Actualizado el 14 de febrero de 2014

El desamor, la cursilería y esa extraña viscosidad rosa

Por: . 14|2|2014

El besoEs tarde de taller y en mi cabeza van cobrando cuerpo las ideas. ¿Qué hacer cuándo alguien te sorprende en plena calle con un manojo de poemas bajo el brazo, y mientras escapas tratando de perderte entre la multitud, escuchas algo así como: Esa mujer partió mi corazón en dos, con su boca de rosa y sus caderas de guitarra. Y luego parafraseando a Wichy Nogueras, ese mismo alguien vocea: “Dígame poeta, ¿acaso no son los versos de amor más bellos de este tiempo?” ¿Qué hacer cuándo es febrero y buscas entre las postales aquella que te permita sorprender a la persona amada sin una cursilería demasiado evidente? Uno de mis talleristas pide la palabra: “Profe, lo que sucede es que el Amor es cursi, lo queramos o no, uno siempre termina diciendo Te amo“. Hago un silencio breve y trato de acertar los invisibles hilos de la conversación, esos que me asisten en las sesiones de taller.

Si una nota amatoria (no encuentro otro calificativo inmediato) pretende impresionar al receptor de nuestros afectos, y ese ser celebra el detalle, sin reparar en el texto ―una especie de Frankestein, con ojos de Gutierre de Cetina, lágrimas a lo Miguel Matamoros, labios nerudianos, la nostalgia de Benedetti y la furiosa determinación de la Avellaneda, además de una pizca de lo más trillado de la tradición romántica insular, extraído de un tomo de chismográfos en desuso―, si en la otra orilla se conmueve, si el no se qué emotivo lo paraliza un instante (a lo Nervo), entonces la nota original ha cumplido su función, y el redactor debe sentirse por lo menos satisfecho. Hago una pausa para respirar luego de la subordinada, y prosigo: La contrariedad radica en querer transformar la nota en literatura, en visualizarla en letra impresa, y en ignorar la vastísima historia que le antecede.

Mis alumnos me observan como solo se mira a un tigre. Hay textos que chorrean una especie de viscosidad rosa, apunto, y recuerdo con horror mi primer poema publicado en la revista Somos jóvenes, en el cada vez más lejano año 2000. Otro brazo se levanta: “Es que la poesía de amor se ha caído del tren de la literatura cubana contemporánea”. Froto mis manos y pido a la librera que nos asiste que suba en cinco grados la potencia del Split. Hace frío. Lo que acontece es que lo que popularmente conocemos como poesía de amor, en realidad nunca lo ha sido.Vuelvo a la carga y advierto en sus ojos la silueta del tigre. Me consuelo con la idea borgeana del animal hecho para el amor. Localizo algunos libros en mi bolso y los ubico a modo de trinchera: Poesías de amor hispanoamericanas, con selección y prólogo de Mario Benedetti; Cantar al amor, aquel singular volumen que publicara en 1990 Pueblo y Educación, como lectura extraclase para estudiantes de octavo grado; La pasión de los poetas, del argentino Jorge Boccanera; y un texto con el sello de la española Tusquets Editores, Completamente viernes, del profesor granadino Luis García Montero.Hubiese querido tener a mano el último cuaderno de versos de Antonio Gala,  pero me fue imposible.

Como el oficial al mando de una batería de obuses, siento que puedo demoler los conceptos erróneos que en torno a la poesía de amor se han ido alzando como bastiones en la mentalidad del cubano. Leo poemas seleccionados esmeradamente, como si estuviese conformando una antología, me detengo en ciertas cúspides en erupción: Quiero hacer contigo/ lo que la primavera hace con los cerezos, Neruda ocupa el espacio total de la librería y nos oprime; acuéstate sobre mi corazón, escribe Gabriela Mistral en carta a Manuel Magallanes, quien responde en versos Y por mi ser entero pasó un temblor sagrado/ como si en ti, desnuda, se me mostrase Dios. Las pieles de mis alumnos se llenan de ronchas diminutas, esta ocasión no es por el Split, es la poesía, la poesía… Estoy resuelto a no detenerme por ahora. Matamos lo que amamos.Lo demás/ no ha estado vivo nunca, es el poema de Rosario Castellanos antes de morir electrocutada mientras caminaba descalza por el piso húmedo. Huidobro llega a ocupar el asiento de un tallerista ausente: Te pregunto otra vez/ ¿Irías a ser muda que Dios te dio esos ojos? El silencio puede cortarse mientras Gonzalo Rojas se pregunta: ¿Qué se ama cuando se ama?William Ospina percibe el temblor, la sustancia vertiendo sobre el peligroso filo del poema, y escribe: en mis labios ya están invisibles tus labios.

Una sensación de cristalería quebrada se percibe en los ojos que me encierran dentro de un círculo. Uno no es uno, sino su amor; Dulce María Loynaz asesta un golpe mortal, y comprendo que debo practicar la misericordia. Voy a dejar de leer, pero antes, subrayo la sentencia de García Montero, si el amor como todo es cuestión de palabras/ acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma. Los obuses destruyen el último vestigio de muralla y avanzo con la infantería.

Quisiera realizar una pausa larga, inspirar otra bocanada de aire y concluir con una frase determinante: Esto es poesía de amor. Pero no lo hago. Prefiero retomar uno de los textos ya citados, aunque se trate de un nuevo ejercicio del dedo en la llaga. En el prólogo a la edición príncipe de Poesías de amor hispanoamericanas, Benedetti reconoce: la presente selección incluye poemas a los que resulta difícil rescatar de una peligrosa vecindad con la cursilería. La breve pieza de apenas dos párrafos es de una esplendidez inusual, sobre todo para los acostumbrados (a fuerza de múltiples encontronazos) a la lectura de prólogos extensos. El avance de las tropas de infantería fractura los cráneos de mis alumnos reduciéndolos a una especie de ceniza blanquecina. Vuelve el silencio a dejarse definir, hasta que una adolescente de grandes ojos negros, sin alzar su brazo, plantea: “Lo que sucede es que en realidad la poesía de amor no existe”.

Es un criterio lanzazo. Quedamos atónitos demandando una explicación puntual. La adolescente se reacomoda en el asiento y se esfuerza por esclarecer su propuesta. ʺLo que denominamos poesía de amor en realidad es poesía de desamor. No es el amor quien canta, no es el espíritu correspondido quien se auxilia de la página en blanco; el ser que encuentra unos brazos oportunos no precisa de la escritura, ama, y amar en nuestro tiempo requiere tanto esfuerzo que no hay espacio para la germinación del poemaʺ. ¿Avispada la joven, no? Casi de inmediato recordé un parlamento que había leído en la novela La otra cara de la vida del escritor sudcoreano Lee Seung-U, texto que por ventura puedo citar a continuación: La gente que es completamente feliz no siente el impulso de escribir una sola línea. Solo aquellos que han despertado a la infelicidad se sumergen en el impulso de escribir. Entonces toman la pluma y se anestesian contra la infeliz realidad. Los lectores, por su parte, leen para conseguir esa anestesia. Agudo

Estuve tentado a preguntarle a la muchacha si había leído a Lee Seung-u pero la compleja localización de la novela me hizo renunciar a esa interrogante. ʺSi profe, son los despechados, los solitarios, los no correspondidos, son esos y no otros los que escriben poesía de amor. Entonces tal calificativo es a todas luces incorrecto. Hasta la cursilería ingresa en la parcela del desamorʺ. Como diapositivas atraviesan mi memoria: pasarás por mi vida sin saber que pasaste (Buesa); puedo escribir los versos más tristes esta noche (Neruda); ¡yo estoy triste y tú estás muerta! (Zenea); ¡pero flores tan bellas nunca pueden durar! (Nervo); ¡Y él irá con otra por la eternidad! (Mistral); tú, que nunca serás del todo mío (Alfonsina); ¿Y si llegaras tarde,/ y encontraras (tan solo)/ las cenizas heladas de la espera? (Ballagas); Y acaso sin estar enamorada/ me desordeno amor me desordeno (Carilda)… La lista amenaza con convertirse en interminable.

ʺYa ve usted, la poesía de amor no existeʺ. Me duele un poco la cabeza. Como de costumbre hago una sugerencia de lectura, en este caso la selección Cantar del mal de amores (Ediciones Sed Belleza, 2010), y cuando voy a dar por concluida la sesión cruje la puerta de la librería, y entra un hombre agitado: ʺOiga disculpe la tardanza, pero es que trabajo hasta las cinco y media; mire estas libretas están llenas de versos de amor, no, no son míos, son de la vecina de enfrente, ella tenía pena y por eso se los traje, por eso y porque es una lástima que no se publiquen, porque están requetebuenosʺ. Con la meticulosidad de quien manipula material radioactivo guardo los cuadernos en mi bolso.Quiero alejarme de la librería rápidamente, pero una sustancia viscosa se adhiere a la suela de mis zapatos. No me demoro en el graffitipintarrajeado en el muro a mi derecha, he leído antes sus mensajes, le temo específicamente a uno: Yo no tengo más patria que tus ojos.

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