Actualizado el 13 de agosto de 2013

Érase una tonelada de libros en Antofagasta

Por: . 6|7|2013

Érase una tonelada de libros en AntofagastaPAISAJES I

Parece que una mano de gigante hubiera tatuado la piel de la montaña y leo “Dios”, “Jehová”, “Perdón” y me pregunto cuál es el significado de esa plegaria. Todo me resulta inaudito desde la llegada. Sé que estoy sobre el Trópico de Capricornio y sin embargo la temperatura está por debajo de los 20 grados, invernal para un cubano. La Cordillera es de tierra pelada, sin verde, y comprime la ciudad, la adelgaza como una serpiente por la vera del litoral. La mar de al lado es océana, el Pacífico, y sé que se desparrama hasta el otro confín del mundo. Veo que es agua viva, no la difunta de la bahía de La Habana, y carga peces incontables y leones marinos y la sobrevuelan cormoranes y pelícanos. Veo la escena insólita de una gaviota blanca, naturaleza de mar, y un prieto jote (idéntico a mi aura tiñosa), naturaleza de tierra, ala con ala, posadas sobre el cabrestante oxidado de un muelle antiguo. Sé que ese suelo pardo grisáceo bajo mis pies es el desierto de Atacama, el más árido del mundo, y que en esta ciudad nadie se acuerda de la última vez que la lluvia cayó del cielo.

Nomás saliendo del aeropuerto Cerro Moreno y en la ruta a Antofagasta ya puedo gozar la vista de una costa acantilada y la maravilla de La Portada, umbral natural y de piedra que los oriundos exhiben como su distintivo mayor. Nomás en carretera hacia “Antofa” (el diminutivo popular) y ya compruebo que la urbe crece desaforadamente en su longitud y en la altura de los edificios; veo movimientos de tierra, buldóceres, grúas. “Es para albergar a los atraídos por el maná del cobre”, me explica un antofagastino. “Esta es una ciudad muy cara”, me advierte también. Y enseguida lo compruebo: tengo mucha sed y una botellita de agua me cuesta 1000 pesos. Al cambio de hoy: ¡casi 2 dólares!

FERIA I

Han ubicado el stand de Cuba justo tras la portada de la Feria Internacional del Libro Zicosur Antofagasta-Chile 2013 (Filzic). Alrededor hay representaciones de Perú y Bolivia, de editoriales y libreros de Argentina y Chile. Todos debajo de la carpa inmensa que fue montada sobre la explanada aledaña al complejo cultural Ferrocarriles de Antofagasta, un espacio que conserva la arquitectura y los implementos de la Estación fundada por una compañía inglesa allá por 1870. Si mutáramos lo británico por los aires coloniales españoles en todo el perímetro próximo de la villa, sería como estar de vuelta en el Centro Histórico de La Habana Vieja, elucubro yo desde el arribo.

Soy porción de una cuadrilla de 12 cubanos invitados por los organizadores del evento; me flanquean Edel Morales, poeta y vicepresidente del Instituto Cubano del Libro, el laureado cuentista Emerio Medina; la autora de la novela Making of, Dazra Novak; la escritora para niños y jóvenes Teresa Cárdenas; el historiador Elier Ramírez, especialista en el diferendo Cuba-EE.UU.; la musicóloga Nisleidys Flores y la investigadora Caridad Tamayo, de Casa de las Américas; la periodista Xenia Reloba, del Centro Pablo; el trovador Ariel Díaz, el poeta y crítico de cine Frank Padrón y Jaffa Valdés, del ICAIC, que aporta una muestra de cine cubano. Desde el principio nos distinguen con su atención “Pato” Maturana y “Pato” Rojas (aquí llaman así a los Patricio), productor general y secretario ejecutivo de la Feria, respectivamente. Se nos ofrece una generosa cobertura de prensa escrita y televisiva y brotan invitaciones a Universidades y colegios.

Pero si algo impresiona de verdad es el interés del público por el libro cubano. Los atraen los precios, pienso, porque la oferta nuestra anda por debajo de los 5 000 pesos en un país donde los libros superan con amplitud ese monto; los atraen los cordones umbilicales de historia y cultura, los dramas comunes de ideología, sangre, revoluciones, llantos y utopías, pienso también.

Hago un descubrimiento relevante: el chileno es lector de poesía. Tal vez el último gran lector de poesía en el mundo entero, pienso. Será por eso que este país engendró a Pablo Neruda y Gabriela Mistral, dos poetas con el Premio Nobel. Acá la gente adquiere libros de Dulce María Loynaz y José Ángel Buesa, antologías de poemas clásicos y las de poetas jóvenes. Resulta que José Martí y Nicolás Guillén son los bestsellers del stand.

Un día recibimos la visita del chileno Raúl Zurita. Veo al grande poeta de baja estatura y magro, risueño pero de voz comedida, y se me atraviesa en la memoria su Cielo abajo y estos versos: “Eran toneladas y toneladas de libros amontonados sobre las piedras”.

Érase una tonelada de libros en AntofagastaSER ANTOFAGASTINO

Entre los stands han colocado una gran pared de pizarra negra con el letrero MURO DE LA IDENTIDAD. Sobre ella los antofagastinos imprimen a tiza su visión de la ciudad natal. Leo: “Las Vegas chica”. “Ser la cabeza y la billetera de Chile”. “Ser campamento minero”. “Ser casi boliviano”. “Ser chileno”. “Es gastar $”. “Mucho consumo, poca cultura”. “Tener el cielo y el infierno en un solo plano”. “Tener el desierto más árido del mundo”. “Es amar el sol y el mar”. “Ser hijo de una hermosa tierra”. “Tener identidad propia”.

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“Mi mamá me contaba siempre de Antofagasta, siempre hablando de las minas de cobre. De niño solía creer que Antofagasta era toda de cobre. Con casas y calles de cobre, alcachofas de cobre y gaviotas con alas de cobre. Yo quería llegar aquí, levantar una piedra de cobre y jugar con chanchitos y lombrices de cobre”: leo en “Ciudad de cobre”, de Pablo Salinas, 24 años, incluido en Antofagasta en 100 palabras: Los mejores 100 cuentos II, volumen de 2013 que recopila los breves relatos de un concurso anual que organizan Minera Escondida y Fundación Plagio.

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Leo a Cinco imprescindibles de la narrativa antofagastina, Editoral Filzic, 2013. Escribe Mario Bahamonde: “En cualquier lugar del desierto donde el viajero se detenga apreciará que la tierra es vieja como una eternidad adormilada y silenciosa”. Escribe Soledad Fariña: “Hay una luz que anaranja las cumbres de los cerros —¿será la tarde ya?— Hay tierras de colores, hay pedruscos azules debajo de mis pies, hay destellos que me ensanchan el pecho y hay un olvido que empieza a apoderarse de mis párpados”. Escribe Andrés Sabella: “Mi padre gustaba narrarme, de niño, una historia de Satanás que circulaba a comienzos de siglo en Antofagasta y en las ‛oficinas’ salitreras: se contaba que una mañana muy calurosa, atravesaba un fatigado pampino la ardiente extensión del desierto…”

PERSONAJES I

“Soy el Abuelo Pampino”. Así se presenta, cual sobreviviente de un linaje en extinción. Lleva una indumentaria que es anacronismo puro: sombrero de pajilla, pajarita al cuello, chaleco y saco oscuro encima. Estampa viva de una época saqueada por la racha de los tiempos y que él se empeña en poner a salvo del olvido borrascoso. A Elier y a mí nos invita: “Tengo en Sucre 1123 el Museo Como Recuerdo a mi Pampa”, y cuenta que lo creó por iniciativa propia y con sus manos como únicos recursos para todo: fotografías, maquetas, esculturas, réplicas. Evoca el esplendor de la minería salitrera a comienzos del siglo XX y el arribo de inmigrantes desde Europa y el sur de Chile, el momento de forja del alma de la ciudad. Nos conocemos en un salón de la estatal Universidad de Antofagasta, donde estamos invitados a participar de una charla con estudiantes y profesores. Me entero al fin de que su nombre es Gilberto; me entero de que el descubrimiento del salitre sintético en Alemania, allá por los años 30, torció los rumbos de la vieja pampa. “Aquel era un tiempo distinto, de solidaridad entre la gente”, dice.

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Despierta curiosidad el apelativo de ese stand: “El Tipógrafo Huraño”. Supongo de inmediato que revela la conjunción del oficio y el carácter del hombrecito de barba cana y piel cobriza que se afana en su interior, como viñeta rara, entre posters de famosos a la venta: Janis Joplin, Bob Marley, Marilyn Monroe, Al Scarface Pacino y Pablo Neruda. Sólo él y yo llevamos la cabeza cubierta con sombreros alones en toda la superficie de Filzic. Eso nos hermana, pienso yo y le hablo y él resulta parco pero no hosco y responde: “Eso es para comer, yo soy poeta” y me ofrece un sobrecito de cartón verde rubricado con el membrete Breverías del Tipógrafo huraño. Dentro hay muchas tarjetas con estrofas poéticas, leo ahí que su nombre real es Miguel Morales Fuentes y leo: “Cuando las parejas de fieras/ salieron del Arca de Noé, / se preguntaron:/ ¿Qué comeremos ahora,/ si de todos los animales,/ sólo queda un macho y una hembra?”

Érase una tonelada de libros en AntofagastaCUENTOS DE ANTOFA

Puedo contar de gitanos, y especialmente de la gitana que se me acerca, inconfundible por los colores vivaces de su atuendo en medio de la masa que viste de gris y negro y azul y ocres, y dice “¿Sos mexicano vos?”, confundida por mi sombrero alón, y yo que “No, soy cubano” y ella que “Me has caído bien, te leeré la fortuna, no te costará nada”, y yo rememoro la advertencia de que al final siempre te cobran y digo “No”, aunque mi negativa no sea a causa del dinero sino porque estoy demasiado lejos de casa y no creo conveniente arriesgarme a profecías de futuro, y ella me pide que le regale, no sé para qué, el diario que llevo en la mano y digo “No”, aunque si vuelvo a negarme no es porque El Mercurio acaba de costarme 400 pesos (¡casi un dólar!) sino que en ese periódico hay una entrevista a mi persona, a página completa, y quiero llevarme esa novedad a casa.

Puedo contar de John Obilinovic, descendiente de croatas, el propietario del Hotel Marina donde me hospedo, y de su esposa y sus hijos y de las veladas nocturnas con simpatías y polémicas al calor y luz de una hoguera y el vino formidable de esta tierra; puedo contar de la tarde en que la camanchaca desciende de los cerros y cubre Antofa de niebla y frialdad, la tarde misma en que Edel, Emerio y yo, al raso y ateridos, departimos sobre periodismo y literatura cubana en un vergel de la Universidad Católica; puedo contar de los estudiantes y las pintadas aguerridas en sus predios: “Fuera los empresarios de la Educación, ni Derecha ni Concerta”, “No + represión a los mapuche”, “Tu creatividad aterra al que lucra, oprime y gobierna”.

Puedo contar de los perros callejeros de Antofagasta, que saltan sobre los automóviles exigiendo el paso con ladridos y mordiscos, que doquiera se echan a dormir (hasta en Avenida Prat, el concurrido boulevard) y son inmensos y gordos (alimentados por la población) y de pura raza: chow chows, pastores alemanes, rottweilers, labradores y no padecen sarna ni garrapatas que les estropeen la piel (por la gracia del clima), perros como los que viven en hogares de Miramar pero con un rapto de felicidad brincando en sus colas que no poseen sus homólogos de La Habana, perros que me hacen pensar que la felicidad es así de simple: ser libre y no pasar hambre ni cargar con alimañas que te chupen la savia.

PERSONAJES II

“Las fronteras son odiosidades que separan a los hombres”, dice. Hablo con Juan García Ro sobre la petición que hace Bolivia a Chile de una salida al mar. “Yo les daría su pedacito”, dice Juan, que nació en 1945, en una Oficina Salitrera de Antofagasta y hoy vive en Vallenar, ciudad de Atacama. Fue marino, entre muchos oficios, y es también autor de varios volúmenes de cuento y poesía. Vino a la Feria con las propuestas de Ediciones Mediodía en Punto, su pequeña editorial independiente. Me regala un libro suyo, Relatos de poetas, locos y vagabundos; me atrae el cuento titulado “La derrota del púgil poeta” y leo: “Como le digo, estoy seguro; la vi por última vez el miércoles antes de Semana Santa. Era esa hora en que cualquier boxeador amateur, categoría mosca como yo, no sabe si la tarde se está durmiendo o la noche es tan tierna aún que tiene esa palidez de escayola…”

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“Tengo de mi visita a La Habana en los 90 un recuerdo agridulce”, dice el que se hace llamar Capitán Cianuro. Nacido en Constitución, pionero de la música electrónica en Chile, comunicador social y viajero impenitente, su nombre verdadero es Manuel Martínez Opazo y llegó a Filzic para presentar su libro LSD. Lugares, situaciones, destinos. Tanta insinuación psicotrópica me intriga y él me responde con su dedicatoria: “Un traficante de letras se esconde detrás de estos cuentos. Léelos y descubrirás que son droga y provocan algo muy alucinante”.

FERIA II

El fin de la tarde se anuncia en Antofa con soplos de aire frío. Esa hora, en cambio, es la más animada de Filzic, cuando la gente se embulla a venir a la salida del trabajo y se queda para los conciertos programados después de las 7 pm. Como esta región tiene estirpe musical, permite disfrutar de una buena Orquesta Sinfónica y de varios conjuntos donde la raíz folclórica se fusiona con trova, rock y otros ritmos contemporáneos.

Esa hora es también la elegida para la presentación de figuras destacadas en el Café Literario; desfilan por ahí los narradores chilenos Marcelo Mellado, Andrea Jeftanovic, Alexandra Costamagna y Claudia Apablaza. En la jornada decimotercera y final aparece Mempo Giardinelli, el novelista de Santo Oficio de la Memoria, quien recibe de los organizadores el Premio al Mérito Literario Andrés Sabella y proclama: “Me comprometo doble y hasta triplemente a ser un nuevo embajador de Filzic”. Un rato después el argentino, viejo amigo de Casa de las Américas, acude a conversar y hacerse fotos con los cubanos.

Al día siguiente leo El Mercurio de Antofagasta y bajo el titular “Filzic 2013 clausura su tercera versión y se consolida en el circuito literario” divulga que se desbordaron las expectativas de convocatoria con cerca de 80 mil visitantes (lo cual equivale a decir que el 20% de los habitantes acudió al evento). En tiempos duros para la cultura, pienso yo, atraer a más personas hacia el libro, esa es la cuestión. Había leído en un editorial del mismo periódico unas fechas atrás que “Filzic se instala en el corazón de los antofagastinos. Le hacen bien estos espacios a la ciudad y a los hijos de este enclave que se proyecta al mundo con mucho más que minería y generoso trabajo”.

Érase una tonelada de libros en AntofagastaPAISAJES II

Parece un calco en materia paisajística de la dualidad Dr. Jekyll-Mr. Hyde o como si un espejo dañado produjese de un panorama su reflejo imposible. De un lado la estructura sofisticada y colosal donde colindan el Casino Enjoy y el Hotel del Desierto; del otro, apenas distanciado por el surco gris de la autopista, está el Parque Cultural Huanchaca, que en sus contornos aloja las ruinas del Establecimiento Industrial de Playa Blanca (una fundición de plata que operó entre 1892 y 1902) y el Museo Desierto de Atacama.

He llegado hasta ahí con el auxilio de los hermanos Fernando y Gisselle, arquitecto él y antropóloga ella, cubanos asentados en Antofagasta, quienes me regalan la oportunidad de “hacer turismo” a pocas horas de tomar el avión de regreso a La Habana.

Desestimo la inspección al inmueble hipermoderno y opto por la visita al museo. Comienza un viaje por las eras del mundo; hacia detrás y el inicio de los tiempos: absorbo en imágenes y carteles el origen y la evolución geológica del desierto y el altiplano, conozco de salares y un “jardín de rocas”, veo trilobites gigantescos y el colmillo enorme del tiburón del pleistoceno, veo las momias chinchorro de los asentamientos humanos más antiguos; hacia delante y los tiempos modernos: veo y leo de los personajes, oficios y herramientas para extraer el mineral de los suelos; hacia los tiempos de hoy y el futuro que vendrá: veo el cielo tachonado de constelaciones al que apuntan desde el desierto los telescopios para la investigación astronómica del proyecto ESO de la Unión Europea, me retrato junto al artefacto teledirigido y rodante que la NASA prueba en el “paisaje lunar” de Atacama.

Al término del recorrido me siento en el Café de las Ruinas a paladear el líquido divino y las reminiscencias de una jornada fascinante. A través del cristal veo como la tarde avanza con un retozo de luces, saltando del amarillo intenso al naranja, al rosado, al violáceo…

De vuelta al hotel para la recogida del equipaje, miro por última vez la piel de la montaña tatuada por la mano del gigante y leo “Dios”, “Jehová”, “Perdón” y por fin me arriesgo a colocarme bajo epidermis de antofagastino y chileno para rellenar los vacíos en la plegaria incompleta:

“Dios, Jehová, gracias por los dones del salitre, el cobre y el litio que sembraste en el suelo de esta tierra, gracias por los peces y el sustento del mar, gracias por la dádiva de las melodías y las letras que fiaste a nuestras mentes y corazones. Perdón por la soberbia de la riqueza y el despilfarro, perdón por imprecar al boliviano, al peruano, al colombiano, que huyen de la indigencia y acá pegan su codo al nuestro en la faena y en la busca de prosperidad. Dios, Jehová, en el Éxodo de tu libro santo encuentra este pueblo la sentencia que desea merecer: ‛Tengo confianza en ti y te has ganado mi favor.”

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