Actualizado el 25 de abril de 2014

El hombre que escribió el jueves

Por: . 24|4|2014

El que recuerda, imagina. El que imagina, recuerda.

Carlos Fuentes.

 Gabriel García Márquez“Yo creo que el jueves no sirve ni siquiera para morir”, escribió Gabo periodista en El Universal de Cartagena, el 24 de junio de 1948. Quizás no sabía entonces de Chesterton y El hombre que fue jueves. Acaso ensimismado en los mitos de América Latina, no reparó en que ese es día de Júpiter (Dies Jovis de los romanos), el monarca de todos los dioses, y también de Thor, la deidad nórdica del trueno.

Escribió el Gabo de las ficciones sobre ese “lunes ingrato” en que los hermanos Vicario acuchillarían al joven árabe; y de aquel domingo con diluvio precipitado a la salida de misa que Isabel detalló en un monólogo, idéntico al que enmarcó su nacimiento en Aracataca el 6 de marzo de 1927. No reservaba sucesos de importancia en sus libros para el jueves, la jornada que definió como “isla estéril”.

El sabio Juan Villoro, mexicano y cronista, escribió que “La crónica latinoamericana se ha especializado en el arte de dar bien malas noticias”. Y también aplaudió del Gabo su periodismo de “felicidad celebratoria”… De tales coordenadas entresaco la crónica presente, para dar como hecho que morirse un jueves fue ocurrencia postrera del Gabo, un llevarse la contra en broma a costa de sí mismo.

Me atrevo a tanto porque un Gabo memorioso escribió —con estas palabras más o menos— que la vida de uno no es lo que ha vivido sino cómo la recuerda; y en esa existencia de la memoria imaginada llegué a conocer personal y entrañablemente a Gabriel García Márquez. Pero aunque guarde olvido del instante que estrechamos las manos, sí me sobran reminiscencias de la confesión halagüeña que le hice aquel jueves:

—Sabe usted… De toda la historia literaria, yo sólo podría citar de memoria dos arranques de novela, y son suyos… El de Crónica de una muerte anunciada: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Y “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, de Cien años de soledad:

Luego agregué: —Ah, y solamente me acuerdo de un final, el de El coronel no tiene quien le escriba… El único cierre con exabrupto escatológico de toda la historia literaria: “Mierda”.

Imagino, o recuerdo, que volví a encontrarle en noviembre de 2013, durante un Taller de Reportajes organizado por la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano que lleva su nombre. Fue en Río de Janeiro; más la tierra del jogo bonito y las playas, la zamba y el carnaval, era asolada desde el lunes por un vendaval bíblico que amenazaba extenderse por cuatro años, once meses y dos días. A la altura del jueves —creo—, de pie a mi lado bajo la marquesina del hotel, Gabo miraba la atmósfera húmeda como esperando el momento en que vendrían peces navegando a través del aire. “Esto me trae el recuerdo de la llegada a Bogotá en mi juventud”, dijo con cara de morriña.

Hoy que escribo, no es 17 de abril y luna llena, pero sí jueves. El satélite cayó en fase menguante y hace una semana que el autor colombiano se desprendió del detritus mortal, la humanidad de carne y sangre, para ascender a la inmortalidad y su noche prestigiosa. Recuerdo al sabio Eliseo Diego, cubano y poeta, quien escribió que “La eternidad por fin comienza un lunes”. Imagino a Gabo que objeta “¿Por qué no un jueves?”, y habilita con su risa colosal un poco de sabor y color a esa “torrija del tiempo”.

Categoría: Artículos | Tags: | | |

Director: Fidel Díaz Castro

Diseño web: Héctor Otero

Relaciones públicas: Racso Morejón

Redacción digital: Editor: Racso Morejón

webmaster: Racso Morejón

Desarrollador web: Escael Marrero

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados