Actualizado el 2 de mayo de 2013

Los peces dorados de New Jersey

Por: . 29|4|2013

Foto: Julio Larramendi (de “Paisaje después del huracán”)Mi historia es una historia larga, pero yo haré que no lo sea. Una historia surcada por la política, pero yo haré que la política no aparezca. Una historia triste, pero la tristeza no va conmigo. Ninguna de las tres cosas son problemas. Suelo arreglármelas con cuestiones peores sin ayuda de nadie. Mi nombre es Sonia Mena y estudié, hace ya muchos años, ingeniería hidráulica, pero ahora ejerzo como auxiliar general en un policlínico de Santa Amalia. Santa Amalia, para el que no lo sabe, queda en el fondo de La Habana. Ni siquiera en una esquina. Cuando digo fondo, quiero decir fondo. Y La Habana, a su vez, para el que no lo sabe, queda en el fondo del mundo. Y cuando digo fondo… bien, ya tengo 60 años, he visto bastante de la vida, algo les puedo contar, pero ahora, si me perdonan, voy a servirme un trago, porque a mí el ron me gusta mucho. Otros tienen un hijo, un sueño, cualquier cosa. Yo no. Yo tengo mi doble de aguardiente, y con eso me va.

LA PARTIDA

El 20 de enero de 1998 salí de Cuba. En principio no quería, o no quería tanto, pero mi madre había enfermado. La decisión no fue fácil. Aquí sobrevivía con bastante holgura. Sin derroche, pero entre la remesa que mandaba la familia y lo que yo pudiera rapiñar salía a flote. Además, tenía dos hijos. Ya grandes, es cierto, ya encaminados hacia lo que en definitiva fueran a ser, pero hijos al fin y al cabo. Por lo que me tomó más tiempo ponerme de acuerdo conmigo que salir del país. Vía F1: reclamación de ciudadanos cubanoamericanos a hijos cubanos. En un mes estaba volando: destino Habana-Cancún-Miami. Increíble.

Fui en carro desde la casa hasta el aeropuerto de Boyeros. Y no miré hacia afuera. No hice nada. Me agarré de la mano de mi hijo, que iba en un motor al lado de la ventanilla, y simplemente dejé de pensar. Cuando el avión despegó —serían alrededor de las seis de la tarde— tampoco me dio por mirar para abajo. Aunque como era de noche no hubiera visto mucho, tal vez un poco de luces o algo así, nunca esa mancha negra sobre otra mancha negra que dicen que se ve, y que yo supongo sean Cuba y el mar. Tomé mis caramelos, seguí las indicaciones requeridas, creo que hablé algo con la aeromoza o con mi acompañante de vuelo y después me dormí.

***

Uno no solo cambia de país, sino de época. Aquel aeropuerto era la octava maravilla. Como si llegaras y te desplazaras por una pasarela. El cielo es artificial con todos los astros. De la escalinata del avión sales a un piso y del piso sales a la aduana. No es una estera, no. Es el piso. Todo el maldito suelo que está debajo tuyo se mueve y tú solo tienes que dejarte llevar. A ver si me entienden. Estás aquí, no mueves un músculo, casi ni respiras, yo por lo menos no podía respirar, y ya estás allá. Es fascinante y hermoso. Cuando salí del aeropuerto, la familia me esperaba. Mi madre, mi hermano y mi cuñada. Delvia Smith. Una americana que al momento me puso la mano en el hombro y me dijo que no llorara más. Porque lloramos, claro. Yo no veía a mi madre desde 1979, hacía casi veinte años, y ya eso era razón suficiente.

De ahí salimos para Opa-locka, la zona de Miami más cercana al aeropuerto. Fuimos a casa de un viejo amigo a celebrar. ¿A celebrar qué? A celebrar mi llegada. El viejo amigo se llamaba Kiki, o Raúl, pero un día le pusieron Kiki y el apodo se le quedó. No sé, por cierto, qué será de su vida. Tenía una niña de nueve años que ahora debe ser un prodigio. De ojos grandes y pelo castaño. Muy desenvuelta y muy curiosa. Cómo te llamas, le pregunté. Demoró en responder. Nivia, dijo finalmente, en un español un poco afectado. Qué bonito nombre tienes, dije, con todo el cariño que en ese momento me era posible expresar, no mucho, a decir verdad, y luego le di un beso y le pasé la mano por el pelo. Suavemente. Una y otra vez. Como si quisiera gastárselo. Hasta que la muchacha se cansó y, a los pies de todos nosotros, Kiki y su mujer, mi hermano y Delvia, mi madre y yo, regó su saco de juguetes y se puso a jugar.

***

Al segundo día de estar en Miami me llevaron de compras. No había despertado y ya estaba metida en una de esas tiendas inmensas que uno ni siquiera puede imaginar. Marcas y marcas. Productos con sus subproductos. Jugos de naranja con vitamina D, con pulpa, sin pulpa, con mucha pulpa, en pomos chiquitos (que son malos para el medio ambiente), en pomos de cartón (que son reciclables) y hasta sin pomos. Estantes de sesenta metros, llenos, compactos por ambos lados y a tres niveles. Todavía recuerdo lo que saqué de mi primer día de compras. No mucho, ni nada ostentoso. Uno porque no sabía qué escoger. Y dos porque yo nunca he sido ostentosa. Ni aquí ni allá. Ni en Santa Amalia ni en La Florida.

Para mí, una bata de casa y unos rolos eléctricos. Para Manolito mi hijo, un tubo de calzoncillos, un juego de llaveros y unos zapatos Fila. Para mi hija… bueno, para mi hija nada. Cuando decidí irme de Cuba alegó que no quería verme más, que la enterrara, que ya no era más su madre y cosas por el estilo, como si fuera una cabrona adolescente. No le di importancia. Las relaciones entre nosotras nunca fueron buenas, y a medida que fueron pasando los años, y que fue creciendo y sacando espuelas, cualquier mejora dejó de interesarme. Así y todo era mi hija. Y si la primera vez no le mandé nada por escarmiento, las otras veces que fui de compras siempre le escogí algo, aunque fuera un creyón, unos blúmeres o cualquier pacotilla de feria.

A mí las ferias me encantaban. Sobre todo las que organizaban las iglesias. Había coros y niños y un ambiente de alegría que por alguna causa me hacía recordar a Cuba. Pero eso fue después. Al principio no. Al principio no sabía ni que en Estados Unidos se organizaban ferias. Al principio el deslumbramiento era total. Mi madre me llevaba de casa en casa, a visitar parientes y amistades, como si yo fuera una chiquilla. Aunque en cierto sentido, no yo, sino todos los emigrantes, en cualquier parte del mundo, se comportan a la llegada como unos chiquillos o como unos niños llorones u obedientes y siempre influenciables. Las visitas no eran, no podían ser improvisadas. Ese relajo que se ve en Cuba, allá ni por asomo. Hay que llamar primero, y si el dueño de la casa acepta, entonces se visita, se conversa durante dos o tres horas y luego se regresa.

Mi madre vivía en un townhouse en Hialeah. Un townhouse es un apartamento de dos plantas, con los rooms arriba —los rooms, perdónenme, son los cuartos— y lo demás abajo. El de mi madre tenía un garaje al costado y unas ventanas grandes a la entrada de la casa que daban a un césped verde intenso y siempre podado. El césped daba a la acera y esta a la calle donde no había, como sí pasa en Cuba, ningún carro parqueado permanentemente, interrumpiendo el tráfico. El orden allí era absoluto. Y a mí me gustaba. La gente se cuidaba mucho. De salir, de infringir las leyes, de que algún aprovechado, por cualquier tontería, colgara una demanda estúpida. Y yo no lo veía mal. La gente no salía de sus casas, y nosotros, con el tiempo, tampoco. Solo, como ya dije, a hacer algunas visitas o a comprar lo necesario. Lo necesario para mí eran los sándwiches cubanos, algún refresco, algún helado y algunas libras de carne de res.

Nos pasábamos el día, mi madre y yo, cosiendo por placer, o preparando pasteles o batidos. Por las noches, para que yo despejara de algún arranque de nostalgia o de alguna de las conversaciones con Manolito, solía sacarme en el carro, y luego me daba el timón. Cualquier express way de Miami, para que tengan una idea, es siete u ocho o quince veces más grande que la calle 23. Con eso digo todo. La velocidad normal en una de esas carreteras era de 60 ó 70 millas, que son como unos 110 kilómetros por hora, pero yo cogía 75 y a veces hasta 80 millas, que son como 130 kilómetros. Mi madre me decía que aflojara y entonces yo, como una muchacha obediente, a pesar de mi edad, le hacía caso y sacaba el pie del acelerador. Algunas madrugadas pensé robarme el auto, y perderme por ahí y salir a correr o meterme en algún bar nocturno de los que nunca duermen, pero estaba en Miami, no en Cuba, y definitivamente algo no me pertenecía. Sin embargo, yo era feliz, indeciblemente feliz. Mi felicidad era completa y nada la empañaba. Después fue otra cosa. No sabría precisar la fecha exacta, pero después se empañó. Siempre extrañé, es cierto. La melancolía o el gorrión no me dejaban en paz, pero la cantidad de posibilidades, el futuro que se me abría en los Estados Unidos despejaba cualquier indecisión, anulaba cualquier sentimentalismo. O al menos eso suponía yo.

***

Al cabo de los nueve o diez meses, comencé a desesperarme. Ya casi tenía la residencia, porque los cubanos al año de pisar suelo americano obtienen la residencia, pero aplicaba a varios trabajos y ninguno respondía. No como ingeniera hidráulica, por supuesto, no estoy loca. Camarera, dependiente, secretaria. Me daba lo mismo cualquier cosa. Total: de niñera en Miami, ganaría el doble o el triple y podía darme mejor vida que como profesional en La Habana. Eso lo tenía claro. Por tanto, la razón principal fue otra. Además, la edad me favorecía, porque a los cinco años como residente podía aspirar a la ciudadanía sin tener que pasar por el examen en inglés. Me permitían hacerlo en español. Trece preguntas de las cuales valen cinco, según dicen. Preguntas tontas, como si los latinos fuéramos comemierdas o analfabetos. Cuántas estrellas tiene la bandera. Cincuenta. Quién fue el primer presidente de los Estados Unidos. George Washington. Cosas así, imagínense. Ya con la ciudadanía podía sacar a Manolito —y a mi hija también, no me importaba hacerle ese favor— por la misma vía que yo salí. Pero Manolito cambió. Empezó a decirme, pasada las doce de la noche, porque nosotros hablábamos siempre de madrugada, que me necesitaba mucho, que no aguantaba más, que iba a mandarse en una lancha. ¡Y nadie sabe la fuerza que tiene un hijo! Pero no un hijo cercano, no. Un hijo cuando está lejos, cuando no existe forma alguna de que te lo encuentres al doblar de una esquina o sentado en alguna cafetería, bebiendo café. Yo le dije que ni muerto viniera en una lancha, que viniera como quisiera, en camisa, de traje, encuero, pero en avión. Sin riesgos de ningún tipo.

En ese forcejeo estuvimos, aunque parezca mentira, por espacio de tres o cuatro meses. Y poco a poco, a lo largo de todo ese tiempo, empecé a sentir que Manolito empeoraba. Que iba en retroceso. Algo en su voz me decía que no era el muchacho apuesto y fuerte que yo había dejado atrás. Su voz era la voz de un hombre flaco, un hombre francamente disminuido, por no decir enfermo. Y un hombre venido a menos es manjar de la desesperación y la locura. Y qué era, sino un acto de desesperación y de locura, cruzar en lancha el estrecho de La Florida.

A mi madre no le gustaba que yo llorara, lo veía todo fácil. No quiso venir contigo, ahora que se aguante, decía bajo sus colchas, justo cuando yo le llevaba el desayuno a la cama y algo en mi cara delataba que no había pasado una buena noche. Luego mi madre me preguntaba que por qué ese rostro descompuesto y yo le contestaba que me había quedado la madrugada viendo novelas. Cosa que no era mentira. Qué bellas las novelas de Miami. Me hacían olvidar, me quitaban hasta el sueño. Por eso las malas no eran mis noches, sino mis días. Interminables. Ya llevaba más de un año en los Estados Unidos y no había conseguido un maldito trabajo. Yo era la única cubana imbécil que en marzo de 1999 no tenía un puesto seguro en el paraíso terrenal. Que mi madre me mantuviera me daba alergia, porque los cuatrocientos dólares que el estado me entregaba, ya ni sé por qué causa, se iban en teléfono. Comunicando con La Habana. Y no con La Habana, con Santa Amalia. Todo para que a veces, tras dos palabras, Manolito dejara de oírme, o yo dejara de oírlo a él. Así, de golpe. Sin poder hacer nada. Colgada al teléfono, unos pocos minutos, no muchos tampoco, hasta que despertaba de aquella basura y me iba al townhouse y ponía, de los ciento cinco canales, uno de novelas. Hasta seriales de época vi yo en Miami, hasta la vida de Isabel la Católica. Que murió en 1504. Quince años antes, si aprendí bien la historia, de que los españoles llegaran a un pedazo de tierra cualquiera y fundaran la villa que luego fue La Habana.

EL REGRESO

Una mañana —ya estábamos en abril de 1999— salí dispuesta a tomar el bus. Me di cuenta que no conocía nada de Miami y que quería conocerlo, saber cómo era su vida, el movimiento de sus calles, el ajetreo de las personas. No me pareció, esa vez, una ciudad tan americana. Tomé la 4 y la 14 y estuve cerca de tres horas dando vueltas como una demente. A pesar de la modernidad y el lujo algo te hace suponer que te encuentras en La Habana, pero no con la fuerza suficiente, porque al rato te percatas de que es imposible. Aunque los repartos, y sobre todo las personas, indiquen lo contrario. A ver si me explico. Lo único que diferencia a Miami de La Habana es que Miami es Miami y La Habana es La Habana. Punto.

En la Avenida 12, entre la 54 y la 80, los latinos acostumbraban a reunirse. No sé si todavía lo harán. Pues yo estuve allí y lamenté no haberlo sabido antes. Ese día conocí a par de puertorriqueños y a varios nicas. Pude hablar a placer y me tomé dos cervezas. En fin, volví a ser feliz. Los nicas me parecieron las mejores personas del mundo. Uno de ellos explicó algo que parecía ser verdad, pero que yo no lograba comprender a fondo. Los cubanos, dijo, hablan con las manos, esconden lo importante. En el momento la idea me pareció absurda, pero con el paso del tiempo la he tomado como mía.

Luego, a la vuelta, fui para casa de Kiki. Nivia y yo teníamos un ritual. Ambas montábamos bicicleta en su jardín y mientras pedaleábamos en círculos ella me hacía todas las preguntas de Cuba que quisiera y yo me esmeraba en respondérselas. Ahí, encima de la bicicleta de una niña de nueve años, en el jardín de un apartamento de Opa-locka, entendí de una vez que debía regresar a Cuba.

Me despedí de Nivia, le informé a mi madre, quien corrió con los gastos, y el 1º de mayo, a las diez de la mañana, hora en que Fidel Castro daba su discurso por el Día Internacional de los Trabajadores, yo, Sonia Mena, ingeniera hidráulica de 48 años, con un hijo a la izquierda y una madre a la derecha, pisaba el suelo inamovible de la terminal No. 2 del aeropuerto José Martí, situado en las afueras de La Habana.

¿La bienvenida? En la aduana me confiscaron, que recuerde, una caja con varios tipos de licores y un par de patines para mi nieta. Pero era de esperar. Bajo cualquier pretexto los aduaneros te roban. A la cara, con letra de imprenta y por un solo canal. Si no me planto bonito, hubiera llegado a Santa Amalia con las manos vacías. Como si viniera de Guantánamo y no de La Florida. Insultada, después de aclarar dos o tres verdades y soltar uno o dos cojones, tomé el resto del equipaje y me largué.

En efecto, a la voz de Manolito le faltaba cuando menos treinta libras. Estaba en los puros huesos. La estancia era por tres semanas, pero desde el primer momento supe que debía quedarme, y a los veinticuatro días, luego de haber despachado a toda esa gente que se pega en cuanto uno viene de afuera, y de haber vivido unos días maravillosos en compañía de mi hijo, se presentó en mi casa un carro lujoso de Extranjería e Inmigración.

Mi vuelo estaba programado para el 22 de mayo y ellos, el carro y dos oficiales, llegaron a Santa Amalia el 25 a las nueve de la mañana. Los hice pasar, y hechas las presentaciones, me dio por decirle a uno: oficial, yo no me voy para ningún lado. Entonces, no tan sorprendidos, me preguntan a un tiempo si tengo conocimiento de mi hermano, de cuál es su trabajo, a lo que contesto con otra pregunta. ¿Qué hermano?, digo. El de Miami, responden, ¿usted tiene otro? No, no tengo otro. ¿Entonces? ¿Entonces qué? ¿Si sabe en lo que trabaja su hermano? No sé, respondo finalmente. Su hermano trabaja con Mas Canosa, informan. Imagínense, yo no sabía ni quién era Mas Canosa. Se me ocurre preguntarles, con total inocencia, porque de verdad no sabía quién era Mas Canosa, y cuando les pregunto, los oficiales se echan a reír. Como si no me creyeran, como si les estuviera tomando el pelo. No sé quién es Mas Canosa, repito algo confundida, quizás he oído su nombre, de algún lado me suena, pero no se quién es. Ni sé tampoco quién es mi hermano.

Entonces Manolito, quien había escuchado la conversación desde una esquina de la sala, me dice que Mas Canosa es un político de Miami que vive de toda esa mierda de los políticos, y justo ahí aprovecho para decirle a los oficiales que a mí la política nunca me ha interesado, que ningún político es santo de mi devoción, y menos que menos los políticos de Miami. Tanto que ni los conozco, agrego. Igual, tras haberles explicado, los oficiales me dicen, con la misma cortesía con que yo los había recibido, que debo acompañarlos.

No me resisto. No tengo nada que esconder. Les digo: esperen un momento, por favor, voy a cambiarme de ropas. Así lo hago. Y a los diez minutos me veo custodiada, en el asiento trasero de uno de los carros lujosos. No miro hacia afuera. Pero siento el motor de mi hijo cuando arranca. Que va detrás, acompañándome. Aunque no hasta el aeropuerto. No esta vez.

***

Son las 12 del día. Estoy en 3ª y 20, Miramar, en una de las oficinas de Extranjería e Inmigración. Me sientan frente a un buró. Del otro lado, un oficial. Tiene unos papeles en la mano. Comienza a interrogarme. No entiendo las preguntas, no sé qué es lo que quiere. Pregunta por mi hermano, por mi estancia en Miami. Qué fue lo que hice, ver novelas, en qué trabajé, en nada, por qué me fui, por mi madre, por qué quiero quedarme, por mi hijo. Al rato creo entender al oficial. Piensa que yo soy agente, posible informante de la CIA o de cualquier otra cosa. Inmediatamente suelto una carcajada que lo pone de mal humor. Esto no es un juego, señora, dice. Hago como que no lo escucho y le aclaro que de lo único que sé es de ingeniería hidráulica, y que aquí las instalaciones son soterradas y allá aéreas, es decir, tenemos cien años de atraso, yo incluida.

Luego de cuarenta y cinco o cincuenta minutos el hombre da por terminado el interrogatorio. Pero no me suelta. Manolito está afuera, esperándome. Después me hacen pasar a otra oficina donde hay varios oficiales y alguien, uno de ellos, me dice: Sonia Mena, usted tiene que volver a los Estados Unidos, le hemos reservado un vuelo para dentro de dos horas. Ya conocen mi respuesta, pero una vez más se las hago saber. Igual parece que no entienden y empiezan a actuar como si yo hubiera accedido. Un custodio de allí, vecino mío, me aconseja: córtate las venas, sangrando nadie puede viajar.

No hace falta. La crisis hipertensiva que me provocan es suficiente. La presión sube a ¡220 con 180! Del tiro paro en el hospital. Pero yo soy muy dura, y en media hora me recupero. Ahora para la casa, pienso. Idea equivocada. Vuelvo para 3ª y 20. Y sigo allí, retenida, durante ocho horas más. Ya de noche, cuando ven que no pretendo ceder y que no he comido ni me he bañado y que soy lo que se dice una mujer mayor, se compadecen de mí, si eso fuese compasión, y entonces deciden soltarme.

***

Lo que viene después, es hasta cierto punto previsible.

No logro conseguir trabajo. No tengo documento alguno ni identidad. Estoy en el aire. Estoy en el aire y me asfixio, vaya problema ese. También debo reportarme todos los lunes. Religiosamente. Para librarme de la persecución, viajo a Pinar del Río, a casa de mi familia. Por la izquierda, claro, porque ni pasaje puedo sacar. El título universitario no me sirve de nada. El hecho de ser cubana tampoco me sirve de nada.

Así por espacio de dos años. Se dice fácil, pero dos años son una eternidad. Para colmo, Manolito enferma y hay que ingresarlo. No consigo entender lo que pasa. Se pone grave. Mi vuelta no lo ha podido mejorar. Cada dos o tres meses, hablo con mi madre. Una vez que otra, también converso con Delvia Smith. Pregunto por Nivia, pero no me saben decir. Manolito se encoge, parece un feto, me parte el alma verlo así, perdido entre las sábanas de su cama. Finalmente consigo trabajo en una empresa hidráulica de Arroyo Naranjo. Pero no como profesional, sino como técnica de mantenimiento, con doscientos pesos de sueldo. Cinco años quemándote las pestañas, estudiando a tiempo completo, para que después no te sirva de nada. En fin: un desastre. Me voy de ahí. Y empiezo como conductora del M-6. Después de todo, mi mejor trabajo de los últimos años.

La gente empieza a conocerme. ¡Una mujer en el M-6!, dicen, y yo también lo digo, y nunca caigo en la cuenta de que se trata de mí. La mujer que exige el dinero y que recorre de arriba a abajo, en una guagua infernal, la Calzada de 10 de Octubre, soy yo. A veces cortés y a veces chusma. Depende de la situación, de con quién trato. Si hace falta, saco lo de ingeniera hidráulica, y si no, lo de Santa Amalia. ¡Una universitaria de Santa Amalia! ¡Y negra! Que conoció el lujo y que ahora conduce un M-6 y que por tanto se pasa el día con las manos llenas de pesetas.

No deja de ser gracioso. Pero a los pocos meses, en noviembre del 2002, se acaba la gracia. Manolito fallece. Amanece muerto en una cama del Ameijeiras, en el quinto piso, frente al Malecón y a la estatua de Maceo que se alza delante del hospital. Muere con vista al mar, lo que no significa nada. La tragedia es la misma. Hubiese podido morir con vista a un campo de cañas y a mí me hubiera dolido lo mismo.

Sabía que de un momento a otro sucedería, los médicos me lo habían advertido. Llevaba meses preparándome para la ocasión, meses y meses armando una coraza, adaptándome a la idea, para darme cuenta, al final, de que no sirve de nada, de que no hay coraza alguna y de que la vida es una reverenda mierda. Nunca me gustó que fumara, pero quién puede impedir que un hijo fume. O quién puede impedirme a estas alturas, aunque todos me lo pidan, aunque los vecinos me aconsejen, aunque mi nuevo marido me lo implore… quién puede impedir que fuera del horario de trabajo me dé mis trancazos de ron, que vaya a la bodega y compre mi aguardiente y baje, de una sola sentada, tres cuartos de botella, a veces más.

Pasa que siempre, sin excepción, me viene un recuerdo a la mente. No es un recuerdo de mi infancia ni un recuerdo de La Florida. Algo que no han visto los cubanos y que muchos americanos tampoco.

Una vez Delvia Smith cargó conmigo. Le pregunté a dónde íbamos y me dijo que a un sitio. ¡Hay que ver las carreteras de Estados Unidos! Te estrujan el pecho de una manera brutal. Un cubano en una de esas carreteras, traten de visualizarlo, no tiene salvación posible.

Luego de varias horas de viaje, terminamos en New Jersey, pero no en New Jersey, sino en uno de sus lagos. Estábamos al noreste de Princeton, en el Lake Carnegie, un estanque inmenso y según me dijo Delvia privado y artificial, y de ese tanque inmenso que a mí para nada me pareció privado y artificial, saltaban peces dorados, muchos peces dorados, todos distintos. No sé decir cómo, pero tenía la completa seguridad de que el pez que saltaba una vez no volvía a saltar.

A mi lado, como a diez metros del agua, se alzaba un pino, hermoso y grande, aunque quizás no fuera un pino sino otra especie de árbol que yo desconocía por completo pero que para una cubana pasaba por un pino endémico, un pino que solo podía crecer en ese lugar, cerca de un muelle de madera que se adentraba en el agua, con el cielo detrás. Y ese recuerdo: un pino imponente, el agua azul de los lagos de New Jersey, es el que me viene a la mente cada vez que me doy un trago, aquí, en el portal de mi casa o en el mostrador de la bodega.

La gente me dice entonces: Sonia, estás echando tu vida por la borda, Sonia, te vas a joder, Sonia, tú que has luchado tanto, Sonia, hija, qué necesidad. Y yo los oigo, los voy oyendo cada vez más lejos, peces dorados que saltan a mi vista, y no les hago un desaire ni les digo nada. Solo asiento con la cabeza y me mojo los labios. Ya ni les ofrezco un poco, para qué. He aprendido que los pobres son pobres.

Y que a todos les gusta el aguardiente, pero ninguno sabe brindar.

Santa Amalia, La Habana, mayo de 2011.

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