan en oleadas, de 1954; y El fabricante de capuchas, de 1955, devienen denuncia contra la intolerancia y el autoritarismo que condena “al otro”, “al distinto”.

El primer éxito de PKD se produce en 1955, cuando sale al mercado su novela Solar Lottery (Lotería solar), título inicial de un grupo de obras que motivan sorpresa entre los lectores del género de CF, pues se desmarcan del tradicional raciocinio que tipificaba a la manifestación. No obstante, esos textos debían adoptar determinadas normas establecidas por su entonces editor, Donald Wolheim, quien por ejemplo exigía que las novelas tenían que ajustarse a seis mil líneas, a fin de asegurar la atención de un tipo específico de lector. De lo antes expuesto, se deducirá que para Wolheim y su colección, poco o nada importaba el nivel literario de lo que editase sino la popularidad y las ventas que se registraran.

De forma increíble para muchos, Dick consiguió adaptarse a semejante esquema, sin traicionar en esencia sus propias ideas, y de tal suerte, publicó los títulos El tiempo doblado (1956), Planetas morales (1956), Ojo en el cielo (1957), Muñecos cósmicos (1957), Tiempo desarticulado (1959) y Vulcan’s Hammers (1959).

Quizá, de ahí parta el desapego de PKD por lo que formalmente se llama buena escritura, o sea, el conjunto de convenciones aceptadas en mayor o menor grado por todos. Tal vez por ello, cierta crítica ubicó su obra solo en la estantería de los libros populares y baratos. Tontos que no supieron darse cuenta de que estaban ante alguien llamado a convertirse en un clásico, muy por encima de lo que representa la corrección gramatical. Sucede que muchas de sus novelas las escribió en menos de un mes, sin estructuras preconcebidas y a partir de una alta dosis de improvisación, al ser el resultado de encargos editoriales. Lo curioso es que ese apresuramiento o velocidad que uno percibe en sus textos, le concede un tono muy personal que llega a atrapar al lector.

Philip Kendred Dick1963 marca una fecha importante en la carrera literaria de Philip Kendred Dick. Ese año obtiene el premio Hugo por la novela The man in the high castle (El hombre en el castillo). Este es un texto al cual hay que volver una y otra vez, dado que sus sucesivas lecturas siempre revelan nuevas aristas al vincularse con el tema de cómo los seres perciben la realidad, cuestión que nos conduce a especulaciones todavía más profundas: ¿Qué es la Realidad? ¿La Realidad es algo independiente y anterior al sujeto que la percibe o, por el contrario, está determinada por la forma en que dicho sujeto la percibe? ¿Cuan “real” es la Realidad? Para quienes no hayan tenido la fortuna de leer la obra, en un breve resumen podría decirse que se trata de una ucronía o lo que es lo mismo, una novela que explora tiempos o etapas históricas que en realidad jamás ocurrieron.

Como es sabido, la Segunda Guerra Mundial finalizó con la victoria de los Aliados sobre el Eje integrado por Alemania, Japón e Italia. Dick subvierte dicha realidad y así, en su narración, recrea un mundo en el cual el Eje se ha impuesto a los Aliados, con lo que Estados Unidos ha sido invadido y dividido entre japoneses y alemanes. En un contexto donde los nazis han perpetrado cuánto han querido (ejemplo: han secado el Mar Mediterráneo, exterminado a todos los africanos y a buena parte de los judíos), él nos relata varias historias, especialmente las de cinco personajes: la de Robert Childan, la de Frank Frink y su ex esposa Juliana, la del señor japonés Nobusuke Tagomi, y la de un agente alemán escudado tras el falso apellido Baynes. A tales relatos personales añade la existencia de un libro en el que se cuenta la historia de un mundo alternativo al real, que reta a la totalidad del sistema y en el que los Aliados han ganado la guerra.

Esta novela con su aproximación a realidades superpuestas, pienso que como pocas, le inyecta a uno la sospecha y duda en cuanto a lo que resulta verdadero y lo que es falso, a tono con los muchos filósofos que a través de los siglos han sostenido que nuestro universo sólo es una sombra de algo diferente. La obra deviene historia de una disidencia, de oposición al pensamiento sometido al totalitarismo del mundo fenoménico. Así, nos encontramos ante un relato estructurado desde una doble inversión: evidenciar que la historiografía o narración de la historia es una novela y que esta, a su vez, es historiografía. Como han apuntado varios estudiosos de PKD, entre ellos el colombiano Campo Ricardo Burgos López, El hombre en el castillo apuesta por llamar la atención en relación con la inmensa carga ficcional de lo que suponemos histórico y, a la par, hacer conciencia de cómo el símbolo novelesco puede decir más sobre la realidad que cualquier cúmulo de hechos.

Con la revolución de la ciencia ficción en la década de los sesenta, en busca de elevar el nivel de calidad en las narraciones y alejarse de la etapa meramente técnica, el prestigio de Dick como escritor ascendió y fue reconocido por las nuevas generaciones como uno de los maestros del género, hacedor de otras zonas temáticas en la manifestación gracias a su acercamiento a asuntos no en relación directa con la CF, como la locura, la religión y la filosofía. Verán entonces la luz novelas suyas como Tiempo marciano (1964), Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965), Aguardando el año pasado (1966), ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), Gestarescala (1969) y Ubik (1969), compleja historia de espionaje y contraespionaje industrial en la que aparecen personajes con poderes “especiales”, tal vez su novela más famosa y por la que recibe el Premio Apollo en Francia.

A inicios de los 70 Dick vive un período bastante inactivo desde el prisma creativo. Cuando retorna a las andadas literarias, lo hace con un par de novelas valoradas por muchos como deslumbrantes: Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974), por la que le otorgan otro premio, el John Campbell Memorial en 1975, y Una mirada a la oscuridad (1977). La primera aborda el tema de la importancia central de los medios de comunicación en la sociedad, por lo que resulta de palpitante actualidad. En la segunda, plasma sus experiencias en el mundo de la droga a comienzos del decenio de los 70: “Si ustedes piensan que los escritores viven una vida de enclaustramiento entre libros, están equivocados, por lo menos en mi caso. Estuve, un par de años en la calle, en el mundo de las drogas. Parte de esta escena fue divertida e increíble, y otras partes fueron espantosas. (…) Una cosa buena de mi paso por la calle era que la gente no sabía que yo era un escritor de CF conocido, y si ellos lo sabían no les importaba. Al fin de los dos años había perdido todo lo que tenía, incluso mi casa. Había parado temporariamente de escribir. Me había enamorado de varias inescrupulosas chicas de la calle.”

Hacia 1975, Philip fue partícipe de varias experiencias religiosas que le ocuparon intelectual y espiritualmente. A partir de entonces, se dedicó a elaborar explicaciones e interpretaciones de tales experiencias, actividad que influyó en sus novelas posteriores y de manera especial, en una trilogía narrativa suya dedicada a la religión: Valis (1981), La invasión divina (1981) y La transmigración de Timoty Archer (1982).

El 2 de marzo de 1982, PKD muere a consecuencia de un fallo cardiaco. Tras esto, se instituiría un premio en su memoria, el Philip K. Dick Memorial, y se estrenaría la famosa película Blade Runner, con un guión basado tangencialmente en su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? En 1985, se publica Radio Libre Albemut, la versión primitiva de Valis, a la que le siguen las ediciones de varias novelas que le habían rechazado en vida, acción realizada a las claras para aprovechar la fama conseguida por Dick tras su muerte.

Hacedor de una prolífica obra, en la que se incluyen treinta y seis novelas y alrededor de ciento treinta y un cuentos, PKD es valorado por unos como un flagrante violador de las leyes implícitas de la CF; mientras que otros lo ven como su fundamental renovador en la segunda mitad del siglo XX y el autor que abrió dicho género literario a temas, enfoques y visiones (como diría el propio Dick), más allá de la aproximación a mundos extraterrestres y de la simple evasión de la realidad. A diferencia de los que escriben acerca de un futuro lejano tecnológicamente (solía afirmar que “la mala ciencia ficción predice mientras que la buena parece que predice”), PKD nos ofrece un mundo en el que el futuro no resulta el mañana y por ello, prefiere referirse al tiempo, visto como una variable más en la vida humana, susceptible de transformarse y mutar según quien lo mira y lo vive. De ahí que puede asegurarse que Philip es otra CF, disímil de la convencional y plagada de clichés, pues en él, la cuestión se trata de esbozar un presente sin sentido y que tiene frente a sí una utopía pesimista.

Finalmente, concluyo mi aproximación a este realizador de historias que al decir de Matteo Dean “son como caminos trazados en la oscuridad, caminos aún por explorar” (acaso la verdad es ella misma camino, búsqueda, extravío y estupor sin fin), y que como escritor consideraba que el cuento trata de un crimen y la novela de un criminal, con un mensaje que Philip Kendred Dick transmitió a jóvenes literatos y que me parece de absoluta vigencia aún en nuestros días:

“Yo pienso que ustedes deben saber esto; específicamente en el caso de que sean, digo, veinteañeros y algo pobres, y tal vez estén empezando a llenarse de desesperación, sean escritores de CF o no, sea lo que sea lo que quieran hacer de sus vidas. Pueden tener un montón de miedo, y a menudo es un miedo justificado. (…) Ahora vean, no busco simpatía, lo que intento hacer es decirles que la crisis de ustedes mismos, su odisea, asumiendo que tienen una, no es algo que va a durar para siempre, y quiero que sepan que ustedes sobrevivirán gracias a su coraje, ingenio y un cambio de vida. (…) Así que vivan por algo; quiero decir, vayan todo el camino hasta el fin. Ahí es donde se entiende todo, y no a lo largo del camino.”

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