Actualizado el 25 de noviembre de 2013

Jornada “Gabo, Cuba y el Caribe”, en Casa de las Américas:

De García Márquez y otros demonios

Por: . 22|11|2013

Gabriel García MárquezCuando en 1968 el fondo editorial de Casa de las Américas publicó Cien años de soledad, pocos imaginaban que a la vuelta de 45 años en compañía Gabo sería sujeto de homenajes aquí.

Junto a la iniciativa de la embajada de Colombia en La Habana llegaron enormes mariposas amarillas a posarse en las paredes, y el café con aroma de mujer, que no podía faltar en tardes de literatura.

¿Cómo se mezclan Cuba, el Caribe, más las historias y la vida del hijo mayor del telegrafista de Aracataca? Ese fue el eje central, el motivo de los que no hacen falta para hablar de los amigos, para recordarlos siempre al lado de uno.

Conrado Zuluaga, agudo estudioso de la obra de García Márquez, barajó las primeras cartas confesando que los planos de la región le parecen un poco complicados, puesto que “tenemos un montón de Caribes: políticos, geográficos o fraternales, pero son diferentes”.

Este es un espacio donde, como dice la profesora Luisa Campuzano, “todo se relaciona. Somos islas no aisladas, litorales no ajenos. Ir, venir, volver a ir es nuestro régimen, nuestro compás musical y náutico”.

Así, las ciénagas, los puertos, la península de la Guajira, y sobre todo la sierra nevada de Santa Marta y el río Magdalena, constituyen el paisaje por excelencia en las letras del nobel.

Las lluvias y calores destilados en sus páginas, que cuentan lo que él llama esa “realidad desaforada”, lo ubican hombro a hombro con Alejo Carpentier, tanto en narrativa como en consideraciones sobre su escritura. Explica Campuzano que se trata de “la afinidad entre dos escritores colocados frente a un mismo mundo, complejo, inédito, y a los escollos que han de vencer para poder relatarlo”.

Gustavo Bell Lemus, embajador de Colombia en Cuba, piensa que, entre los latinoamericanos, los de su país tienen una deuda particular con Gabo, por “habernos hecho redescubrir, a través de la magia de sus palabras, la dimensión caribeña de nuestra nacionalidad, sin cuya comprensión no es posible entendernos como pueblo”.

Ya lo había dicho él en una entrevista: “creo que el Caribe me enseñó a ver la realidad de otra manera. No solo es el mundo que me enseñó a escribir, sino también la única región donde yo no me siento extranjero”.

El crítico Joel del Río trajo su visión de El cine según García Márquez, un libro que quiere ser “gesto de agradecimiento” a su inconmensurable aporte “como periodista cinematográfico, guionista y refundador del espacio audiovisual latinoamericano”.

“La mayoría de las películas adaptadas de sus guiones, cuentos o novelas, han padecido la comparación injusta, improcedente, innecesaria, con sus originales literarios, y a partir de esa comparación nunca ha salido ganando el celuloide”. Quizás porque el “universo fílmico” inspirado en sus textos demanda de especialistas y público “una comprensión intuitiva y sensorial, más que racionalista”.

No obstante, piezas como la venezolana El mar del tiempo perdido (1979), la cubana Un señor muy viejo con unas alas enormes (1988) y la coproducción costarricense-colombiana Del amor y otros demonios (2010), “aportaron al arte y a la cultura latinoamericana un toque de lo real maravilloso, de lo afrodisíaco, desmelenado, caribeño”.

Entonces, ¿qué nos deja un escritor? —se pregunta Zuluaga. Si hablamos de García Márquez, una de las cosas que nos queda es aprender a escribir. “No por el prurito de la técnica, no por hacer malabarismos, sino porque él dice que el deber de todo buen escritor es escribir una historia bella, bien contada y que sea creíble. Ese es el desafío”.

El nieto del coronel Márquez se inició en el periodismo y la literatura casi al mismo tiempo. Zuluaga opina que esa simultaneidad implica que estas dos pasiones vayan cogidas de la mano a lo largo de toda su trayectoria. De hecho, en varios artículos de prensa se descubren temas, circunstancias que encontrarán un desarrollo posterior en los libros.

Por ejemplo, una columna suya se llamaba “La casa de los Buendía”, y en la descripción de una oscura virgen el investigador colombiano vislumbra lo que será Amaranta 20 años después.

Cuatro documentales lo muestran ahora de protagonista: exagerado, fabulador, entusiasta, preocupado por “contar cosas”, mirando su premio Nobel como un niño miraría un caro juguete nuevo.

“Todas las supersticiones existentes Gabo las tiene, más otras que se ha inventado él”, cuenta un amigo. Durante sus días de París vivió frente a Nicolás Guillén, “el poeta Guillén al que todos íbamos a visitar en peregrinación”.

Dice que se entiende mejor con las mujeres que con los hombres. “Creo que las conozco bien”. No releía sus libros por temor, pero tuvo que hacerlo “para no patinar dentro de ellos”. Reconoce “con toda la honestidad del mundo” que le gustan mucho.

La actriz y directora Laura García, paisana del homenajeado, procede a leer con todo y drama la Diatriba de amor contra un hombre sentado, única creación teatral de García Márquez. Metida en la piel de Graciela, suelta este monólogo delirante, y da gusto oírla gritar sus celos, frustraciones y recuerdos.

“Lo cierto es que la felicidad no es como dicen, la verdad es que dura un instante, y no se sabe que se tuvo hasta que ya pasó. La verdad es que dura lo que dure el amor, porque con amor hasta morirse es bueno”.

“¡Me voy pa’l carajo!”, vuelve a gritar Graciela. Pero Laura no, ella está agradecida: viajó por todo el mundo con la Diatriba… Sin embargo, no había podido traerla a La Habana, y ahora está aquí, porque “la vida le devuelve a uno cuando uno ha sembrado bien”.

GABOLa Casa está vestida por dentro con 22 ilustraciones de personajes y libros, seleccionadas entre más de 200 profesionales y estudiantes que se presentaron a la convocatoria. El Parque Cultural del Caribe y el programa de diseño gráfico de la Universidad Autónoma del Caribe, en Barranquilla, invitaron a reimaginar, y aquí están el Coronel, Meme, Sierva María, Melquiades en sus múltiples versiones.

Un conjunto de paneles ideados por el Centro Gabriel García Márquez, del Fondo de Cultura Económica de Bogotá, recorren su literatura en varias facetas.

“¿Qué tanto me ve usted?”, podría decirle a la foto que sonríe, aquí con maliciosa expresión gitana, allá con bigote negro como alma de diablo. ¡Pamplinas!, ni que fuera Remedios la Bella. Ella está ahí en la pared, trazada con todos sus colores. Y tiene los ojos cerrados, porque hay miradas imposibles de dibujar.

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