Actualizado el 14 de febrero de 2014

La promoción del libro:

Un arte esquivo

Por: . 10|2|2014

Instalación de: Dominique González Foerster“Un libro nuevo es siempre un motivo de alegría, una verdad que nos sale al paso, un amigo que nos espera, la eternidad que se nos adelanta, una ráfaga divina que viene a posarse en nuestra frente”. Si del verbo martiano extraemos sus luces, si aquilatamos que cada libro es un suceso único, tendremos parte del camino despejado.                                                       Confundida, maltratada, sentada tantas veces en el banquillo, la promoción suele ser llevada y traída; pero pocas veces entendida en su verdadera dimensión. Hablar de promoción es referirse al conjunto de acciones realizadas para  informar, recordar y persuadir a los públicos acerca de los productos y servicios que se ofertan. Cuando este último acápite de la tríada es relegado y la improvisación se impone a una estrategia planificada, solo es posible obtener magros resultados. En el mundo de hoy, el viejo adagio de que “la calidad se impone”, necesita de urgente rectificación: “La calidad hay que ayudar a imponerla”.

Aunque el sustrato de la línea editorial cubana tiene un basamento cultural, la promoción del libro no puede soslayar que cada propuesta tiene su costo. En consecuencia, ha de explorar desde qué ángulo informará, persuadirá y recordará al lector la importancia, la necesidad, el gusto de tener justamente ese libro. Ha de reforzar la convicción de que cualquier precio es inferior a la esencia de lo que ofrece, que cualquier desembolso será premiado con creces en crecimiento personal y espiritual.

Debería inscribirse con letras de oro el pensamiento de que cada libro es una oportunidad. El espíritu creativo es condición sine qua non, la promoción ingenua y decantada es un tiro de salva, porque un promotor “vende” más que un libro, un autor o una casa editorial. A decir verdad, “vende” la idea del libro, la necesidad del saber que lo contiene; “vende”  la cultura encarnada en él. Y ahí radica una de sus fortalezas.

Un libro no solo sintetiza pensamientos, sino que es un producto de creación colectiva donde interviene redactores, editores, diseñadores, ilustradores… así como personal de la industria poligráfica, distribuidores y libreros (tantas veces subvalorados en la mediación libro-lector). Aunque el autor es, por supuesto, protagonista y aliado, con demasiada frecuencia se actúa como si el libro fuese exclusividad de su autor, se le deja solo y no se aprovechan las múltiples aristas que permiten diversificar la promoción.

No hay libretos únicos para encaminar al lector. Cada libro necesita traje a la medida.

 LAS  PRESENTACIONES

 La presentación de un libro es un acto de promoción, pero no uno más, sino el momento estrella. La presentación es una plataforma de lanzamiento, una fiesta. Ha de serlo. Es un instante en el que se puede acudir al audiovisual, las artes plásticas, la música, la teatralidad, la narración oral… Estos elementos —siempre que mantengan un diálogo con el suceso—, no sólo lo enriquecen, sino que proyectan el libro.

He asistido a infinidad de presentaciones, también las he sufrido. Una parte fallecen por decantadas o estiradas. Parecen calcadas unas a otras, es un acto que anda urgido de oxígeno. Lo que podría ser una verdadera puesta en escena, acaba convertida en mero acto formal. Súmesele a ello que en ocasiones no resultan experiencias gratas, cuando el presentador se enajena del escenario y se enreda en una larga disquisición ensayística, propia de una revista, pero inadecuada para un acto oral participativo.

Aunque el autor siempre agradece la asistencia de familiares y amigos, la presentación de un libro ha de hacerse para ganar todos los públicos posibles, y esa intención pasa necesariamente por el ingenio. También ha de admitirse que, en no pocas ocasiones, no se accede de manera coherente a los programas existentes, no se le extrae todo el zumo que puede dar… por rutina, por acomodamiento, y hay que decirlo, también por desconocimiento. Algo similar sucede con la promoción de lecturas o recitales, donde una especie de fatiga sobrevuela.

¿Será que “a la literatura le corresponde inclinar la cabeza frente a otras manifestaciones del arte que son capaces de colmar salas y teatros”?1 ¿O acaso, que instituciones y especialistas se mantienen aherrojados y no han sabido establecer alianzas o definir estrategias capaces de  proyectar su producto con suficiente atractivo para los públicos? ¿Por qué, mientras otros ámbitos de venta viven en constante renovación, muchas de nuestras librerías enmohecen?

Otra interrogante parece pertinente: ¿Cuántas veces se ha de presentar un libro? “Todas las que sean necesarias”, fue la respuesta de cierto escritor. Me inscribo en la misma cuerda. Habría que impulsar muchas buenas presentaciones con un público caracterizado, sin dejar tantos aspectos al azar. Cada vez que un libro se presenta, se convierte en noticia, vive un segundo nacimiento que potencia a todo su colectivo, y en consonancia, dispara sus posibilidades.

Con demasiada ligereza se acusa a la promoción de la poca repercusión o la exigua asistencia de público a una actividad. Sí y no. La falta de enfoque o de imaginación puede rebajar el alcance de un acontecimiento; pero si este viene lastrado por voluntarismos en factores imprescindibles como lugar, hora o fecha, diseño de la propuesta o selección de títulos, nulo estudio de los públicos; el esfuerzo promocional puede “maquillar” el resultado, pero es inevitable que la propuesta zozobre. Siempre he creído que un verdadero promotor debería tomar parte del hecho que promociona desde su génesis, pero, ¿acaso el equipo de promoción alcanza la estatura profesional para ser tenido en cuenta en la concepción de la política editorial? ¿Se valora justamente su papel?

Promoción, es en primer lugar, comunicación.  La promoción literaria, presupone a personas no solo con una sólida base cultural, sino con capacitación en esa materia. Lamentablemente, en más de un sitio, resulta todavía una asignatura pendiente.

LOS MEDIOS

 Aunque en Cuba, hablamos de un pueblo alfabetizado —justamente por ello—, no hay que olvidar que un libro representa siempre un proceso intelectivo, a primera vista menos lúdrico, y por ello exige una promoción más explícita, más enfocada, más específica. La promoción ha de buscar la focalización selectiva de la atención, una distinción, pues se encuentra inevitablemente en competencia con otros productos comunicativos, con otras ofertas artísticas.

Un promotor ha de comentar, enamorar, subyugar, motivar y convencer al lector. Lo que estremece, toca. Lo que toca, interesa. La promoción de un libro ha de establecer una síntesis que exponga datos imprescindibles y sea capaz al unísono de jerarquizar, seleccionar y redondear sus puntos nodales.

Uno de los errores más reiterados resulta la suplantación del libro por el evento. Suele suceder con frecuencia en los esquemas acerca de los Sábados del Libro o las Ferias. Se dan a conocer horas, autores y títulos al estilo de una cartelera —como una seguidilla—, sin detenerse en sinopsis, fragmentos o anécdotas. El néctar del libro se esquiva, y con él, se escapan elementos motivadores, definitorios en la persuasión. Igual filosofía impera en los carteles informativos que se colocan en las vidrieras: ninguna línea que atrape, ningún suspenso que invite.

La piedra de toque de la promoción no es lo QUÉ se dice, sino CÓMO se dice. En el ámbito literario, se impone pasar de “la promoción de cartelera” a la promoción cualitativa.

Para Fernando Rodríguez Sosa  —con una larga experiencia en la promoción desde el programa “Escriba y Lea”, las páginas digitales o los espacios de la librería Fayad Jamís—  entre las fallas más reiteradas se hallan: “no priorizar, dentro del catálogo editorial los libros que merecen un tratamiento especial y aquellos que solo ameritan una mención, así como la repetición mecánica de la misma información en todos los medios, sin un trabajo que analice las características de cada uno”.

Parece una perogrullada, mas es preciso remarcarlo. Cada medio de difusión masiva se mueve dentro de sus propias reglas. Ninguno es superior a otro, ninguno abarca a todos los públicos; los medios no se excluyen, se complementan. Por eso, la promoción ha de explotar lo que cada uno posibilita: la imagen, la voz, la fotografía, la información, la entrevista o la reseña, al escoger los espacios más oportunos en el lapso de tiempo adecuado.

Son válidas, por supuesto, otras alternativas que van desde los correos electrónicos o los sueltos hasta la insustituible invitación personal. Tal vez lo último en lo que se piensa en materia de promoción literaria es en las telas o carteles promocionales, por cierto bien usuales en el área de la música o ciertas zonas del comercio. Tienen sus números —no hay que negarlo―, pero valdría la pena detenerse en sus beneficios, su impacto sicológico y el reforzamiento de prestigio que representan, para incorporarlos de manera habitual.

La promoción ha de ser orquestada. Los intentos aislados son como espiga apretada contra el viento: corren el riesgo de nunca convertirse en pan. Es preciso superar el pensamiento de isla solitaria o de trinchera. Promoción es tender puentes, y para ello no hay proposición desdeñable.

A mi modo de ver, el universo promocional necesita comprometerse más con el lector, dejar de verle como un receptáculo y estimular su interactividad. Valdría la pena mencionar algunas iniciativas de vanguardia: el sitio digital Isliada y su canal VISUALEER, dedicado a la literatura cubana, surgida en la capital; o los proyectos múltiples Claustrofobias  y Ventana Sur, que desde Santiago de Cuba y Granma, respectivamente, intentan tocar al país. Las promociones audiovisuales FAZ (Villa Clara) asumen la concepción de que cada autor y cada texto representan una especificidad, un desafío artístico para el realizador, plasmado al modo de un clip poético. Un arte inflama al otro.

Por su parte, el Concurso de Promoción de la Lectura Caridad Pineda In Memoriam —auspiciado por la Asociación Cubana de Bibliotecarios (ASCUBI) y la emisora Radio Siboney— logra convertir al lector en protagonista. Bajo el lema “Una lectura marcó mi vida”, permite comentar el libro que más le haya gustado, desde un resorte emocional directo. La participación de personas de entre diez y noventa años de casi todo el país, demuestra la validez de la idea.

No son las únicas propuestas, pero sí estimulantes. Ellos no se han sentado a esperar.

Insisto, resulta ineludible que nuestras editoriales, centros del libro y ferias, se acerquen de manera más científica a sus lectores ―potenciales o efectivos—, para incentivar estudios de campo y ofrecer diagnósticos que privilegien su opinión.  Un balance entre las ofertas de las casas editoras y las expectativas de los lectores deviene factor inexcusable. Las imposiciones en materia editorial, se pagan caras; basta echar una ojeada a nuestras librerías.

Repasadas algunas vías, criterios y extravíos en la promoción literaria, es preciso recordar que, al fin, todo ese andamiaje se basa en la existencia de lectores y en la preeminencia de la lectura. Las bibliotecas han de recorrer aún un largo camino. Nuestra formación educacional ha tenido lagunas en los últimos años, sin obviar que coexisten a la par de las propuestas nacionales, libros digitales e impresos de otras facturas y otras geografías.

La promoción del libro también precisa de estímulos para los que, en medio de una labor recia, concentrada y cotidiana, no se han apagado. No distinguir tales calidades, contribuye al estatismo que padecemos, en una labor que se antoja definitoria para la cultura de la nación.

Informar, recordar y persuadir son las tres claves en la promoción. Vistas las circunstancias; emergen como reto formidable; pero los que encontramos en el libro, un motivo de alegría, una verdad que sale al paso y un amigo que espera, NO nos rendimos.

 

NOTA

[1]. Moisés Mayám: “El público de los espacios literarios: la gran depresión”, en El Caimán Barbudo, septiembre-octubre, 2013, p. 14.

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