Actualizado el 28 de febrero de 2014

Benito y los cocodrilos

Por: . 24|2|2014

BenitoBenito mete el machete y corta el monte de la Santay1. Mientras camina tira de las palabras con parsimonia. Parece algo ensayado, como si supiera el efecto que causan en el oído ajeno. No puedo evitar pensar que este hombre es un bacán. Y él, aunque no lo dice, tiene esa actitud. En pocos minutos llegamos al lugar donde descansan los cocodrilos. Él le llama “la cocodrilera”. Se arrima a la malla y los mira con infantil devoción. Ahí están sus animales quietos. Imperturbables. Como si nada de lo que sucede afuera de ese pequeño lodazal les importara en absoluto. Son once y parecen inofensivos. El más grande mide 1,90 y el más pequeño 1,45 metros. Pero no hay que engañarse. Después Benito mostrará sus manos mordidas para meter drama y suspenso. Lo hará con una sonrisa, como si aquello formara parte de un chiste absurdo, un pedazo de su pasado que ahora le provoca alegría y una pequeña nostalgia. También enseñará las cabezas de un caimán y un cocodrilo que conserva de su época de explorador.

Son las nueve con dos minutos de la mañana. Un taxi me trajo hasta el mercado Caraguay en el sur de Guayaquil. Para llegar al lugar donde atracan las canoas hay que sortear a un montón de gente que desea vender cualquier cosa, desde boletos de lotería pasando por todo tipo de frutas y verduras, comida, carnes, cangrejos y chucherías. Hay un mal olor imposible de ignorar, algo rancio y podrido que dispara los sentidos. Al frente está la isla Santay sumergida en un calma que el río Guayas no vence.

Le estrecho la mano a Benito y enseguida siento la piel gruesa, áspera, sus callos; la mano dura y las uñas más duras aún. El fotógrafo llega y Benito nos conduce hasta su canoa. Me pasa un pedazo de plástico y dice que me siente en el fondo; a Amaury (el fotógrafo) le toca una mejor ubicación. Somos cuatro. Benito se empuja con un remo que tiene las iniciales BPA, después lo coloca en el fondo. Arranca y partimos hacia la isla sorteando barcos y lanchas.

El viento golpea en el rostro. Hay pequeñas olas que chocan con la canoa; el agua salpica débilmente, casi no moja. No hay charla. Benito mira hacia adelante con la mano aferrada a la palanca del motor. Su rostro curtido escruta el horizonte con aire de suficiencia. Viste gorra roja, camisa negra con cuadros blancos, pantalón gris y semibotines cómodos. Nació en la isla Santay un 12 de marzo, hace 65 años. A las nueve con dieciocho llegamos. Hay césped y un camino empedrado por el que hay que avanzar. Cuento 112 pasos hasta la construcción donde funcionaba la antigua escuela Jaime Roldós Aguilera. El día es gris. Al fondo, con la distancia, el agua sucia del río se confunde con el cielo que también parece sucio. No hay bulla. Solo canto de pájaros y ruidos de motor que se apagan en la lejanía.

En las casas de caña se observa ropa tendida. Casi nadie camina por ahí. Los árboles se mecen y los pájaros buscan sus nidos. Nada para distraerse, apenas un columpio de madera gastada. Todas las construcciones están levantadas sobre pilares de madera para que no toquen el suelo, una forma de protección propia de donde hay monte y animales rastreros. Parece un paraje fantasma. Benito vuelve con el machete en la mano; fue a dejar la canoa en un lugar más seguro. Recoge la basura que los perros han esparcido. A las nueve y media nos metemos por el camino que lleva a los cocodrilos. Benito nos guía por el sendero San Francisco. Apesta a lodo podrido.

Benito dice que hubo un tiempo mejor. Una época que los habitantes de la Santay que pertenecen a su generación no han olvidado. Un pasado que se puede describir como de abundancia. Una especie de leyenda en la que siete haciendas ganaderas que funcionaban en la isla semejaban un reino donde todos eran felices. Y Benito lo fue, aunque su presente tampoco es que sea miserable. Pero la nostalgia lo muerde como un chacal hambriento y no lo suelta. El hombre ríe con el recuerdo atravesado en sus palabras. La abundancia era tanta que los lugareños ni siquiera se comían los cangrejos que en cada paseo se metían debajo de las casas. Los despreciaban. Algo impensado en estos días de escasez, pero ya no hay cangrejos que paseen. Y en la Santay lo que ahora abunda es la necesidad. Ya llegó el 2011 y todavía no hay agua potable ni electricidad; peor un dispensario médico.

El hombre se la rebusca como puede. Benito, aparte de cuidar los cocodrilos, es guía turístico y también pesca. “Soy el presidente de los pescadores artesanales. Ahorita cuando termine de hablar con usted me voy de pesca a Punta e’ piedra, vengo al otro día”. Sus palabras son amortiguadas por los pasos que resuenan en la tierra. Pasamos unos puentecitos que la gente de la isla construyó. “Tuve problema porque tuve que cargar agua porque no tengo bomba. Estamos en seco. Este mes dicen que ya me viene la bomba”. ¿Cómo los mantiene? “Yo los mantengo con anguila viva. Ayer comieron anguila viva y bofe fresquito del camal”. ¿Y el agua no les hace falta? “Claro, ya le voy a cargar unos tarros de agua por el motivo que tengo sequedad del río. Espere déjeme trozar estas espinas que me están molestando”. Pega once machetazos y corta un arbusto junto a la puerta por donde se entra a un cuarto rústico que tiene otra puerta amarrada con piola, la última barrera hasta donde están los cocodrilos. “Tengo que limpiar antes de que entre el invierno para que los animales estén con agua naturalmente”. Abre la puerta, su voz retumba dentro del cuarto. La bomba que necesita para limpiar la estación donde viven los cocodrilos se la debe entregar el Ministerio del Medio Ambiente. “Yo trabajo para el Medio Ambiente. Me pagan 300 dólares mensual”. A veces pareciera que habla con él mismo.

"la cocodrilera"El paraje es tranquilo. Hay cuatro bancas de metal debajo de una arboleda. A un lado está el estero raquítico. Benito dice que la cocodrilera mide 15 por 25 metros. Es una construcción simple de cemento con reja de alambres, encima hay unos árboles que dan sombra. Se saca los zapatos y se mete con dos baldes al estero Lagarto. Llena los recipientes, camina hacia el cuarto y arroja el agua. Los cocodrilos casi ni se inquietan. “Cuando están con agüita no se mueren”, dice solo. Después de seis viajes se tumba en una de las bancas y recuerda que cuando el estero está seco tiene que caminar 150 metros para cargar el agua. “Yo principié con los cocodrilos hace cuatro años y medio. Empecé con la Fundación Malecón 2000”.

Le pido que se olvide de los cocodrilos por un momento y que relate su vida. “Bueno”, dice. “Tengo cinco hijos varones porque tres mujeres me fallecieron, dos abortos tuvo mi mujer, y la mayorcita no sé qué pasó y falleció. No tengo ni una hija mujer. Soy casado con Dora Cruz. Mi padre era Luis Lino Parrales y mi mamá Lucía Santo Domínguez. Mi familia era de la provincia de Santa Elena. Mi padre era de Santa Elena y mi madre de Bajada de Chanduy. Cuando eran las siete haciendas ganaderas mis padres trabajaban aquí. Aquí estaban mis abuelos con sus hijas. Mi padre vino a trabajar y se enamoró de mi madre. A su debido tiempo me tuvieron a mí y una hermanita pequeña. A mi madre le hicieron cosa mala (brujería). Igual murió mi madre, igual murió mi hermana. Yo nací primero. Yo nací aquí.

“Cuando estaban las siete ganaderías había trabajo de jornalero, agricultor, de cualquier cosa. Mi padre también fue agricultor. Se sembraba pasto para el ganado, maíz, arrozales de toda cosa. Yo estudiaba en Santa Elena, llegué hasta tercer grado. Cuando murió mi padre yo estaba pequeño, tendría unos trece años. Mi abuelo me puso a trabajar. Hice de todo, desde peón hasta machetero. Empecé a pescar a los ocho años, pero a los quince me dediqué al trabajo del banano. Fui calificador de guineo. Trabajé en Autoridad Portuaria en Puerto Nuevo cuando eran los barcos JL y la United. Yo fui estibador también.

“Después de eso me fui a la provincia de Los Ríos. Allá aprendí de sembramiento de cacao. Estuve dos años practicando florete con los montubios de Vernaza. Fui futbolista y boxeador también. Peleé en el coliseo Huancavilca que había en ese tiempo.”

En Los Ríos conoció a los exploradores que cazaban cocodrilos; los mataban por la piel. “Todo era plata, hasta el aceite. Yo no mataba”, dice levantando los brazos. “Los manes me pagaban para que yo descubriera dónde estaban. Yo transportaba los lagartos en ese tiempo por el río San Pablo. Había un río que se secaba y había una poza donde nosotros botábamos cocodrilos de todo porte, chicos y grandes, para que no se secara el río mejor dicho. Siempre me preguntaban y yo les daba las explicaciones sobre los cocodrilos.

“Fíjese que había manes a los que también se los comían, porque el lagarto era grandísimo. Canoa que venía llena de arroces se encontraba con los remolinos. Era tremenda corriente. Ahí se viraba una canoa, y no salía ni la persona ni el motor ni nada. Todo se lo comían. Igual esos exploradores perdían su vida por necios.”

Luego regresó a su isla. El relato continúa con El Banco Ecuatoriano de la Vivienda (BEV) expropiando las haciendas. “Quedó solamente el casco pelado”, recuerda. La tristeza le gana a la historia. El BEV arrendó la Santay para hacer carbón. Ahí se fue el manglar y los árboles. “Esta isla tenía cualquier cantidad de frutales, palma e’ coco, mango, ciruela, caña fito. Desde que esto quedó botado la gente del Guasmo venía y pa’ —hace un ruido fuerte con la boca— le metía hacha a las palmas y se llevaban los cocos. Nadie cuidaba. Los guardianes que el Banco ponía venían a dormir nomás. Estaban dos o tres días y se iban. Nosotros éramos los que cuidábamos la isla, pero no nos reconocían nada; solo nos dejaban vivir. Las casitas los hacendados nos las regalaron”.

El tiempo pasó con su manto de olvido. El BEV hizo el compromiso con la fundación Malecón 2000, y la Santay quedó en su poder. “A nosotros nos querían botar”, dice Benito. “Es verdad que alguna gente de aquí era egoísta y muy borracha, no querían que nadie viniera”.

Después se organizaron en una asociación de pobladores. “Yo fui presidente, trabajé nueve años con ellos. Pedimos permiso para hacer la escuela que también funcionaba como casa comunal. Los cocodrilos fueron donados por el Parque Histórico a la fundación Malecón 2000 que construyó este cautiverio. Los trajeron pequeñitos. Nacieron catorce y dos se comió la cocodrila. Uno murió pequeño aquí, quedaron los once. Como la gente aquí era deshonesta, no quería hacerse cargo por el motivo que no le reconocían nada, yo dije que me hacía cargo de los animales. Firmamos el convenio por contrato cada seis meses y así se fue organizando esto”. Entonces ganaba 180 dólares mensuales. La fundación lo liquidó y pasó al Medio Ambiente. “Yo soy responsable de estos animales, el cuidamiento en las buenas, en las malas y en la sequía. Me falta la limpieza; por eso quiero la bomba para que ya los cocodrilos queden establemente ahí en sus buenas condiciones. Como yo soy pescador les traigo anguila viva, porque ellos no pueden comer enyelada (comida congelada) porque se mueren. Ellos comen pasando cuatro días porque se enferman. Tienen que estar con hambre para comer. Hasta su tierna madurez, que ya serían adultos, cuando tengan cinco metros y ahí si es una hambruna, pero igual un cocodrilo puede andar meses debajo del agua sin comer mucho. Un pez que se cace, pongamos al mes, ya con eso vive. Sí así fuéramos nosotros”, ríe.

Lo más difícil de cuidar los cocodrilos es cuando se mete a cogerlos para medirlos y pesarlos. “Le amarramos un pasador. Yo fui mordido todo esto por el cocodrilo más grande”, muestra las manos. “Se me hicieron como una roscas aquí, eran feas las mordidas y es un dolor tremendo. Antes los pesábamos cada tres meses para ver si criaban o engordaban, o para identificar cuál es la hembra y el macho. Aquí tenemos dos hembras y dos machos. No se puede identificar al resto porque ya van para tres años que no se pesan. Ya no hay registramiento”.

La gente visita la isla por los cocodrilos. “No hay más que ver. Bueno, también hay mapache, tigrillo, venado, pero lo que pasa es que ellos son libres. No se los puede tener en cautiverio, porque se mueren de hambre. Cuando estaban pequeños yo sacaba los cocodrilos y hacía demostraciones con ellos, pero ahí no tenían los colmillos sobresaliendo. Eso se hacía tapándole los ojos. Me daban cualquier cosa, cinco o diez dólares”.

Benito tiene autorización para pescar tres días a la semana. Pesca bagre y corvina. Coge las anguilas con las manos directamente del lodo cerca de las esclusas. “La corvina más grande la vendemos a dos dólares la libra y la más pequeña a uno ochenta; el bagre está a ochenta centavos”. Se resigna. “Malona está la pesca. Enantes fuimos tres e hicimos veinticinco dólares; de ahí tenemos que sacar la gasolina y la comida. Nos queda como tres dólares de ganancia a cada uno”.

Son las diez y treinta cuando termina la charla. El sol empieza a quemar. A las diez con cuarenta y cuatro llegamos a donde se encuentra anclado el barco San Cristóbal. Benito se va apurado. A nosotros nos queda otra vez Guayaquil.

 

*Periodista, escritor y poeta. Estudió Diseño, Periodismo y Literatura. Ha escrito para diarios y revistas (El Universo, El Telégrafo, Mundo Diners).  En 2002 hizo una pasantía en El País de España. Profesor de Redacción Creativa en la Universidad Casa Grande. Es autor de los libros Pequeñas historias cochinas e Historia sucia de Guayaquil (ambos de ficción) y Ecuador escondido: Retratos (periodismo). Creador del blog http://periodismodelborde.wordpress.com. “Benito y los cocodrilos” se publicó originalmente en la revista Soho, Ecuador, febrero de 2011, y luego fue compilado en Ecuador escondido: Crónicas; aquí se reproduce por gentileza del autor.

NOTA

1. Isla que se encuentra en el río Guayas, a 800 metros de distancia de la ciudad de Guayaquil y pertenece al cantón Durán.

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