Actualizado el 22 de marzo de 2015

El pasado que se vende

Por: . 20|3|2015

Muerte al invasor:...despunta un enérgico Fidel Castro. Kalashnikov en mano, ordena  dar muerte al invasor. Tony Santiago posa algo nostálgico con un cigarrillo en la mano. Es una foto de estudio, tomada mucho antes de convertirse en un comandante del frente rebelde del Escambray, grado que ganó después de jugársela en una veintena de batallas a fines de los años cincuenta. 

Luego del triunfo de las guerrillas de Fidel Castro, renunció a su investidura militar. Parecía que la contra ganaba un disidente, cuando en verdad  compraba a un espía. Cifrado como el agente Oliveiro, Santiago penetró a la CIA que entonces amamantaba a las bandas que operaban en el macizo del Guamuhaya, y pasó informes preventivos sobre la invasión de exiliados por Bahía de Cochinos.  Pero su brillante carrera en la inteligencia cubana tenía los días contados. Cuando se aprestaba a llegar de topo a Miami, en enero de 1961, su pequeño barco, nombrado El pensativo, fue hundido y él, con el resto de la tripulación, tiroteado a mansalva en medio de las olas. El mar fue su tumba y el silencio su destino.

 Historias al  primer postor

 “Fue el primer agente de la seguridad que mataron”, dice el vendedor al mostrar esta y otras fotos del álbum familiar del mártir: su primera comunión,  en la playa con los suyos, en un cabaret miamense durante su exilio a fines de los cincuenta.

Las reliquias del revolucionario, que hasta 1970 no pudo ser rehabilitado por razones de Estado, forman parte de las miles desparramadas sobre las mesas de madera rústica de los vendedores, libreros en su mayoría. Aquí son ellos los anfitriones  de  coleccionistas, revendedores  o curiosos; en número aplastante  extranjeros que pasan revista una y otra vez a las mercancías. Husmean, preguntan en inglés o español macarrónico, embadurnados de crema antisolar y cámaras manufacturadas en China, que se enroscan en las muñecas. Así no las pierden, o las protegen de alguno que otro ladronzuelo que correrá tanto que sería imposible darle alcance. Pero lo más importante y seductor es que con ellas aseguran sus recuerdos en la Plaza de Armas, la más antigua de todas las que se conservan en La Habana, con más de cuatrocientos cincuenta años, ubicada a unos metros del puerto y del salitre 

“Los hay conocidos y los hay desconocidos”, zanja solícito el tenedor. Junto a la iconografía de Santiago, resalta una foto, protegida con celofán, de Raquel Revuelta y Alejandro Lugo, dos míticos actores del teatro y la televisión, también fallecidos; y otra de los integrantes de la Cámara Cubana de Representantes, circa 1920. Primorosamente ordenadas, hay estampas  de anónimos burgueses, damas opulentas en sepia, niños mofletudos, parejas galantes  y padres tocados con sombreros de paño y leontina de oro. “Finales del Diecinueve o principios del Veinte”, data  el mercader y tasa la mercancía: “Las más grandes valen diez (pesos convertibles o CUC). Las pequeñas salen en cinco o en cuatro, depende de cómo esté la situación”, sopesa, aludiendo a los devaneos del turismo.

Diligente, muestra otras ofertas a los curiosos: postales coloridas de la vieja Miami, de Key West, —Cayo Hueso para los cubanos— de La Habana en el boato de los cincuenta, partituras de Ernesto Lecuona y Gonzalo Roig,  escoltadas por otras de autores ignotos para los cubanos como Paul Deffau o Hofmiester, y caricaturas —“originales”, aclara el tenedor—  de Wilson, un dibujante que décadas atrás ganó notoriedad con sus criollitas, personajes que remedaban a las cubanas jóvenes de fina cintura, turgentes piernas y frondosos  traseros.

 Regateos al son de maracas

La música de una banda que ameniza en un restaurante del perímetro deja escuchar Rico vacilón, un clásico chachachá de Enrique Jorrín, escrito en 1955 por Rosendo Ruiz Quevedo. La melodía, sazonada con sus maracas infalibles y su güiro rechinante, se superpone a un diálogo en inglés entre una estadounidense y un tenedor de libros. Regateo. Algunas risas. Otra vez regateo. Ella pone su mano, en forma de concha, en su oreja izquierda. Finalmente se entienden. La versión en inglés del diario de campaña de Che Guevara en Bolivia es rematada a un precio que complace más al comprador.  A unos pasos otra mesa exhibe la mar de sellitos, en su mayoría prendedores cubanos y soviéticos. Son de calamina y otras aleaciones baratas como el latón  —los hay de bronce, bien escasos— que evocan el plasma ideológico de entonces: heroicidades laborales, viajes al cosmos, efemérides sindicales o políticas, líderes comunistas, asociaciones de amistad y las boicoteadas olimpíadas moscovitas de 1980. “Cuestan uno o dos pesos”, dice su vendedor, un anciano enjuto de lentes oscuros y voz carrasposa.

A su lado, en otra mesa, se extienden o cuelgan algunos posters del cine y el teatro de la Isla. Lucía, de Solás, Fresa y Chocolate, de Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, y ¡Vampiros en La Habana!, un animado de Padrón, hacen vecindad con otras efigies de clásicos del cine mundial -La naranja mecánica, de Kubrick,  o Marnie, de Hichtcock—  que encumbraron la cartelística cubana por su estética fuera de serie y soluciones gráficas prodigiosas. También despunta un enérgico Fidel Castro. Kalashnikov en mano, ordena  dar muerte al invasor. Diseñado en los días de la Crisis de los Misiles de 1962, domina, por su repetición, varias visuales de la plaza, junto a discos de acetato de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Benny Moré, Ernesto Lecuona, Esther Borja y la Orquesta Aragón, recostados a cajas vacías de rojizas manzanas de Virginia que sirven para empacar la mercancía.

 —Los posters salen a doce.

—¿Y se venden?

—Se venden poco, pero se venden. Depende de la cantidad de yumas (extranjeros occidentales) que vengan. La temporada está malísima.

—Pero estamos en temporada alta…

—Pero son extranjeros de Uruguay, de Argentina que vienen con poco dinero, los europeos están medio perdidos.

—¿Escasean?

—Se ven poco,  parece que la crisis está acabando por allá.

—¿Y cuál es la ganancia del negocio?

—Alcanza un poquito más que trabajar para el  Estado, dando pico y pala. Aquí  no sudas, no te  maltratas… No te da para hacerte rico, pero vas tirando.

—¿De dónde eres?”. Sonríe para eludir responder. ”¿Dónde aprendiste el inglés?.

 —En mi pueblo. 

—¿Qué te costó estudiarlo?

—El libro.”

Las ventas gotean. Muchos tenedores buscan, entretanto, responder al aburrimiento con lecturas y cuchicheos entre sí;  algunas mujeres tejen y otras meriendan golosinas traídas de casa. Fuman los más ansiosos, otros recortan sus uñas con los dientes. Ensimismados, un par de vendedores juegan una partida de ajedrez para matar el tiempo. Ellos, junto a los moscones de rigor,  se aprovechan  de una fronda que consigue una umbría refrescante que habrá que disputarse para no ser víctima de uno de sus claros. Es febrero, pero el  sol sobre el Caribe no se da por enterado. A la sombra, casi treinta grados.

 Crisis y recuerdos de familia

El origen de las piezas ahora en concurrencia, puede ser tan heterogéneo como sus ex propietarios, al igual que los motivos que tuvieron para deshacerse de ellas. Nacido en y de la crisis de los noventa, este mercadillo es,  por sobre todo, una de sus muchas caras; mostrador y expolio del patrimonio sentimental de familias pilladas por mercachifles que ofrecieron lo mínimo ante el riesgo de una empresa incierta. Sobre las mesas, todo un muestrario barroco de fragmentos del ayer: abrecartas con empuñadura de hueso o marfil,  encendedores metálicos de gasolina, monedas, billetes prerrevolucionarios del antiguo Banco Nacional, estilográficas y tinteros, rosarios, crucifijos de plata, joyas con pedrería  semipreciosa —ónix o turquesa—, collares de finos  abalorios, carnets de antiguas filiaciones u ocupaciones, certificados de clubes exclusivistas de la pasada república, filatelia revolucionaria, álbumes de postales de jugadores de béisbol, anillas de tabacos —Hoyo de Monterrey, H. Upmann, Ramón Allones, entre muchas—, relicarios de porcelana, tabaqueras, boquillas de plata para cigarrillos, un Lenin marmóreo acomodado sobre fieltro rojo, banderas y banderillas bordadas a mano, estandartes, mantelería, gallardetes, cajas de Coca Cola de los años cuarenta mordidas en sus esquinas por el tiempo, pisapapeles, lámparas de keroseno sin mecha, que usaron, dicen, alfabetizadores en los sesenta, matrioskas, recipientes de talco —Baby Powder, de Menen—  cámaras fotográficas con sus conchas de flashes sin bombillo, y de cine, ocho milímetros de doble lente, relojes Cuervo & Sobrino —tal vez lo más caro: entre 150 y 200 CUC, porque funcionan, aseguran, con su maquinaria original de más de medio siglo—, Biblias con tapas de nácar y toda suerte de hagiografías, tanto en medallones como impresas,  candelabros, revistas Life y París Match, abanicos de cartón de hace medio siglo, bombillas para mate, removedores para cocteles pertenecientes a hoteles como el Capri y el Riviera, cofrecillos, cajas de música de bronce y de cristal o de cedro libanés, costureros, camafeos, moteras de porcelana inglesa, cucharillas para niños, antiguos menús de restaurantes habaneros, aterciopelados portafolios y un largo etcétera de bibelots, que termina por marear a quien intente totalizar el inventario.

 Levantando el campamento

Cuba poscastro: Nacido en y de la crisis de los noventa, este mercadillo es,  por sobre todo, una de sus muchas caras; mostrador y expolio del patrimonio sentimental de familias pilladas por mercachifles que ofrecieron lo mínimo ante el riesgo de una empresa incierta. Sobre las mesas, todo un muestrario barroco de fragmentos del ayer: abrecartas con empuñadura de hueso o marfil,  encendedores metálicos de gasolina, monedas, billetes prerrevolucionarios del antiguo Banco Nacional, estilográficas y tinteros, rosarios, crucifijos de plata, joyas con pedrería  semipreciosa...Lo más curioso de todo es el cierre de esta verbena de lo insólito. Cuando anochece, los miles de libros y objetos regresan a sus embalajes con una prontitud relojera digna de asiáticos o de anglosajones. Las bujías de las farolas iluminan con desgano, los árboles se convierten en manchones oscuros y el silencio, nunca saciado, va ganando terreno penosamente, a medida que el gentío se marcha. Lo más estridente son las ruedas férreas de los carromatos que cargan la mercancía. Chirrían sobre los adoquines de la plaza y las calles aledañas. Pero el trance, por fortuna, es breve. Todo se almacena en las cercanías, en viviendas donde se cobra el servicio. Al final, el lugar es devuelto a su estado original. Se deja oír el murmullo de la fuente y el aleteo de las palomas, una serenidad por momentos intermitente, debido al guitarreo de otros que, con el fervor de los tenaces, procuran ganarse la vida con canciones…

 

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