Actualizado el 11 de febrero de 2015

Jackie, el silencio

Por: . 9|2|2015

La irrelevancia pública que ha tenido la muerte reciente del actor cubano Jackie de la Nuez es una muestra de menosprecio insólito. Un hombre que pasó más de la mitad de su vida en estudios de radio y televisión y algún que otro set de cine, se fue a la posteridad envuelto en un silencio cruel.

 Entre lo poquísimo que se escribió sobre la muerte de Jackie, Radio Progreso desempeñó su papel con algunas menciones, entre ellas una remembranza del periodista Jesús Dueñas. El colega Argelio Santiesteban, amigo personal y admirador de su humildad, cumplió con su deber de periodista en una crónica que publicó en una página digital.

 Por los mismos días de principios de enero falleció otro de la Nuez, el popular caricaturista René, pero su deceso fue mejor reflejado en televisión. Y el lunes 19 del mismo mes, dieron, también en televisión, la noticia de la muerte del notable actor Raúl Pomares, quien recibió una cobertura periodística al menos aceptable. Ni la suya ni la de René de la Nuez fueron coberturas profesionales, abarcadoras, como las que deben generar los decesos de artistas de gran talla,  pero al menos tuvieron menciones en la pantalla familiar. 

 Suerte similar corrió la actriz Aida Isalbe, fallecida también en enero, quien apenas recibió atención de los medios de comunicación. Un silencio que desalienta.    

 En tal apatía hacia la muerte sus propios artistas ¿qué influirá: el alejamiento por enfermedad desde hace años, como en el caso de Jackie, su distancia de la radio y la televisión, de donde tuvo que alejarse hace varios años debido a su salud quebrada? Si es así, habrá que admitir con dolor que la presencia en el candelero es proporcional a la importancia de los personajes.   

 Cuando Jackie de la Nuez vivía, los amigos y colegas lo reverenciaban con abundancia, tal vez por su capacidad para empastar con los demás. En el patio de la UNEAC era como el mayor de la tribu al que todos pasaban a saludar, y si había espacio, se sentaban con él.

 Pero una de las mejores cualidades de Jackie de la Nuez fue su lealtad de tropa. Fungía como líder en el grupo de amigos y colegas en el que pasaba sus tardes, y a su alrededor se respiraba armonía y paz. Generoso y compartidor, era incapaz de tratar mal a alguien.

 La noticia  de su muerte me llegó como un mazazo porque no fui a verlo en su cama de anciano enfermo y convaleciente, a pesar de la amistad que compartimos durante veinte años. Y perdí la cuenta de los meses que pasaron desde la última vez que lo llamé por teléfono. Es esa inercia que nos va conduciendo y nos hace postergar lo más importante.

 Presionado por los apremios diarios, que tan bien actúan para que uno vaya dejando ir lo espiritual, permití que Jackie de la Nuez muriera sin volver a reír juntos, y a pasear por la política internacional y el ambiente nacional. Las tertulias que hacíamos en la sala del té de la Casa de la Prensa y en el Hurón Azul de la UNEAC cuando terminábamos nuestras respectivas labores y carenábamos allí, en los que entonces —finales de los 90 y hasta mediados de los 2000— eran las últimas expresiones de la bohemia habanera. Ya, ni esas.

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