Actualizado el 14 de junio de 2012

Ensayando el contradictorio caso del Periodo Especial

Lo cubano a la sombra de la memoria

Por: . 12|6|2012

Lo cubano a la sombra de la memoriaLA PERTURBACIÓN DE UN PRESENTE

Es imposible pensar la nación evadiendo su pasado histórico. La historia constituye el sustrato sobre el que se erigen las culturas y los pueblos. No como rígidas construcciones que se resisten a los cambios, sino como un sustrato móvil al cual apela nuestra memoria, nuestra subjetividad y las esperanzas que depositamos en la búsqueda de nuevos proyectos.

En este sentido, la reconstrucción nacional en la que estamos inmersos y el sentido de cambio que define nuestra esfera pública actual, son apenas la punta de un iceberg mucho más profundo y complejo. Sus raíces se hunden en la conciencia colectiva, en una memoria acumulada y un futuro lleno de expectativas incumplidas.

Sobre la base de esto, hay evidencias en el ambiente cultural de las naciones que por su propia constitución no se pueden obviar. Como también verdades que, por muy dolorosas que sean, han de ser enfrentadas eventualmente. En el ámbito de esas evidencias podríamos mencionar el contexto en el que se inscribe nuestra nación. Momento de cambio, de transformaciones. Negaciones y redefiniciones. Unas justas y otras infundadas; pero de manera general, un cambio necesario para la esfera pública cubana, acostumbrada en los últimos años a convivir con la desidia de algunos, el burocratismo de otros y la banalización peligrosa de nuestra cultura.

La premura de los cambios en la isla, por desgracia, ha obviado las evidencias y verdades más personales y subjetivas, entre las que se encuentra la aprehensión de la historia, o nuestro pasado rectificado por la memoria. O sea, no la del manual, la académica o la que se hace en claustros y departamentos, sino aquella que se vive desde la conciencia cotidiana.

En otro sentido, si se quiere dirigir la mirada hacia las propias representaciones del individuo en su localidad, en su cultura o en su contexto, también ese afán transformador debe colocar sobre la mesa de disección, una vez más, el problema de lo cubano. Y este, no como el privilegio de una casta de sabios, sino como el ideal que soporte los símbolos y las metáforas de lo cotidiano.

Si pactamos con la simple idea de que ser cubano es una práctica social que atañe a la totalidad de nuestra ciudanía, sin distinciones sociales de ningún tipo. Práctica que cobra sentido mediante los rituales que implementamos desde nuestra cotidianidad y que tampoco tienen que ver mucho con visiones turísticas o intelectualizadas. El ser cubano solamente cobra sentido en el momento en que los individuos se reconocen como tal. Este aspecto, el del autorreconocimiento, se da desde la escuela, la cultura popular, la ideología, la economía o la política. Y como es obvio, apela más a motivaciones subjetivas que a imposiciones institucionales.

En este sentido, la verdadera legitimidad solamente se encuentra allí donde hay un individuo que se reconoce, junto a otros, como parte de un proyecto nacional común.

Entramos así de nuevo en esa dimensión individual; solo que ahora frente a ese individuo hemos puesto un problema mayor: Se trata de la necesidad de refundar o, si se quiere, de rescatar un sano idealismo. Uno tal que sea capaz de “rajar el tímpano de los durmientes”, al decir de Virgilio Piñera. O sea, que no solo se trate de la materialidad de la isla, sino también de las motivaciones de sus hombres, de los sueños y las expectativas solapadas de todos los que vivimos en ella.

“…UNA UTOPÍA SOBRE LA TIERRA”

En el orden de las respuestas a la problemática de la nación, pienso que la más completa fue dada por nuestro siglo XIX. Si observamos cuál fue el ímpetu que movió esa centuria, encontraremos precisamente el deseo incesante de construir un ideal de lo cubano. Tomando esa línea vigorosa y formativa que va desde José Agustín Caballero hasta el propio José Martí, el punto que comparten todos —a pesar de sus diferencias particulares—, radica en la búsqueda y construcción de un ideal, siempre desde presupuestos prácticos y éticos. Discursos anticoloniales, cultivo de la libertad, reconocimiento de principios éticos, proyectos de modernización económica, entre otros elementos, sazonan esa centuria a la medida de lo cubano.

Desgraciadamente estos ensayos para pensar la isla fueron trasladados y descontextualizados en función de nuevos símbolos. Y desde nuestros días, ya sea por el olvido, la maldad de algunos o la inconsciencia de otros, se han abstraído de nuestro suelo. La línea original y vigorosa de este pensamiento sobrevivió con altas y bajas al de la República, donde convivió con la radicalidad —paradójica— del positivismo de Varona, y luego del pensamiento cultural e intelectual de la generación del 30.

Hasta aquí lo fundamental fue la preocupación por organizar una noción de lo cubano como condición de posibilidad para la libertad de Cuba. Pero, en nuestro análisis, la Revolución cubana del año 1959 debe inscribirse en el orden de las soluciones más novedosas. En este sentido, aquella constituyó, al decir de Lezama, el momento en que el cubano hizo posesión de sus símbolos.

Pero al mismo tiempo, la institucionalización revolucionaria devino modelo, forma y esquema de la vida cotidiana.

Piénsese simplemente en la fuerza de los discursos históricos que se han tejido algunos a partir de la disciplina, el sentido del deber, el espíritu de sacrificio, el optimismo revolucionario, el espíritu de resistencia, el honor, la hombría y el valor. La otra cara de la moneda, o sea, el reflejo de este modelo en las subjetividades cotidianas, lo hemos conocido bastante bien: el olvido de nuestras memorias, el paternalismo y la superficialidad cultural.

Pero olvidamos algo. La búsqueda en nuestros recuerdos no debe obviar la trascendentalidad de determinados hechos, por su impacto sobre la subjetividad cotidiana. Esta nueva visión es de vital importancia, sobre todo si se tiene en cuenta que solo desde el cuidado y la preocupación individual es que se puede repensar, no solo la historia y la memoria, sino la vida misma del presente cubano. A estos efectos, en nuestra búsqueda llegamos al Periodo Especial.

Si culminamos nuestro recorrido en este Periodo… no es por una enfermiza curiosidad o morbo despertado por las desgracias. Sino por ese fino contraste entre la realidad y los ideales. Por un lado, la pobreza y penuria económica reinventada constantemente en otra realidad. Por el otro, la isla ideal, la utopía salvadora para muchos y negativa para otros:

“Será paradójico, pero el hambre, que nos esclavizó, también nos ha liberado. A su clarín iremos como fuerza magnífica, pues solo ella es capaz de convertirnos en héroes. Cuando sea atroz el hambre torceremos la arquitectura del universo y fundaremos una utopía sobre la tierra”. (En Vega, 2011. p. 33)

Polémico por su delimitación temporal y su actualidad. Añorado condescendientemente por sus innovaciones gastronómicas e industriales. Odiado por la abrupta caída de los índices económicos. En fin, la percepción de ese periodo varía, es compleja y todavía hoy desafía nuestra memoria.

Sin obviar diversas razones de peso —de índole cultual e histórica—, fue aquí y entre esos años en que las preguntas por la patria, la revolución o sencillamente la isla como posibilidad de existencia, se hicieron con mayor evidencia. El período inmediatamente anterior en que sucedió esto fue el triunfo revolucionario. Con la diferencia de que aquel es un momento de desgarramiento, y este último lo es de reivindicación nacional.

Y a pesar de ese lastre, lo característico de esos 90 no fue solamente la abrupta caída económica, el debate político o la migración hacia el extranjero. De hecho, la pregunta no es tanto por los cubanos que abandonaron la isla, sino por los que se quedaron. La respuesta teórica a la decisión de aquellos es fácil: problemas económicos o políticos. Pero, ¿qué mecanismos implementamos los que nos mantuvimos en medio de un desierto carente de posibilidades? ¿Cómo se conjuga la realidad con las expectativas de un sujeto inmerso en la pobreza?

Ese lapso, fue un punto de inflexión en el que, por primera vez, el contemporáneo pudo apreciar que los proyectos de desarrollo social, base misma de la nación, podían fracasar. No solo por las políticas definidas desde el mundo foráneo, sino además por causa del propio entorno nacional.

A grandes rasgos, podríamos restringirnos a los años que corren entre 1991 —cuando el gobierno cubano declara oficialmente su comienzo, provocado por la caída del socialismo en Europa del Este— y el año 1995, cuando ya se comienzan a apreciar signos de recuperación económica desde el contemporáneo. Esto, con el conocimiento de lo problemático que pueda ser cualquier delimitación temporal, y más aun, cuando se trata de periodizar el espacio del imaginario colectivo y la cultura en su acepción más cotidiana.

De esta manera, no solo se ha de redefinir tal periodo desde los signos de la pobreza, sino también desde la percepción que de ella tuvo el contemporáneo en su cotidianidad. En segundo lugar, se debe esbozar, muy someramente, la relación que en el medio cultural se establece entre la conciencia cotidiana y las estructuras que la representan. Y por último, dar cuenta, de manera indirecta, del proceso de tergiversación, selección, manipulación o embellecimiento que protagoniza nuestra memoria colectiva en medio de un proceso de transformaciones.

Lo cubano a la sombra de la memoria¿LA VIDA ES BELLA?

La cotidianidad, ya la cubana de los 90, logró crear —o más bien invertir— el sentido de su realidad. Sin esa inversión no se hubiera podido sobrevivir a la complejidad de ese momento. Según Reinaldo Montero:

“La vida reducida a un comer y despertar al día siguiente ilustra lo duro de la cotidianidad, y lo enajenante que puede ser esa gruesa franja de tiempo ocupada en satisfacer necesidades primarias, pero también muestra una enorme franja vacía, y esa franja es el espacio que permite catapultarse al décimo cielo”. (En Vega, 2011. p. 40)

Me gustaría llamar a este proceso de inversión, para su mayor comprensión, efecto Guido, en franca alusión al personaje principal de la película italiana La vida es bella (1997).

En dicho filme, dirigido por Roberto Benigni, podemos ver las diversas ocurrencias a las que tiene que recurrir Guido para proteger a su hijo. Lo más interesante es la originalidad con la que logra convencer diariamente a Josué de que todo es un simple juego que tiene como premio un tanque de guerra. En última instancia, es el ingenio de Guido el que salva a su hijo y logra mostrarle una perspectiva diferente de la guerra.

Es precisamente esa trasposición la que nos sirve, en tanto Guido no solo simboliza un proceso de idealización, sino que también representa el esfuerzo y la voluntad por mantener en última instancia el valor de la familia como célula fundamental e imprescindible en medio de ese proceso absolutamente enajenante.

Aquí hay similitudes directas con nuestro sujeto, ese que se vio obligado a inventar los bistés de frazadas o toronja, las croquetas de chícharo, el champú con estropajo verde y agua de lluvia o el picadillo de palma real que se improvisó en Songo-La Maya, Santiago de Cuba.

Es algo más bien raro, incluso paradójico. Al mismo tiempo que se muestra con mayor evidencia el fracaso y el deterioro de determinados logros, en otro sentido se aprecian, desde la misma cultura popular, manifestaciones de idealización.

El gran problema está en que cada hombre y cada mujer tuvieron y tienen su sentido de lo cubano. No obstante ello, ese ideal —invisible desde la vida cotidiana— soportó de alguna manera las diversas representaciones y sus consecuentes reinvenciones materiales. De este tipo de ideales solo podemos tener testimonios por los estados de ánimo y las pasiones que bajo diversas circunstancias se expresaron en la cotidianidad.

Examinando mejor ese imaginario colectivo nos percatamos de que su contenido pasó por el lenguaje, las costumbres, las prácticas sociales, los sueños, los mitos y hasta las costumbres. Una vez en este punto, podríamos decir que de lo que se trata es de cómo esas conductas, por un lado, expresaron la estructura social y, al mismo tiempo, la alteraron y tergiversaron.

Los individuos buscaron una nueva forma de asir su cotidianidad y expresarla. Se acogen términos como “jinetera”, “maceta”, “paladar” o “shopping”. En el ámbito de las expresiones también podemos observar cómo se redefinen acciones vitales: “inventar”, “resolver”, “escapar” o “librar”.

Por mi parte, apenas recuerdo algo. Vagas ensoñaciones de un niño que no comprendía qué significaba diáspora o migración, crisis económica o compromiso político. Eso vendría años más tarde. Desde nuestra generación las cosas eran relativamente fáciles: recolectábamos marcas de carros en el receso, jugábamos a los balseros, a las escondidas en medio de un apagón, o a las bolas en cualquier bache de la calle. Más al fondo, quizás en otra dimensión —muy distinta a la nuestra—, cada uno tenía a su propio Guido reinventando la realidad, dándole sentido a un término que ya casi no recuerdo: “recondenación”.

Otra de esas dimensiones más caras en la vida del hombre: la temporalidad, también se vio alterada por el ritmo propio de las experiencias. El tiempo de las prácticas se alarga, la vida se demora y los hombres desesperan ante el ritmo lento de su sociedad. “Las cosas no cambian” y las transformaciones se demoran. En definitiva, la percepción es la de un tiempo dilatado. No hay transporte, pero hay esperanza de que mejore: entonces se espera. Se esperan los cambios, o a “los americanos” en el malecón de La Habana un 5 de agosto de 1994; se espera la luz o “el apagón”. Se construyen carrozas fúnebres reutilizando coches, ambulancias de tracción animal en Manatí (Las Tunas), o sencillamente ahí estaban las colas para comprar las hamburguesas con el carnet de identidad. De una u otra forma la sensación de espera desborda el sentido de cada uno de los objetos cotidianos y condiciona la experiencia del sujeto.

La experiencia con el entorno social estuvo signada a su vez por la fragmentación de la isla en distintos espacios, pero las dimensiones fundamentales son las del “adentro” y el “afuera”. División que adquiere contornos políticos aunque hayan sido económicas sus principales motivaciones: “Si quieres comer jamón, tocinetas y morcillas, lánzate del Malecón y nada 90 millas”, rezaba un refrán popular.

Pero el espacio no solo se define por la ruptura familiar, social y personal que implica esa diáspora. También los objetos de consumo fueron alterados y variados por la imaginación que se materializa. Los ejemplos de alteración formal y de contenido son innumerables y todo tiende al máximo aprovechamiento de las cosas; en este sentido no se escatima en nada. Irónicamente, la misma Ley Torricelli que recrudeció el bloqueo en el año 1992, se desdobla en fogón de aserrín para muchas familias en la ciudad y el campo.

El arroz, los plátanos y las papas “microjet” (aludiendo contradictoriamente al gran tamaño que alcanzaban). La carne con fruta bomba en el central Urbano Noris. La mortadella de pescado en Cienfuegos y en Holguín. La indefinida masa cárnica y la recurrente —por suerte— “pasta de oca”. Todos y cada uno de los objetos que definen el espacio de esa subjetividad cotidiana, su apreciación y transformación, se rigen bajo la ley del máximo aprovechamiento.

El cuerpo es otra de las experiencias más importantes de esta vida cotidiana. Es la primera mediación material que se nos da en el conocimiento de los otros y la sociedad, así como de nosotros mismos. Su imagen constituye el espejo de muchas representaciones sociales y en él se anclan también muchos mitos e ideales. Signado por las marcas de la depresión económica, es lógico que aquí también estemos en presencia de un conjunto de símbolos que expresan la realidad nacional. Creo, sin temor a equivocarme, que casi todos fuimos víctimas del bajo peso. Y algunos probamos el escozor de la escabiosis y/o de la pediculosis. Desfilaron también los jabones inventados para que el aseo fuera, al menos, una pura formalidad. La potasa que quemaba. Y el siempre eterno humor del cubano: “Van a repartir jabón angolano, échate agua y pásate la mano”.

En otro sentido, el “socio” es una alternativa a la falta de funcionalidad de las instituciones. Dicho término, lejos de aludir a una persona, es una estructura alternativa que se oculta bajo el conjunto de relaciones sociales sin negarla del todo. La propia indefinición del “socio” alude a la universalidad del término y de la práctica que oculta. El socio “resuelve” y en reciprocidad, debemos también ayudar a que el socio sobreviva, “luche”.

Este resolver, signado también por la indefinición del término, alude de manera indirecta a la supervivencia no siempre legal del ciudadano. Así pues, se vuelve una pieza clave para la conservación individual y familiar, y no menos importante para el sistema social cubano, no socialista sino “sociolista”.

Estas experiencias acomodaron de diversas maneras las prácticas cotidianas, marcadas por las laceraciones propias de la pobreza y el subdesarrollo. De manera que la isla ensaya en la práctica una de las tantas tesis de Louis Althusser en torno a la ideología. Esta “…representa la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia” (2008, p. 49). Una vez más —vale decirlo— el hombre no pensaba como vivía, sino que su relación con la vida material se producía a partir de lo que imaginaba.

Todos estos modos de la experiencia, definidos por el espacio, el tiempo, el lenguaje, el otro o el “socio”, y el medio, se convirtieron en los garantes silenciosos de un sano idealismo. De un proyecto impreciso pero salvador, como en las viejas mitologías. Cuba se salvaba. Paradoja de paradojas que atuvo a muchos a su isla, a la imaginaria o soñada. Y es que, como explica el propio Althusser, las ideas no solo se transmiten a través de los grandes discursos, sino además tomando como vehículo las expresiones más simples de la cotidianidad: la familia, la escuela, la religión y el arte, entre otros. En el fondo, todos esos rituales de transformación material e inversión de lo real culminan otorgando —al menos— una cierta esperanza al deseo de actividad de todo sujeto. Al parecer, este fue uno de los grandes misterios de los 90. Misterio que por desgracia todavía hoy no hemos logrado descifrar.

De esta manera, las luces y las sombras del Periodo Especial, aquellas que han permanecido más o menos ocultas al recuerdo, comportan desde este punto de vista una importancia enorme para comprender la manera en que nos aproximamos a la realidad. A las desconfianzas, a los rencores y los miedos; pero también a los esfuerzos, la voluntad y el deseo de transformación que todavía hoy se levanta en la sociedad cubana.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

AA.VV. (1992) Con nuestros propios esfuerzos. La Habana: Ediciones Verde Olivo.
Althusser, L. (2008). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. México, D. F.: Grupo Editorial Tomo, S. A.
Escalante, Zulema (S-F) ¡No me da la cuenta! Estrategias económicas de las familias habaneras frente al periodo Especial. Santiago de Chile: Escuela Latinoamericana de Estudios de Posgrado de la Universidad ARCIS (Edición digital).
Hall, Stuart (1984). Notas sobre la deconstrucción de “lo popular”. En Samuel, Ralph (ed.). Historia popular y teoría socialista. Barcelona: Crítica.
Perera, Maricela (S-F). Vida cotidiana y subjetividad en Ciudad de La Habana. La Habana: CIPS.
Simón González, Nelson (1993). El peso de la isla. Pinar del Río: Ediciones Loynaz.
Vega, A. (2011). No hay que llorar. La Habana: Ediciones La Memoria.

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