Actualizado el 29 de abril de 2013

Cerebros en fuga: entre las pérdidas y el desperdicio

Por: . 25|4|2013

Ilustración: Amilkar FeriaEl actual escenario de crisis económica global —de evidente trasfondo ético— ha reactivado el interés en algunos temas que por antiguos no dejan de ser importantes. Uno de ellos es el muy publicitado “robo de cerebros”.

Sin embargo esta expresión, tan recurrente en los medios, resulta viciada e inexacta. No es éticamente válido identificar el todo con la parte, aun cuando esta sea el soporte mismo de nuestra racionalidad. Una persona no es un cerebro: nuestra vida e historia personal, nuestros sueños y aspiraciones —incluso el talento—, las aptitudes y los conocimientos que nos distinguen, nunca son un producto exclusivo de la materia encefálica. Así mismo, la dignidad humana no se funda únicamente en la posibilidad de raciocinio, pues desde antes de que nuestro encéfalo madure y funcione a plenitud, ya somos seres humanos dignos y valiosos. También lo seguimos siendo si este nunca llega a desempeñarse debidamente, e incluso cuando ha perdido parte importante de las capacidades que alguna vez tuvo.

Tampoco se debe hablar de “robo” cuando nos referimos a seres humanos que en ejercicio de su dignidad —uno de cuyos valores configurantes es la autonomía— eligen libremente ir a vivir y a trabajar a otro país. Las personas nunca son propiedad del estado, de una institución o de una empresa; por tanto, en ningún caso estas instancias podrían acusar su hurto.

Muchos prefieren entonces hablar de “fuga de cerebros”, “fuga de talentos” o “migración altamente calificada” (MAC). Otros, para incluir al personal técnico y en general al calificado —cuya pérdida también tiene un importante impacto social y económico— le llaman “fuga de capital humano”. En lo personal, tampoco me gusta esta última variante, pues equiparar lo humano con el capital tiene un sustrato eminentemente utilitarista y cosificante.

Llámesele de la forma que sea, el asunto que nos ocupa es tan verificable hoy día, como rastreable en el tiempo. La historia recoge numerosas MAC de relevancia como la protagonizada por los miembros de la Academia Platónica. Ellos debieron partir a otras tierras con su saber a cuestas, cuando el emperador Justiniano ordenó el cierre de aquella institución. Ahora, como antaño, las razones de la MAC son muy similares: los conflictos sociopolíticos, la búsqueda de mejores oportunidades de desarrollo profesional y, en general, los motivos económicos. Se trata de un impulso constitutivo de nuestra naturaleza, uno de los rasgos antropológicos que nos confiere enorme poder adaptativo. Nunca hemos dejado de migrar: desde la época de las cavernas estamos moviéndonos en búsqueda de horizontes más ventajosos, y en no poca medida a ello se debe que hoy pisemos estas cumbres de luz.

Las repercusiones de este fenómeno son hoy más reconocidas. Según estimados de la ONU, cerca de 215 millones de personas —el 3 % de la población mundial— viven fuera de su país natal. Así mismo, un documento del Banco Mundial —una de las instituciones que más ha estado estudiando el asunto—, reporta que en los últimos cuarenta años emigraron hacia los Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido más de 1,2 millones de profesionales de la región de América Latina y el Caribe. Dicho documento indica que varios países, sobre todo los pequeños de África, el Caribe y América Central, han perdido a través de la migración más del 30% de su población con estudios superiores.1 No por gusto se dice que el grueso de los programadores de una firma tan emblemática como Microsoft procede de la India y de América Latina.

Mientras los medios de difusión se enfocan en la migración sur-norte, algunos investigadores estiman que la emigración entre los países en desarrollo (migración sur-sur) es tan grande como la que ocurre desde estos hacia los países industrializados.2 También ocurre, en un volumen no despreciable, entre las naciones desarrolladas debido a razones laborales y las diferencias salariales o impositivas. Por otro lado, el impacto de la actual crisis económica mundial en el llamado Primer Mundo ha favorecido que muchos jóvenes profesionales de países europeos estén tomado rumbo hacia economías emergentes como las de Australia, Brasil, Angola y Argentina. Flujo este, en sentido similar al verificado desde Europa oriental hacia el continente africano tras la desaparición del campo socialista. En este sentido, un importante texto de referencia en el tema indica que Estados Unidos está comenzando a enfrentar una creciente competencia por el talento de parte de nuevos destinos como China.3

La Medicina es uno de los ámbitos donde la migración altamente calificada genera preocupación y sus repercusiones han sido bien estudiadas. Una de estas investigaciones fue publicada hace algún tiempo en la prestigiosa British Medical Journal (“The financial cost of doctors emigrating from sub-Saharan Africa: human capital analysis”). El estudio revela que los países del África subsahariana que invierten en formar médicos, terminan perdiendo 2 mil millones de dólares por el éxodo de estos en busca de empleo en naciones más prósperas. Sudáfrica y Zimbabwe padecen las peores pérdidas económicas debido a la emigración de doctores, mientras que Australia, Canadá, Gran Bretaña y Estados Unidos son los que más se benefician reclutando médicos en el exterior.

Los investigadores, pertenecientes a la Universidad de Ottawa estuvieron dirigidos por Edward Mills. Ellos emplearon varias fuentes de datos, incluidos informes publicados por la UNESCO sobre gastos en escolaridad primaria y secundaria. De esta forma estimaron el costo de educar a un médico durante toda su vida académica —desde la educación primaria— en nueve países de África subsahariana donde la educación médica es altamente subsidiada por el sector público. Luego aplicaron fórmulas estadísticas para estimar cuánto desembolsan los países de origen por entrenar a los médicos y cuánto ahorraban las naciones de destino al emplearlos. Los resultados muestran que los gobiernos africanos gastan entre 21 mil dólares —en Uganda— y 59 mil dólares —en Sudáfrica— para entrenar a un médico, al que en muchos casos ven emigrar hacia países más ricos.

El citado estudio solo confirma algo ampliamente conocido. Desde el año 2010 la Organización Mundial de la Salud (OMS) promueve un código de práctica, referido al reclutamiento internacional de personal médico, en el que se insta a los países ricos a ofrecer ayuda financiera a las naciones más pobres afectadas por este fenómeno. El código es considerado particularmente valioso para África subsahariana, donde hay un déficit crítico de médicos y existe la mayor prevalencia de enfermedades epidémicas como el VIH-Sida, la tuberculosis y la malaria. Precisamente, el último informe global de Naciones Unidas sobre el VIH-Sida, indicó que en África está el 68% de los casi 34 millones de personas que en el mundo tienen el virus de inmunodeficiencia humana.

Aunque tradicionalmente se le ha atribuido mucha notoriedad al impacto negativo de la MAC en el sector sanitario de las naciones pobres, un interesante estudio realizado conjuntamente por investigadores de las Universidades de Houston, Lobaina y La Sorbona ha cuantificado los efectos de la emigración médica, correlacionándola con indicadores de salud y de desarrollo humano como el índice de vacunación y la mortalidad infantil.4 Ellos han encontrado que la disminución de la fuga de cerebros médicos no se correlaciona de forma directa con mejores estadísticas sanitarias. Las razones que esgrimen es que los indicadores de salud no solo dependen del total de médicos, sino también de muchos otros elementos como el nivel educativo de la población, la estabilidad política, así como de la disponibilidad de fármacos, tecnologías e infraestructuras, además de la sinergia con un personal paramédico y auxiliar debidamente capacitado.

En mi opinión, la solución a este problema no radica en políticas restrictivas, que limitan la posibilidad de los profesionales para viajar o ser contratados en el extranjero. Amén de resultar lesivo a su dignidad y sus derechos, ello podría promover la emigración ilegal en algunos casos y, en otros, un desempeño lastrado por el desánimo y la apatía de quienes experimentan la sensación de estar poco menos que “secuestrados” en su propio país. En su lugar, la solución quizás esté en proveerles adecuadas condiciones de vida y de labor, retribución material equitativa según el tipo, la complejidad y calidad de su desempeño, así como en directa relación con el volumen de trabajo.

También se precisa de mecanismos para canalizar las iniciativas y la creatividad, así como atender las necesidades de realización profesional, dentro de las que se destacan las aspiraciones de superación y de promoción. Por otro lado, resultan esenciales otras garantías como la estabilidad y la seguridad ciudadana. Este último aspecto es uno de los elementos que median la salida y el retorno en la MAC. En resumen, si se destinan importantes recursos a formar y capacitar al personal, es preciso seguir invirtiendo en motivarle y retenerle. Se sabe que toda inversión financiera, además de la erogación inicial, conlleva una serie de medidas para garantizar su sostenibilidad y al parecer la inversión en el “capital social” no es una excepción.

Por otro lado, no todo es desventaja para los sitios emisores de migrantes altamente calificados. Uno de ellos es el ingreso directo de divisas líquidas, cuya influencia en el desarrollo económico y la reducción de la pobreza ha sido objeto de investigación.5, 6 Aunque dado el actual escenario de crisis, las remesas han experimentado una modesta contracción durante los últimos años, su disminución ha sido mucho menor que la del flujo de capitales privados, convirtiéndose incluso en la más importante fuente de financiamiento externo en algunas naciones pobres. Se ha demostrado que esta inyección de capital tiene un efecto estabilizante y dinamizador tanto a nivel macroeconómico como doméstico, estimulando la actividad económica, el autoempleo y el ahorro, al tiempo que amortigua el impacto negativo en las economías locales de catástrofes y fenómenos naturales.

Existen otros beneficios palpables de la MAC, más difíciles de cuantificar de manera objetiva o financiera. Tal y como desde antaño se ha verificado en los disímiles campos de la producción intelectual y de la creación artística, el personal médico que logra insertarse en un ámbito científico o asistencial de primer nivel se encuentra una magnífica posición, no solo para desarrollarse individualmente, sino también para contribuir al desarrollo de su lugar de procedencia. En este punto, me viene a la mente el profesor Valentín Fuster Carulla. Este cardiólogo español formado en la Universidad de Barcelona, se trasladó a los EE.UU en los años 70. Allí, su desempeño le hizo acreedor de un puesto en Harvard —de cuya escuela médica fue catedrático— así como en la Clínica Mayo. Desde 1994 es Director de la División Cardiológica del Monte Sinaí, uno de los más prestigiosos hospitales a nivel mundial.

Fuster ha participado y dirigido importantes investigaciones, cuenta en su haber con más de cuatrocientos artículos científicos publicados y ha sido editor de textos de referencia internacional. Sin embargo, durante todo ese tiempo Fuster no ha olvidado a su país natal. Es actualmente un activo impulsor de la ciencia española: viaja continuamente a la península, donde preside del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) con sede en Madrid. Así mismo, dicta cursos, patrocina eventos y gestiona fondos y becas para jóvenes científicos ibéricos. La pregunta obligada es: ¿le perdió su país? Todo lo contrario, España ganó a un profesional de excelencia en un puesto clave para las ciencias médicas contemporáneas. Y desde semejante plataforma, los hombresy mujeres de buen corazón solo pueden contribuir al progreso de su tierra y de los suyos.

“Vas de tu país a tu raíz, ¡nunca te irás del todo!” nos dice la letra de una de esas canciones bellas e inteligentes del dúo Buena Fe. En efecto, eventualmente una parte de estos profesionales podrían regresar a su país natal, de donde nadie se va para siempre. Allí están sus referentes culturales e identitarios, sus vínculos de sangre y afecto. Y lo harán siendo portadores de habilidades y experiencia cuyos beneficios podrían llegar a ser relevantes. Pero para ello es necesario un marco jurídico y unas condiciones que garanticen su plena reinserción.

Algo que no se puede dejar de mencionar es que parte del personal capacitado que se marcha hacia naciones desarrolladas nunca llega a explotar a plenitud sus conocimientos y habilidades. A pesar de resultar tan necesarios en sus países originarios, cuando se enfrentan a mercados laborales sumamente competitivos y con elevadas exigencias gremiales e institucionales, muchos nunca llegan a desempeñarse en su campo profesional. Aunque mejor retribuidos desde el punto de vista material que en sus naciones de procedencia, permanecerán dedicados a labores afines pero de menor rango, cuando no en ocupaciones ajenas por completo a sus profesiones originales. Esto constituye un verdadero “desperdicio de cerebros”, término introducido por los investigadores Mattoo, Neagu y Özden para designar un fenómeno que se da tanto en los países de destino, cuando se entorpece la integración profesional, como en los de origen, donde muchas veces permanecen infravalorados y no siempre se hace lo suficiente para motivarles y retenerles. Esta última situación reduciría el incentivo para adquirir educación y capacitación en el país natal, lo cual, según algunos autores, es la forma extrema del desperdicio de cerebros.

Cuba no ha estado exenta de las consecuencias de la migración altamente calificada, con el agravante de que este ha sido un campo más para la confrontación político-ideológica con el gobierno de los Estados Unidos. Durante mucho tiempo en nuestro país se limitó y reprobó todo tipo de emigración, equiparándose en el discurso oficial con la traición. Ello no ha impedido el éxodo constante de profesionales, técnicos y personal capacitado. Motivados por diversas razones —dentro de las que priman las económicas— e incentivados por programas y recursos como la Ley de Ajuste Cubano, se han marchado del país por decenas de miles, tanto de manera legal como por vías tan ilegales como precarias e inseguras. Una sangría constante de personas valiosas que, una vez emigradas, han tenido escasas posibilidades de interacción profesional con sus colegas de la isla, y menos aún de retorno y reinserción, magnificando el impacto negativo de este proceso a nivel personal, familiar y social.

Desde hace ya algún tiempo, cada vez más artistas e intelectuales cubanos han accedido a contratos autónomos de trabajo en el extranjero. Aunque trabajan y residen formalmente fuera del país, ellos viajan regularmente a la isla, participan activamente en la vida cultural del país y nos prestigian en la de otros ámbitos. Creo que a estas alturas nadie podría dudar de la identidad, el compromiso o el sentido patriótico de tantos cubanos que viven por todo el mundo. Entre otras razones debido a los argumentos de la historia: hijos ilustres de esta tierra, como el Padre Félix Varela y José Martí, vivieron más tiempo fuera que dentro de la isla, lo cual no les impidió seguir siendo cubanos hasta la muerte.

Sin embargo, en esas facilidades que han ido abriéndose para algunas profesiones o personalidades se perciben visos de una molesta distinción. ¿Cómo explicar que un bailarín cubano pueda ser figura estelar del Royal Ballet Theater y, en cambio, ninguno de nuestros peloteros pueda jugar en los Yomiuri Giants? Si bien la reciente actualización de la política migratoria hace que algunos teman un incremento de la emigración altamente calificada, entre el riesgo de perderlos y la posibilidad de desperdiciarlos, optemos por canalizar las potencialidades de nuestra gente, en la certeza de que la Patria les contempla —y espera— orgullosa.

NOTAS

1. Ratha D, Mohapatra S, Silwal A, Irving J, Plaza S. Migration and development brief 16. The World Bank, 2011.
2. Ratha D, Shaw W. South-South Migration and Remittances. World Bank Working Paper No.102.The World Bank, 2007.
3. Chellaraj G, Maskus KE, Mattoo A. “Skilled Immigrants, Higher Education, and U.S. Innovation”. En: Schiff M, Ozden C. (Editors). International Migration, Remittances and the Brain Drain.The World Bank, 2009.
4. Bhargava A, Docquier F, Moullan Y. Modeling the effects of physician emigration on human development. Economics & Human Biology.9(2); 2011, pp. 172–183.
5. Ratha D, Mohapatra S, Scheja E. Impact of Migration on Economic and Social Development. A Review of Evidence and Emerging Issues. World Bank. Policy Research Working Paper 5558, 2011.
6. Adams RH. “International Remittances and the Household: Analysis and Review of Global Evidence”. Journal of African Economies, 15 (2). 2006. pp. 396-425.

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