Actualizado el 30 de diciembre de 2014

El panorama internacional en el Festival de La Habana

Por: . 26|12|2014

...la lección no solo va dirigida a entender la decadencia de Occidente y las nuevas formas de dominación, sino a descansar las buenas ideas sobre un cine de bajo presupuesto, donde la inventiva de las estrategias discursivas disuelve la necesidad del espectáculo tecnológico y las megaproducciones que en ocasiones encandilan los ojos de la comunidad audiovisual latinoamericana, siempre presta a interponer quejas económicas a la praxis cinematográfica.Todos los años, en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano se programan películas de un conjunto de países fuera del espacio latinoamericano, como parte de las muestras colaterales que acompañan a las concursantes por el Coral. Entre la amplitud de propuestas, llama poderosamente la atención ese cine glacial que se produce en los países donde la nieve reconfigura los límites sociales y personales de la vida pública y privada de sus habitantes.

Cinematografías de Alemania, Canadá, Austria o Dinamarca presentaron conflictos que distan mucho de los habituales problemas de las agendas latinoamericanas, de acuerdo a su historia, tradición y desarrollo. Filmes como Superegos (Benjamin Heisenberg, Alemania) o La canción del elefante (Charles Binamé, Canadá) se explayan en la construcción de un guión encaminado a resaltar la versatilidad y la inteligencia de personajes que, más allá de su circunstancia o su pasado, se granjean el aplauso y la expectativa de los públicos. Uno de los largometrajes más  inquietantes de la muestra fue, sin dudas, Tiempo de caníbales, del alemán Johannes Naber. Su inventiva y su conflicto la colocan en la otra línea de ese cine banal que se produce a millares dentro y fuera de Hollywood.

...la película defiende una tesis ya abordada hasta el cansancio por manos maestras como las de Billy Wilder (...) la decadencia del sistema de estrellas en la meca del cine.Con prácticamente sólo tres actores y una tesis sobre las tendencias neoliberales del capitalismo de Occidente, el mundo empresarial será el escenario donde se moverán estos hábiles personajes. Sus objetivos estarán centrados en la expansión del capital financiero al Tercer Mundo y el presunto asesoramiento a compañías de estos países. En medio de egoísmos y ambiciones por encaminarse al sueño de la gloria y el bienestar, sentimos latir la pesadilla capitalista que busca someter las economías periféricas a un neoliberalismo globalizado. Pero la lección no solo va dirigida a entender la decadencia de Occidente y las nuevas formas de dominación, sino a descansar las buenas ideas sobre un cine de bajo presupuesto, donde la inventiva de las estrategias discursivas disuelve la necesidad del espectáculo tecnológico y las megaproducciones que en ocasiones encandilan los ojos de la comunidad audiovisual latinoamericana, siempre presta a interponer quejas económicas a la praxis cinematográfica.

Aunque esta sea una cinta de bajo perfil entre las monumentales obras de Egoyan, no se deja de respirar ese enrarecimiento de la trama por mediación de las torceduras de la narración. Un camino bien distinto ha mostrado el llamado cine de autor en los directores que han dejado una impronta decisiva y contribuciones importantes a la historia del cine, como es el caso de Atom Egoyan, recordado por filmes como Exótica (1994) o El dulce porvenir (1997), donde defendiera la utilización de un nuevo tempo para la narración, bien aprovechado por realizadores insoslayables en la actualidad como David Lynch. Egoyan, canadiense de origen armenio, presenta una película que engarza temáticamente con El paso del diablo, su filme anterior, e incluso con El dulce porvenir. Cautivos cuenta la historia del rapto de una niña y la búsqueda desenfrenada del padre. Como elemento común a las películas citadas, está la historia traumática en el terreno de la infancia, pero en todas es tratada con diferentes intenciones. Aunque esta sea una cinta de bajo perfil entre las monumentales obras de Egoyan, no se deja de respirar ese enrarecimiento de la trama por mediación de las torceduras de la narración.

En el mismo caso figura David Cronenberg, reconocido mundialmente por sus dramas de horror inmersos en el universo corporal. Sin embargo, en los últimos años ha girado hacia el thriller, al modo de Una historia de violencia (2005) o Promesas del Este (2007), o hacia el megarrelato, en el caso de Cosmópolis (2012). Su última película, Mapa de las estrellas (2014), vista en el reciente Festival de la Habana, parece una enrarecida mezcla de ambas vertientes, aunque con un tempo menos dinámico y demasiados giros inesperados respecto al thriller convencional. El megarrelato se desplaza aquí, de las transnacionales y el flujo de dinero, a las psicopatologías en el marco espacial de Hollywood.  Con excelentes actuaciones de Mia Wasikowska y Julianne Moore, la película defiende una tesis ya abordada hasta el cansancio por manos maestras como las de Billy Wilder (Sunset Boulevard, 1950) o Robert Altman (El Actor, 1992): la decadencia del sistema de estrellas en la meca del cine. No deja de ser inquietante la mirada de Cronenberg, pero sus argumentos palidecen por la poca consistencia del sustrato.

El reino… no resultó ser parábola de nada, y sus amenazas con girar hacia un estado temático más complejo no se concretaron en sus cien minutos de duración. El otro gran autor que regresó fue Denys Arcand. Inolvidable tan solo por su exquisita La caída del imperio americano (1986), Arcand es reconocido por la relación estrecha entre ironía y crítica al capitalismo que establecía en su cine. Por esa razón, el público que acudió al estreno de El reino de la belleza (2014), buscando ironía o esa crítica ácida comentada líneas arriba, encontró la historia de un amor inconcluso entre nieve y buena arquitectura…nada más. El reino… no resultó ser parábola de nada, y sus amenazas con girar hacia un estado temático más complejo no se concretaron en sus cien minutos de duración.

Un mundo al parecer filmado por la mano de los dioses, con la sistemática aparición de exquisitas arquitecturas modernas —el personaje principal es un afamado arquitecto canadiense— y paisajes nevados que inducen a la melancolía más sentimental, la última película de Arcand queda solo como un muestrario, o mejor aún, como la representación de lo que enuncia el propio título: el reino de la belleza.

Una historia de indecisiones amorosas, después de la hongkonesa Deseando amar (2000), de Won Kar-wai, solo puede proponer relecturas y visitaciones, como lo hace de manera loable Xavier Dolan en sus Amores imaginarios (2010), o malogradas divagaciones, en el caso que nos ocupa. La conclusión que sacamos de esta panorámica por las últimas producciones de estos grandes directores, no puede ser más elocuente: están inmersos en su etapa crepuscular y el conjunto de sus obras tiende a producir el vértigo de la arqueología.

Desde Import/Export (2007) hasta Sótanos (2014), su producción más reciente, se siente esa voluntad de discrepar con la imagen de felicidad pactada entre individuo y Estado. Completamente distinto es el caso del austriaco Ulrich Seild. Al analizar sus películas no queda otra alternativa que repetir aquella sentencia de la que Vargas Llosa se valió para diseccionar la más conocida de las obras del suizo Max Frisch: no hay pesadilla más siniestra que la civilización. Invitado al Festival como parte de los homenajes organizados en su edición 36, Seild disertó sobre su obra e intercambió con el público luego de la proyección de las mismas. Tras las cortinillas de los regímenes desarrollados, las paradojas del confort y la estabilidad emergen como pompas de jabón. Desde Import/Export (2007) hasta Sótanos (2014), su producción más reciente, se siente esa voluntad de discrepar con la imagen de felicidad pactada entre individuo y Estado. Somos testigos de la más hostil marginación de la emigración ucraniana, víctima de la sociedad poscomunista de su país de origen, que depara a las mujeres la prostitución y a los hombres el trabajo forzado, en Import/Export. O en Sótanos, documental que se vale de la insólita manera en que los austriacos emplean esta parte de la casa, para sondear las profundidades de los seres humanos en esa sociedad desarrollada.

Sin embargo, el público hizo más empatía con su trilogía del paraíso: Amor, Fe y Esperanza. Amor (2012), la primera de estas películas, aunque recuerda demasiado a un filme de Laurent Cantet que explora las relaciones ilícitas del turismo europeo en Haití, le interesa entender ambas partes del conflicto y así presentar tanto a las turistas austriacas como a los jóvenes kenianos en la polarización constante entre víctimas y victimarios. Este filme, que entabló una comunicación inmediata con el espectador cubano, pone en evidencia las extrañas relaciones establecidas a partir del tráfico sexual, donde los explotadores se desplazan vertiginosamente de su cómoda posición a la más táctica explotación.

Sótanos, documental que se vale de la insólita manera en que los austriacos emplean esta parte de la casa, para sondear las profundidades de los seres humanos en esa sociedad desarrollada.  En medio de un flujo fílmico por donde transitan, junto a la nieve, las tramas políticas, amorosas, policiales o las evocaciones a un pasado oscuro, también encontramos conflictos sociales epidérmicos. Es el caso de una película como Padres de Robert Thalheim (Alemania), que viene a ser la excepción de la regla glacial. De este lado del mundo, el último trabajo de Lisandro Alonso, Jauja, con un Viggo Mortensen en el papel de un capitán danés en tierra patagónica durante la segunda mitad del siglo XIX y un ejercicio de anti-narración extremo, tiende a parecer un largometraje pensado en el más norteño de los territorios. Así de paradójico y complejo se devela el cine contemporáneo, según expresó cabalmente la muestra exhibida en La Habana, durante la más reciente edición del Festival.

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