Actualizado el 1 de julio de 2012

Conga pa’ trá

Por: . 30|6|2012

“(…): —¿Avanzas con la cabeza siempre vuelta hacia atrás?
—o bien: —¿Lo que ves está siempre a tus espaldas?
—o mejor: —¿Tu viaje transcurre solo en el pasado?”
Italo Calvino.1

Conga irreversibleLa XI Bienal de La Habana lanzó el primer performance de Los Carpinteros.2 Conga irreversible recoge esa tradición popular donde este género bailable y cantable sirve de soporte musical a las comparsas carnavalescas, que se originaron en las festividades que realizaban los negros esclavos durante la dominación española. Fragmento de una esencia nacional, las comparsas siempre fueron sucesos musicales y sociales que llenaban de alegría las ciudades, al mezclarse los cantos, los disfraces, los toques de tambor y las fabulosas coreografías, en un momento de permisividad y descontrol colectivo.

Para la ocasión, Los Carpinteros trabajaron con una serie de detalles provocadores: se activó para su presentación el Paseo del Prado, una de las principales arterias públicas de la vieja ciudad, por donde antaño corría el carnaval, desde hace algún tiempo limitado a una parte del Malecón habanero; el baile de ritmo sincopado, característico de la conga3, mostró a bailarines y músicos en una extraña procesión donde el paso del grupo hacia delante, al menos en sentido y dirección, reconducía una coreografía individual de signo contrario4. Rara dinámica donde el espectador, al secundar la acción, terminaba mirando cara a cara a los bailarines, quiénes bailaban en un gesto de beligerante gallardía. El toque dramático, y por lo mismo enfático, era la propia comparsa, toda de negro5, como quién celebra pompas fúnebres. La ironía del vestuario justificaba la arbitrariedad del espectáculo que, en medio del gentío, el baile, los vítores, la música, el control de la Policía, conseguía ser —a un mismo tiempo— fiesta y duelo en una metáfora de ironía festiva.

Los Carpinteros han vuelto a la carga. En la fabulación de un mundo “surrealista” donde los objetos pierden su función original por un alucinante cambio de formas, materiales, y escalas, ya no se trata solo de manipular la realidad. Esa especie de “dandysmo” del siglo XXI, donde el dolor, la enfermedad y la muerte se esconden tras la asepsia, el diseño, el hedonismo, el high tech y la mirada light, por lo general redunda en un sujeto que no quiere mirar más allá de sus narices. Pero Los Carpinteros han renunciado por un segundo al confort de lo conocido: la loa al individualismo que yace tras los objetos, costumbres y hábitats cotidianos del hombre actual. La serialidad industrial de sus propuestas, cuya conclusión está más en función de un top estético que funcional, alude a una experiencia exclusiva que, en última instancia, siempre se instituye desde el consumo por un sujeto o clase social (high design). En otras palabras, el espacio público les ha servido de excusa para hablar de un neohumanismo, más individual que corporativo, empeñado en ganar microutopías personales, espacios de seguridad donde contrarrestar el stress político, económico y social.

Conga irreversibleSin embargo, esta conga pa’ trá devuelve a Los Carpinteros a su contexto nativo, o al menos ofrece una mutación de su cualidad vivencial como sujetos cosmopolitas, globetrotters y, ¿por qué no?, “apolíticos”, en su condición de artistas internacionales. Viajeros de itinerario cambiante, por aquello de no perder las ganas de seguir jugando, vuelven con esta experiencia, inevitablemente lúdica, a lo que ha sido uno de los puntales de su trabajo: la ciudad.

Como contrapropuesta hacen referencia a la serie de esculturas que generaron la acuarela “La ciudad que dejó de bailar” (2009) del ex Carpintero, Alexandre Arrechea6. Con estos trompos, tumbados o en pié, en cuya parte superior pueden encontrarse maquetas de algunos símbolos arquitectónicos de La Habana: el Edificio Bacardí7, la Embajada Rusa en Cuba o el Edificio Someillán; el juego y el baile queda en manos del espectador, que debe activar el objeto o soñar que lo hace, en dependencia de su escala.

Pero Conga irreversible se permite la espontaneidad del gesto social. La ciudad pierde su fisicalidad para ganar en la sensorialidad, la espiritualidad y contacto del-los transeúnte(s). Ciudad pública, de tránsito, control y caos, de censura y rumor, de carne y deseo, donde el hombre, más allá de estar signado a sus intereses, no puede evitar seguir la corriente. Y por supuesto que la gracia del espectáculo, finito en tiempo y espacio, recogió la ductilidad del cubano: reacio a enfrentar las penas, prefiere la gracia de ahogarlas todo lo que pueda, en el barullo de la muchedumbre, el placer y la fiesta. El drama es interno, visceral, y la profundidad de su dolor no es un código inteligible a los extraños. El cuerpo se agita, se deforma, y aquí es donde Los Carpinteros ganan. La recuperación del ser se produce en la extroversión de su cualidad psicológica, física, como ente colectivo e individual. El escape es transitorio; después, la inercia que domina la rutina, y con ello, la casi imposibilidad de fuga.

Conga irreversible surtió como símbolo de la Cuba contemporánea, su pueblo, su sociedad, y por cierto que el título que anuncia no es prometedor. La pregunta que impone es acerca de la irreversibilidad de sus procesos sociales, el peso real de sus movimientos de avanzada y retardo, y sus consecuencias inmediatas y futuras. Entretanto, Los Carpinteros han devuelto a la esfera pública la cuestión del choteo como mecanismo de adaptación y supervivencia del cubano frente a los distintos contextos sociopolíticos que le han determinado.

Como mensaje subliminal avista la anomia, el consuelo momentáneo, el egotismo y la indiferencia que revela este procedimiento, sobrevalorado como uno de los rasgos fundamentales de la identidad nacional, pero con probada fuerza histórica ineficaz para resolver los problemas reales que ha conjurado la Isla. En aras de un bienestar común que no llega, el choteo se ofrece como resistencia pasiva frente a una historia acosada por una incertidumbre maniáticamente perturbadora y delirante.

NOTAS

1. Italo Calvino, Las ciudades invisibles. Colección Millenium, BIBLIOTEX, S. L., p. 32.
2. Obra realizada específicamente para la XI Bienal de La Habana durante los días 11, 19 y 26 de mayo de 2012, a las 5:30 pm.
3. La música fue compuesta especialmente para la obra por Yosvany Terry. Se respetó el ritmo típico de la conga, aunque la melodía varió en ocasiones. Se usaron instrumentos que normalmente no forman parte de las congas como la tuba y los trombones. También se aumentó el número de músicos a veintiuno y cuatro cantantes.
4. La coreografía realizada por Isaías Rojas trabajó con la Compañía de Danza Ban-rarrá, e incluyó cuatro faroleros, tres reinas y veinticinco músicos. Los movimientos danzarios utilizados fueron los que se usan normalmente en congas tradicionales, pero para la obra se trabajaron al reverso. Esta idea determinó la creación de una nueva coreografía, a la que se le agregaron nuevos movimientos, y que además debía jugar con el tiempo y las pausas que se iban a producir durante el performance.
5. El vestuario negro, casi sin variación de tono, fue de Abraham García. Se tomó como punto de partida el traje de la conga tradicional, integrando nuevos diseños y materiales.
6. Cf. Alexandre Arrechea, The rules of play, SCAD, Atlanta, USA, 2011.
7. Esta obra se presentó durante la Oncena Bienal de La Habana, en los bajos del Edificio Bacardí, con el título Dancing Bacardí (2010).

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