Actualizado el 12 de agosto de 2012

Deporte: entre el ritual ascético y el ideal identitario

Por: . 10|8|2012

Juegos Olímpicos Londres 2012¿Qué hay en realidad detrás del deporte? ¿Cuáles resortes nos mueven a la lidia y al torneo? Resulta muy evidente que más allá del glamour y de la gloria deportiva, el asunto implica mucho más que la corpórea porfía. El deporte nunca ha sido solo cuestión de músculos, es también emoción y pasión, o sea, afectividad en estado puro. Es además, racionalidad e intelecto y, sobre todo, mucho de voluntad. El deporte conecta de modo profundo con todas nuestras dimensiones antropológicas, incluyendo la trascendente.

Desde la Antigüedad, Aristóteles sostenía la teoría del deporte como vía de “catarsis”. Según esa perspectiva —apoyada hasta nuestros días por algunos—, la representación escénica de la violencia propiciaría una canalización de la agresividad humana hacia un objetivo inocuo. Ello sería válido tanto para los protagonistas directos como para sus espectadores. Sin embargo, tal presunción parece derrumbarse bajo el peso de la evidencia actual. Esta indica que la violencia fáctica es susceptible de incrementarse, conforme aumenta la exposición de los individuos a manifestaciones gráficas o documentales de violencia, e incluso tras su recreación ficcional. Así mismo, la historia recoge no pocos hechos luctuosos de violencia colectiva en los que una competición deportiva sirvió de detonante.

Por su parte, Viktor Frankl —eminente neurólogo y psiquiatra alemán de origen judío—, defendía la idea de que “es un error suponer que la agresividad se puede encauzar hacia objetos indiferentes para desahogarla en ellos: con otras palabras, es un error creer que la competición deportiva sea una guerra sin derramamiento de sangre”1. Para Frankl, fundador de la tercera escuela vienesa de psicoterapia, el deporte no es una “catarsis de la violencia”, sino una forma de “ascética secular” mediante la cual creamos penurias y necesidades “artificiales”. Frente a estas, el atleta ha de entregarse y superarse en una lucha, más que nada, contra él mismo “…en una época en la que apenas se ve obligado a andar (se desplaza en coche) y apenas tiene que subir (tiene el ascensor), le da por escalar montañas…”2

En tal proceso, los espectadores nunca somos sujetos pasivos. De cierta forma también tomamos parte en la acción y llegamos a involucramos, a veces con enorme intensidad. Resulta que el deporte es también expresión de identidad y de construcción de idearios. En él encontramos fuertes significados referenciales que ofrecen un valioso aporte a la estructuración de nuestro sentido existencial como individuos, como grupo y como nación. Por su mediación nos sentimos parte de algo más grande, algo que nos representa y a la vez nos sostiene e impulsa. De ahí el arrebato ante el éxito de los “nuestros”, la emoción hasta las lágrimas al ver en lo más alto una bandera. Ello explicaría el porqué en días de globalización y desaparición de todo tipo de fronteras, persisten inalterables los colores nacionales en los uniformes de los atletas. Resulta que ellos no compiten por sí o para sí, sino por, para y con nosotros. Los atletas devienen pues, en suprema encarnación del ideal colectivo.

Contrario a lo que algunos piensan, en el deporte hay tanta expresión de solidaridad, de respeto y de decoro, que solo puede apuntar a nuestro lado más puro y elevado. Lejos de retrotraernos a aquellas pretéritas etapas —las más violentas y oscuras de nuestra especie—, donde solo cabía una lucha desenfrenada por la sobrevivencia de los más fuertes, el deporte manifiesta y realza nuestra condición más humana y sublime: la de hombres y mujeres virtuosos. Entonces, nos conmueven hasta el tuétano las imágenes de la mano tendida al caído, del abrazo sincero entre vencedor y vencido, o aquellas que revelan la tenacidad del, en apariencia, más débil o limitado. En fin, todo un caudal axiológico mediante el cual el deporte, no solo puede hacernos más sanos de cuerpo y de mente, sino también —y sobre todo—, más fuertes de espíritu.

Quizás sea precisamente esa conexión con la esfera espiritual y trascendente lo que hace que el deporte, desde antaño, adopte disímiles expresiones de culto secular. No es nada fortuito que en nuestras ceremonias deportivas exista una profusión de rituales, en el contexto de una solemnidad cuasi litúrgica, con rebuscado aroma a religiosidad neopagana. Admitámoslo: el movimiento del Olimpismo moderno es en gran medida una expresión de culto antropocéntrico. Y no está mal, a no ser que se tuerza el rumbo y la devoción a la grandeza del ser humano se trastoque en formas idolátricas de seguimiento a un ser humano, por excepcionales que resulten sus proezas.

Así asumidos, estos “dioses” están forzados a responder, a como dé lugar, a nuestras oraciones y expectativas. Las exaltadas muchedumbres de fieles no aceptan otra retribución que no sea la victoria de sus titanes. De modo que, prestos a aupar y vitorear, somos también demasiado proclives a burlarnos, criticar y despreciar a nuestros fetiches. Llegado el momento de la caída, de nada vale la gloria pasada o el esfuerzo demostrado en el presente, cerramos el puño e inclinamos el pulgar hacia el suelo en gesto de inmisericorde castigo. Sin embargo, nunca hemos de olvidar que se trata de hombres y mujeres falibles; inacabados, más que imperfectos. Es cierto, no se puede esperar mucho de una fe que, en lo esencial, se funda en ídolos mortales de sangre y barro.

Pero mientras de este lado de la barrera disfrutamos y nos emocionamos hasta el delirio, nuestros héroes de turno han estado durante años exigiéndole a sus cuerpos y a sus mentes más allá de todo límite natural. Las sobrecargas a las que se exponen desde muy pequeños estos chicos y chicas, les llevan a extremos en los que existe un serio peligro para su salud y su vida. La imagen idílica que se nos suele ofrecer del atleta como paradigma de salud es absolutamente falsa. Casi todos rápidamente acumulan serios problemas articulares, sufren numerosos desgarros musculares, rupturas de tendones, fracturas óseas, conmociones cerebrales… De este modo, en la tercera década de vida, muchos ya están bastante limitados, cuando no seriamente enfermos.

Esto último es uno de los elementos definitorios de la corta “edad de retiro” para la mayoría de las disciplinas. No cabe duda de que el desarrollo de toda una rama de la medicina dedicada al deporte es clara expresión de que la práctica competitiva de alto rendimiento es potencialmente generadora de enfermos. Incluso, a pesar de todos los cuidados y precauciones, no son infrecuentes los reportes en la prensa acerca de la muerte súbita de algún atleta. Decesos tanto más dolorosos por cuanto ocurren inesperadamente en el esplendor de la vida. Tales riesgos son agravados por el fenómeno del doping, una de las consecuencias de esa rampante comercialización del deporte que empuja a muchos al vacío.

En efecto, pese a sus envolturas de hoy, quizás las cosas han cambiado muy poco desde las Olimpiadas antiguas o el Circo romano. También ahora y frente a la enorme presión de nuestras exigencias, cada gladiador lucha básicamente contra sí mismo, contra el agobio y la rutina, contra el dolor y la fatiga, tensando su organismo más allá de los límites. Así, desde las gradas, o bien detrás de las pantallas, en el otro lado del mundo, somos capaces de reconocer la envergadura de la tarea, la exclusividad del esfuerzo, para entonces rendir culto a los héroes que la encarnan. Pero aún cuando el intento no alcance para la añorada presea, justo será reconocer el éxito. De cualquier manera, justo sería también aspirar a que varias de nuestras universidades, de nuestros hospitales y de nuestras empresas, lograsen ubicarse sistemáticamente entre los veinticinco mejores de su tipo en el planeta.

Mientras, seguiremos en vilo, llorando de alegría o de tristeza por nuestros muchachos en Londres, así como en toda competición por venir. Eso sí, nunca olvidemos que se trata apenas de una recreación de la vida y de sus luchas, no de la vida toda. Nuestras principales batallas como nación se desenvuelven en otros campos, y en esos, todos somos héroes en potencia.

NOTAS

1. Viktor E. Frankl. El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia. Barcelona, Editorial Herder. p.51

2. Ibídem.

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