Actualizado el 12 de mayo de 2012

Diversidad sexual y posibles razones de quienes se resisten a aceptarla

Por: . 11|5|2012

Ilustración del autorAlgunas personas están en contra de las campañas por el derecho a la diversidad porque creen que lo que se propone es cambiar el mundo hacia lo sexualmente diverso, una especie de invitación a la bacanal de las rarezas. No se pretende hacer al mundo diverso, ya lo es y siempre lo ha sido. Por lo que se aboga es por el derecho a no disimularlo, no sólo en nombre de la verdad sino porque esta hipocresía ocasiona daños y sufrimientos a todos los humanos.

Aclarado este punto, que me parece básico, quería referirme a distintos motivos que creo identificar entre quienes están en contra de estas campañas. El primero es la creencia de que el mundo sería mejor de no existir la diversidad sexual. Algunos pueden pensar: “¡Qué bueno que todos fuésemos heterosexuales y así nadie sería discriminado por su orientación sexual ni habría que preocuparse por eso!”. Si nos fijamos, de lograrse que lo diverso sea socialmente aceptado como natural y válido, tendríamos el mismo resultado: Nadie sería discriminado y no habría que preocuparse por eso. La gran diferencia entre estas dos variantes radica en que lo primero es impracticable, intentarlo sólo ha conseguido muy calamitosos resultados, porque se trata de un engaño impuesto, mientras que lo segundo es absolutamente viable, justo, constituye una acertada visión de la realidad y, por tanto, no corre peligro.

A pesar de que lo anterior resulta muy claro de entender, hay quienes se resisten y prefiere seguir intentando la mentira. No voy a analizar las razones por las cuales ella se instauró, sino por qué sigue resultando atractiva.

Uno de las razones tiene que ver con una especie de egoísmo comprensible. Queremos ser felices en nuestra realidad inmediata con independencia de cuan justa o injusta sea. Si el mundo en el que vivimos considera que nada más debían existir los heterosexuales, entonces lo mejor es que, tanto nosotros como quienes amamos, lo seamos, y la única manera de garantizar eso es que no existieran otras variantes de sexualidad. Así resulta atractiva la idea y hasta podemos disgustarnos porque nos recuerden que la diversidad sexual existe e insistimos en ignorarla a toda costa, sumándonos a una especie de enajenación consensuada. “Mi hijo no puede ser gay” piensa un padre “porque eso no es posible”, y cuando el hijo a todas luces es gay, puede que este padre siga reinventándose la realidad hasta lo inaudito. En esta caprichosa interpretación puede que termine culpando de la orientación sexual de su hijo a las campañas por el derecho a la diversidad, sin percatarse de que el objetivo de la batalla es, entre otras cosas, librarlo de su propio miedo y agonía.

Otro motivo para simpatizar con la teoría de que todos somos heterosexuales, tiene que ver con la procreación. Es bastante evidente que la homosexualidad no constituye un peligro para la perpetuidad de ninguna especie, en todas está presente y ninguna se ha extinguido por tal motivo. Incluso cuando las tasas de natalidad humana varían lo hacen por razones totalmente ajenas al asunto. Hasta podríamos agregar que recientes estudios demostraron que las hermanas de hombres gays son genéticamente más aptas para la concepción, un dato que puede hacernos pensar que quizás entre las razones de la naturaleza para hacernos diversos puede estar precisamente la eficacia reproductiva, aun cuando no hayamos entendido del todo el sistema.

Creo que quienes piensan en la procreación como argumento contra la diversidad se convencerían fácilmente del sin sentido de la alarma, aunque hay otra razón mucho más poderosa y muy ligada a esta: La necesidad de perpetuar el yo a través de los hijos. Uno de los instintos egoístas del ser humano que se ve afectado cuando un descendiente no procrea. Hay incluso gays que sienten esta necesidad y se procuran un hijo o más a costa de cualquier inconveniente para él o para ellos. No cuestiono esta necesidad que ha estado presente en todas las épocas y al parecer forma parte de la naturaleza humana, pero sí quería deslindar un asunto de otro. Una cosa es preocuparse por la humanidad y amarla, y otra cosa es nuestro deseo egoísta de resultar imperecederos.

La siguiente razón que descubro para que alguien esté en contra de reconocer la diversidad sexual tiene que ver con los prejuicios. Un prejuicio se mantiene cuando el error aprendido no ha sido rectificado, pero no solamente por eso, el ser humano siente apego por lo que ha dado como verdad durante mucho tiempo, necesita que el mundo tenga reglas inamovibles. Que la vida avance, pero que la tierra siga estando bajo mis pies y el sol aparezca cada mañana. Por eso, si algo en lo que creíamos con entera convicción resulta ser errado, nos asusta; si cualquier cosa puede resultar diferente a lo que pensábamos, a lo mejor un día descubrimos que el suelo es una cascarita. Cuando además no se trata solamente de un criterio propio sino que es algo que toda la humanidad creía, nos asusta más, porque precisamente esa creencia generalizada debía ser mayor garantía.

La teoría de que todos somos heterosexuales salvo ciertos enfermos que no ameritan tenerse en cuenta, ha sido consolidada durante siglos, por tanto está entre esas suposiciones que si cambian asustan, aún cuando en su caso no logremos distinguir el peligro. Por supuesto, habrá quien se encargue de buscárselo, aunque sea descabellado; y hasta tendrá seguidores, porque muchos necesitan darle algún argumento a ese irracional miedo al cambio. Por fortuna ya no queman a nadie en la hoguera por defender verdades antes ignoradas; por fortuna también las verdades se imponen incluso con hogueras.

La última razón para estar en contra que quería mencionar es nuestra estrecha visión de lo diverso, la creencia de que todo lo que se salga de determinados parámetros es un defecto y debe ser rectificado. Defender la diversidad sexual se parece a defender los ecosistemas. Dado que es imposible que todos los seres humanos puedan contar con una información profunda y detallada acerca de cada elemento de la naturaleza, debemos practicar la filosofía del respeto a lo diverso como un principio básico necesario. Estar a favor del derecho a la diversidad sexual no significa simpatizar con quienes no sean heterosexuales, significa simpatizar con lo humano, amándolo por lo que es y no por un invento que pretende rectificarlo.

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