Actualizado el 2 de mayo de 2014

Primavera fúnebre

Por: . 30|4|2014

Gabriel García Márquez  “La primavera vuelve, vuelve y se irá. Y Dios,

curvado en el tiempo, se repite, y pasa, pasa

a cuestas con la espina dorsal del Universo.”

 César Vallejo.

Los anillos fatigados (Los Heraldos Negros)

 La muerte prefiere el mes de abril. Lo supe a los ocho años, una madrugada del 2001. Ese día treinta, un cáncer acabó de exprimir el cuerpo de mi abuela. Trece abriles después y trece días antes de mayo, falleció García Márquez. No hay remedio, la primavera es la burla favorita de la muerte.

El martes 15 volví a cargar Cien años de soledad en mi bolso. No sabría discernir ahora si por casualidad o estado de ánimo, o por alguna extraña combinación de ambos. Era la tercera vez que, amablemente y en la eternidad de muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía recordaba aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Mi contacto inicial con el libro había sido efímero. Todo comenzó con un préstamo y terminó en desastre: lo pidieron de vuelta y no pude salir del laberinto de Aurelianos y José Arcadios. Pasó alrededor de año y medio antes de descubrir el bazar de libros viejos. Allí olía a polvo, papel arrugado y polillas muertas. Eran apenas tres estantes y muchas cajas con libros comprimidos, casi al punto de saltarte encima. Pero fui yo la que salté cuando reconocí la edición verde con ilustraciones de Fabelo. Como no sirvo para regatear, sin remordimiento alguno le di los cincuenta pesos al señor muy viejo con unos espejuelos enormes. Al día siguiente, emprendí mi segunda travesía a Macondo mientras, en la realidad, hacía mi primer viaje al pueblo de Camarioca. Perderme allí era menos trascendental que extraviarme en la aldea de los Buendía, por eso mi única precaución fue ir esbozando, en una hoja de libreta, el árbol genealógico de la estirpe solitaria. Volví de los dos lugares en siete días. Cuando llegué a la casa, acomodé Cien años de soledad en un espacio más o menos holgado del librero, no fuera a ser que le dieran ganas de saltar. Y estuvo allí un quinquenio, hasta el 15 de abril del 2014.

Había quedado con un amigo a las diez de la mañana del martes en el parque de G y 23. Cargo la cruz de vivir en la periferia de la ciudad, así que acostumbro a llevar algún libro como método de sobrellevar el trayecto. Esta vez me tocaba repetir alguno. “La afluencia de PDFs ha dejado mi arsenal impreso en una estabilidad penosa”, pensé al escanear el librero. Justo al lado de El general en su laberinto, en el rincón que le dispuse, estaba el ejemplar verde con las ilustraciones de Fabelo. Lo tomé. “¿De nuevo? Obsesiva”, me dije. Lo abrí, primera oración, ya no hubo duda ni vuelta atrás. Fue entonces cuando cargué con Cien años de soledad en mi bolso.

Llegué media hora antes. Busqué algún banco con sombra. Ni una nube en el cielo. A juzgar por el calor de este abril y por la falta de frente fríos del último ¿invierno?, en agosto probablemente tengamos que vestirnos como árabes para hidratarnos con sudor. Finalmente descubrí un banco donde el sol no asesinaba ni derretía. Me senté a leer. Mi amigo llegó antes de pasar la página.

No tuvo importancia alguna cuando me lo comentó. Él necesitaba revisar su correo electrónico lo antes posible y no podía conectarse a Internet. Me pidió que yo lo hiciera en su lugar:

—Mi contraseña es simple. Tú vas a acordarte: macondo.

Y todo esto podría haber quedado en la intrascendencia más cotidiana. Sin embargo, cuarenta y ocho horas después, la arbitraria elección del libro, la contraseña y la infame reputación de abril en mi imaginario, se convertirían en un encadenamiento raro, inexplicable, doloroso.

A las ocho de la noche del jueves 17, ya estaban listos los espaguetis al dente. Mi mamá y yo nos sentamos en la mesa de la cocina-comedor en el momento en que empezaba la emisión estelar del Noticiero.

—¿Viste? Se murió Cheo Feliciano —comentó ella y yo le afirmé con un gesto, sin muchas ganas de seguirle el hilo.

Presentaron los titulares. La mano con el tenedor se quedó inmóvil, mi mirada se volteó al televisor y mi estómago para donde quiso. Palabras exactas, dichas con la precisión y la rapidez de quien no quiere pronunciarlas, palabras enormes: Falleció el Gabo. El suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza volcánica… y el mundo se volvió triste para siempre.

Hay quienes juegan a la eternidad con la muerte. Ella les reserva el mes de abril y lo transfigura a su antojo: veneno y espada para Shakespeare, molinos para Cervantes, viejos tomando sopa para Goya, señoritas de Avignon para Picasso, predicción y lluvia para César Vallejo, pasos perdidos para Carpentier, túneles para Ernesto Sábato, crónica anunciada de jueves para Gabriel García Márquez.

La muerte es una femme fatale irónica y creativa. Elige la primavera para que haya flores en los velorios.

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