Actualizado el 14 de abril de 2015

Humboldt número 7, un lugar de La Habana

Por: . 10|4|2015

Portada edición 387. Ilustración de Gólgota.La calle Humboldt se extiende desde la calle O hasta el Malecón, en apenas unas pocas cuadras; parte casi desde las faldas del Hotel Vedado y desemboca en la tan conocida avenida que bordea a La Habana por su lado norte, limitándola del mar. No es una calle en verdad concurrida, a no ser por el tráfico de algunos vehículos pertenecientes a la agencia Cubataxis, que tiene sus oficinas y algunos talleres en la esquina de Humboldt y Hospital; o algunos vehículos particulares que la toman para incorporarse a la avenida del litoral. Solo en el extremo que colinda con el Hotel Vedado se presenta concurrida en su mayor parte por ómnibus y automóviles relacionados con la circulación de la calle O. En el extremo que desemboca en el Malecón es casi desierta  la mayor parte del tiempo.

En el edificio marcado con el número 7, hoy se encuentra, en los bajos, un espacio vacío que los vecinos pugnan por recuperar para parqueo del edificio. Pero allí, en el año 1957, se encontraba ubicada una agencia de automóviles, la Sante Motors Co., algo que cambiaba por completo la apacible imagen que tiene hoy: los autos aparcados de frente contra la acera cubrían todo el espacio y un enorme cartel de Chevrolet pendía del edificio vecino.

Este lugar, el día 20 de abril de ese año de 1957, Sábado Santo por el calendario católico, se marcaría con uno de los hechos más terribles y sangrientos de la historia de La Habana. Aquí ocurrió la matanza, por parte de la Policía Nacional, de cuatro importantes luchadores del Directorio Revolucionario (DR).

 Lucha contra la dictadura.

La época es convulsa, han transcurrido 38 días desde los sucesos del 13 de marzo. El DR ha quedado destrozado. A la muerte de José Antonio, Fructuoso Rodríguez asume su liderazgo, así como la presidencia de la FEU. La policía y el ejército del régimen de Fulgencio Batista están desbocados. Cualquiera puede ser confundido, apresado y muerto. En el mejor de los casos, torturado salvajemente por una jauría de nuevos elementos que están utilizado la sangre para escalar en la jerarquía castrense.

De los miembros del Directorio, quien ha podido escapar del ataque al Palacio Presidencial o Radio Reloj, se mantiene en constante movimiento por la ciudad, escondiéndose en casas de familias que le acogen a riesgo de la propia vida, o en apartamentos alquilados, a la espera de la reorganización del movimiento, o una presunta salida del país.

Un sótano situado en la calle 19 entre B y C va a ser el cuartel general de los combatientes sobrevivientes de la acción, y en él conviven a riesgo los más valerosos y buscados luchadores clandestinos de la época: Fructuoso, José Machado y Juan Pedro Carbó.

El miedo hacia que incluso los amigos negaran el asilo en sus casas a estos tres compañeros. Llegaron a cambiar de escondite en cuatro oportunidades en cinco días. José Machado llego a dormir en el Parque de la Fraternidad, en pleno corazón de La Habana, a la intemperie, y otra vez en un banco situado al fondo de un solar yermo. La situación era desesperada.

Joe Westbrook, un muy joven luchador pero comprometido con la causa insurreccional, al punto de ser fundador y dirigente del DR, se encuentra  escondido en el apartamento marcado con el 201 del edificio de Humboldt Nro. 7, y al conocer la situación de sus compañeros decide cederles el mismo, ya que ellos estaban muy “quemados” al ser los líderes del movimiento, mientras que él  era menos conocido y por lo tanto, menos buscado. Joe tiene la idea de irse a casa de su novia, la joven Dysis Guira, que vivía con su madre en la calle 18 entre 15 y 17, en el Vedado. En la noche del día 19, llegan los tres perseguidos al apartamento que sería su trampa mortal.

Humboldt  Nro. 7, apto. 201. No era un lugar desconocido por otros jóvenes del Directorio. Alquilado por Gustavo Pérez Cowley y por Marcos Rodríguez era visitado también por otros compañeros. En verdad no era el sitio ideal, por ser pequeño y sin salidas posibles en caso de una irrupción de la policía, pero era lo que había en ese momento y sería utilizado de forma transitoria. Ya se había conseguido que Machado fuera recibido el lunes 22 por el embajador del Brasil.

 Marcos Armando Rodríguez Alfonso

Ilustración de GólgotaMarquitos es una especie de camaleón que va desde la Juventud Socialista al Directorio Revolucionario, y de este a cualquier parte donde pueda ser escuchado sin reparos, con ideas que denotan una formación cuasi comunista, pero tamizada por una personalidad que no encaja. Medio lastimoso, medio intelectual. Algo sí está claro: Marcos está en contra de la lucha armada contra Batista y tal lo proclama. Sus encuentros con los hombres duros del Directorio, donde siempre va a salir mal parado, aumentan un odio que se concentra en la figura de Juan Pedro, un hombre terriblemente valiente que tiene en jaque constante a los esbirros.

La persona de Marcos es un misterio para todos. ¿Agente de los medios represivos? ¿De la CIA? Marcos, en verdad, intenta a toda costa ser alguien, que va de alma en alma tratando de ser importante. ¿Estudiante? No. ¿Combatiente? Tampoco. El participa en el Teatro Universitario, por eso conoce a Dysis, la novia de Joe. Es prohíjo de un importante miembro del Directorio que va a ser expulsado de este, al negarse a participar en los hechos del 13 de marzo. Crítico implacable en los espacios abiertos, silencioso contendiente ante la reprimenda de los valientes en el espacio privado. Marcos va a ser el delator.

Aprovechará el conocimiento que tiene de la presencia de Fructuoso, Carbó y Machado en Humboldt 7 para zafarse de una buena vez de ellos. Intentará y conseguirá la muerte, toda la muerte de los tres odiados y la de su amigo Joe. La de los cuatro y la de él mismo, cuando la justicia revolucionaria le cobre cuentas años después. Por ahora hará la denuncia, irá al encuentro del asesino, dirá dónde están y se irá al cine a ver documentales. Su venganza de odio está en marcha. Son las tres de la tarde del 20 de abril de 1957.

 Sábado Santo

Cae la tarde del Sábado Santo. Recién ha comenzado la primavera, por lo que los días comienzan a hacerse menos fríos. La tensión provocada por la noche anterior comienza a pasar en el interior del apartamento, tal vez en penumbras. Los cuatro jóvenes están distendidos en quién sabe que pensamientos. Relajados al fin, están a medio vestir. En el traslado se han traído apenas las pistolas que portan ante la amenaza latente.

Carbó tiene que pedirle a Julio García que le traiga alguna ropa del apartamento de la calle General Lee, donde se encontraban antes pero que abandonaron cuando Machado vio al vigilante de la cuadra hablando con los integrantes de una patrulla de la policía. Tal vez Machadito está comenzando a conciliar una especie de duermevela, acunado por el silencio del edificio y la tranquilidad de esa tarde de recogimiento que acalla el bullicio de las calles habaneras. Esperan a Julio que debe traer una cama portátil, sobre todo ahora que Joe vuelve con ellos ante la negativa de la madre de Dysis a que se quedara en la casa. Joe tal vez piensa en eso, en la frustración que siente. Fructuoso recuerda lo que le dijo a Marta Jiménez de encontrarse tal vez en ese día. Ella espera un hijo suyo, están casados y solo el compromiso con la lucha los separa físicamente. Carbó tal vez medite en cuanto ha pasado, la muerte de José Antonio, el fracaso del ataque a palacio.

Son las 5 y 50. La violencia de unos golpes en la puerta indica que están descubiertos. Suenan algunos disparos que, atravesando la puerta impactan la pared. Los cuatro hombres tienen que escapar. Los apartamentos de la columna a la que pertenece el apartamento 201 tienen un respiradero que da, a través de una ventana, a la sala y al cuarto de la derecha. Pero la pared de este respiradero que da al pasillo es de ladrillos de vidrio, de los llamados “lucetas”, precisamente para permitir el paso de la luz. A través de esta pared se pueden ver de forma distorsionada pero clara, los policías que están destruyendo la puerta, y por consiguiente, los agentes pueden ver a cualquiera que se lanzase por este respiradero hacia los bajos.  Los cuatro hombres, sorprendidos en el letargo de la tarde del Sábado Santo,  intentarán escapar por el respiradero ubicado justo en el fondo de la habitación de la derecha, en el lado opuesto a por donde buscan entrar los esbirros.

Los cuatro: Machado, Carbó, Fructuoso y Westbrook se lanzan por el respiradero del fondo. Los tres primeros caen en el apartamento de los bajos, marcado con el número 101, mientras que Joe, por alguna razón de su instinto, en vez de saltar, pasa al apartamento contiguo, marcado con el número 202.

Machado cae primero y entra. La vecina asustada ve llegar a los tres. La desesperación hace que los muchachos no se percaten de la posibilidad de que estén rodeados. Al salir furtivamente, Fructuoso y Machadito corren por el pasillo para lanzarse por la ventana del fondo, que da al exterior. Los policías que están destruyendo la puerta en el piso superior escuchan los pasos y bajan de prisa las escaleras, encontrándose directamente con Juan Pedro que ha salido del apartamento 101 siguiendo a sus compañeros pero en sentido contrario,  dirigiéndose al ascensor. 

Al sentir que vienen por las escaleras, Carbó vuelve la cabeza para ver a sus perseguidores, cuando un disparo le impacta en el ojo izquierdo. Los policías le han reconocido y lo acribilla. El ensañamiento con el cuerpo de Juan Pedro Carbó Serviá es grande, él era quien había ultimado a Blanco Rico hacia unos días en el cabaret Montmartre. La huella ensangrentada de su mano en el botón del ascensor nos habla de su fortaleza física y su resistencia a la muerte.

Tal vez esto último sea parte de la leyenda que envuelve al edificio y que aún hoy cuentan sus vecinos. Historias que escucharon pues casi todos vinieron a vivir allí después de los hechos.

Machadito y Fructuoso han saltado por la ventana y caen en un pasillo lateral  bastante escabroso, que está dividido por una tapia a todo lo largo. Al parecer, Machadito ha saltado primero, descolgándose desde sus brazos, de ahí la fractura de sus dos tobillos. Cae en el lado norte del pasillo que da para el edificio de Humboldt 7, por lo tanto él ignorará que Fructuoso esta inconsciente. Una tapia los separa.

La altura es mucho mayor que la esperada, sobrepasa los seis metros y sesenta centímetros, y la premura de la persecución hace a Fructuoso saltar de frente. Lo estrecho del pasillo y además dividido por una tapia,  hace que el impulso de saltar de frente envíe a Fructuoso al otro lado de la misma, como cuentan algunos vecinos a partir del testimonio de Marta Jiménez. Fructuoso pierde el conocimiento con el golpe al caer. Es muy posible que hasta agonice cuando le rematan. Están a unos metros de la calle, y una reja cierra el camino en ambas direcciones. Un policía los descubre y poniendo el cañón de su ametralladora por entre los barrotes de la reja, dispara. 

Años después, Ana Martínez, a la sazón esposa del administrador del edificio, Gaspar Cuadras, cuenta que ese año ella vivía con su esposo en el apartamento 105. Al escuchar la gritería y los golpes provenientes del pasillo interior, ella se asoma al balcón que da al fondo del edificio y ve como dos jóvenes saltan por la ventana. Desde la calle les dispara un policía, mientras otro se asoma por la misma ventana por la que han saltado y les dispara también. Este, al verla, le grita descompuesto: “¡Mete pá dentro!” Ana no recuerda otra cosa que el pánico y la ametralladora portada por el esbirro.

Un tercer policía trae un martillo con el que rompe el candado que cierra la reja y entran en el incómodo pasillo para acabar su obra. La orden es terminante: “Tráiganmelos muertos”, había dicho el capitán Ventura. A Fructuoso, inconsciente por la caída, lo rematan. Por eso en su cuerpo solo se describen cuatro disparos. El héroe había saltado directamente a la muerte.

Todo transcurre muy rápido. Los policías, al bajar corriendo por las escaleras solo atinan a ver a Carbó. Pero alguien corrió por el pasillo y saltó por la ventana. Uno de los esbirros se dirige a la misma, mientras, en el piso de arriba, otros comienzan a tocar en un apartamento donde se escuchan gritos de mujer. Es el 202. 

Joe,  ha entrado por una ventana que da al patinejo donde está el respiradero, y la inquilina, muy sobresaltada, grita. El joven revolucionario intenta calmarla, pero ella está muy nerviosa. Los disparos resuenan como truenos en la reverberación del edificio, y de pronto este hombre que entra por el respiradero. A él lo buscan, y si le hallan allí la pueden incriminar a ella.   

A Joe no lo están buscando, los policías vienen por tres individuos muy bien caracterizados. Son el presidente de la FEU, Fructuoso Rodríguez, sustituto de José Antonio Echeverría, jefe además del DR; Juan Pedro Carbó, el que disparó contra el coronel Antonio Blanco Rico, jefe del SIM (Servicio de Inteligencia Militar) y uno de los más odiados por los medios represivos, dada su alta capacidad de lucha y vasta experiencia en burlar especialmente a Ventura; y José Machado, también participante en lo de Blanco Rico, y uno de los más destacados asaltantes de Palacio.

Ya les tienen, pero los gritos de una mujer pueden significar que hay alguno más. La duda hace que no asalten este otro apartamento. Tocan. Abre una mujer muy nerviosa, acompañada de un joven que de pronto no reconocen. Lo detienen. De pronto la mujer exclama: “¡No lo maten, es casi un niño!” No hace falta más para que en la excitación de la matanza, los sicarios saquen a Joe y en la misma puerta le den muerte. Los seis disparos en su cuerpo, sin interesarle el rostro, denotan la corta distancia. Ocurrió en la puerta del apartamento 202.

El cuerpo de Joe es llevado hasta el elevador y bajado en él hasta la planta baja. Su sangre es la que ve Francisco Rodríguez, el encargado, frente al apartamento 201, mana del cuerpo del joven revolucionario mientras aguardaban por el ascensor.

Lo ocurrido con Joe  se mantiene en el misterio. Él no tendría ninguna excusa para abrir la puerta, puesto que cree que lo buscan a él también. Joe no sabe que no es así, no sabe qué pasa realmente, solo que la policía le persigue, por lo tanto no puede abrir la puerta. Además, la policía toca en el apartamento 202, solo en ese. Venían con una delación confiable, directa al apartamento 201 y por eso destruyen la puerta de este, pero la inquilina del 202 tiene que haber gritado por el susto, lo que llamó la atención de la jauría. Tenía que haber abierto la puerta para no ser incriminada, sino hubiera sido detenida por tener a ese joven en su apartamento, y no fue así. Tiene que haber sentido que su pánico había condenado a aquel joven con aspecto de niño, por eso intenta interceder, sin darse cuenta de que con sus palabras lo estaba condenando realmente.

La prensa recoge el nombre de Esperanza Soler, la vecina del 101, el del encargado Rodríguez, el de la persona que alquiló el apartamento 201, Eugenio Perez Cowley, pero no el de esta inquilina del 202. ¿Por qué? En las actas de la 6ta Estación aparecen dos nombres, una madre y su hija.

El cadáver de Joe es bajado por el elevador desde el segundo piso hasta la planta baja. Comentan los vecinos la convicción de sus predecesores en el edificio, aquellos que vivieron la tragedia. “Al muchacho lo mataron en la puerta del apartamento y lo bajaron por el elevador, al otro sí lo bajaron por la escalera tarándole del cabello.”

Eufórico por el éxito, Esteban Ventura se pasea dando órdenes y sonriendo por todo el lugar. Tiene a los tres más buscados, tiene a sus enemigos más perseguidos, acaba de destruir con un solo golpe lo mejor del DR y además, tiene a un cuarto que no saben quién es, pero que, indudablemente se trata de uno de ellos, sino ¿por qué intentaría escapar? El encargado,  llevado a la 6ta Estación de policías por el capitán Glery Hernández, para declarar, dijo que el apartamento estaba alquilado por Pérez Cowley, y al cuarto joven se le encontró un carné con ese nombre encima. Así saldría publicado al día siguiente en el Diario de La Marina. 

Ilustración de GólgotaEn la calle se amontonan los carros patrullas. Cerca de sesenta agentes de la Policía Nacional recorren la cuadra frente al edificio. La sangre de Carbó  corre escaleras abajo en macabra cascada. Los esbirros han arrastrado un cuerpo. Cuentan que tirándole de los cabellos. Al pie de la misma, el charco que comienza a correr. En los escalones, la pisadas de los que le arrastraron y la huella terrible. Los sacan a la calle cargados, montados en los carros y llevados a la casa de socorro de la calle San Lázaro. Uno de los policías le ordena a Francisco: “Sal y limpia esa sangre antes que nos vayamos.”

Aún existe una fotografía terrible: la del hijo del conserje, un niño de muy poca edad, Héctor Rodríguez González. Mira la escalofriante constelación de pisadas ensangrentadas de los esbirros que minutos antes habían bajado a Juan Pedro, saciando su inquina contra este hombre que tantas veces se había burlado de ellos. La sangre que fluye. El niño que mira.

En la calle, la gente se amontona para saber que ocurre, los curiosos en los balcones aledaños. Alguien grita “¡Asesinos!” Pero el trabajo está hecho. Tres de los más buscados revolucionarios de la época están fuera del juego. Ventura esta eufórico. Lo monstruoso oculto en la personalidad de Marcos Rodríguez ha cobrado su venganza.

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