Actualizado el 10 de diciembre de 2013

A Guitarra Limpia:

¡Feliz quince cumpleaños!

Por: . 6|12|2013

15 aniversario de A guitarra limpiaParece que fue ayer cuando allá por 1998 comenzó esa fiesta innombrable que para trovadores y trovadictos ha representado el espacio A Guitarra Limpia. El trabajo que en dicho tiempo ha desarrollado el Centro Cultural Pablo de la TorrienteBrau, bajo la sabia dirección de Víctor Casaus y María Santucho, solo puede ser definido como la más eficaz muestra de dedicación a «la canción y la poesía, la solidaridad y el amor», según la definición que el propio Víctor (poeta, narrador, ensayista y cineasta) ha hecho de la Nueva Trova.

La defensa que desde la institución ubicada en Muralla 63, Habana Vieja, se ha realizado de la trova, en su sentido más amplio, es una apuesta por la identidad cubana. No está demás recordar que la música (en la que se incluye la trova y la canción de autor) cumple una función identitaria. Al hablar de ello, hay que partir del principio de que toda cultura tiene música y esta, como producto sociocultural, posee una función identitaria, que puede ser étnica, social, etc., al resultar el reflejo de una cultura específica y un instrumento identificador válido para los seres humanos y que, como ha señalado Rubén Gómez Munsen su trabajo “Una aproximación a la función identitaria de la música”, “se caracteriza por ser permeable y flexible ante las diferentes actitudes existentes en un mundo cada día más globalizado”.

Hoy, semejante consideración de la música como producto sociocultural y por ende, elemento de mercado, la transforma en una cuestión clave para el estudio de la convivencia de las culturas y en un objeto de análisis para la exégesis del fenómeno de la globalización, así como del mundo postmoderno. Y es que en el ámbito musical, cada discurso puede jugar un rol importante en la búsqueda y distinción identitarias de los colectivos sociales.

Maria SantuchoAunque lo he dicho en no pocos espacios públicos y hasta escritos, en mi modesta opinión continúo pensando que resulta oportuno expresar que el trabajo sostenido del equipo encabezado por Casaus y Santucho, corrobora la idea de que el tiempo ha evidenciado la necesidad de que el Ministerio de Cultura se siente a revisar las estructuras de muchas de las entidades culturales de nuestro país. La mayoría de ellas fueron diseñadas hace ya décadas, cuando las circunstancias en Cuba y, en general, en el mundo en que nos movíamos, eran otras.

De ahí que no pocas de tales instituciones resulten en la actualidad sencillamente inoperantes y solo caldo de cultivo para que en las mismas florezca, en el mejor de los casos, la inercia y, en el peor, la burocracia, ya sea la de la vieja estirpe o la de la nueva escuela. Empero, lo más dañino de las instituciones no es que se hayan quedado en marcos burocráticos que impiden que el arte respire a su aire, sino que han inyectado en muchos creadores cubanos esa suerte de fetichismo de la dependencia institucional.

Víctor CasausEl modelo de gestión y promoción cultural que ha establecido el Centro Pablo,un lugar con una muy reducida plantilla, escasos recursos económicos pero, eso sí, con muchísimas ganas de hacer y con la eficiencia como bandera, debería empezar a ser objeto de estudio por quienes dirigen buena parte de las instituciones de la esfera y que, en no pocos casos, con posibilidades económicas infinitamente superiores y un elevado número de personal, ni por asomo pueden compararse en lo hecho al concluir un año de trabajo a lo llevado a cabo por dicho Centro, un lugar en el que se respira respeto por el artista, algo que tanto falta en otros sitios.

De lo expresado anteriormente, se comprenderá el porqué al arribar a los quince años de A guitarra limpia, el regocijo es compartido entre quienes amamos el acto de trovar, a sabiendas de que tal práctica es un componente fundamental de la cultura cubana. Que una persona acompañada por su guitarra y una determinada poética le cante al amor, la patria y los problemas de la vida cotidiana del ciudadano de a pie, constituye una de las legítimas tradiciones en el devenir histórico de nuestra nación.

Ello contrasta de forma significativa con los mecanismos de difusión y de promoción que en la actualidad imperan en nuestro contexto. El hecho de que hoy los sellos discográficos del país para su elemental subsistencia deban responder en buena medida a las leyes del mercado, en el que para nada el canto que haga pensar despierta interés, unido a que el público consumidor natural de este tipo de propuestas no tiene la capacidad económica para adquirir en moneda libremente convertible los fonogramas que se editan, incide de un modo fundamental en la situación creada. He ahí la razón primigenia de la contradicción entre la realidad de que la trova represente una de las raíces más importantes no sólo de nuestra música sino de toda la cultura cubana y que tal grado de preponderancia no se corresponda con el nivel de atención que la industria del ocio le concede.

Si queremos que la obra de los numerosos trovadores y/o cantautores cubanos no se pierda en medio del gigantesco océano que resulta la indolencia colectiva o «la inocencia del devenir», como diría Nietzsche, es obvio que se impone la necesidad de que el ejemplo legado por el espacio A guitarra limpia del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau por quince años no constituya una excepción entre nosotros sino que se convierta en el estilo de accionar de las entidades de la esfera de la cultura en nuestro país.

Centro PabloLa acción de preservar el patrimonio musical de la nación, del que la Nueva Trova y la Canción Cubana Contemporánea son partes consustanciales, implica guardar y proteger la memoria sonora como un arca —una de las divisas fundamentales del Centro Pablo desde su creación y en particular, de Víctor Casaus, director de la institución—, conscientes de que Cuba es una confluencia telúrica y misteriosa, que alcanza dimensiones místicas y mágicas de reductos extraños, raros y guarecedores de la belleza, aunque haya quienes no se percaten de ello.

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