Actualizado el 2 de mayo de 2014

VIII Congreso de la UNEAC:

En nombre de la ética

Por: . 2|5|2014

de la serie AntropológicaMe gusta y comparto esta definición de ética: “Ciencia que estudia las acciones humanas en cuanto se relacionan con los fines que determinan su rectitud. En general toda ética pretende determinar una conducta ideal del hombre. Esta puede establecerse en virtud de una visión del mundo o de unos principios filosóficos o religiosos, que llevan a determinar un sistema de normas. Se divide en ética general, que estudia los principios de la moralidad, y la ética especial o deontología, que trata de los deberes que se imponen al hombre según los distintos aspectos o campos en que se desarrolla su vida.”

Por esta definición recuerdo el VI Congreso de la UNEAC, celebrado en 1998. Fue mi primer congreso y el mejor hasta ahora; sin ser perfecto cumplió para mí con este enunciado: “En general toda ética pretende determinar una conducta ideal del hombre”. Allí hubo debates telúricos, tanto en comisiones como en plenaria, de tres días previstos inicialmente se llevó a cuatro y Fidel quedó con deseos de seguir debatiendo con unos interlocutores respetuosos y audaces, como Tito Junco y su planteamiento acerca del racismo y la larga y lucida reflexión que provocó en Fidel ese tema hasta entonces tabú. El líder de nuestra Revolución admitió que sí, que a pesar de todo lo hecho, había actitudes racistas en la sociedad cubana.

Recuerdo a Portillo de la Luz debatiendo sobre el derecho de autor o a Zenaidita Romeu defendiendo la música de concierto. Se discutió de todo y por todos, en un año que aun tenía el sello de pertenencia al Período especial.

Las discusiones sobre la enseñanza en general y artística en particular, ocuparon la atención de hombres y mujeres que sentíamos que estábamos dando nuestro aporte para una Cuba mejor.

Me dirán que son épocas y contextos distintos, que la situación en Cuba hoy es diferente; y diría que precisamente por ser tan cambiante la Cuba de hoy, el Octavo Congreso de la UNEAC debió ser una plataforma de debates para la sociedad como lo fue el sexto. Hoy más que nunca el país necesita que sus intelectuales y artistas asuman protagonismo en los medios de difusión y en toda tribuna que  sea necesario esclarecer.

Pero para tener tal actitud se necesita información. Es cierto que hubo encuentros con altos ejecutivos en el proceso preparatorio, pero no se habló de la relación por ejemplo entre economía y cultura, sino de economía en general. Esto no facilitó que llegáramos al Congreso (fui una de las delegadas) sabiendo lo que teníamos que conocer. Para que se tenga una idea, nos entregaron los informes de las Comisiones al entrar en el Palacio de las Convenciones; no hubo tiempo de leer ni de analizar las ideas que estas comisiones querían que se discutieran; las candidaturas del Consejo y de los Ejecutivos se conocieron sólo cuatro horas antes de votar. Durante el proceso de preparación todas las Asociaciones no realizaron el proceso de selección de delegados y candidatos al consejo y los ejecutivos de la misma forma, según me informaron compañeros responsables de ese proceso.

Unos días antes de la importante reunión, el crítico y dramaturgo Norge Espinosa escribió en el Portal web de la UNEAC:

“El país que se avecina, el que se deja ver detrás de las fechas del Congreso, va siendo discutido y profetizado desde un concepto económico que deja a muchos en una zona de duda. ¿Cómo relacionar cultura y mercado en ese porvenir que se nos dice tan cercano? ¿Cómo proteger al artista que no esté debidamente informado de los nuevos deberes, de las nuevas tasas, de los nuevos códigos que necesitará su obra para hacerse visible en ese contexto? ¿Cuánto entendemos, y cuánto no, de lo que desatarán esas medidas, muchas de ellas ciertamente impostergables, en un quehacer donde, desde no pocas instituciones, ha primado el paternalismo, y donde no siempre lo más renovador e inquietante de nuestra cultura, es lo privilegiado? En todo ello, ¿cómo dejar al artista y al intelectual de la Isla promover sus ideas y su obra en espacios donde el acceso a internet, redes sociales, y otros nuevos medios sigue siendo tan restringido? Quisiera creer que la UNEAC se entiende a sí misma no solo como espacio que cobije a sus distintos asociados desde un gesto que implique garantía en lo que ya tenemos o decimos garantizado, sino que sea capaz de ahondar y profundizar en otros módulos de promoción de la cultura cubana, según el cariz de estos tiempos, sin que ello implique reduccionismo ni estrecheces mentales con respecto a esas nuevas herramientas. La batalla ideológica es inevitable, pero coartarla desde posicionamientos cerrados y abroquelados desde la excusa de no dejar ver nuestras heridas y contradicciones, es un error que ha traído consecuencias nefastas, y que, como piedra de Sísifo, cargamos una y otra vez. Creo imprescindible contar con los artistas e intelectuales cubanos en las confrontaciones que los aluden, aunque a veces nos enteremos de las mismas cuando ya estas terminaron. También para eso debe servir la UNEAC, en un momento donde, por ejemplo, cómo proteger la creación de audiovisuales independientes y garantizar su difusión en nuestros cines cada vez más reducidos, en la televisión cada vez más enlatada, o en foros extranjeros a partir de la calidad y veracidad de los mismos, debiera tener defensas legales y patrimoniales que no siempre están claras. Activar editoriales y publicaciones online, concebir lo teatral más allá de los espacios convencionales o los límites de esas mismas convenciones, tener en esta entidad verdaderos representantes de nuestros currículos que nos ayuden a una promoción auténtica, son cuestiones urgentes que también implican cambios en políticas de pensamiento, y menos recelo cuando de establecerlas se trata.”

Norge apunta  además que: “En ese Congreso por el que tal vez alguien me preguntaría, no me gustaría ser un espectador, sino parte de un número mayor de voces que, a partir de lo ganado, pensemos en un país donde la cultura sea síntoma de futuro”.

Tendría que preguntar a Norge si el Congreso cubrió sus expectativas, pero sospecho que no.

Durante casi cuatro meses la Comisión de Cultura y Medios debatió con ejecutivos de la televisión, el cine y la radio, más un importante grupo de creadores.

A raíz de esos encuentros, algunos aspectos (resoluciones del ICRT, por ejemplo) se encaminaron de forma tal que no tenían por qué ser discutidos en el Congreso. Además de otros ejecutivos, Danilo Sirio y Omar Olazabal, Presidente y Vicepresidente de ese organismo, miembros de la UNEAC, compartieron con delegados al Congreso y con otros creadores; especialmente el segundo, que fue integrante permanente y activo de la comisión.

Ahora bien, ¿se debatieron con profundidad por todos los delegados y delegadas del país las propuestas de ese informe? ¿Cómo podían tener claro lo que escribimos un grupo de profesionales si ese texto lo tuvieron en sus manos el mismo día que empezó la gran reunión?

En el informe de Cultura y Medios se subrayan muy bien dos palabras que hoy atraviesan la difusión cultural en Cuba: jerarquización y banalidad, y no sólo en la radio y la tv; se habla de nuevas formas de producción audiovisual y otros tantos asuntos insertos en el hoy cubano: signado por un reacomodo económico que debe hacerse muy bien para salvar la cultura, como dijo Fidel en los años noventa cuando teníamos alumbrones de luz eléctrica y todos (o casi todos) bajamos de peso por la ausencia de…en fin, muchos lectores vivieron o conocen esa historia.

Me pregunto: ¿Se mantendrá el debate con el ICRT y otros organismos encargados de la difusión cultural, incluso con los cuentapropistas? No sé, por lo menos no conozco ningún acuerdo en ese sentido.

Con razón otro delegado al Congreso, el crítico y escritor camagüeyano Juan Antonio García Borrero afirmó en texto posterior al cónclave:

“¿Puede decirse que la UNEAC respira en consonancia con una época como la nuestra, marcada por la proliferación de saberes informales y a su vez, consumo informal de esos saberes, por la multiplicación casi infinita de pantallas, dispositivos móviles, e innumerables herramientas electrónicas? No lo creo, y tomaré como ejemplo para mi argumentación algo que apuntaba el vicepresidente Díaz-Canel en su intervención de la clausura:

“Debemos evaluar con rigor el impacto de las nuevas tecnologías en el consumo cultural, en la creación y la distribución. No puede verse ese impacto como algo negativo, sino como un reto inédito para la relación de las instituciones con los creadores, que debe reforzarse sobre reglas de juego diferentes. Tenemos que usar las nuevas tecnologías para promover lo mejor del talento con que contamos.

“¿Pudieran los más de nueve mil miembros que actualmente conforman la UNEAC asumir ese desafío? Pienso que no, porque no basta con que se tenga acceso a Internet (como lo tienen los artistas y creadores de este país, quienes pueden navegar en las salas de navegación que existen en todas las provincias, pagando apenas cinco pesos por la hora), para hacer un uso verdaderamente creativo de esas herramientas. Otras veces hemos comentado y debatido en el blog acerca de la necesidad de que impulsemos en Cuba una segunda campaña de alfabetización, en este caso de corte funcional y tecnológica. Pues bien, esa campaña debería comenzar por casa, toda vez que si entre los ciudadanos de a pie ese neo-analfabetismo pudiera entenderse debido al precario acceso que tienen los cubanos a la red, en el caso de lo que llamamos vanguardia intelectual (la que se supone que esté en la avanzada) no podría entenderse el escasísimo interés que ponen el grueso de los miembros de la UNEAC (incluyo también a sus dirigentes) en la actualización de esos conocimientos.

“De hecho, si se hubiesen aprovechado mucho mejor estas tecnologías, el propio Congreso se habría beneficiado con los debates previos. ¿Por qué, por ejemplo, no pudo circularse entre los delegados cada uno de los dictámenes, si casi todos tienen correos electrónicos?, ¿no habrían ganado en calidad las intervenciones si se hubiesen estudiado los temas desde antes?, ¿no habríamos tenido propuestas concretas para solucionar muchos de los problemas que allí se plantearon?; ¿no hubiese sido una manera diferente de comenzar a pensar críticamente los desafíos que nos rodean?”

Es tan lógico este razonamiento que lo asumo como propio. Otro tal vez hubiera sido el resultado del Congreso, si los participantes hubieran tenido acceso a informes que fueron elaborados por grupos de profesionales y con propuestas concretas. Si a los correos electrónicos se les hubiera dado el uso que los caracteriza, Juany tal vez hubiera reflexionado de manera distinta a como escribió en el comienzo del texto que publicara en su blog La pupila insomne:

“Quizás sea porque para mí el Congreso empezó mal, con esa forma arbitraria y anti-democrática en que la Comisión de Candidatura decidió elegir los candidatos al Consejo Nacional de la UNEAC, obviando la voluntad de aquellos que, en la base, hicieron sus propuestas. No cuestiono a quienes quedaron finalmente dentro, pero sí me inquietan los misteriosos parámetros utilizados para excluir, porque exclusión al fin, en el fondo ello ha respondido a una estrategia trazada de antemano, estrategia que en este caso no se discutió de modo transparente (como hubiese correspondido en un foro como fue el Congreso), sino que se impuso sobre bases jamás aclaradas del todo. Y me preguntarán: ¿es importante eso? A mi modo de ver las cosas, sí, porque estamos hablando de debatir con transparencia, de redefinir políticas culturales que estén en consonancia con lo que está pasando actualmente en el mundo. Y estamos hablando de concederle al socialismo cubano un carácter mucho más participativo y democrático, prescindiendo precisamente de métodos como los utilizados por la Comisión encargada de elaborar los listados finales.”

Comparto casi todos los criterios de Norge y Juany. ¡Qué lástima que los debates no tuvieran ese derrotero! ¿Y por qué sólo dos días de encuentro? ¿Acaso no existían experiencias recientes más dilatadas: el Congreso de la UPEC y el de la Asociación Hermanos Saiz? ¿Por qué se tergiversaron las intenciones de algunos compañeros antes de que leyeran textos tal vez polémicos pero escritos desde la Revolución? ¿Hubo una imperiosa necesidad de reducir la cantidad de delegadas y delegados (a la vez que no escasearon los invitados) como para que se excluyera hasta del debate de Cultura y Medios, a la presidencia de la UPEC? Estas preguntas para mí no tienen respuesta, como tampoco entiendo por qué hoy creadores y creadoras importantes que en algún momento fueron baluartes de la UNEAC están fuera del Consejo Nacional.

No más. En nombre de la ética, la periodística, la marxista, la mía… comparto con los lectores de MI Caimán, estas reflexiones… que nunca hubiera querido escribir sobre MI UNEAC.

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