Actualizado el 6 de junio de 2014

Octavio Paz regresa a Cuba

Por: . 5|6|2014

Octavio Paz primer poeta e intelectual mexicano en ser reconocido con el Premio Nobel

“El espíritu crítico es la gran conquista de la edad moderna […] nada hay sagrado o intocable para el pensamiento excepto la libertad de pensar. Un pensamiento que renuncia a la crítica, especialmente a la crítica de sí mismo, no es pensamiento. Sin crítica, es decir, sin rigor y experimentación, no hay ciencia; sin ella tampoco hay arte ni literatura. Inclusive diría que sin ella no hay sociedad sana. En nuestro tiempo creación y crítica son una misma cosa”.

La frase anterior pertenece a uno de esos escritores y pensadores a los que la humanidad rinde culto en el presente 2014, por arribar al centenario de su natalicio. Se trata del mexicano Octavio Paz. Creo que escribir sobre él desde las páginas de El Caimán Barbudo, es saldar parte de la enorme deuda que en Cuba se tiene con esta gran figura no solo de México y Latinoamérica sino de la cultura universal.

Tras varias décadas durante las cuales la obra del notable autor fuera silenciada en nuestro país por causa de las posiciones políticas que asumiese en la última etapa de su existencia (posturas y enjuiciamientos de perfil liberal), so pretexto de que para la crítica de la manera de pensar de personalidades como la de Octavio Paz lo mejor es anularlas y que no sean conocidas, por fin se empieza a cambiar semejante disparatado proceder y así, en las dos últimas Ferias del Libro de La Habana se llevaron a cabo paneles acerca de su quehacer literario. A lo anterior se añade la edición de dos libros que acercan al lector cubano a comprender mejor la estatura intelectual de Paz, me refiero a los títulos Los signos mutantes del laberinto, del Doctor en Ciencias Rafael Acosta de Arriba, publicado por la editorial del Instituto Cubano de Investigaciones Culturales (ICIC) Juan Marinello en 2011, y la Valoración múltiple, que recién ha visto la luz bajo el rótulo de Casa de las Américas, con selección y prólogo a cargo del investigador y ensayista Enrique Saínz.

Octavio Paz pertenece a la estirpe de grandes poetas latinoamericanos como César Vallejo, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Mario Benedetti o nuestros José Lezama Lima, Eliseo Diego y Nicolás Guillén. En lo que puede ser definida como cultura post-oligárquica, es decir, aquella que se desplegó después de los años treinta en Latinoamérica y que estuviese avalada por diferentes traducciones de lo latinoamericano a los entonces llamados centros de la cultura occidental, Octavio Paz es partícipe de la “toma de conciencia” de los mexicanos que tuviese lugar en el decenio de los cincuenta de la pasada centuria y de la cual también son parte otras figuras intelectuales como Leopoldo Zea y Edmundo O´Gorman.

Es curioso que aunque se suele afirmar que Octavio Paz es un hombre de derecha, él fue alguien que en toda su vida habló y textualizó muchísimo acerca de su cultura nacional, sin por ello –y quizás justamente por ello– dejar de poseer una mirada universal. Al margen de cuál fuera su ideología consciente, fue capaz en la práctica textual de restituir la percepción de la conflictividad en su dimensión discursiva. Así, Paz habla de la India para referirse a México. De tal suerte, para este pensador, el erotismo refinado de las esculturas de un templo hinduista puede evocar por contraste el oscuro fondo pagano de la adoración por la virgen de Guadalupe. Con ello, lo propio y lo ajeno se hallan en su propia diferencia. Es la mirada mexicana sobre la India, y no el tema de lo mexicano (o el de su ausencia) lo que define la “mexicanidad” de Octavio Paz, porque si algo ha enseñado el mundo global y la nueva tecnología comunicacional es que la “universalidad” es una ficción.

Galardonado con el Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz siempre fue una persona convencida del significado trascendente de eso que llamó “la otra voz, la voz de la poesía”. En ese sentido, su amigo y también escritor, Alberto Ruy Sánchez, ha afirmado:

“Él creía que la gente tenía que leer más poesía o aprender a ver el mundo con mirada de poeta, no quiere decir rimando o versificando, sino mirarlo con una mirada más amplia, no ceñirse solo a lo que hay, sino a lo que podría haber y debería haber”.

De cara al centenario del nacimiento de Octavio Paz, celebrado el lunes 31 de marzo de 2014 y que en todo el orbe se festejará durante el año completo, son numerosos los homenajes que se están organizando para recordar su figura y legado. Entre ellos pueden mencionarse que el pasado 13 de marzo, el Senado de la República de México declaró a 2014 como el “Año de Octavio Paz”. Por otra parte, aquí en Cuba la Casa de las Américas, el ICIC Juan Marinello y el Centro Literario Dulce María Loynaz también organizan celebraciones para conmemorar los cien años del natalicio de este pensador.

Un repaso breve por la biografía de Octavio Paz permite saber que él nació en un período convulso del mundo y de la historia de México. Debido al trabajo de su padre, empezó a viajar desde temprana edad. De inicio, visitó Estados Unidos y luego España, etapa en la que alterna sus tiempos de estudio y las estancias en México, hasta que se graduó de Licenciatura en Derecho en la UNAM. Su producción literaria comienza en 1933. Fue cofundador de las revistas Taller (1938) y El Hijo Pródigo (1943). En 1944 entra en el Servicio Exterior Mexicano y ocupa distintos cargos en Francia, India y Japón.

En 1962 fue designado Embajador de México en India, país que lo marcaría para siempre e influiría en su literatura posterior. Numerosos textos escritos a partir de entonces, muestran la fascinación de Paz por una de las culturas más enigmáticas de Oriente y de la cual devino fiel enamorado. En 1968 renuncia a su cargo diplomático en la India, en protesta contra la violenta represión llevada a cabo por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz el 2 de octubre de 1968, cuando estudiantes y obreros participaban en una manifestación que exigía democracia en la Plaza de Tlatelolco y que tuvo como saldo 400 jóvenes muertos y más de 6.000 personas detenidas.

Entre 1968 y 1971 Trabaja como profesor en las universidades estadounidenses de Texas, Austin, Pittsburgh, Pensilvania y Harvard. Al retornar a México en 1971, fundó la revista crítica Plural, que más tarde se llamaría Vuelta. El 8 de diciembre de 1988 pasa a formar parte del Consejo Nacional de la Cultura en México. Gran lector y fumador, amante del cine, la naturaleza, la espiritualidad y los gatos, a la par de su quehacer como diplomático, profesor y revistero, despliega una prolífera carrera como ensayista, poeta , escritor, crítico literario y traductor, labor esta última con la que contribuye al conocimiento de numerosos poetas norteamericanos, japoneses, ingleses y suecos en lengua hispana.

El autor de Libertad bajo palabra y El laberinto de la soledadEl 11 de octubre de 1990 se convierte en el décimo escritor en castellano que resulta galardonado con el Premio Nobel de Literatura, por su “poesía sensible y de amplios horizontes, repleta de inteligencia e integridad humana”. Pero este no fue el único premio que recibió. Otros reconocimientos que se le entregaron fueron: Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura (1977); Premio Cervantes (1981); Premio Internacional Neustadt de Literatura (1982); Premio Internacional Alfonso Reyes (1985); Premio Internacional Menéndez Pelayo (1987); Gran Oficial de la Orden al Mérito de la República Italiana (1991); Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1993) a su revista Vuelta; Miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua a partir del 26 de agosto de 1997; Premio Nacional de Periodismo de México (1998) en reconocimiento a su trayectoria, etc.

Entre los estudiosos de la obra de Octavio Paz, hay consenso en cuanto a que su libro El laberinto de la soledad (agudo análisis de la identidad y nación mexicanas), publicado en 1950, es el texto que lo catapultea a los primeros planos del mundillo literario en su país. De dicho texto, reproduzco un fragmento de “Todos Santos, Día de muertos”, incluido en el aludido libro, cuya primera publicación la realizó la editorial Cuadernos Americanos.

“El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. El arte de la fiesta, envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros. En pocos lugares del mundo se puede vivir un espectáculo parecido al de las grandes fiestas religiosas de México, con sus colores violentos, agrios y puros y sus danzas, ceremonias, fuegos de artificio, trajes insólitos y la inagotable cascada de sorpresas de los frutos, dulces y objetos que se venden esos días en plazas y mercados.

“Nuestro calendario está poblado de fiestas. Ciertos días, lo mismo en los lugarejos más apartados que en las grandes ciudades, el país entero reza, grita, come, se emborracha y mata en honor de la Virgen de Guadalupe o del general Zaragoza. Cada año, el 15 de septiembre a las once de la noche, en todas las plazas de México celebramos la fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año. Durante los días que preceden y suceden al 12 de diciembre, el tiempo suspende su carrera, hace un alto y en lugar de empujarnos hacia un mañana siempre inalcanzable y mentiroso, nos ofrece un presente redondo y perfecto, de danza y juerga, de comunión y comilona con los más antiguo y secreto de México. El tiempo deja de ser sucesión y vuelve a ser lo que fue, y es, originariamente: un presente en donde pasado y futuro al fin se reconcilian.

“Pero no bastan las fiestas que ofrecen a todo el país la Iglesia y la república. La vida de cada ciudad y de cada pueblo está regida por un santo, al que se festeja con devoción y regularidad. Los barrios y los gremios tienen también sus fiestas anuales, sus ceremonias y sus ferias. Y, en fin, cada uno de nosotros —ateos, católicos o indiferentes— poseemos nuestro santo, al que cada año honramos. Son incalculables las fiestas que celebramos y los recursos y tiempo que gastamos en festejar. Recuerdo que hace años pregunté a un presidente municipal de un poblado vecino a Mitla: “¿A cuánto ascienden los ingresos del municipio por contribuciones?”. “A unos tres mil pesos anuales. Somos muy pobres. Por eso el señor gobernador y la Federación nos ayudan cada año a completar nuestros gastos.” “¿Y en qué utilizan esos tres mil pesos?”. “Pues casi todo en fiestas, señor. Chico como lo ve, el pueblo tiene dos Santos Patrones.”“

Otra obra de Octavio Paz de gran calado y que ha resistido el transcurrir del tiempo es El arco y la lira, donde reafirma su profesión de fe en torno al sentido profundo del ser humano. No por gusto, Rafael Acosta de Arriba, de seguro uno de los mayores conocedores entre nosotros del legado intelectual de este mexicano de talla universal, asegura:

“Los textos de Paz sobre literatura y arte son atendibles por muchas razones; primero porque se trata de una mirada que condensa un entramado intelectual cuyos referentes teóricos y filosóficos siempre apuntaron a las cotas más altas. Añado que están escritos exaltando algo tan necesario y, a la vez, difícil de conseguir en materia de literatura como es el placer de la lectura: prosa poética, mirada inspirada, pasión crítica. El modo crítico de Paz partió del cruce de múltiples asociaciones y enlazamientos de saberes, filtrados a través de la prosa poética y enriquecida con un puñado de generalizaciones provenientes de su enorme erudición, de su mirada afilada y, sobre todo, de la sensibilidad que es consustancial a la poesía. Sus vastas y universales influencias así como sus conclusiones extraídas de estudios culturales e investigaciones sobre crítica literaria y el devenir del pensamiento filosófico de la humanidad tuvieron a la duda, siempre la duda, como elemento inspirador”.

Para el filósofo y escritor español Fernando Savater, quien conoció a Octavio Paz en persona, fue “un maestro y un estímulo extraordinario”, según dijo en una reciente visita a México: “Hay grandes creadores culturales que son un poco cerrados, que son concluyentes. Hay otros que nos llevan más allá de ellos, nos abren caminos y Octavio creo que era así. Ese abrir puentes, ese ayudar a la gente a que no se quede ahí y vaya más allá es propio del maestro”.

Como parte de la visión que Paz tenía acerca del hombre, configurada en gran medida desde la poesía, él defendía criterios como el siguiente: “La verdad no procede de la razón, sino de la percepción poética, es decir, de la imaginación […] el hombre es imaginación y deseo”. Hombre que amó la transformación de la palabra (cosa que fue una de sus pasiones), como pocos supo jugar con ellas y moldearlas hasta obtener el verso deseado.

En mi caso personal, tengo un modo particular de evocar a este humanista mexicano: siempre que me topo con un teléfono público roto por causa del maltrato de alguien, con una pared llena de escritos insulsos o con el forro del asiento de una guagua que ha sido cortado de manera intencional, pienso que son destrozos realizados por individuos incapaces de expresar su malestar de otra forma que no sea practicar un modo de delincuencia atenuada que les compensa momentáneamente de vivir en un planeta sin salida, sin horizonte moral, un mundo completamente desquiciado. No advierten que el delincuente, tal como señalaba Octavio Paz en un ensayo de juventud, confirma la ley en el momento mismo de transgredirla. En este sentido, el propio escritor decía: “la imaginación social es el agente de los cambios históricos”; sería pues menester trabajar de manera esforzada en la construcción de esa “imaginación social” para que no se produzcan individuos tan deformados como los que tristemente proliferan por doquier.

En un mundo en el que cada vez son menos las personas que acostumbran a leer poesía, el más importante homenaje que Octavio Paz pudiera recibir en el centenario de su natalicio, es que la gente se acercase a sus textos y se los leyese, pues a 16 años de su muerte en la Ciudad de México en 1998, continúa siendo faro intelectual para el pensamiento humanístico. No sin total razón, nuestro compatriota Rafael Acosta de Arriba afirma:

“Espíritu universal, hombre de la Ilustración y del Renacimiento, del tipo intelectual que probablemente sea difícil de encontrar en el futuro, como expresó Claude Lévi-Strauss, Octavio Paz fue poseedor de un saber enciclopédico unido a una sensibilidad poética y a una conciencia moral alerta, ingredientes que lo dotaron de una capacidad de análisis muy peculiar con la que dimensionó los temas que abordó. […]

Octavio PazEl vasto recorrido que hizo Paz por la literatura y las artes visuales debe verse en paralelo con toda su andadura por la cultura moderna. Para nuestro autor el mundo resultó ser un enorme texto, imperfecto, disperso, sin límites, poblado por innumerables culturas, etnias, idiomas y lenguajes en los que se empeñó, como pocos en su siglo, en establecer o detectar las relaciones de afinidad, correspondencia y oposición entre los signos. La otredad del ser humano fue una divisa permanente en su obra, una obra que apenas comienza su diálogo con los nuevos lectores”.

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