Actualizado el 9 de junio de 2012

La debilidad del sexo fuerte

Por: . 8|6|2012

La debilidad del sexo fuerteHace un tiempo tuve la posibilidad de entrar a uno de esos salones de chat con mucha gente. Entonces se me ocurrió ponerme un nick femenino; para mayor convite, alusivo a niña buena e inocente, y como era de esperar no tuve que convocar a nadie: al instante me llovieron los pretendientes. Ellos no sabían que del otro lado había gente curioseando y yo seguí con mi personaje (que para algo le sirve a uno ser guionista).

El juego se convirtió en un experimento interesante. Era asombroso que en todos los casos —sin excepción—, esperaran que los reconociera como superiores, sin siquiera entender que lo estaban haciendo. Creo que si yo lo notaba era porque no estoy acostumbrado al rol femenino. Me concentré en un diálogo, poniendo todo mi ingenio en función de demostrarle, al menos a este, que no era una tonta, a ver qué sucedida en ese caso. Sin embargo, mi interlocutor terminó asumiendo que el diálogo era interesante gracias a él y halagándose a sí mismo por su “labia”. Como bastaba revisar lo escrito para comprobar que él en “labia” estaría más bien suspenso, lo convidé a hacerlo, pero como si no hubiera dicho nada: “k mas kieres k t demuestre?” (sic).

Al parecer todos allí eran muy jovencitos, y hay que tener en cuenta que en edades tempranas no se tienen muchos recursos y, además, los roles se exacerban por la necesidad de sentirse más maduros; pero este pequeño laboratorio mostraba con gran claridad convencionalismos que quizás luego y en otros contextos se hacen menos obvios.

Para mí era divertido porque sabía que bastaba decir que era hombre para que cambiaran el punto de vista, no sólo en cuanto a la pretensión de conquista sino el criterio sobre mi inteligencia y mis capacidades. Sin embargo, cabía pensar: ¿y si de verdad fuera una mujer? ¿Cómo hago para demostrarles que no soy tonta ni necesito que me protejan u orienten? Ninguna prueba ha servido. La única prueba que admitirían está en los genitales. ¡Vaya caso desesperado!

Fui casi mujer por un ratico y sabiendo que podía dejar de serlo en cuanto quisiera. Pero me sirvió para al menos vislumbrar lo que pueden estar sintiendo ellas todo el tiempo. Y ese episodio me aclaró más que muchas conferencias. Lo que ocurre es que yo soy hombre y por tanto sé bastante acerca de lo que pasa del otro lado:

Un niño analiza una cosita que le cuelga entre las dos piernas. Pronto le explican que eso que él tomó por simple tripita, es absolutamente decisivo para su futuro. Que gracias a haber nacido con tal aditamento, pertenece a la casta de los superiores. Cuando va a llorar le recuerdan que cuenta con un tesorito entre sus piernas al que le debe respeto, quienes lo poseen no lloran, no se andan con quejas ni pidiendo ayuda. Y aquí viene el primer aviso de que el cuento tiene su trastienda: no se trata solo de que te consideran superior sino de que estás obligado a serlo. Falacia lo suficiente compleja como para que un niño no pueda distinguirla, y cuando ya contamos con edad suficiente para darnos cuenta, tenemos tan sacralizada la norma que no nos permitimos cuestionarla. Iría en contra de nuestra hombría, ¡y con la hombría no se juega! Vaya usted a saber por qué, pero el caso es que ¡no!, es un asunto cardinal y los asuntos cardinales no son para razonar.

Ese señor llamado Patriarcado no tendrá buenas intenciones pero hay que reconocer su genialidad para asegurar, con precisión de relojero, todo el engranaje que asegura su propósito: Que el hombre sea lo más productivo posible y que la mujer le cubra la retaguardia. Me hace pensar en un cochero de un carruaje de esos de cuatro caballos, que escoge dos cualquiera, los pone delante y les dice: “ustedes son de la estirpe de los vencedores, por eso los pongo al frente, espero no traicionen el honor del cual los he creído merecedores”, y allá van los dos pobres caballos a echar el bofe, agradecidos de un cochero que va cagándose de la risa. Las mujeres no son el cochero sino el par de caballos de atrás, que se saben tan capaces como los del frente, pero esto forma parte de la estrategia del pícaro conductor. Esas segundas  bestias son el reto permanente para las que van delante, las que no les permiten detenerse ni aunque las patas se les revienten.

Confieso que desde hace mucho la prepotencia masculina me empezó a parecer ridícula. En la sociedad cubana, donde la mujer ha alcanzado grandes logros, resulta cada vez más difícil que el hombre siga creyéndose más capaz, algo que en muchos contextos se convierte en un juego de apariencias, juego que ellos necesitan y ellas complacen. “Sí, nene, ¡qué músculos tienes y qué genial eres! Ahora déjame terminar esto”.

Una mujer ha visto que intentar demostrar sus potencialidades, sobre todo con los hombres, parece no tener mucho caso, así que ha desistido de ello. Ha aprendido a valerse de su talento sin necesidad de que se lo reconozcan; esa humildad le otorga mucho potencial frente al engreído varón que necesita de un aplauso a cada segundo. Esa condescendencia femenina para con la pueril vanidad masculina me hace sentirme bien avergonzado de mi género muchas veces.

Hace unos días, a propósito de mi artículo “Género a debate y un hombre que mira” y el entrecruzar de opiniones que este suscitó, una amiga me decía:

“En mi caso particular, no siento que ser mujer haya sido un impedimento, he llegado tan lejos como he querido. Mi problema con el género es que estoy ya cansada de hacerme la tonta para que el hombre que esté conmigo no caiga en una crisis de impotencia. O me hago la idiota o al tipo no se le para”.

Ciertamente, debe ser toda una tarea para ella andar por el mundo simulando inocencia, para estar a tono con lo que se espera de una dama, porque es una triunfadora, muy sagaz, casi erudita, diría.

Creo que estas íntimas cuestiones de alcoba, que pocas veces se mencionan, pesan más de lo que aparentan. Opino que lo erótico es el gran templo del género, lo que más asegura su inmovilidad, lo que más imposibilita saltarle por encima. Lo erótico no hace caso de lo razonado, es un asunto instintivo y por tanto nos deja totalmente a expensas de lo simbólico, de todas las convenciones aprendidas, estemos o no de acuerdo cuando lo analizamos racionalmente.

Lo erótico, además, salta de la cama para instalarse en la vida, se impone en nuestra cotidiana necesidad de resultar tan seductores como podamos. Y no solo para encontrar la pareja deseada sino como medio de reconocimiento. Y está en la pantalla, en el afiche de la tienda, en la revista, porque la propaganda sabe cuánto moviliza lo erótico, cuánto puede decidir en nuestras predilecciones y nuestros juicios.

El erotismo, que debe asentarse en las convenciones de género, atiende a lo tipificado, al concepto de que el hombre es depredador sexual, el que siempre quiere y el que acosa, al criterio de que hay que poner a las féminas a buen recaudo, porque ellas son casi asexuadas pero víctimas del apetito insaciable de ellos, porque, aunque los haya buenos y malos, todos son hombres y por ende siempre están tratando. Que ni siquiera importa que les guste la muchacha porque como bien dicen ellos mismos: “¡yo le meto mano hasta a una escoba con vestido!”.

¿Y si no fuera cierto?, me pregunto. Sólo suponiendo. ¿Qué va a decir el hombre ante este panorama? ¿Qué va a decirse a sí mismo? ¿Será que no es hombre? ¿Y si en un momento dado no funciona ante una mujer hermosa?

La potencia sexual, símbolo supremo de la superioridad masculina, tiene el grave inconveniente de que no depende de la voluntad ni del esfuerzo. Más bien lo contrario. Según se afirma, el mayor porcentaje de casos de impotencia masculina es psicológico. El círculo vicioso de “como no puedo me asusto y como me asusto no puedo”.

La convención de que la potencia sexual es proporcional a la hombría funciona en dos direcciones: la potencia asegura sentirnos más machos y sentirnos más machos asegura la potencia. Por eso, ante el peligro de que la sagrada potencia se afecte, mejor ser todo lo macho que podamos, muy particularmente con la pareja sexual.

Con mi amiga es difícil ¡Vaya problema! Para ella y para ellos. Ella misma lo comprende y no hace la ingenua pregunta de: “¿por qué los hombres le dan tanta importancia a eso?”. Como si fuera un antojadizo criterio masculino y no una convención establecida o como si en el caso de “ellos” todo fuera a su gusto y conveniencia y, si algo no les agrada, con reconsiderarlo tienen.

Ella no confunde a los caballos del frente con el cochero. Sabe que hay que hacer algo con el señor Patriarcado y hasta me cita a Antonio Gala, dice que escribió: “Con esto del machismo nos están dando a todos por detrás”.

Ellas sufren tener que fingirse inferiores; ellos sufren la necesidad de que se les finja, llevando a cuestas ese desasosiego ante unos roles no solamente difíciles, sino a veces impracticables, y que al mismo tiempo se consideran sagrados e indispensables.

Hay jovencitos que compran viagra a escondidas, carísima, en mercado negro, partiendo la tableta alcanza para cuatro veces. “¿Y para qué?”, les pregunto. “¡Por si las moscas!”, me contestan; o bien: “para que se me pare más todavía”.

Y recuerdo aquella fábula del sapo que necesitaba demostrar que era grande y tragó agua y tragó agua, hasta que se reventó el pobre.

Ni la superioridad ni la inferioridad deben ser roles de género y es tan injusto lo uno como lo otro, aunque el daño que ocasiona en cada caso se exprese de manera diferente. Las batallas por la equidad de género no son algo que necesitan solamente las mujeres sino también los hombres, y me atrevería a decir que en la misma medida.

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