Actualizado el 14 de agosto de 2012

En defensa del autor

Por: . 12|8|2012

En defensa del autorYa con el inicio de la radio y su programación se hizo evidente que, para lograr un producto mejor organizado y más profesional, era necesaria una planificación previa que garantizara el orden. Cada uno de los muchos factores que participaban o se incorporaban al proceso, debían conocer qué hacer y cuándo. Nacieron entonces los guiones, como herramientas fundamentales en el trabajo del colectivo.

La radio se desarrolló velozmente desde 1896 —con el descubrimiento del espectro electromagnético—, transitando por etapas de publicidad pura, noticias, alguna música y narraciones orales muchas veces improvisadas frente al micrófono, hasta 1937, fecha en que comienzan a transmitirse en La Habana los capítulos de la primera serie episódica dramatizada escrita especialmente para el medio: Chan Li Po, de nuestro Félix B. Caignet.

Aproximadamente, así fue que aparecieron las primeras obras dramatizadas de la radio. Contar historias imaginarias como si fueran reales, a través de personajes y acciones, era el objetivo. El cine y la televisión, llegados después, continuaron el mismo camino hasta nuestros días; pero sucede que el guión dejó de ser ya la simple guía que indica el qué hacer, cuándo y cómo, para convertirse en un verdadero texto literario, con sus lenguajes, formatos, estructuras y reglas propias.

Lo que en un principio hacía el propio director, se fue convirtiendo en tarea de especialistas, de autores. El guión abandonó su sencillez aparente para crecerse en obra de arte y el guionista, entonces, se superó en autor, figura indispensable: el verdadero padre de la criatura.

Existe la tendencia generalizada —menos marcada en la radio, para ser honestos— de desconocer al escritor, y de escamotearle los créditos obtenidos por derecho propio. Muchas veces escuchamos por radio, vemos y oímos por televisión, o leemos en la prensa y hasta en publicaciones especializadas: “Una película…, una telenovela…, un teleplay…, o cualquier otro dramatizado, de Fulano de Tal”, refiriéndose al director; ¿pero y el escritor? Bien, gracias.

Cualquiera puede ver, en programas de entrevistas, cuando se le pregunta al director: “¿Cómo se le ocurrió incursionar en una novela histórica con tantos personajes?”. Muchas veces el hombre llena el pecho —no siempre, por suerte— y responde: “Un trabajo agotador, por supuesto…”. Y son muy pocos los que, antes de seguir inflamándose, recuerdan y hacen referencia a aquel que sí tuvo la primera idea, que se metió en las bibliotecas y los archivos, para luego sentarse solo a quemar neuronas, hilvanar historias e inventarse personajes ante la tan llevada y traída hoja en blanco. Me parece triste.

Hemos oído preguntar a un actor: “¿Cómo se le ocurrió crear un personaje de tantos matices?”. La respuesta honesta sería: “De ninguna manera se me ocurrió, yo solo interpreto y doy vida a un personaje que el autor de la obra necesitó crear para decir cosas”. Pero no siempre se responde así.

Veo al texto dramatizado como a una partitura musical. La obra está ahí, solo es necesario interpretarla; y esa es una tarea tan digna, artística y llena de valores, como cualquier otra. No se me ocurre siquiera imaginar a alguien que atribuya a un director famoso la obra de un autor, aunque resulte desconocido, por el mero hecho de interpretarla con su orquesta. El director hace los arreglos, la orquestación quizás, y la dirige; sus muchachos la interpretan, todos geniales, y el producto final maravilla al mundo. Cada quien ocupó su merecido espacio.

Si el director del ejemplo es también compositor, dirige a su orquesta e interpreta sus propias composiciones, entonces sí el número es totalmente suyo y… ¡felicidades, Maestro! Igualmente, cualquier director o actor de cine, televisión o radio, tiene la posibilidad de escribir, interpretar y dirigir lo propio; de hecho muchos lo hacen, y bien. Entonces, ¿por qué asumir lo que no nos toca y privar así a alguien de su derecho?

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