Actualizado el 1 de enero de 2015

Lo mucho que le falta al mundo por seguir siendo “primitivo”

Por: . 30|12|2014

5ta. feira (4/9/14)

El mundo tiene que aprender cada vez más de su propia individualidad, entendida como una introspección ontogénica —propia, personal. Nada de lo que vimos se diferencia sustancialmente de cualquier tradición cultural humanaLa “aldea” parecía estar superpuesta (mejor que enclavada) en una extensa planicie árida, que recordaba cualquier municipio del sudeste guantanamero. Pocos kilómetros antes de llegar, luego de cruzar un río en el que la gente tomaba aseo colectivo mientras acometían labores domésticas y de socialización, empezaron a avisorarse casas circulares y cuadradas de corte tradicional, confeccionadas con adobe secado al sol; aunque tambien las había con igual configuración, hechas de entramado y embarrado. Allí se detuvo la caravana para aproximarnos rápidamente a la casa de una família que había empleado algo más que los materiales endémicos para confeccionar su morada —tejas metálicas, bloques de hormigón y cemento. Nos acompañaba un funcionario del sectorial municipal de cultura en Cubal, quien estaba bien al tanto de las costumbres y tradiciones de su  zona, heredero él mismo de todas sus estructuras psicosociales. En todo el trayecto tambien estuvieron representantes de diversas instituciones educativas y culturales de Luanda, y de la cabecera provincial de Benguela, así como del município donde nos encontrábamos.

Este encuentro hubiese resultado practicamente imposible sin la anuencia del Soba —representante jurídico-religioso de la comunidad— quien, sin embargo, vivía en el propio pueblo de Cubal, centro político administrativo del municipio del mismo nombre, distante a unos siete kilómetros de la austera comuna. Nuestro guía hablaba con el énfasis de la función que cumplía, mientras interpretaba para el grupo las palabras en umbundu del anfitrión, un hombre de unos sesenta años vestido a la usanza occidental, con un bastón rústico entre las manos. Junto al jefe de núcleo, único miembro de la familia sentado en una silla, también había un séquito dispuesto en el suelo, compuesto por una mujer adulta, varias jóvenes y adolescentes, y muchas niñas y niños de todas las edades.

El diálogo estuvo centrado en pormenores concernientes a las costumbres nupciales de los helelos, tanto como de la permisibilidad de la poliginia —poligamia masculina. Mientras estuvimos conversando, no eran infrecuentes los pasos de motocicletas por las veredas próximas a la casa, que me remontaron a la lejana comunidad de Yareyal, donde vive mi abuela, en Holguín. Luego de un rato de conversación, resultándome un poco redundante el asunto, salí a dar una vuelta por detrás de un granero construido de embarrado y elevado del suelo sobre polines metálicos. Una vuelta por el “barrio” no vendría nada mal para espantar cierta somnolencia acurrucada durante el largo viaje desde la ciudad de Benguela. En un trazado irregular de trillos y senderos, estaban dispuestas las casas de la comuna, las mejores de las cuales ya estaban erigidas con recursos más contemporáneos, mientras los graneros y hornos respetaban mejor la tradición constructiva de sus antepasados. Durante el camino hasta aquí, así como en las proximidades, se veían algunas edificaciones de uso social, como escuelas y postas médicas, que respondían a un esquema generalizado de benefícios tributados por el estado angolano. También Marcela, mi novia, había hecho una excursión a destiempo mío por iguales motivos, comentándome más tarde que había observado en su recorrido la tierna conducta de una madre, ocupada en el duro trabajo de extraer barro del suelo profundo y húmedo para hacer bloques de adobe, mientras alternaba juegos y mimos con su hijo de brazos. Esta imagen parecía dibujar simbólicamente el contrastante sentido cotidiano en la vida de este pueblo. La sola percepción del paisaje, a centenares de kilómetros a la redonda, denotaba rigor extremo en el modo de vida de estos cubales, pues el suelo polvoriento, virtualmente infertil, no parecía flexible ante las sutilezas existenciales para alguien que no conociera bien este ámbito.

Resultado de la pesquiza y el chismorreo intercultural, quedó saciada —a pesar de la “atrasada” costumbre, no bien entendida por algunos de los integrantes de nuestra comitiva “civilizatoria”— la curiosidad sobre la dote que los novios debían tributar a los parientes de sus futuras parejas, así como la cantidad de mujeres que cada hombre podía tener en proporción a sus riquezas. En el pueblo de Cubal, antes de llegar a la comuna, pasamos por un centro cultural de la época colonial —no olvidar que la “descolonización” fue un proceso reciente y sangriento en estas latitudes—, bajo el techo de un viejo teatro abandonado de la década de 1950, donde fuimos instruidos sobre algunas de las danzas tradicionales relacionadas con la fertilidad, la fecundidad y la virilidad, casi que un mismo asunto.

Para el cierre los moradores de la comunidad sacaron de dentro de los kimbos sus kawasakis, generadores eléctricos, equipos reproductores de DVD, y un par de bafles electrónicos que igualaban mi estatura. Por supuesto que hicimos un montón de fotos y vídeos. Con un festón de rescate folclórico muy evidente, lejos ya de sus espacios vivenciales originarios, los integrantes del conjunto, tanto hombres como mujeres, vestían coloridamente uniformados con pantalón y pullover. Un grupo cantaba mientras otro danzaba, alternando sus funciones, cuando no las simultaneaban, en un registro muy bien localizado e inventariado a modo de repertorio artístico. Mientras filmábamos y tomábamos fotos, ellos se dedicaron a lo mismo con celulares o cámaras. Visitados y visitantes se reconocían con iguales recursos, aplicando una modalidad de reciprocidad que nada tiene que ver con las estereotipadas percepciones “antropológicas del otro”, con las que crecimos, y curiosamente trocadas por la cultura —mercado— occidental en una Globalización que presumiblemente “contempla a todos por igual”. Ciertamente, es hora de comenzar a preguntarnos cuáles son los bordes de Occidente, cuándo su nueva estrategia hegemónica descansa en la ilusoria posesión y dependencia de progreso tecnológico, por parte de los pueblos en desventaja económica.

El mundo tiene que aprender cada vez más de su propia individualidad, entendida como una introspección ontogénica —propia, personal. Nada de lo que vimos se diferencia sustancialmente de cualquier tradición cultural humana, salvo las cada vez menos frecuentes particularidades, que sí debieran ser salvadas en lo funcionalmente posible, como las lenguas  y cosmogonías locales; frente al embate de la cultura ciber-tecnológica del Norte, que usurpa cada nanómetro de neurona cultivada en la herencia milenaria de los pueblos autóctonos, incluída la propia interpretación que hacemos de este mismo fenómeno social; apachurrados como estamos por bodrios al estilo de Mentes criminales, las devastadoras telenovelas o buena parte de la programación del Discovery channel.

El mundo está como está: una vez que reconoces los benefícios de una motocicleta para acortar las distancias, no hay dios que te impida utilizarla, porque hay reemplazos materiales que no “cambian” la arquitectura mental de su usuario. En este punto de la historia hay cosas de la globalización que resultan muy útiles para el bienestar humano, en tanto otras fatales —las que resultan desarticuladoras ideológicas en el vulnerable arquetipo cultural de cada grupo humano—, sobre todo cuando el usuario no es consciente de ellas.

Durante este largo viaje en el tiempo, que comenzó en la cosmopolita Luanda, estuvimos acompañados en todo momento por la doctora Verónica Tchivela, antropóloga de formación y coordinadora general del Instituto Superior de Artes de Angola (ISARTES), quien facilitó la lectura de los fenómenos de campo.

Llevábamos en Benguela tres dias, en el transcurso de los cuales visitamos varias instituciones o liceos relacionados con las artes y la cultura, con el propósito de hacer futuras captaciones para el ISARTES. La ciudad capital de la provincia, de igual nombre, tiene un carácter más apacible y habitable que Luanda, sin llegar a ser provinciana. En las cercanias están las vecinas Catumbela y Lobito, las cuales se han conurbado —se encuentran prácticamente unidas unas a otras. Entre los objetivos fundamentales del viaje se encontraba el reconocimiento en el terreno de una cultura ancestral: los helelos, que hablan umbundu, o derivaciones lexicales del mismo, y aun conservan buena parte de su acerbo ideológico-cultural.

Ya de regreso de la comuna cubal, luego de escuchar algunas canciones entonadas por la mujer de nuestro anfitrión, penosamente rogadas y arrancadas a esta por nuestro guía, y con el sabor casi turístico de quien fue conducido a ver un espectáculo folclórico, comenzamos a fraguar el viaje del siguiente día, en un municipio llamado Baía Farta, donde visitaríamos la comuna de Dombe-grande, en las márgenes del rio Coporolo.

 

6ta feira (5/9/14).

Aquí las cosas tenían otro carácter: el espectáculo de esta otra comunidad estaba muy enjundiosa y “auténticamente” preparado. El viso ancestral se apreciaba más creible con el empleo de tocados, ajuares y pinturas corporales, aunque los esperados torsos desnudos de las mujeres, al estilo National Geographic, ahora estaban cubiertos con sostenes al estilo Vanidades, de los que se pueden adquirir en cualquier boutique del mundo. El recibimiento fue abrumador, con cantos a toda voz, tambores, danzas y palmadas de ritmos que parecían salir de la tierra. Con igual consentimiento del Soba local, un guía nos aproximó a la liturgia regional, mientras intentaba controlar la desbordante euforia de nuestros anfitriones, que tan pronto parecían aplacarse, como arremetían con la misma euforia del recibimiento inicial.

En orden más o menos similar al de la Casa de la Cultura que visitamos el dia anterior, se presentaron las danzas y cantos correspondientes a cada ocasión, esta vez manifestados con más originalidad por los propios vecinos del lugar, a quienes costaba trabajo dirigir para que se limitaran a cada representación. Las cosa parecían responder aqui a una espontaneidad popular que no contemplaba “cortes y ediciones” exhibicionistas. Con el afán de hacer mejores tomas fotográficas desde el chasis de un camión desmantelado sobre burros de madera, subí junto a unos niños que desde allí observaban.

A pocos minutos de encaramarme en la estratégica ubicación, el panorama desde las alturas se alteró drásticamente: niños, harina de mandioca, canastos, gallinas y quien escribe estas líneas, rodamos carrocería abajo por la fractura de los burros, con tal estruendo, que parecía que todo iba a terminar ahí. Pero en realidad pocos estuvieron al tanto del percance, hipnotizados como estaban con el multitudinario aquelarre.

Las demostraciones duraron mucho más tiempo. Y luego de las demostraciones, manifestando el carácter auténtico de todos aquellos motores espirituosos calentados al fragor de la visita, continuaron como en una reacción en cadena que se sostuvo hasta nuestra despedida, unas horas después. A pesar de lo “exótico” que pudiera resultar el panorama, algo familiar y recurrente se apreciaba en todo aquello, por la mucha influencia de la cultura africana en América. Ya había visto cosas permeadas de este aire de africanidad en Cuba, aunque la fuente no dejaba de ser sobrecogedora. En uno de los tantos espacios que hubo para husmear en los recodos de la comuna, donde Marcela y yo intercambiamos con mujeres, niños y ancianos, uno de los más activos participantes en los bailes, ataviado con su indumentaria tradicional, me propuso un trueque de cigarrillos por alguna mercadería local.

Antojado como estaba de un banco bajo, confeccionado con madera balsa y ensamblado sin un solo clavo, o de un sonajero ensartado de semillas para atarse a los pies durante los bailes, accedí al cambio. Para ello debía comprarle una cajetilla de cigarros a otro miembro de la comuna, a un precio que inicialmente me resulto razonable, pero a medida que caminabamos en dirección al negocio, hablándome (o ablandándome) de un lugar fantástico —que no era tal—, donde existen unas compuertas, según le entendí, relacionadas con un yacaré y un chamán, el precio fue subiendo hasta tres veces lo que me había comentado.

Debo reconocer que mis dotes como negociador nunca fueron nada satisfactorias, de donde se desprende que resulté timado, pues el artesano que hacía las banquetas no disponía de ellas en ese momento, y las semillas de donde se hacen los sonajeros no estaban maduras para hacerme una sarta nueva. Luego de pujilatear con aquello o lo otro, entre mi portugués mal comprendido, el umbundu y una mímica ignorada, el terreno de discusión se trasladó al equipo local, en el que una mujer de armas tomar, le debatía a mi timador a quienes se les debían repartir aquellos cigarros tomados como botín, entre los más allegados del grupo.

En el acto aparecieron más personas con cubos de tomates, especias y frutas de himbondeiro para someter a mi consideración comercial. Me parecía que estaba en la calle Obispo o en la Plaza de la Catedral de La Habana, pero, lógicamente, en el lugar del extranjero sometido a escárnio… Al poco se apareció Marcela, pensando que yo estaba desvelando secretos tribales nunca antes vistos por un “hombre civilizado”. Con la ayuda de un amigo, funcionario del ISARTES, logramos desenredarnos de la bronca, en la que logré usurparle un cigarro a los litigiantes. Más calmos, llegamos al acuerdo de que me guardarían de cuanta cosa habíamos hablado, a mi vuelta en unas semanas…

la tierna conducta de una madre, ocupada en el duro trabajo de extraer barro del suelo profundo y húmedo para hacer bloques de adobe, mientras alternaba juegos y mimos con su hijo de brazos. Para el cierre, en una despedida tan atronadora como el recibimiento, que en realidad fue un suceso continuo, los moradores de la comunidad sacaron de dentro de los kimbos sus kawasakis, generadores eléctricos, equipos reproductores de DVD, y un par de bafles electrónicos que igualaban mi estatura. Por supuesto que hicimos un montón de fotos y vídeos. La Marce logro hacerse en préstamo de una tableta digital que hacía imágenes espectaculares, de la que todavía no hemos recuperado los audiovisuales. Como en el día anterior, los celulares y cámaras fotográficas empezaron a disparar en sentido inverso, para dejar constancia del intercambio, del día en que fueron visitados por curiosos venidos desde lejos, desde la periferia del mundo…

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