Actualizado el 18 de marzo de 2014

¿Genios y Musas?

Por: . 7|3|2014

Mona Lisa y Leonardo da VinciActualmente, el debate en torno a la huella y la sombra de la mujer en la historia humana ha subido de tono y color, allende los homenajes del más diverso calado. Desde polos distintos hoy se avientan juicios como éstos: “la mujer perfecta es la que no espera que su marido sea perfecto” y “el mejor accesorio de una mujer es un hombre bien vestido”. La dificultad para discernir la filiación de género de tales proposiciones da fe de la índole enrevesada, quizás inescrutable, de la cuestión de marras. Por ello, y bajo juramento de que la intención de estas líneas es hacer justicia, le invito a un paneo epistemológico de algunos casos célebres en la historia de la ciencia, la filosofía y las artes.

Heráclito consagró la dialéctica como teoría general de la infidelidad cuando declamó aquel versículo ante el Ágora: “No te bañarás dos veces en el mismo río… y mucho menos con la misma mujer”. Explican los historiadores que en realidad el iluminado griego le temía tanto al agua como a las féminas y a ello atribuyen el hecho de que no aprendiera a nadar… ni consiguiera llevarse una mujer al agua.

Muy llevadas y traídas entre la mitad del tiempo y nuestros días han sido las intrigas sobre el vínculo entre Leonardo da Vinci y la Gioconda. Los manejos cortesanos que el ingeniero artista se afanaba en desmentir eran, entre tanto, avivados por el lenguaje extraverbal de la dama, quien, por cierto, no era muy mona pero no estaba nada lisa. Solo recientemente, estudios acuciosos de las epístolas que estos personajes intercambiaron han revelado ciertas confesiones angustiosas del florentino: “Tu sonrisa lacrimógena me persigue… No se si has estado burlándote o sintiendo lástima de mis pinceladas de amor”. Jamás lo supo. Y nosotros tampoco lo sabremos.

Nadie intuyó como Kant la naturaleza enigmática de las émulas de Eva. La relación con su esposa fue el caldo de cultivo del agnosticismo más acendrado. Al final de su vida y de su obra, vencido ante la impenetrable teutona que le quitó una costilla pero no le dio un vástago, el célebre iluminado profirió la sentencia: “Ella es la cosa en sí y la cosa para sí. Ejercitando la crítica de la razón pura, he de asentir que la cosa, mía nunca fue”.

Sabidas son las fugas que se inventaba Hegel tras las trifulcas estacionales con su media naranja aria. Precisamente a la reiterada añoranza de la tempera mental Sofía debe Hegel el filo de sus meditaciones. La doña prusiana fue la inspiración de los más ingeniosos tratados de locura dialéctica: “ella es la misma y otra mujer. Me ama pero no me ama. Nuestra relación es la negación negada. Viviremos felices toda la vida y en guerra hasta la muerte”. Cuando le sobrevino el cólera, ya Hegel se había convencido de que aquella historia en espiral seguía una lógica amorosa: la mujer de sus días y sus noches era seguramente la encarnación del espíritu absoluto.

Y hablando de locura—que es lo mismo que hablar del amor— resultan referencia obligatoria los pasajes secretos de la pasión de Nietzsche por la esposa de Wagner, el afamado compositor. Como se sabe, éste último solía irse de parranda con Las Hadas y Los Maestros Cantores a gozar los dineros conseguidos por la venta de El Anillo de los Nibelungos. Aparentemente, lo que por esa época movía a la Minna no era aquella música, sino los chispazos en tiempo de rock del superloco. Sin embargo, se dice que tras consultar su ábaco, ella se despabiló y, apelando a su oficio de actriz, se las arregló para que de aquel romance furtivo no quedaran más que las pesadillas de Nietzsche. El pobre, que en vano había apelado incluso a la brujería, terminó dándoles candela a los ídolos y se fue de safari a la montaña en busca de su alter ego, un tal Zaratustra.

Aquello de que no hay amor más auténtico que el que brinda una mujer etérea, en realidad no es de la autoría de Oliverio Girondo, como se ha dicho, sino de Ernest Mach, quien, aclaro, no es el cerdo que inventó el cuento del tal sexo débil. El físico y filósofo austriaco no hizo más que apelar al instinto de conservación en circunstancias existenciales muy difíciles. Su incomprendida e irredenta esposa lo había abandonado. El no podía sobreponerse a la pérdida, en verdad la amaba demasiado para resignarse. ¡Y ahí tuvo el alumbramiento! Comenzó a verla como un complejo de sensaciones: “Siento sus caricias, ergo ella está conmigo y me ama”. Así fue feliz hasta el fin de sus días, sumido en la sensualidad de su ensoñada. Lo que no puede negarse es que la susodicha fue coautora de aquella metafísica…y también de aquel autismo.

En cualesquiera tiempos y formas gramaticales, la impronta femenina en el verbo masculino no podría ser recreada más que humildemente: de ello dan fe las estampas de Dulcinea en las cabalgatas de El Quijote; las de Jenny abriéndose paso en la barba del Moro Aguafiestas; las de Nadiezhda (Esperanza) en la revolución de Lenin; las de Pepilla, tan celestinas de Marinello, entre muchas otras.

Antonieta Rivas MercadoLos de éste nuestro seso seguimos intentándolo, a sabiendas de que el mejor tributo que puede rendirse a una mujer es el que dice de sus virtudes inigualables. Antonieta Rivas Mercado lo ha suscrito a viva voz: “La mujer es distinta del varón y debe afirmar su diferencia”. Pero, no olvidemos —parafraseando un plumazo del Manco de Lepanto— que entre el sí y el no de una mujer… no cabría la punta de un alfiler.

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