Actualizado el 24 de abril de 2014

El arte de la espera

Por: . 21|4|2014

para García, por supuesto

Portada del libroHabía un libro que estaba aguardando. Siempre hay un libro que cargo en mi deseo para que no me sorprenda cuando me encuentre. En este caso, sabía que había salido porque la noticia se leía en todos los periódicos: Gabo periodista (Fundación Gabriel García Márquez Para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, Colombia, noviembre de 2012). Una antología de textos periodísticos. Edición no venal. O tal vez supe de él por Ariel Castillo (quien es pariente por el lado más importante: el del corazón).

Lo primero que hice fue escribir un mensaje a Cartagena solicitando información para conseguir el libro. Jamás me respondieron. Tenía en mis ojos su carátula. La guardé como una de esas fotos que nos acompañan y que, de vez en cuando, reaparece trayéndonos un rostro amado y lejano. La primera vez que lo tuve en mis manos fue cuando le llevé El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals, al director de una revista bogotana, que por esos días andaba con una lesión en el pie. Mirando su inmensa biblioteca de repente lo vi.

—De manera que así es… —fue lo que me dije. Y pregunté: — ¿Puedo mirarlo?

—Claro —me respondió.

Era una edición de pasta dura todavía envuelta en su empaque transparente. Sin abrir. Lo miré por los dos lados. “Ahora sí sé cómo es realmente”, me comenté mientras lo regresaba al estante.

—Creo que tengo otro ejemplar en alguna parte. Voy a ver si lo encuentro —añadió mientras se encaminaba a una pila de libros.

—No lo busque, no se preocupe. Tenga cuidado. Mejor después. Se lo agradezco de todas maneras —dije rápidamente antes de emprender el no tan largo camino de regreso a la librería.

Nunca me volvió a hablar del asunto.

No voy a leer lo que ya escribí alguna vez. Ni voy a contar lo que ya hice en otro momento. Esto lo escribo hoy, abril 17 de 2014, a las pocas horas de saber que ya no estás respirando en medio de nosotros. Porque es imposible decir que ya no estás con nosotros. Nunca será posible.

Pacho me llamó y preguntó:

—¿Me imagino que ya sabes la noticia?

—No, ni idea. No sé qué pasó —respondí adormilado.

Gabriel García Márquez murió.

Me quedé helado.

Balbuceé algo y me fui a mirar la prensa. Abrí El Espectador y ahí estaba la noticia.

Sí, era cierto, habías muerto.

Lloré. No pude dejar de hacerlo. Recibí varias llamadas, consternadas, dándome el pésame por la noticia. Hice otras para lo mismo. Todos estábamos orfanados.

No fui amigo de Gabriel García Márquez. No. Pero sí existí para él. Fui “el librovejero”. Así me llamó y así me llamaba cuando nos encontramos o cuando hablamos por teléfono. Es, hasta donde sé, el único apodo que me han puesto. Bueno… hasta donde quiero saber…

Tuve el inmenso placer de servirle con mi oficio: vendedor de libros usados. Gracias a los libros existí para él. Qué manera más hermosa de hacer parte de una historia… Jamás, ni en mis más disparatados ensueños, se me ocurrió pensar que esto fuera posible. Además, no me da vergüenza confesarlo, soy un lector tardío de Cien años de soledad. Cuando niño lo leí dos veces (mi papá me regaló el libro como quien entrega la llave de un cofre) y no me gustó. No lo entendí. O las dos cosas al mismo tiempo. No fue hasta 1996 cuando al leerlo, en medio del calor cartagenero, pude por fin entenderlo y sentirme huésped permanente de sus páginas. También para esa fecha lo vi en persona por vez primera.

Nunca pude decirle Gabo o Gabito. Ese nombre estaba reservado, al menos para mí, para sus más entrañables y cercanos. Yo me limité a decirle como escuché que lo nombraban en Cuba: “García”. Porque nuestros encuentros (fuera de dos bogotanos) siempre fueron en Cuba. Y tengo, entre otras cosas, el inmenso orgullo de saber que fue a visitarme a la casa de Corrales, donde vivo cuando estoy en La Habana. Y que saludó a Betania y a Miguelito como si se conocieran de toda la vida antes de sentarse en la sala y permanecer gran parte de la tarde hablando de la vaina, que es hablar de todo y lo demás. Al ritmo de un sillón que viene y va como la marea y el viento, trayendo recuerdos, llevándose momentos, construyendo instantes que se graban para siempre. Y se guardan allí, cerca al corazón, donde está lo que siempre nos acompaña y no podemos ignorar.

Por eso recibí el pésame: porque algunos sabían lo que había significado para mí el haber existido para él con un nombre.

Un mensaje de una amiga me hizo salir de mi consternación y tomar un bus que iba por toda la carrera séptima. La cita era a las cinco al frente de La Hacienda Santa Bárbara. Llegué cuatro minutos antes. Miré hacía todos lados para ver si Catalina Valencia estaba por ahí. No. Aún no. Para quemar tiempo me fui a mirar libros a la calle peatonal donde está el mercado de las pulgas.

El mirar libros es una buena manera de quemar el tiempo de la espera. Los ojos viajan por sobre las carátulas como si recorrieran un mapa sin puntos cardinales donde, de repente, aparece una X señalando el lugar donde se encuentra el tesoro. Y en medio de muchos libros, conocidos y desconocidos, reconocí uno que había visto una sola vez: Gabo periodista. Desde su carátula me mirabas tú, García, diciéndome: “Ajá… librovejero… Acá estoy…”.

Lo tomé, temblando de alegría. Miré hacia los otros, tratando de disimular lo indisimulable, y otro libro me sonrió: El arte de la espera, del historiador y ensayista cubano Rafael Rojas. En su carátula la foto de una cubana con rolos sonreía diciéndome: “Viste… Esto es lo que hay… Lo que te tocó por la libreta…”.

Los tomé sabiendo lo que eran: su apretón de manos de despedida.

Después de una negociada larga y tediosa se fueron conmigo en una jaba blanca.

Y en mi corazón una alegría triste. Porque tú, García, cerrabas, sonriendo, una búsqueda que se inició hace tiempo, con muchos protagonistas, que esperaba el momento justo para darse: hoy, abril de 17 de 2014, cuando ya respiras en la eternidad.

La vida te alcanzó para todo, hasta para darme un nombre…

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