Actualizado el 17 de agosto de 2014

Mi Zafra de los 10 millones

Por: . 13|8|2014

Carne de la zafra de los 10 millones de Joel JoverEn el año 70, todos los que teníamos edad para ello estábamos de una u otra manera enfrascados en la zafra de los 10 millones. Cuando aquello yo estudiaba en la Escuela Nacional de Extensión Cultural, creada por el entonces Consejo Nacional de Cultura para formar Instructores de Arte. El curso comenzó en septiembre de 1969; y en marzo del 70 y hasta el 30 de abril, estuve con otros alumnos, cortando caña en el campamento Beny More del Consejo Nacional de Cultura, que pertenecía al Central Habana Libre del municipio Guanajay. Yo estaba en la brigada 7, de lo que deduzco que había por lo menos 6 más.

Esto que cuento no tiene en sí mismo demasiada importancia, pues millones de cubanos de entonces podrían contar algo parecido. Pero lo que, a mi juicio, tenía de peculiar aquel campamento y hace que hasta hoy lo recuerde como una de las experiencia más enriquecedoras de mi vida (no hay que olvidar que en el 70 tenía solo 17 años), era que su fuerza laboral estaba conformada por artistas. Y no cualquier artista, sino personas que en esos mismos momentos gozaban de una fama muy merecida; eran gentes que yo solo había visto por televisión, o de lejos en algún concierto; de ahí lo singular del hecho, y que yo viviera ese mes de cortador de caña como una especie de sueño, del que pensaba que en cualquier momento iba a despertar.

El jefe del campamento era nada menos que Pello el Afrocán, ese que con su ritmo Mozambique arrasaba en el gusto popular. Él estaba con toda su orquesta, aquellos míticos afrocanes con los que yo mismo había bailado tanto. Pero ahí estaban también, conviviendo en el mismo albergue con nosotros: El Cuarteto del Rey, con su hasta hoy insuperable bajo Félix Formental; Chapotín y sus Estrellas, Lino Borges, Roberto Sánchez, Los  Modernistas, los bailarines del Folklórico Nacional y otros músicos del consejo Nacional de Cultura.

Recuerdo con especial nitidez aquellas dianas mañaneras…En los campamentos que había estado antes, y en los que estuve después, el “de pié” se daba haciendo sonar una yanta de carro que, por lo general, estaba en medio del campamento… Pero aquí era distinto, nuestro despertar era a ritmo de Pello tocando una desenfrenada conga con un bombo y un cencerro; el bombo lo tocaba un músico que casualmente era de mi pueblo, Nuevitas, y que se apellidaba Camacho; y el Pello en persona cantaba el estribillo.

El que más trabajo costaba que se levantara era un músico, creo que entonces cantante del Pello, que se llama Pedrito Calvo. Y cada mañana el Pello, con Camacho en el bombo y Robertico en el cencerro, a golpe de un ritmo improvisado iban hasta la litera de Pedrito Calvo y le cantaban: ¡Pedrito Calvo, la mocha!¡Pedrito Calvo, la lima!¡Pedrito Calvo, el sombrero!, etc. Y es que el artista llegaba siempre al campo sin algunas de estas cosas. Iban así, litera por litera, hasta que todo el albergue estaba de pie y listo para desayunar.

—habrá mucha gente que estuvo más tiempo en esa Zafra de los 10 Millones y tendrá de seguro cosas más intensas que contar—Los que venían conmigo de la escuela de instructores, estaban sencillamente fascinados con todo aquello; y sólo esperábamos que terminara el trabajo, para volver al albergue y presenciarlas descargas que noche a noche se daban en el campamento. Ahí podías oír los números de moda en las voces del Cuarteto del Rey, o de Miguelito Cuni, siempre serio y de carácter fuerte, no dado a la broma ni al choteo, pero que se transformaba cuando, acompañado por la trompeta que reía de Chapotin y sus muchachos, pregonaba: Carbón, carbón, el Carbonero. O de Lino Borges, entonces en lo más alto de su estrellato, diciendo que estaba ebrio de engaño, cansado de mentiras y sufrir. Recuero a la gente diciéndole a Lino, cuando le veían venir del campo con la cara y la ropa manchada del tizne de la caña quemada, “¡Si tus admiradoras te vieran así, te dejaban plantado!”. Él sólo sonreía; allí conocí un Lino distinto, callado, más bien tímido, para nada envalentonado por la fama  de que gozaba en ese momento.

Como esas descargas eran muy informales, como deben ser las descargas, podías ver a algunos de Los Modernistas, cantando con el Cuarteto del Rey, o a Lino Borges haciendo dúo con Roberto Sánchez, quien, por cierto, era el que manejaba una de las alzadoras que recogían la caña apilada en el campo.

Para mí era como estar viviendo un sueño, no importaba el calor y la picazón del momento de cortar caña, lo importante venia después, en aquellas noches del 70 en el campamento Beni Moré.

Guardó también el recuerdo de otras cosas que me sorprendieron sobremanera… Ya dije que con nosotros estaban los bailarines del Folklórico Nacional… Cuando llegamos al campo y todo el mundo se puso a escoger el surco que iba a cortar, los bailarines del Folklórico se pusieron en fila frente a los plantones, y todos al unísono comenzaron a entonar cantos afros y a hacer una verdadera coreografía; al mismo tiempo que cortaban e iban soltando al aire los trozos de caña. Es una verdadera lástima que nadie hubiera estado por ahí con una cámara, grabando la que quizás fue la actuación más extraña del Conjunto Folklórico Nacional. Era realmente alucinante, como si estuviéramos viviendo dentro de una película.

Otro cosa que me marcó para siempre como individuo, y de la que saqué una lección de tenacidad y decoro no repetida hasta hoy, es que entre aquella ralea de músicos famosos, había un señor mayor, una especie de Ronin de la música, uno que no pertenecía a ninguna orquesta ni grupo musical, sencillamente un músico disponible, que acaso por la edad ya nadie contrataba; y que cortaba caña con nosotros, pero lo hacía de una manera peculiar. Como, al parecer, tenía algún problema en los pies y no podía estar mucho tiempo parado, el señor cortaba caña arrodillado. Ahora, mientras escribo, me viene la imagen nítida del anciano aquel, metido bajo su sombrero de yarey, de rodillas sobre el surco, alzando y bajando la mocha con movimientos acompasados y firmes. Jamás lo oí quejarse, solo cortaba caña y se arrastraba como podía por el surco; no exagero si digo que en algún momento sentí vergüenza, cuando por el calor, la picazón o una resaca mal tratada, pensaba en sentarme, con mis 17 años, mientras aquel viejo músico  trabajaba.

Joel Jover durante un corte de caña en la Zafra de los 10 millonesCuento todo esto, que quizá no es nada del otro mundo —habrá mucha gente que estuvo más tiempo en esa Zafra de los 10 Millones y tendrá de seguro cosas más intensas que contar—, porque es una oportunidad de brindar homenaje a gentes especiales, que tuve el privilegio de conocer en esas particulares circunstancias, muchos de los cuales ya no están hoy físicamente con nosotros; pero que fueron y son glorias de la cultura cubana; y porque seguramente la mayoría ignora que ellos estuvieron ahí, no sólo amenizando con su arte la vida en los campamentos, sino también en el surco, dando su aporte a una zafra que ha quedado en la historia nuestra como la muestra mayor de esfuerzo colectivo para conseguir un propósito.

 

*Artista de la plástica camagüeyano.

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