Actualizado el 25 de agosto de 2014

La Mochila vs. El Paquete:

Otra pelea cubana contra los demonios del subdesarrollo

Por: . 20|8|2014

Ilustración de Daniel AceboHace tres años debí comenzar a usar espejuelos para sortear la presbicia. No lo hice, y sin embargo no dejé de ser un lector impenitente. Porque “traída de afuera” me llegó una poción mágica nombrada Kindle*. En verdad: uno de los tantos dispositivos electrónicos que hoy oferta el mercado y permiten leer libros en formato digital.

Desde entonces, en lugar de la visita anual al optometrista y la compra de gafas de mayor graduación, mi inconveniente es solucionado con una ligera presión táctil sobre la pantalla del Kindle para aumentar el tamaño de letra cada vez que lo exigen mis ojos envejecidos, aprovechando así apenas una de las múltiples ventajas ofrecidas por el aparato providencial. Ahora leo incluso más que antes, porque mi provisión de libros no se limita ya a la oferta de las librerías nacionales, y en cambio —sacándole jugo a las horas, restringidas pero privilegiadas, de mi conexión a internet como periodista—  capturo cuanto libro bien habido (de Proyecto Gutenberg y otras bibliotecas virtuales con títulos clásicos y ya descatalogados) o mal habido (de varias webs que facilitan la descarga gratis, “pirateada”, hasta del último éxito o novedad editorial) circule por internet.

He puesto esto como ejemplo en muchas conversaciones, siempre para contrarrestar la reticencia que pervive en nuestro contexto hacia el “libro digital”. Hay gente que se resiste desde la lógica ignorancia de quien sólo conoce el suplicio de intentar la lectura de un libro en PDF con su PC de escritorio, sometido al perjudicial brillo del monitor y a una silla y postura demasiado incómodas para aguantar el rato suficiente. Otros se aferran desde poses románticas y criterios afectivos (ah, el olor insustituible del papel; oh, la dedicatoria del autor o la amante), con aferramientos nostálgicos a la era del impreso a punto de morir. También están los obsesionados con el libro en tanto objeto, aquellos coleccionistas que no soportan la idea del fin de los anaqueles y la biblioteca reducida a megabytes dentro de un artefacto. Y existe un grupo con pruritos intelectuales, que vaticinan cómo el cambio de soporte va a abaratar, a banalizar el tipo de literatura que se escriba; para ellos la tecnología está bajo sospecha de culpable por la pérdida del gusto estético…

No concebí este arranque para  enzarzarme en debate baldío con unos y otros, sino para aterrizar en tierra firme. Aclaro que, de antemano, los comprendo a todos, pero como he antes dicho en varios escenarios, la literatura se salva sola (lo prueba el que los humanos no dejemos de escribir y de aspirar a ser autores) y la cuestión del formato o soporte es “efecto colateral” (ya la humanidad sobrevivió al tránsito de la piedra al papiro, de la transmisión oral al libro copiado y luego impreso, del periódico a la página web). Y cuando la preocupación es la decadencia y caída de casi todo el gusto, devuelvo la siguiente pregunta: ¿Si el mercado es capaz de vender hasta la excreta peor; cómo no va a ser posible hallar consumidores para los libros de calidad? Advierto que, en mi opinión, el blanco privilegiado y esencial debe ser que no siga decayendo el “hábito de lectura” o lograr implantarlo incluso en las generaciones más nuevas, y no sólo haciendo uso del argumento de su valor didáctico para comprender el mundo, sino también en el rol de disfrute irreemplazable y de puesta en juego de la imaginación.

Vayamos a un suceso de nuestra isleña y aislada y sui generis cotidianeidad… Aquí ya el que más y el que menos, directa o indirectamente, se está sirviendo del “a falta de pan” de Internet y canales de pago, “casabe de” Paquete Semanal. Saben de qué hablo: 1CUC =1Terabyte (1000 Gb) de mercancía variada, para recibir en memoria flash o disco externo. Unos “chicos” avispados** que le dieron la patá a la lata, con el primer gran invento del siglo en Cuba. Ellos no producen nada, pero sí recopilan y distribuyen de todo. Con el tiempo han ido incrementando y diversificando su oferta y ya cualquiera les cabe como usuario, no importa la edad, sexo o nivel intelectual. Te ofrecen desde un bodrio de telenovela colombiana hasta la simpar True Detective; la más reciente película cubana antes que llegue a los cines cubanos; lo mismo clásicos del cine que la última (y aún más anodina que la anterior) superproducción de Hollywoood; para “turistas inmóviles” hay “viajeros callejeros”; para quien tiene alma  greenpeace hay documentales Discovery Channel; y coge tu partido de béisbol de Grandes Ligas que nunca verás en la TV cubana aunque ahora trasmita Grandes Ligas (ay, esa legión de peloteros desertores); y agarra el videojuego de moda junto con un Antivirus para que no te quedes sin máquina; y ponte al día con el reguetón de turno o sírvete en vena la cuota de musical Década Prodigiosa; o toma tu cubanísimo “Vivir del cuento” si no te gusta reírte (o encabronarte) a costa de los tipos que litigan en público sus bajas pasiones en el miamense “Caso cerrado”; y etc… Ah, y también hay libros, porque todavía quedan por ahí “raritos”, a los que no basta con el espectacular Juego de tronos audiovisual y encima quieren leerse los mamotretos de George R. R. Martin.

Sin embargo, esto hay que admitirlo, pesan más los bytes de mercancía insulsa que los de una producción artística que, además de entretener, algo haga por el mejoramiento humano. Pues money talks, y estos emprendedores del Paquete actúan según su espíritu comerciante y no bajo la responsabilidad de gestores de la política cultural. Pero como para esto último hay mucho “personal emplantillado” en las instituciones culturales, ¿por qué en vez de “cogerla” con ellos (como cuando el cine 3-D) no se aprende de sus artimañas?

Merced a unas
reuniones a las que asistí como invitado, supe que por este camino, no el de prohibir y eliminar esas iniciativas privadas sino el de aprender de ellas y mejorarlas, parece transitar una “tarea” de nuevo tipo que se anda cocinando, con varias instituciones implicadas: los Joven Club de Computación como “agentes distribuidores”, el ICAIC, el ICRT, el Instituto Cubano del Libro, las disqueras cubanas, Artes Escénicas, etc. Será una “Mochila” (así va a llamársele) oficial como alternativa al “Paquete” informal, con pretensiones de influir en la elevación del gusto estético y de reorientar el interés desde el producto foráneo hacia la creación artístico-literaria made in Cuba. Para adquirir por los interesados a un costo en CUP y menos oneroso que el consabido 1CUC.

Pero, seamos francos, esta Mochila “oficialista” enfrentará objeciones desde todos lados. De parte de los usuarios, del cubano de a pie, puede prevalecer la actitud de “sospecha” hacia “otro adoctrinamiento”, o influir el agotamiento de las expectativas de la población hacia otra “promesa institucional”, que a la postre durará poco o que no será representativa de sus gustos o intereses (para muchos el paquete, con su de todo como en botica, es más que suficiente). De parte de quienes deben garantizar este nuevo producto, actuará el fastidio de asumir otra ”tarea de arriba”, de incorporar una actividad más mientras el salario permanece inalterable, e influirá la rutina, esa insidiosa dejadez, la falta de sangre que corra por las venas abiertas de nuestras instituciones. Hay quienes señalan que trabajarán para un objetivo efímero, que estos “paquetes” son apenas una “memoria del subdesarrollo”; y aunque no les falte razón, ¿acaso es posible predecir cuándo tendremos Internet para todos? En el caso de los creadores, se avizora un pelotón puesto en guardia contra una libre circulación de su obra que haga peligrar los ingresos. Encima, existirán serias dudas de si la distribución de esa Mochila no es encargo que le queda demasiado grande a los Joven Club, por la dinámica y energía que se precisa para que prenda entre el público esta iniciativa.

Ahora, desde mi punto de vista, y aunque asuma de entrada que esta “Mochila”, en su condición de otra “cucharada” de internet, institucionalmente filtrada y de matriz nacionalista, no puede ser de ningún modo la solución oficial y definitiva a nuestro subdesarrollo, en lugar de una entrada más democrática, desprejuiciada y lúcida al escenario global y sus formas nuevas de apropiación de los productos culturales; voy a proponer, como en una matriz de marketing, y frente a todas estas trabas bien objetivas, la posibilidad de vislumbrar algunas oportunidades. Me enfocaré en un solo ámbito, el del libro, para provocar un cierre con las reflexiones de partida de este artículo.

Pienso, por ejemplo, en si la gestión de esta “Mochila” pudiera convertirse en un acicate para el cambio de mentalidad, contra la visión tradicionalista que no reconoce todavía las bondades del e-book, y de un ámbito distinto de producción y circulación del libro… Una mente desentumecida tal vez reconocería que estos libros de la Mochila pueden ser el germen del comercio del libro electrónico dentro de las fronteras nacionales. En medio de las dificultades económicas del ámbito nacional, de la carestía del libro impreso; de la incapacidad editorial para satisfacer la demanda tanto de los autores para publicar sus libros como la de los lectores, que encuentran insuficientes las tiradas o quisieran acceder a títulos clásicos o de contemporáneos en boga que no encuentran en las librerías; ante la falta de reediciones; creo que esta es una oportunidad para que las editoriales amplíen su producción, diversifiquen su oferta de libros y asimismo agreguen un nuevo canal para la distribución del libro y hasta para la promoción (por la vía del anuncio de las novedades editoriales, la realización de trailers de libros, etc).

En cuanto a los escritores: si se concibieran adecuadamente los arreglos contractuales por derecho de autor, dando cabida en estos a la edición electrónica y su distribución por las nuevas vías, estos podrían encontrar aquí una manera de aumentar su entrada monetaria (a pesar de la piratería; un riesgo que hoy aceptan, por inevitable, hasta los autores más encumbrados del mundo).

Pienso más, pienso en los niños y jóvenes que hoy miran a los libros como cosas demasiado silenciosas, abultadas y extáticas, y se pasan buena parte del tiempo con la vista fija en laptops y en móviles, o en e-readers y tabletas (cuyo número va creciendo en las calles aunque, “sabrá Dios por qué”, no se oferten en las tiendas del país)… Pienso en la posibilidad de estimularlos a la lectura dándole la opción de bibliotecas digitales en formatos PDF, EPUB o MOBI, según las características de sus dispositivos electrónicos.

Pienso otra vez en los niños, doblados bajo las mochilas atiborradas de libros de texto rumbo a la escuela. Y pienso en sus padres, urgidos de buscar el dinero para renovar esas mochilas cada vez que se rompen. ¿Acaso esta costosa alforja de tela no podría suprimirse del todo con una “mochila digital” que nada pesa?

Ilustración de Daniel AceboY pienso, como no, en los que ya alcanzaron mi edad u otra más decana, en si pudieran librarse de renovar cada año los espejuelos de ver de cerca. O evitarse en la Feria del Libro el próximo combate —“no apto para mayores” — durante la adquisición de uno de los pocos ejemplares impresos del último Padura. Y hasta de no correr más el peligro, cuando se adiciona a la repisa el volumen recién comprado, de que ese montón de sabiduría libresca vaya a irse abajo rompiendo cabezas.

* Marca del lector de libros electrónicos (e-book reader) puesto a la venta por la firma Amazon, pionera del libro virtual y poseedora del más grande catálogo de títulos en red.

**¿Quién habrá sido el genio del Paquete? Seguro nunca lo sabremos, como mismo permanece Anónimo el autor de los cuentos de Pepito.

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