Actualizado el 25 de agosto de 2012

Preparen… Apunten… ¡Versos!

Por: . 20|8|2012

Hermanos SaízAcabo de soñar —casi al despertarme— que formaba parte de un pelotón de fusilamiento. Por suerte abrí los ojos antes de tener que ejecutar (creía yo). El sueño muy raro; estábamos como en una guagua-jaula; adentro iba también el condenado, al cual no llegué a ver —tengo la impresión que no me interesaba identificarlo. El alba se esbozaba y veníamos como saliendo por la carreterita del Morro, que bordea la Playa del Chivo hacia La Habana. Miraba el mar y comencé a cantar “Leyenda” de Silvio Rodríguez:

Al amanecer,
algunos ojos ya eran de la oscuridad
y huyeron hacia las tinieblas del ayer
con un puñado de semillas por sembrar,
con un puñado de promesas por crecer
y amar.

No puedo seguir, se me olvida la letra y en la penumbra, desde el asiento delante del mío, el trovador Charly Salgado —compañero de armas— empieza a cantarla, retomo la letra, seguimos a dúo… un par de estrofas y él detiene el canto y me dice: “Nos queda bien, ¿por qué no la montamos?”.

Ahí quedé. Me desperté pensando que lo de Charly viene porque tenemos pronto una “silviada” en La Utopía, donde vamos a proyectar el documental “Hombres sobre cubierta” y cantar piezas de Silvio.

Le conté a Anita el sueño —o pesadilla con final de sueño—, tratando de interpretarlo. Casi siempre logro sacar los “barrenillos” que me llevan a esas fantasías del subconsciente; rememorando doy con las claves. La guagua-jaula es el ómnibus donado por Pastores por la Paz, en el que fuimos el día 13 de agosto a San Juan y Martínez con la Asociación Hermanos Saíz, al acto por el 55 Aniversario de los asesinatos de Sergio y Luis. Lo comprobé, pues en el sueño yo iba sentado en la parte trasera del ómnibus, en un banco atravesado, y Charly iba en uno de los asientos normales, de los de a dos, delante de mí (en el sueño, pues Charly no fue, en el viaje real, a Pinar del Río). Y así mismo están dispuestos los asientos en el ómnibus real. A esto le sumo que trae como pintado lo de cantar “Leyenda”, canción que hizo Silvio en 1978 a la Brigada Antonio Maceo (los Maceítos), primeros cubanos que vinieron, desafiando las medidas del bloqueo, desde Estados Unidos y otros países.

Pero salió el sol
y se elevó sobre la tierra siempre más,
secando el frío nocturnal, dando calor,
regocijando al mundo con su prodigar,
irguiendo al viento un poderoso corazón
de amar.

Precisamente de aquellos Maceítos fue creciendo el reencuentro con la Isla y la solidaridad que trajo a los Pastores por la Paz, y con ellos la guagua que ahora, cargada de artistas jóvenes, no solo me lleva a aquel rincón sagrado de la Historia, sino que además se me cuela en un sueño. La canción de Silvio está perfectamente justificada en la secuencia (como hecha para mi sueño).

Y esto identifica al reo: Margarito Díaz, el asesino de Sergio y Luis, el que sacó la pistola en el portal del cine de barrio y mató a esos dos muchachos de 17 y 18 años de edad, disparándoles a boca de jarro, aquel 13 de agosto de 1957.

Redondeando la confluencia de ideas: En el ómnibus de la amistad íbamos un grupo de creadores, a ajusticiar al odio que apretó el gatillo, pero no hacía falta que nuestro pelotón le disparara a aquel soldado bestial; quizás por ello, tras el canto, desperté.

Y su luz subió saltando las montañas,
traspasando el mar,
regando al mundo con su cálida verdad,
su cálida razón,
esparciendo la claridad como una estación.

El sueño, tan intenso, es una alarma que me sacude desde la conciencia (o la sub) por no haber escrito antes; quería primero dejar reposar las impresiones y esperar a que me enviaran fotos de aquel encuentro con la madre de los creadores jóvenes cubanos, esa ancianita inmensa, de alma de manto, que nos cubre con su altruista y poético valor.

Desde mediados de los años 80… (Sería 1986, a raíz de fundar la Asociación Hermanos Saíz), he ido varias veces a la Casa Museo. En las primeras visitas escuché los testimonios directos de sus padres, por ello me cuesta distanciarme un poco de esa historia que me parece haber vivido —y que vivo—, siempre que llego allí.

Era bello el sol
que se elevaba sobre el mundo siempre más,
con su destierro de nevadas, su canción,
su semillero en jubiloso despertar,
erguido al viento el poderoso corazón
de amar.

13 DE AGOSTO DE 1957

Los muchachos han estado algo inquietos y especialmente alegres desde muy temprano, en el entra y sale; dicen que festejarán el cumpleaños de Fidel, que está en la Sierra Maestra y necesita del apoyo de todo el pueblo para tumbar a Batista.

Esther Montes de OcaEsther está muy preocupada, sabe que si no han registrado su casa es porque su esposo, Luis Saíz, es el juez del pueblo, pero los muchachos están bien fichados. Ambos se han destacado como dirigentes estudiantiles: Luis formó parte del Directorio Revolucionario en La Habana, junto a José Antonio Echeverría y Fructuoso Rodríguez. Al decretarse el cierre de la Universidad vuelve a San Juan y Martínez y se incorpora al Movimiento 26 de Julio, del que es nombrado Coordinador Municipal. Sergito, aunque un año menor, tiene una trayectoria similar; es el responsable de Acción y Sabotaje. Han escrito poemas, cuentos y artículos incendiarios, como “¿Por qué luchamos?”, declaración de principios que muestran la madurez de ideales de aquellos jóvenes, la firmeza de espíritu, la eticidad martiana que los guía.

Aquel 13 de agosto, tras la comida, le dan un beso a su madre, quien les advierte que se estén tranquilos, que la cosa está mala, todos los días aparecen cuerpos con marcas de torturas en las cunetas, en los ríos. Ellos le contestan: “No temas, algún día te sentirás orgullosa de nosotros”. Y parten. Apenas unos cinco o diez minutos después se sienten disparos en vuelta del cine, la gente viene y va desesperada, se escucha un grito ¡esbirro!, otro murmura ¡los mataron a sangre fría! Esther corre, como muchas madres, asustada, no quiere pensar, el terror enturbia la mente: ¡por Dios, no puede ser! se repite en su angustia. Pregunta, nadie le responde directamente, hay miradas que le esquivan…

“…Cuerpos que yacen dormidos/abrazados al cemento/de una calle y una estrella…”, había escrito Sergio en un poema, como anticipando la tragedia que ahora se cumplía a las puertas del cine.

Los hechos se precipitaron en segundos. Sergio se encontraba frente a la taquilla cuando el soldado Margarito Díaz llegó hasta él queriendo registrarlo a viva fuerza. El joven se negó, y el agente —abusando de su autoridad— lo empujó hasta la acera, donde trató de pegarle. Luisito, que estaba muy cerca, advierte que abusan de su hermano. Le grita al soldado que lo deje mientras avanza hacia ellos, pero este le dispara. Luis cae. Desde el suelo, Sergio se abre la camisa y le espeta: “Asesino, mataste a mi hermano, hazlo conmigo también”. El soldado apretó el gatillo y le atravesó los pulmones.

Y su luz llegó
al reino oscuro a las torres del ayer,
y la simiente arrebatada de su amor
sintiose renacer al contacto de su calor
y de su quehacer.

13 DE AGOSTO DE 2012

Una guía del museo explica los objetos de la casa, el anillo de bachiller que no llegó a usar Sergio y que la madre le puso en su dedo durante el velorio. Fotos en la escuela, en lugares históricos. En el cuarto, entre sus camas, el busto de Martí que un amigo les regaló. Los muchachos quitaron la lámpara de la mesita de noche y colocaron allí al guía, al que leían fervientemente. Esther les dijo que estaría mejor en el librero, pero ellos insistieron en dormir protegidos por el Maestro. Contó también que el pueblo entero se sumó al dolor en aquel velorio en la sala de su casa, y que allí no hubo flores. Hasta su entierro habían definido Sergio y Luis; les habían dicho a sus padres que si morían no querían flores ni lujos, pues había mucha miseria en el país. Para cumplir ese deseo las múltiples coronas que llegaron fueron esparcidas por el vecindario. Sobre sus camitas los relojes que llevaban ese día; uno, por el impacto, quedó marcando la hora final: 8 y 25 pm.

En aquel cuarto que sostiene la atmósfera que dejaron Sergio y Luis, escuchaban atentos los familiares de los cinco hermanos que la injusticia mantiene cautivos del imperio, junto a creadores de la AHS. Tras su larga explicación, la guía del museo preguntó si alguien quería saber algo en específico. Se hizo un silencio, creo que todos éramos presa del dolor, cual si la muerte hubiese llegado en aquel instante. Tras unos segundos, Magali Llort, la madre de Fernando González, más que preguntar, se dijo en voz alta: “¡Cómo pudo resistirlo!”.

Ella, que lleva años sufriendo por su hijo, prisionero en los Estados Unidos, que carga día a día con su pena, se estremece ante la estatura de esa mujer que ha transitado la vida sin sus hijos, sin siquiera una esperanza. Y allí está Esther Montes de Oca, la madre de los Saíz, con 102 años; declama versos con una dicción y entonación de mujer de honda cultura y sensibilidad; le hacen preguntas y coge por otros caminos, y bromea, le preguntan por su plato predilecto para el almuerzo y pide harina de maíz con huevo frito. Junto a ella, en el comedor, Olga Salanueva, esposa de René González, quien permanece retenido en los Estados Unidos sin razón alguna, tras haber cumplido una condena harto injusta. Alguien menciona el cumpleaños de René, casualmente ese 13 de agosto; Esther, inocente y generosa, expresa: “Que venga, para felicitarlo”. Magali se sienta a su lado y le toma las manos a la anciana; veo juntas a esas dos inmensas cubanas, unidas en el dolor frente al mismo odio. Le han pedido a Esther que cante algo; dice que no está para cantar y declama “Quiéreme mucho” de Gonzalo Roig.

Cuando se quiere de veras
como te quiero yo a ti
es imposible, mi cielo,
tan separados vivir.

¿Cómo pudo resistirlo? No hay consuelo cuando se pierde un hijo, pero ella comprendió que no solo de cuerpos están hechos los hijos, y abandonarse era abandonar las ideas que sus muchachos empinaron, incluso al costo de sus vidas; resistió Esther ese golpe demoledor, sacó fuerzas en la batalla por la dignidad humana. Durante todos estos años ha acompañado a la Asociación, ha visto a sus niños en los miles los jóvenes creadores que han asumido los nombres de Sergio y Luis como compromiso de un arte auténtico, honesto, audaz, útil.

Ahora entiendo por qué no sentía angustia en mi sueño, a pesar de formar parte de un pelotón de fusilamiento: sabía que no tendría que dispararle a nadie. Sobraba cualquier escena con armas (que por cierto, no llevábamos en el sueño). El “Preparen, apunten… ¡Fuego!”, es la orden para una descarga cerrada, no de balas sino de versos y canciones, que traen los nuevos Sergio y Luis que cincuenta y cinco años después besan a Esther y le prometen emprender una obra de la que ella se sentirá orgullosa.

Luego al final,
a la hora en que se suponía atardecer,
sintieron que la luz quedó en su respirar
como una sangre de la atmósfera, un poder,
un pacto eterno con la claridad solar,
con ser.

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