Actualizado el 9 de julio de 2014

Si sueñas con un rey, juega al león

Por: . 7|7|2014

Cartel de Jogo do bichoFlavio acaba de tomar su turno de la noche. Es vigilante en uno de los muchos edificios residenciales del barrio Flamengo. Tiene ojos cansados y una de esas pieles indescifrables cuyo color podría ser moreno natural o el producto de muchas tardes bajo el sol de Río de Janeiro. En miles de esas tardes, desde que es mayor de edad, Flávio ha apostado al menos unos pocos reales en el popular jogo do bicho, la lotería de los animales.

—¿Cuántos años tienes, Flávio? —pregunto.

—Tengo 46. Soy elefante —ríe.

Ante mi desconcierto, se aleja tranquilamente. Su caminar pesado, entre la gordura y la calma, no basta para explicar la palabra “elefante”. Al regresar, me enseña un cartón en el que se ven números junto a fotos de animales. El 46 está impreso sobre una trompa arrugada y unos colmillos de marfil, en una de las 25 casillas del tablero que explica el juego.

Cada tarde, a las dos, Flávio juega en una esquina cercana al edificio. Nunca apuesta más de diez reales, unos cinco dólares. La última vez que ganó fue el viernes pasado: 50 reales gracias al conejo; se metió los billetes al bolsillo y duraron poco. La vez que más ha ganado fue un par de años atrás: se empacó 830 reales, unos 400 dólares mal contados, se tomó unas cervezas, se compró una camisa y unas gafas de sol. Nunca ha vuelto a ganar tanto.

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A pesar de tratarse de una actividad ilegal, el bicho se juega masivamente en todo Río de Janeiro y en casi todo el país. Convertido en una tradición desde hace 120 años, está profundamente arraigado en la cultura popular. La correspondencia entre números y animales es una referencia reconocida en todos los niveles sociales. Las arcas del juego mueven millones de reales y es un secreto a voces que ese dinero, en manos de una sólida mafia, financia escuelas de samba, varios equipos de fútbol y hasta las carreras de políticos que han llegado a ocupar importantes cargos públicos. En años recientes, varios escándalos han interrumpido el silencio que rodea la relación entre los poderosos banqueros del bicho y las autoridades.

En las calles, la cara visible del juego son los bicheiros: un ejército de apuntadores dispersos por toda la ciudad. Tienen pequeñas libretas en la mano, apoyan sus bancas contra postes o árboles que, además de ayudarlos a protegerse del sol y la lluvia, sirven para la publicación de los resultados cuatro veces al día. Casi siempre están en zonas de alta circulación de transeúntes y policías, quienes pasan muy cerca simulando indiferencia.

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El jogo do bicho surgió a finales del siglo XIX. En 1889, durante el último año de Pedro II como emperador, João Batista Viana Drummond fundó el Jardín Zoológico de Río de Janeiro. Pocos años después, en plena transición del Imperio a la República, el país entró en una profunda crisis de la cual el zoológico no pudo librarse. Antes de que los animales comenzaran a pasar hambre, Viana inventó un juego para atraer público y estabilizar las maltrechas finanzas.

El Jornal do Brasil del 4 de julio de 1892 publicó estas líneas al respecto: “Para restablecer la concurrencia, el zoológico organizó un premio diario que consiste en tirar a la suerte entre 25 animales del zoológico. El escogido es encerrado en una caja desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, hora en la que será presentado al público. Cada portador de una entrada con el nombre del animal escogido ganará un premio de 20 reales”.

El primer ganador fue el avestruz. No lo encerraron, una estampa con su imagen fue guardada en una caja y colgada de un poste a cinco metros de altura. La noticia estuvo en todos los medios y las exiguas finanzas del jardín zoológico levantaron cabeza gracias a la masiva asistencia de curiosos y apostadores. Lejos de las jaulas, una mafia emergente comenzó a replicar el llamativo uso de los animales y a asociarlos con los números de loterías ilegales.

En 1911, el jurista Macedo Soares afirmó que el juego estaba tan arraigado en los hábitos sociales que era imposible erradicarlo por medio de la fuerza policial: “Este juego encontró un medio favorable a raíz de la miseria causada por la inflación de la bolsa de valores. Mientras el pueblo juega al bicho, los poderosos juegan a la especulación”.

En 1932, el poeta modernista Murilo Mendes se refirió al habitante del país como “Homo brasiliensis: el único animal que juega al bicho”.

En 1941, todos los juegos de azar no regulados por el Estado fueron declarados ilegales en Brasil.

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A pocas cuadras del Aterro, una playa artificial construida con los escombros del dinamitado Morro de Castelo, las calles de Flamengo son recorridas por ancianos de un caminar tan pesado como el de Flávio, y por jóvenes presurosos con camisas y teléfonos móviles importados. Flamengo es uno de los primeros barrios por los que se llega desde el centro a la exclusiva Zona Sur. Desde sus ventanas, a través de palmeras recostadas contra los edificios, puede verse el mar poblado de un archipiélago de yates. A pocas cuadras de esa bahía se encuentran sitios de referencia histórica, como el Palacio de Catete, donde el presidente Getúlio Vargas se disparó en el pecho el 24 de agosto de 1954. Poco después de ese disparo, la capital brasilera dejaría de ser Río de Janeiro. Mucho después, Vargas se convertiría en la triste imagen de un poder corrupto y decadente en la novela Agosto, de Rubem Fonseca, el libro a través del cual conocí el jogo do bicho y que ahora me trae a las calles donde esa lotería ilegal aún vive tan intensamente como en las páginas de la novela.

Frente a una cerrajería y junto a una farmacia, a pocas cuadras del Palacio de Catete, un hombre con gafas oscuras y camiseta rojinegra del crFlamengo está sentado a la sombra de un árbol flaco. La gente se le acerca sin prisa, sin ocultar nada. Revisan pequeños papeles en sus manos, mientras el bicheiro toma nota. Sacan un par de billetes del bolsillo y se alejan doblando en mitades el papel con su apuesta. Entre las 3:35 y las 4:20 de la tarde, 18 personas, casi todos hombres muy entrados en años, repiten la misma secuencia.

Este no es el único vendedor del sector. Al doblar la esquina, junto a uno de los muchos puestos de revistas del barrio, un viejo huesudo hace lo mismo; frente al aterro, en una cuadra llena de botecos —especie de pubs brasileros—, un tipo joven con cara triste hace lo mismo. Esos puntos conforman un triángulo de ventas de bicho en un área de menos de tres manzanas.

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—Mira, es muy fácil. ¿Has jugado? —pregunta Flávio.

—No, nunca —miento. Jugué el día anterior en otro extremo de la ciudad. Gato. Perdí.

—Bueno: puedes jugar al millar, también puedes jugar a la cabeza, o apostar a estos dos combinados… Otra cosa que puedes hacer es cerrar este número, o solo apostarle al grupo de un animal. ¿Entiendes?

—Sí —miento.

—Por ejemplo, este es el avestruz, porque termina en 02. Pero estoy jugando al 9207, águila, al millar. El 0279 es mi segunda opción. Si hubiera caído el 309 habría ganado, mira, solo me faltó un número para pegarle. Si juegas al millar ganas mucho, pero es difícil darle. Entran los cinco primeros números con que juegas, pero no los dos últimos…

Algunos cariocas coinciden en que una de las razones para no jugar al bicho es que no lo entienden, otra que no quieren enviciarse, y una más frecuente que no quieren que sus reales acaben en manos de políticos y policías corruptos. Los dedos de Flávio recorren de arriba a abajo un papel blanco con números pálidamente copiados en papel carbón. Cada movimiento de los dedos confirma los cruces y combinaciones cuya complejidad no coincide con su promesa inicial. No entiendo. Burro. 03.

La explicación básica es casi elemental. Puedes apostar por un animal: si cae en uno de los cuatro números que están en su casilla ganas 25 veces lo que apostaste. También puedes jugar solo con números: con dos dígitos ganas 100 veces lo apostado; si juegas tres cifras, ganas 1.000 por cada real, y con las cuatro multiplicas por 10.000 la apuesta. De ahí en adelante todo se vuelve mucho más complejo. No solo hay combinados; también duplas, números cruzados y cerrados. En cada uno de los cuatro sorteos que se llevan a cabo diariamente en Río, hay siete números ganadores de cuatro dígitos, todo un zoológico de posibilidades que los jugadores descifran para poder embolsillarse hasta 50.000 veces lo que apostaron. Nunca pasa. La casa siempre gana.

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Toda comisaría tenía un tira que recibía el dinero de los bicheiros de la jurisdicción para distribuir entre los colegas. Dicho policía era conocido como el “apañador”. El dinero de los bicheiros —el levado— variaba de acuerdo con el movimiento de los expendios y la ganancia del delegado. Como buen comecallado, Rosalvo no entraba en el reparto del levado, ya que los bicheiros le pagaban por aparte; estos querían tener siempre en el bolsillo al asistente del comisario Mattos; la honestidad de este era considerada por los contraventores como una peligrosa manifestación de orgullo y demencia.

 

A través de esas líneas del primer capítulo de Agosto conocí la existencia del jogo do bicho. La primera edición de la novela de Fonseca fue publicada en 1990, pero narra los hechos transcurridos en Río de Janeiro en agosto de 1954, el año en que la historia de la ciudad dio un giro definitivo. A pesar del paso de tantos años, el bicho sigue existiendo, y al parecer también el silencio cómplice de la policía, única explicación posible para que los agentes transiten a diario, como si nada, junto a las filas de apostadores situados frente a mesas en toda la ciudad.

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 “Así lo quiso mi padre y me lo dijo en su lecho de muerte: ‘Natal, te casarás con Marina y serás maquinista de tren en la Estación Central’. Hoy ese paisaje es todo mío”. Precisamente trabajando como maquinista, Natalino José do Nascimento perdió el brazo derecho en un accidente. Obligado a alejarse de los trenes y de su pasión, la samba, entró al negocio del bicho a mediados de los años cincuenta.

Pronto se hizo rico y su dinero hizo grande a la escuela de samba Portela. Negro, manco, de origen humilde y defensor de los pobres, Natal da Portela —como se le conocería desde entonces— representó una especie de redención para la imagen de los banqueros de bicho, y también el primer eslabón del inseparable vínculo entre el juego y las escuelas de samba. Una calle del barrio Madureira lleva hoy su nombre.

El jogo do bicho conserva esa aura simpática y folclórica, encarnada en personajes como Natal da Portela. Los crímenes que conlleva el mantenimiento de una mafia tan grande son atenuados detrás de la fórmula: “No es un crimen, es una contravención”. Una forma de descaro que lleva a las personas a bajar la voz para hablar de la ilegalidad del juego, después de reír ruidosamente repitiendo: “Es tradición, tradición de Brasil”.

En una entrevista para la BBC, después del arresto del bicheiro Anísio Abraão David, la fiscal Angelica Glioche afirmó de manera oficial lo que todos saben: “Hace mucho que el jogo do bicho dejó de ser una tradición inofensiva. Tiene un volumen de ventas de millones y está vinculado con crímenes que incluyen lavado de dinero, asesinato y corrupción. Los resultados están arreglados”.

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Castor de Andrade llevaba un bigote postizo y una peluca negra cuando fue arrestado en octubre de 1994, en el Salón del Automóvil de São Paulo. Era el más famoso bicheiro de su generación y una figura pública muy querida en Brasil: dirigía la escuela de samba Mocida de Independente de Padre Miguel y era presidente del equipo de fútbol Bangu Atlético Clube.

“Mi padre era motorista de tren, pero por influencia de la familia de mi madre acabó trabajando como apuntador de bicho. Yo heredé la banca de mi padre, una banca muy modesta en la calle Fonseca del barrio Bangu. Trabajé mucho y llegó a ser un gran negocio… pero ya es cosa del pasado, hoy no tengo nada que ver con el bicho”. Castor de Andrade suelta una carcajada al final de estas palabras. Su risa encuentra eco en el popular presentador Jô Soares y en todo el público asistente a la entrevista emitida por televisión en 1994. Meses después lo atraparían disfrazado buscando un auto nuevo en São Paulo.

En los libros contables encontrados tras su arresto aparecían largas listas con nombres de políticos, policías, militares y jueces. Mientras estuvo preso, Castor de Andrade organizó fiestas de samba en la prisión e hizo cuantiosas donaciones para mejorar las instalaciones de la cárcel, además de la remodelación que convirtió su celda en una mansión, donde no pasaría mucho tiempo.

De Andrade cumplió los últimos años de su condena en prisión domiciliaria, hasta que en 1997 sufrió un infarto mientras jugaba biriba —un juego de cartas—, a varios kilómetros de su casa por cárcel. Murió jugando, fue velado en medio de sambas en la sede de Mocidade y el Carnaval de 1998 le dedicó un minuto de silencio.

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Paula estudia idiomas en la Universidad del Estado de Río de Janeiro, justo al lado del renovado Maracaná, y da clases en la Federal. Algunos de sus alumnos toman sesiones particulares. Por ello, Paula emprende casi a diario el viaje desde su casa en el Morro de Dendê, una favela ubicada en la Isla del Gobernador, hasta apartamentos de becarios y turistas cerca al centro y en la Zona Sur.

Paula, de 26 años, no sabe nada del jogo do bicho. Para ella es una presencia vaga que se respira en la ciudad, pero cuya forma concreta no comprende. Lo poco que sabe es que “eso” mueve mucho dinero, que la gente joven casi no lo juega y que para la generación anterior era una costumbre arraigada entre jugadores que por vergüenza a la palabra “adictos” preferían llamarse “habituales”. Su padre es uno de ellos y Paula quiere que yo lo conozca.

—El recorrido desde Ipanema hasta Dendê es muy largo pero vale la pena —me dice Paula con su voz alegre y pausada—. A mí me gusta que mis amigos de otros países conozcan mi casa, que vean que las favelas no son lo que sale en las películas, ni lo que muestran los tours de los hostales.

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El bus 423 rodea la Bahía de Guanabara en un punto todavía temprano de la ruta entre la privilegiada Zona Sur y el Morro de Dendê. Estoy conversando con Paula en la última banca del bus, cuando un hombre sentado a mi lado nos interrumpe en español argentino.

—Perdonen que me meta, mi nombre es Holmar. No pude evitar escuchar que hablaban del bicho. Cuando yo llegué a Río hace veintiún años, no sabía nada de la ciudad. Uno de mis primeros recuerdos es haber visto a un grupo de gente parada frente a un árbol; contemplaban el tronco con ojos de ilusión, cada uno con un papel en las manos. Yo sabía que los brasileros eran muy religiosos y pensé que estaban rezándole a ese árbol. Después comprendí que estaban ahí mirando los resultados del bicho. En una época de mucho escepticismo, aquello era lo único en lo que la gente creía: con ese papel en sus manos sentían que tenían algo seguro.

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Además de transeúntes bronceados, kilómetros de playa y avenidas atestadas de carros humeantes, el recorrido de Google Street View por Rio de Janeiro revela imágenes de bicheiros y apuntadores en esquinas de toda la ciudad.

Así lo registró Felipe Sáles en un artículo para el diario Extra: “En la esquina de las calles Mem de Sá y Gomes Freire, un carro de Policía Militar fue capturado por la cámara junto a una banca de bicho, mientras un oficial conversaba con un apuntador; esa esquina está ubicada a solo 300 metros de la Jefatura de Policía Civil y muy cerca del Cuartel General. A 800 metros de la Delegación de Robos y Hurtos, otra foto registra una pared completa tapiada con los resultados del juego. El sistema de privacidad adoptado por Google borra todos los rostros, pero resulta insuficiente para esconder la profusión del crimen, como lo sabe cualquier ciudadano, excepto la policía”.

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Después de kilómetros de carretera, entre vallas levantadas por el gobierno para ocultar las favelas a los ojos de los turistas, llegamos a la Isla del Gobernador. Al bajar de la combi que nos ha subido hasta media altura del morro, Paula me invita a pasar a su casa.

En la sala está su padre. Se llama Edson, pero en la favela todos lo conocen como “Tudy”. Es flaco, negro y tranquilo. Hace muchos años, siendo un niño, era gordo y comía de todo. El “Tudy” le quedó de esa época. Ahora vende comidas rápidas y trabaja como vigilante por las noches.

La casa es un conjunto familiar de construcciones superpuestas, levantadas en un terreno que los padres de Tudy compraron hace más de cincuenta años, antes de que esta zona se integrara a la favela Dendê. En casas contiguas, conectadas por zonas comunes, viven Tudy, Paula, su hermano y su abuela. Desde una terraza en la parte trasera, se ven los morros vecinos y puede sentirse el viento que llega desde un mar denso, sucio y plagado de barcos cargueros, entre los que está encallada, como uno más, la Isla del Gobernador.

—¿Qué vas a jugar? —me pregunta Tudy.

—Gato. Nos cruzamos con un gato blanco en el camino.

—Hm.

Salimos de la casa para apostar en Cocotá, el punto que Tudy visita un par de veces por semana desde hace muchos años. Paula y Tudy caminan unos pasos adelante. Bajamos un laberinto de escaleras estrechas, puertas falsas y caminos trucados. Además de familias humildes, pueden verse muchos jóvenes en camisilla apostados en las escaleras haciendo nada, o pasando en motos a baja velocidad con cara de pocos amigos.

—Es un barrio de iglesias, gimnasios y motos —dice Paula.

—Eso veo —respondo.

—No hables español en esta zona —me regaña.

—(…) —asiento.

—Si ves a alguien con un arma, no lo mires, tómalo naturalmente y sigue caminando.

—(…).

Tudy marcha delante de nosotros con chancletas y calma. Baja las escaleras y saluda a todo el mundo familiarmente. Al final del descenso llegamos a Cocotá, una zona de comercio menor, rodeada de favelas. Entre una panadería y una farmacia, atravesamos la puerta de una antigua dentistería y entramos por un corredor embaldosado. En el patio, junto a lavadoras abandonadas, dos ancianos sentados en pupitres de colegio anotan números en libretas.

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La fila que nos separa de los bicheiros de Cocotá está conformada por una clientela homogénea y totalmente distinta a los jugadores de Flamengo: son cuatro hombres de mi edad, de unos treinta y tantos años, todos en camisilla, todos con pantaloneta, chancletas y casco de motociclista en la mano. El más viejo de la línea es Tudy.

—No, gato no. No veo gato —Tudy insiste con una certeza desesperada—. Cocodrilo, juega al cocodrilo, hoy es día de cocodrilo.

—¿Por qué? No entiendo. ¿Alguna razón?

—Cocodrilo. O de pronto gallo. Pero no gato, hoy no hay gato. Tienes que seguir las señales. La abuela siempre jugaba con lo que soñaba. Ella tenía el libro de los sueños para jugar al bicho.

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En un puesto de revistas en el centro de Río, en medio de horóscopos, crucigramas y revistas de punto de cruz, está la guía de sueños para apostar al bicho. Es una edición de Alto Astral, escrita por Joãobidu, un reconocido astrólogo brasilero, quien confiesa echar mano de Freud, Jung, el folclor y los pálpitos. En la portada se ve su foto, morena y sonriente, rodeada de estrellas. Al interior están las pistas:

Si sueñas con un rey, juega al león.

Si sueñas que eres periodista quizá debas mejorar tu autoestima. Números de suerte: 03, 23, 69. Bicho: caballo.

Bichos furiosos: podrás sufrir un ataque, pero triunfarás. Bichos calmados: tus deseos serán atendidos. Números de suerte: 02, 20, 43, 99. Bicho: carnero.

Revista: leer: ilusiones amorosas, problemas conyugales; escribir para una: buena suerte en el empleo. Números de suerte: 04, 12, 22, 41,. Bicho: conejo.

Gato blanco: anuncio de fortuna rápida.

Gato, jugaré gato.

A las 6:15 de la tarde, me acerco al árbol frente a la banca de bicho de Cocotá. Los resultados están bajo una lámina metálica, puesta en ese lugar para que el papel no se moje en caso de lluvia: 4170. Puerco.

Entonces recorro derrotado las dos horas y media que separan al Morro de Dendê de Ipanema. Al llegar, me encuentro con Rafael Grillo, un periodista amigo, y me lo dice en su acento cubano: “Si me hubieras preguntao, te habría dicho desde el principio que hoy no era el día pa’ jugarle al gato”.

Verne, uno de los diez gatos de Rafael, amaneció enfermo. No parece grave. Quizá mañana Verne mejore y con él también mi suerte.

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 “Otro día jugué al pavo y salió el pavo real, gallináceo como aquel y tan vistoso como su pariente, pero con una diferencia: que uno me daría veinte mil reales y el otro me hizo perder mil. Después compré una entrada al zoológico con el gato y perdí en las garras del tigre, ambos felinos, pero distintos en los estados de domesticidad y salvaje.

”Para mayor de los pecados, cuando aspiraba a vengarme con el elefante, cuya corpulencia y fuerza debían arrasar con todo, cayó de la caja la estampa jorobada del camello. Tanto uno como otro son paquidermos [sic], pero el camello representaba veinte mil reales y el elefante ni un centavo”.

Máximo Job, O Tempo, 23 de julio de 1892

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La asociación de estos números con sus animales y el significado que pueden tener están hondamente incrustados en la cultura popular del país.

En Brasil, el número 24, venado, es asociado con la población homosexual. En un país tradicionalmente machista, donde la homofobia está presente con cierta tolerancia, pero en últimas sin respeto, los estudiantes que ocupan el puesto 24 en la lista del colegio o los que llevan ese número en la camiseta de fútbol son objeto de las burlas de sus compañeros, quienes además los llaman “bambis”.

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—Me acordé de ti por lo que estás haciendo sobre el bicho —me escribe una amiga desde Sao Paulo.

—¿Qué pasó? ¿Jugaste? —pregunto.

—Sí, jugué.

—¿Y ganaste?

—No, espera te cuento. Llegué al restaurante de un ex—dirigente del Partido de los Trabajadores, a quien iba a entrevistar. Detrás del refrigerador de paletas había un señor, más de 60 años, negro y afable, con su mesita de juego del bicho. Le pregunté cómo funcionaba, él hizo cara de cansado, pero se levantó, vino hasta el balcón y me explicó todo. No entendí mucho, pero le dije que había visto a mi ex novio el día anterior, el 20 de noviembre. El bicheiro me explicó qué hacer y jugué dos reales al 1120 y al 2011: la fecha del encuentro con mi ex novio y la fecha al revés, para que terminara en perro. Perdí.

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Roberto DaMatta, uno de los antropólogos que más ha estudiado la cultura popular brasilera, publicó en 1999 junto a Elena Soárez el libro Águias, burros e borboletas. Un estudio sobre el jogo do bicho que trata de alejarse de las referencias a mafias y corrupción, para poner el acento en la esencia simbólica del juego: la imagen del jugador como cazador, los animales como tótems y la relación de estos elementos con el Carnaval, la superstición y el candomblé; este último también prohibido, ilegal, y por ello —según DaMatta— ambos tan profundamente difundidos, aceptados e interiorizados por el pueblo.

El momento en que el juego fue creado en el Jardín Zoológico de Río coincide no solo con la transición del Imperio a la República, sino también con una época de fortalecimiento de la clase alta a través de una intensa especulación que acentuaba la desigualdad respecto a las masas pobres. Por ello, para DaMatta, el surgimiento del juego es un punto de encuentro entre el pasado y el futuro del país, como también uno de los pocos elementos que continúan siendo comunes a todos los extremos de la sociedad.

“Mientras en Viena, Freud buscaba exorcizar la irracionalidad de los sueños, distinguiéndolos de la superstición popular y considerándolos el ‘camino real’ para el estudio del inconsciente, en Río de Janeiro el barón Drummond estaba haciendo exactamente lo contrario: invocar el universo onírico como esencia de una lotería popular que reintegraba valientemente lo primitivo y lo mágico con lo racional y utilitario”, escribe en su libro.

Al tiempo que los animales atan esta lotería al primitivismo, desde el origen del juego la intención de recaudar dinero y la forma de administrarlo son lo que convierte al jogo do bicho en una gigantesca y rentable empresa, y a sus dueños en banqueros.

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Carlos Augusto Ramos, más conocido como “Cachoeira” —“cascada” en portugués—, está acusado de ser uno de los más poderosos bicheiros del país. Además, maneja la mafia de las máquinas tragamonedas y tiene millonarias inversiones en varios sectores de la economía nacional.

El 29 de febrero de 2012 fue apresado por la Policía Federal como parte de la Operación Montecarlo contra el juego ilegal en Brasil. Como una cascada, Cachoeira cayó desde muy alto y arrastró consigo muchos nombres, entre ellos el del senador de la república Demóstenes Torres. Después de pasar unos meses en una cárcel de máxima seguridad, Cachoeira fue liberado, pero el cauce de la investigación continúa abriéndose camino.

Cachoeira es propietario, entre otras empresas, de Constructora Delta, concesionaria de la remodelación del colosal estadio de fútbol de Río de Janeiro, el Maracaná, donde se jugará la final de la Copa Mundo 2014. Apenas un año antes del inicio del Mundial, el escándalo obligó a la empresa a abandonar el consorcio, arrojó luz sobre el poder del bicho en la política, y recordó la descarada relación entre el dinero de los bicheiros, el fútbol y las escuelas de samba.

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Aniz Abraão David, conocido como Anísio, fue arrestado en enero de 2012 mientras conducía acompañado por una caravana armada. La medida de aseguramiento hacía parte de un amplio operativo contra el jogo do bicho, llamado Dedo de Dios, que —según la periodista BethMcLoughlin— arrojó 98 órdenes de allanamiento, la clausura de 150 puntos de juego y la incautación de más de 22 millones de reales.

“Me gustaría saber qué he hecho que sea tan malo para esta ciudad”, fueron sus palabras al ser arrestado.

Anísio era entonces presidente honorario de la tradicional escuela de samba carioca Beija—Flor. Cuando la policía organizó un primer intento de arresto, desde los helicópteros podía verse el símbolo de la escuela, un colibrí, dibujado al fondo de la piscina de su mansión en Copacabana.

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Entre Copacabana y Leblon está Ipanema, una playa que se llena de cariocas y extranjeros con sungas y gafas de sol incluso en los días más grises.

Junto a un restaurante de comidas rápidas y una boutique femenina, un viejo negro con boina, una suerte de Ibrahim Ferrer brasilero, anota el bicho a la vista de todos. Este punto contrasta con otro sector de la exclusiva Zona Sur, donde los bicheiros van en busca de sus clientes caminando por las calles de Gávea tras los pasos de albañiles, meseros y empleadas domésticas.

Cinco personas ocupan la fila en Ipanema, dos de ellas visten uniforme de vigilancia con los nombres de sus edificios bordados a la altura del pecho; los siguen dos más jóvenes que prestan el servicio de valet parking, y al final, delante de mí, una señora con un monedero gordo apretado entre las manos. La apuesta del segundo vigilante toma varios minutos, su lista de números llena completamente el papel. Al final paga 60 reales, unos 30 dólares. A medida que la fila desaparece por delante, va creciendo hacia atrás. En los pocos minutos que me toma llegar al bicheiro, la línea se ha duplicado como una serpiente interminable mordiéndose la cola. Cobra. 09.

Es una tarde sin sol ni garotas en Ipanema. La lluvia acaricia perezosamente el Atlántico y, a falta del sol magnético para los turistas, es más visible la vida doméstica de los cariocas que sirven en esos restaurantes, que atienden en esos almacenes, que cuidan esos edificios, que llenan con monederos apretados y con billetes de 20 reales las millonarias arcas del bicho.

FlávioPinheiro, periodista carioca durante muchos años, me dijo una vez que el bicho es un “milagro de resistencia”. Allí, con la lluvia y más ropas cubriendo la piel, Ipanema parece desnudar esa verdad: en medio de su rutina al servicio de las vidas de otros, estas gentes abren un paréntesis para jugar sus propias vidas a unos animales por unos cuantos reales, un milagro de resistencia.

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—Hoy juega Flamengo, pero ya ni se puede ir al Maracaná —dice el taxista al pasar junto a la sede del club, rodeada de hinchas que hacen fila por una entrada para la semifinal de la Copa do Brasil—. Remodelaron el estadio y ahora cabe menos gente y es más caro. Siempre lo mismo, uno se pone la camiseta y otros se llenan de plata…

El taxi sigue avanzando por las calles de Flamengo, en el camino entre Ipanema y el centro de Río de Janeiro.

—Mira, mira, ese de allá, el de la pantaloneta, junto a la panadería, es bicheiro —continúa el taxista—. ¿Ya jugaste? Para que puedas escribir algo tienes que jugar.

—Sí, jugué al gato toda la semana. En Isla del Gobernador, en Flamengo, en el centro y en Ipanema. Perdí.

—Sí. Uno siempre pierde. ¿Y por qué quieres saber de eso? Es peligroso. ¿Sabes que es un crimen?

—No es un crimen, es una contravención —respondo.

—Da igual. El jogo do bicho es Brasil. Tan brasilero como la samba, el fútbol y la cachaça. *

 

Este texto fue escrito durante el taller de reportaje con Jon Lee Anderson, organizado en Río de Janeiro por la FNPI, la revista Piauí y el Instituto Moreira Salles, y publicado originalmente en la revista El Malpensante, de Colombia.

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