Actualizado el 1 de mayo de 2014

La poesía no se vende y sin embargo escribo…

Por: . 30|4|2014

de la serie LibrosEl agente transmisor aún no ha sido detectado. Según algunos criterios, pudo tratarse de alguien que sin explícito deseo de hacer daño marcó el cuadro equivocado en una encuesta, trazó una equis lapidaria, ordenó los géneros literarios atendiendo a su demanda, o simplemente, en esos apartados que poseen casi todas las planillas donde puede leerse: Otro. Diga ¿cuál? Escribió (¿con ingenuidad?) La poesía no se vende.

En pocos meses el virus atravesó la Isla, contagió a libreros, promotores, editores, y de una forma casi inverosímil, a los propios poetas. La no venta de la poesía se convirtió en una verdad incontestable, que aceptamos inclinando las cabezas y frotándonos nerviosamente las manos. Comenzamos a tomar “medidas”. El género perdió su predominio habitual en los planes de publicación de las conocidas como “editoriales territoriales” y de otras con la etiqueta de “nacionales”. Varias casas publicadoras con el objetivo bienintencionado de acertar en la raíz del asunto se dieron a la tarea de promover obras que ayudasen a rescatar el gusto del lector cubano por el género.

Entre los esfuerzos más concienzudos podría citar: Poesía, de Pablo Neruda (Casa de las Américas, 2007), la reedición de En mi pecho bravo, de José Martí, (Gente Nueva, 2010), La pasión de los poetas: La historia detrás de los poemas de amor, de Jorge Boccanera (Arte y Literatura, 2008), y Nadie sabe por qué…, de José Ángel Buesa, compilación y prólogo de Virgilio López Lemus (Letras Cubanas, 2012). He aquí una muestra reducida a la que se sumaron múltiples antologías que abordaban la vertiente amorosa del género, y procuraban reconciliar al lector con el verso escrito. Por ese tiempo, yo había evolucionado desde mis exploraciones iniciales y esperaba que de un momento a otro surgieran en la lista de títulos rebajados, los ejemplares de dos autores que necesitaba releer, me refiero a Raúl Hernández Novás y Ángel Escobar, pero los libros no bajaban de precio.

Partimos del postulado inamovible La poesía no se vende para adentrarnos en los cuestionamientos que pretendo relacionar en este trabajo. ¿Se vende la novela, el cuento, el ensayo, la literatura político-social? Me gustaría decirles que , y concentrarnos únicamente en la poesía, pero antes de emitir un criterio quisiera compartirles algunas historias de vida, de mi vida. Como Especialista de la Actividad Cultural me corresponde asesorar a esos órganos tan necesarios que denominamos ―desde la introducción de las máquinas Risográficas― “Consejos Editoriales Municipales”. Mis viajes a los municipios me condujeron a sumergirme en una suerte de paraíso borgeano, los almacenes de las librerías. Con un bolígrafo de tinta azul y en la palma de mi mano izquierda, fui tomando nota para redactar el informe de la visita junto al inspector designado por el Centro Provincial del Libro. ¿Qué observé en la virginidad de aquellos anaqueles? Pues miren por ustedes mismos: El diccionario Cervantes, El Quijote, una edición en dos tomos de Los miserables de Víctor Hugo, (que ni siquiera sospechaba de su existencia), las novelas de Saramago editadas por Arte y Literatura, desde El evangelio según Jesucristo hasta Las intermitencias de la muerte, las novelas publicadas hasta la fecha de la serie En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, El diario de Ana Frank, los tres tomos de Las mil y una noches, Paradiso de Lezama, La consagración de la primavera de Carpentier, Tres cuentos de Gustave Flaubert, La guerra y la paz, de Tolstói, Crimen y castigo de Dostoievski, y otros tantos de cuyos títulos no quiero acordarme porque la cólera de Aquiles me asoma a los ojos. (Ah, estaba también La Ilíada).

Lo cierto era que con cada viaje a los municipios mi librero iba ensanchando sus límites, y mis amigos escritores me encargaban volúmenes específicos, como si yo tuviera la suerte de viajar a la patria de los libros. Una amiga editora me encargó que buscara con detenimiento en los almacenes Ella escribía poscrítica, de Margarita Mateo. Me convertí en una suerte de Santa Claus para mis colegas escritores. Entonces asumo un aire profesoral y pregunto: ¿Qué hacían aquellos libros empolvándose en el almacén? Respuesta: Los mecanismos de promoción eran ineficaces o inexistentes. Anoten el siguiente detalle: Aunque rebusqué en numerosos almacenes nunca tropecé con los libros de poesía que me hubiese gustado comprar. No estaban. Recuerden que la poesía no se vende, sin embargo en la lista escrita con precipitación en la palma de mi mano no había ningún libro de versos. ¿Qué aspecto tan insólito? Ni la poesía de Neruda, ni la de Enrique Lihn, ni la de Raúl Zurita, ni la de Vicente Gerbasi, ni la de Gabriela Mistral, ni la de Dulce María, ni la de Carilda Oliver, estaban empolvándose en los estantes. (Se permite la estupefacción). Sí, usted seguramente dirá que por los menos uno de estos títulos está durmiendo el sueño eterno en su librería, pero ¿es culpa de la poesía?

Hagamos un corte momentáneo en la cáscara del texto y retornemos a la idea original, en busca de otro afluente que nos conduzca al océano de la verdad. Si la poesía no se vende, entonces ¿qué se vende? Recientemente tuve la posibilidad de formar parte del equipo de especialistas que elaboró la demanda de nuestro territorio con vistas a la próxima Feria del Libro. El singular grupo estaba integrado por miembros del Departamento Comercial, funcionarios del CPLL, escritores, promotores, y  ”las voces más autorizadas de la reunión”, los libreros. Mientras tecleaba las cifras en la computadora descubrí lo que Sí se vende. Me agradaría ofrecerles una especie de top ten de géneros best-sellers, pero completar diez (créanme por favor), sería una tarea de increíble complejidad, me aventuro con los siguientes: 1. Literatura infantil, 2. Libros de cocina, 3. Libros de sexualidad, 4. Diccionarios, 5. Libros de autoayuda, 6. Temas relacionados con la santería, la Regla de Osha y el Palo Monte, y luego, en una marea difusa, los títulos concernientes al deporte y a la música… No sé a cuantos les llena de orgullo la enumeración anterior, a mí no.

Les propongo añadir a la “inobjetable realidad” de la poesía no se vende, otras de similar o mayor dimensión: El ensayo no se vende, la monografía histórica no se vende, la novela tampoco, ni el cuento, y así por el estilo… Lo sé de cierto porque lo tengo visto, como suele decir mi padre espiritual. Pero quizás en mi próxima idea anide lo más importante de todo el artículo: La poesía exhibe numerosas ventajas con relación a otros géneros en materia de lectores y ventas. (Pura ciencia ficción, ¿no?). Atendiendo a valor monetario, (primera condición del público general a la hora de decidirse a adquirir un libro) los textos de poesía suelen ser más baratos que sus competidores en los géneros de novela y cuento. (Aunque nos parezca irreal la gente compara libros con pizzas, helados, plátanos, y malangas). Segundo: Los lectores con un tiempo cada vez más comprometido, refunfuñan frente a libros que superen las 200 páginas. Como sucedió en la antigua URSS después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la urgencia por la reconstrucción de la sociedad obligó a los escritores a concebir un nuevo subgénero, la novela corta. Un cuaderno de poesía precisa de mucho menos tiempo de lectura que la novela o el cuento. Recordemos que Cortázar al recibir un libro como regalo solía expresar: Obséquieme también el tiempo para su lectura.

Tercero: La poesía ofrece la posibilidad de picotear el texto y llevarse algunas semillas vitales. Aunque no es menos cierto que uno puede abrir una novela al azar, o un volumen de relatos y leer un fragmento, la idea obtenida será siempre fraccionaria, aislada del cuerpo, desenvainada de su contexto. Sin embargo, uno puede leer un poema, un solo poema, escogido con premura, y encontrar ahí, agazapadas, las claves de la existencia. Si hablamos de actos, matutinos, celebraciones, conmemoraciones, homenajes, y galanteos, la poesía se convierte en una herramienta imprescindible. Cuarto: En estos momentos a la poesía cubana la asiste una renovación, una experimentación, que la ubica dentro de lo más interesante del género en América Latina. No ocurre así en la narrativa, víctima del dictado de la inmediatez, como dijera Ambrosio Fornet. Pero la poesía no se vende, y nosotros cruzamos los brazos frente a las vidrieras, mirando (ya lo saben) otros libros que tampoco se venden. ¿Ya rebajaron los poemarios de Novás y Escobar? La librera con amable sonrisa me dice: No, todavía no. Pero tenemos novelas rebajadas… No me lo explico. Un amigo poeta que acaba de publicar su primer libro se queja de que la tirada de 600 ejemplares ya se ha agotado, en apenas cinco presentaciones bien diseñadas. En el telecentro mantengo un espacio sobre comentario bibliográfico que sale al aire los domingos después de las siete de la noche. Los televidentes corren el lunes en la mañana a tocar las puertas de la librería ateneo. ¿Será que todo gira en torno a la promoción? ¿Será que estamos arrojando flechas al animal equivocado? La poesía no se vende, ni la novela, ni el cuento, y mucho menos el ensayo, sin embargo escribo, y escribo versos.

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