Actualizado el 25 de mayo de 2013

La construcción de la noticia (fragmento)

Por: . 24|5|2013

Adivina adivinanza,
qué quieren decir la fuente,
el cantarillo y el agua
Antonio Machado,
“Proverbios y cantares”.

La construcción de la noticiaEl periodismo como práctica e instrumento de la modernidad, es decir, como un saber necesario a una época, se apoya en diferentes jerarquizaciones que determinan qué es noticia y qué no. De esa forma, se establecen los criterios para la construcción de lo cotidiano y se logra moldear una para-realidad, o una ilusión de lo real, que a medida que se toma como única y cierta empieza a percibirse ya no como algo creado sino como lo previo, lo existente en sí mismo. Se genera así una situación en la que el periodismo alienta una inequidad cognitiva al privilegiar una percepción por sobre otra.

Quizá la noción clave para dar cuenta de este malentendido es la de objetividad, término que suele constituirse en el valor único del discurso de los medios. Habría que buscar la raíz de este proceso en uno de los conceptos que desarrolla el sociólogo Marshall Berman1 a partir de ideas esbozadas por Carlos Marx y que explican la necesidad de generar una sensación de certeza en un mundo en el que “todo lo que es sólido se desvanece en el aire”. En ese sentido, el periodismo, en su formato clásico, evita la idea de que lo concreto se esfuma ya que enfatiza sobre la pre-existencia de una realidad.

Desde otro lugar, pero con un sentido similar, el filósofo Jürgen Habermas2 señala que “las imágenes del mundo cumplen la función de conformar y asegurar la identidad proveyendo a los individuos de un núcleo de conceptos y suposiciones básicas que no pueden revisarse sin afectar la identidad tanto de los individuos como de los grupos sociales”.

Podríamos decir que ese sentimiento de seguridad necesita ignorar las dudas y los cuestionamientos. Pero esto se torna peligroso cuando se intenta reflejar los diferentes mundos cotidianos: si desde una epistemología demasiado frágil se define lo objetivo a partir de ciertas reglas y de ciertas preguntas, su carácter resulta equívoco y absolutista. Cuando nos enfrentamos a una sola realidad, sólo basta con conocer las técnicas necesarias para encontrarla. Esas técnicas, sin embargo, han sido pensadas para dar forma a una clase de percepción y no a otras. De ahí, la situación de inequidad: habrá vivencias, procesos, sentimientos, subjetividades que nunca serán registrados como realidad porque no se los detecta con las herramientas que utilizamos.

Sobre estas limitaciones, reflexiona el pensador italiano Furio Colombo3 cuando se pregunta si es posible “acercarnos fríamente a los hechos”. Y él mismo se responde contando la experiencia de Ed Murrow, un periodista de la CBS que cubría el fin de la Segunda Guerra Mundial:

“Con el micrófono en la mano, desde un puesto preparado en los bordes del campo, Ed Murrow narró al mundo, que lo desconocía, lo que veía mientras los soldados americanos entraban en un campo de extermino. También Ed Murrow desconocía, y en dicho sentido no tenía prejuicio. Pero incluso hoy, al reescuchar aquella crónica radiofónica, se nota la inmensa oleada de emoción y participación que se apodera del cronista y le obliga a ser no el ojo distante y sereno, sino un participante afectado por la tensión, el estupor y el insoportable testimonio del dolor.

En cierto sentido, Murrow violó todas las reglas del periodismo “objetivo”. Visto desde otra perspectiva, produjo una de las páginas del periodismo más elevado que existen desde que existe la profesión.”

El desfase entre el marco teórico que se suele utilizar en el periodismo y la ilusión de un mayor conocimiento de la realidad del que ese marco estimula, empezó a tomar forma, para quien esto escribe, en una sensación que lo embargaba a fines de los años 70 cuando era un estudiante de Comunicación Social. En aquella época, la teoría de nuestra disciplina parecía iniciarse, casi por generación espontánea, en la Segunda Posguerra con los esquemas de Shannon y Weaver4. Cuando aquel estudiante leía esos textos intuía, sin saber por qué, una falla esencial, como si no le hablaran de periodismo, ni siquiera de un protoperiodismo. Con el tiempo entendió la raíz de esa duda: se había generado, y no de manera ingenua, un corpus que explicaba cómo transmitir la realidad pero no cómo crearla, ni de los peligros que acechaban ese proceso de construcción. Ahí tomó conciencia de que un periodista necesita remitirse a otra genealogía que debería comenzar por Kant y su Crítica de la razón pura (1781) para poder entender, primero, las limitaciones del conocer y abocarse, recién entonces, a la calidad de la transmisión.

El principal problema epistemológico de la comunicación social moderna se remite a su característica de haber nacido y de ser funcional a una época que ha basado sus preceptos fundantes en la lógica industrial. Por eso no es casual que la confección de la noticia se haya pensado en lógica de cadena productiva en vez de subrayar las cualidades del hacedor, del artesano de la información, en breve, del periodista.

¿Por qué, sino, durante décadas —y en muchas agencias informativas, aún hoy— las noticias no se firmaban? Se suponía que cualquier buen periodista vería y relataría lo mismo si seguía a pie juntillas las reglas que la empresa le brindaba (desde las cinco o seis W hasta la negativa a mezclar información con opinión o la obligatoriedad de iniciar el texto de una manera predeterminada). Este esquema alienta una cadena fordista de trabajo y produce un tipo de noticia que conlleva una inequidad casi genética: el periodista —encargado de describir lo que ve— no tiene libertad para elegir las herramientas que cree necesarias.

Con el objetivo de lograr un reflejo más equitativo y menos premoldeado de lo que llamamos realidad, señalaremos algunas de las formas de abordar y de relacionarnos con el acontecimiento que resultan poco usuales (o en ciertos casos, aún prohibidas) en las redacciones y que podrían dar lugar a una mirada novedosa sobre el hecho informativo.

La construcción de la noticiaI. LA REALIDAD SE CONSOLIDA A PARTIR DE QUIEN LA MIRA

Los periodistas y los medios deben atreverse a sumar lo subjetivo a la información, y empezar a trabajar el concepto de mirada y de honestidad, conjugándolo con el de objetividad. Si partimos de la base de que lo real es una construcción, parece más apropiado que le ofrezcamos al público la posibilidad de compartir ese proceso personal —las dudas, las certezas, los valores— que aqueja al periodista a medida que moldea la información en vez de escudarnos en el falso precepto de “la realidad existe, sólo la transmitimos”. En este sentido, vale mencionar una cita del filósofo francés Jacques Derrida5:

“El primer rasgo es que la actualidad, precisamente, está hecha: para saber de qué está hecha, no es menos preciso saber que lo está. No está dada sino activamente producida, cribada, utilizada y performativamente interpretada por numerosos dispositivos ficticios o artificiales, jerarquizadores y selectivos, siempre al servicio de fuerzas e intereses que los “sujetos” y los agentes productores y consumidores de actualidad —a veces también son “filósofos” y siempre intérpretes— nunca perciben lo suficiente. Por más singular, irreductible, testaruda, dolorosa o trágica que sea la “realidad” a la cual se refiere la “actualidad”, esta nos llega a través de una hechura ficcional. No es posible analizarla más que al precio de un trabajo de resistencia, de contrainterpretación vigilante, etcétera. Hegel tenía razón al exhortar al filósofo de su tiempo a la lectura cotidiana de los periódicos. Hoy, la misma responsabilidad exige también que sepa cómo se hacen y quién hace los periódicos, los diarios, los semanarios, los noticieros de televisión.”

Más allá de analizar, como propone Derrida, las distintas técnicas de confección de lo cotidiano, no hay duda de que los hechos existen por sí mismos, autónomamente. Pero lo real es un tejido, una amalgama de lo fáctico que no tiene entidad propia: nace a partir de una decisión.

Quizá resulte gráfico dar un ejemplo: en muchos países —España es uno de ellos— cada vez hay más casos de personas mayores que mueren solas en su casa por efecto de algún ataque cardíaco o cerebral, y cuyos cuerpos quedan varios días abandonados hasta que el olor de la descomposición alerta a los vecinos. Así, resulta muy común encontrar en la prensa artículos titulados “Encuentran el cadáver de otro anciano”. Sin embargo, nunca se titula “El anciano que vive solo y espera” y se cuenta su vida cotidiana.

El hecho en sí —una muerte— es indiscutible: sucedió. Pero si construimos la realidad desde esa perspectiva, ocultamos las otras aristas. Esto ha provocado que, en el caso de España, una de las soluciones a tanto anciano muerto en soledad fuera dotar a las personas mayores de un collar con una tecla de radiollamado: cuando se sienten mal, la aprietan y se desata una operación de socorro.

La construcción de la información se dio, en este ejemplo, siguiendo las normas claras del periodismo objetivo: que el perro muerda al hombre no es noticia, que el hombre muerda al perro, sí. O dicho de otro modo: que la gente viva no es noticia, que la gente muera, sí. Pero esta construcción genera la falsa percepción de que el verdadero drama son los cuerpos abandonados, cuando para las personas la mayor angustia radica en una vida en soledad. Si el periodismo hubiera hecho hincapié en esta mirada se hubiera pasado del axioma “tanta gente muere sola” al de “tanta gente vive sola” y la solución, seguramente, habría sido diferente a la del “collar-llamador” de emergencia. Aquí reside lo inequitativo: a partir de una lectura única el periodismo transmite un síntoma y lo convierte en una realidad privilegiada.

Este estado de la profesión debiera merecer una reflexión por parte de los periodistas acerca de qué entendemos por noticia. Permítanme un ejercicio de juego de roles. Imaginémonos en una redacción, sentados en nuestro escritorio; de pronto, nos llama una persona para informarnos que en su edificio encontraron a un anciano muerto. ¿Qué haremos? Muy probablemente enviaremos en forma inmediata a un cronista y a un fotógrafo.

Imaginemos ahora que llama otra persona y, al atender el teléfono, nos dice: “Tengo 80 años, me siento solo, no tengo a quién recurrir”. ¿Le haremos un reportaje? ¿Lo convertiremos en realidad y en noticia? ¿O, lo más probable, lo derivaremos a un teléfono de servicios sociales y nos olvidaremos del tema?

*Daniel Ulanovsky Sack es periodista y Nieman Fellow de Harvard University. Entre 1985 y 1998 fue editor del diario Clarín y luego fundó la revista temática Latido (Buenos Aires). Actualmente dirige el Centro de Estudios Avanzados en Periodismo Narrativo ( www.periodismonarrativo.com).

NOTAS:

1. BERMAN, Marshall Todo lo sólido se desvanece en el aire, México, Siglo XXI, 1988 (para este tema en particular recomendamos el capítulo 2: Marx, el modernismo y la modernización)
2. HABERMAS, Jürgen Teoría de la acción comunicativa I – Racionalidad de la acción y racionalización social, Taurus, Madrid, 1999, pág. 97.
3. COLOMBO, Furio Últimas noticias sobre el periodismo, Anagrama, Barcelona, 1997, págs. 42/43.
4. SHANNON, Claude y WEAVER, Warren The Mathematical Theory of Communication, University of Illinois Press, [1948] 1999.
5. Entrevista con Jacques DERRIDA (Passages, n° 57, septiembre de 1993, pp. 60- 75). Palabras recogidas por Stéphane Douailler, Émile Malet, Cristina de Peretti, Brigitte Sohm y Patrice Vermeren. Traducción de C. de Peretti en El Ojo Mocho. Revista de Crítica Cultural, Buenos Aires, número de primavera 1994.

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