Actualizado el 21 de mayo de 2012

Entre decir o no decir: Ellos y Ellas

Por: . 18|5|2012

Entre decir o no decir: Ellos y EllasNo hay dudas de que el idioma es sexista, reflejo de quienes lo hablamos; la palabra es un modo de expresar las ideas y espejo de lo que pensamos. Creo que evidenciarlo sirve para identificar prejuicios allí donde no los habíamos notado, e intentar modificar estos elementos discriminatorios del lenguaje ayudaría a un pensamiento más inclusivo y equitativo.

Sin embargo, creo que no todas las propuestas en tal sentido persiguen esos objetivos. El caso particular de “ellos y ellas”, que es al único al que voy a referirme aquí, no me parece que intente cuestionar o modificar el idioma sino que lo utiliza como vehículo.

Con “ellos y ellas” estoy significando cualquier combinación de masculino y femenino con “y” entre ambos: “todos y todas” “las y los” “cubanos y cubanas”, etc., incluyendo soluciones abreviadas como pueden serlo: “Lo(a)s cubano(a)s” o “l@s cuban@s”. Aunque estas últimas sólo sean practicables en la escritura.

La defensa de esta práctica casi siempre se hace desde el cuestionamiento al idioma, y como en este caso no hay mucha razón para hacerlo, esos argumentos suelen resultar paradójicos. Voy a mencionar aquí los que considero más reiterados y exponer en cada uno mis criterios al respecto:

1. “¿Por qué las mujeres tenemos que permitir que nos incluyan en el masculino, como si no existiéramos?”.

Aunque para analizar esto no hace falta acudir a los orígenes creo que hacerlo ayudaría en la simplicidad de la explicación: Lo que actualmente entendemos como género gramatical masculino era originalmente neutro (y único), el femenino apareció en el castellano por alguna necesidad de nuestros ancestros de considerar a la hembra como una especificidad. Para el masculino no se inventó una nueva forma sino que con este fin se siguió utilizando el hasta entonces neutro, que adquirió está dualidad, la de ser neutral y masculino a la vez. Dicho de otro modo: el masculino no está marcado y por ende es incluyente mientras el femenino es marcado y excluyente.

El pecado original sería la fusión que tuvo el masculino con el neutro que supuestamente pone al hombre en una posición ventajosa. Sin embargo hay un elemento en esta ecuación que nunca se menciona. En ese “pecado original” el masculino quedó en desventaja sobre una cuestión bien importante: no cuenta con especificidad.

Si decimos “cubanas” queda claro que hablamos de las mujeres, pero si decimos “cubanos” no queda claro si nos referimos a los hombres (varones) o a todos los habitantes de la Isla, sin distinción de sexo. No existe el género solamente masculino, de modo que cuando queremos referirnos a “ellos” en este sentido, debemos acudir a aclaraciones, a veces incluso un tanto complicadas, y si la persona que habla o escribe no es muy versada en palabras puede suceder incluso esto, que es un ejemplo tomado del comentario de un lector: “Digo hombre no refiriéndome a la generalización de hombres y mujeres, léase hombre como los del género masculino…”

Como se ve, este lector tuvo que dedicarle sus buenas oraciones a aclarar la especificidad masculina en su afirmación. Y el idioma es para uso de todos, no solamente para catedráticos.

Si el género femenino fuese el que contara con esta supuesta ventaja de fusión con el neutro, las mujeres estarían en el peor de los casos posibles porque no tendrían especificidad y el neutro no sirve para evidenciarse.

Fundirse con el neutro puede ser síntoma de poder, pero creo que la especificidad también podría serlo, si quien ostenta ese poder considera que debe hacerse la salvedad en su caso. La queja entonces sería: “Ellos sí son específicos, nosotras somos el montón”. Algo que sí sería una situación desesperada para quienes necesitan ser visibilizadas.

Concluyendo: Que sea el masculino el que se fundió con el neutro, no es una ventaja para los hombres sino una bendición para las batallas por la inclusión femenina.

2. “Mientras no se invente un género neutro que incluya ambos sexos habrá que decir ellos y ellas”.

Ante esta afirmación valdría hacerse una pregunta: ¿En verdad el “ellos y ellas” está reclamando un neutro o aprovechando su ausencia?

Si al decir “ellos” solemos imaginar hombres, creo que esto no se debe a la fusión en lo gramatical. La mayoría de los idiomas carecen de género, en esos países el equivalente a nuestro “ellos” no es masculino sino completamente incoloro, pero allí también al pronunciarlo se evoca al hombre y no a la mujer. Es un referente universal, injusto pero que está más allá de las características del idioma en cuestión.

Obviamente, un neutro, por más incoloro que resulte, no serviría en lugar de “ellos y ellas”, porque no sacaría de la invisibilidad a las mujeres. Este “ellos y ellas” es una posibilidad muy especial que brinda el castellano.

El “ellos y ellas” necesita ser una arbitrariedad idiomática para cumplir su función. Utilizar dos palabras donde bastaría una, que además está incluida, es tan impropio de la lógica lingüística que no puede pasar inadvertido. Es como ir sonando una campanita que a cada tramo va recordando: “Acuérdense que las mujeres también participan”. Por supuesto, puede resultar mortificante, con independencia de la postura que se tenga sobre el tema de la inclusión o de la mujer; lo agobiante no es el tema sino la reiteración, ese contenido extra expresado tantas veces, más aún cuando no guarda relación con lo que se está diciendo. A su vez esta mortificación forma parte de la estrategia. Si un día dejase de molestar pasaría inadvertido y por tanto no serviría para lo que ahora consigue.

3. “En un grupo de muchas mujeres y un solo hombres hay que decir ellos, porque los hombres se ofenden si los tratan como mujer, sin embargo a nosotras nos tratan como hombres, al decir ellos para generalizar”.

No debería suceder que la feminización sea ofensa para el hombre, es una cuestión que amerita su análisis pero no sería el tema de este comentario, aun cuando este factor puede tener su influencia no es el asunto esencial. La mujer está incluida en el “ellos” porque “ellos” es el neutral, con independencia a que también sea masculino. El hombre no está incluido en “ellas” porque se trata de una especificidad y es excluyente.

Un genérico no se decide atendiendo a la mayoría. En un grupo de cien perros y un gato, si decimos “los perros” el gato no está incluido, para incluir al gato habrá que acudir a animales, mascotas, cuadrúpedos o etc. Sin importar si al gato le ofende o no que lo consideren perro. No es un asunto de opinión sino de significados.

Creo que el “ellos y ellas” es una práctica respetable, tanto como cualquier otra que consista en evidenciar una verdad, en la medida que lo necesitemos y por las vías que consideremos pertinente. Como pegar pasquines en los postes. El contenido del pasquín es legítimo y urgente pero no está evaluando al poste. Y no debe considerarse tampoco que un poste esté incompleto si no porta un pasquín.

Alguien decía en un panel: “Imagínese usted una niña que se pasea por un jardín, regando dulcemente las flores y tarareando una melodía… Ahora imagínese que esta niña es negra”. Era un panel sobre racialidad y el ejemplo sirve para ilustrar que cuando decimos niña, solemos imaginarla blanca. Podría entonces proponerse que recordemos la existencia de esta raza tan ignorada en los referentes. Que cuando decimos niña, agreguemos: blancas y negras. O más bien de todas las razas. Igual convendría decir: y discapacitadas. Y aunque en el caso de los niños puede considerarse que la frase no cabe, al menos en los adultos habría que recordar la diversidad sexual y etcétera y etcétera…

Creo que la equidad de género es tan importante como muchísimas otras problemáticas, por eso prefiero no imponer esta por encima de las demás, y siento que es lo que estoy haciendo cuando en un texto arriesgo la claridad, la amenidad o la síntesis para recordar la presencia femenina. Incluso si el contenido fuese precisamente la equidad de género. Creo que este objetivo también puede atenderse sin acudir al “ellos y ellas” que, además, resulta tan fácil que suele abusarse de su utilización. He visto verter muchos contenidos sexistas y excluyentes acompañados de sus respectivos “ellos y ellas”. Hay quienes parecen simplificar el asunto a que hacerlo es una especie de membrete con el cual queda garantizado nuestro aval en conocimientos sobre género, subestimando y desestimando de paso otras estrategias posibles, creo que más eficientes, pero que conllevan más reflexión y análisis. Decir: “ellos y ellas”, “las y los”, “nosotros y nosotras” es, además de bien ostensible, absolutamente fácil.

En cuanto a mí, ni me lo exijo ni me lo tengo prohibido.

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