Actualizado el 18 de junio de 2015

El síndrome de los proyectos

Por: . 15|6|2015

EL SINDROME DE LOS PROYECTOS: El hecho de realizar un proyecto hace mucho más conciente al artista de cómo será su proceder, será menos errático, aprovechará al máximo sus posibilidades, andará su camino con una claridad mayor. Un proyecto no tiene por qué ser algo frío o aniquilador de las emociones. Es una planificación de la energía, para hacerla fluir de forma más eficiente.

Hubo un tiempo en el que los más inquietos alumnos de las escuelas de arte de La Habana sometíamos nuestras incipientes creaciones al “látigo” de los artistas y profesores en que más confiábamos. El resultado de esta crítica era positivo para los capaces de superar las heridas del ego; para quienes realmente la creación era una necesidad vital.

Una vez un alumno decidió llevar a Juan Francisco Elso un “proyecto” en lugar de una obra terminada. La aprobación del maestro fue total, no tenía nada en contra de lo que este trabajo prometía desde sus esquemas y basamentos teóricos. A escala de idea todo parecía andar bien, solo quedaba realizarlo. La semana siguiente volvieron a reunirse los estudiantes con el artista, y esta vez el alumno llevó la obra terminada. La crítica fue devastadora y el alumno no entendía por qué, y es que lo que se esboza o argumenta no es lo mismo que lo que se realiza.

Si nos remitimos a cualquier obra de arte que nos haya sacudido, constataremos que los resortes conductores de tales emociones no existirían si la misma no se hubiese ya ejecutado, salvo algunos casos muy puntuales en los que el propio proyecto es la obra.

Al menos en el campo del objeto, hasta la sutileza de su presentación contribuye a la comunicación con el espectador y a su fruición estética. ¿Podría valorarse desde un proyecto la obra de Haans Haake, discurso crítico que cuestiona los mecanismos de las instituciones culturales? ¿Es perceptible desde la argumentación teórica el color de Chagall, su humor y su fantasía? ¿Accederíamos desde la lectura de sus intenciones a la fuerza expresiva de las oníricas imágenes de Wifredo Lam? Quizás solo un cinco por ciento de todo el arte que se produce puede valorarse desde lo que el artista proyecta, y esta valoración corre el riesgo de no tener nada que ver con el resultado.

Los ejemplos serían infinitos, pues no imaginamos a un Rembrandt preparando un texto que argumentase La Ronda Nocturna, ni tampoco a una Ana Mendieta diez horas al día frente a Internet llenando engorrosas planillas para ganarse una beca. No quiere decir esto que los artistas no hagan notas, esquemas o bocetos, pero lo hacen para ellos, como la “caja verde” de Duchamp o los estudios de Leonardo. No para convencer a un jurado ni para entrar en un macro evento.

Sin embargo, cada vez encontramos más convocatorias donde lo que se valora para incluir o no al artista, premiarlo, subvencionarlo…, son proyectos en vez de obras. Eso ha dado lugar a que los artistas tengan que enfrascarse en actividades que nunca le simpatizaron, so pena de ser invisibles. Y como los más competentes en el terreno de la creación artística no suelen ser los más versados en la explicación exhaustiva de sus propósitos, cada vez queda más segregado el creador alérgico a las planillas, y gana más espacio aquel otro ¿artista? que se desenvuelve con pericia en la gestación de proyectos.

Presentar proyectos necesita la misma consagración que los artistas dedican a su obra, el mismo tiempo, la misma entrega. Hay que conocer los términos, diferenciar lo que es una  beca de lo que es un programa; saber con exactitud qué escribir en los objetivos generales o en los objetivos específicos; aprender a redactar de forma precisa y completa cada módulo, teniendo en cuenta el máximo de palabras admitidas. Hay que ser un buen editor para elaborar un proyecto efectivo y conocer algo de periodismo para captar la atención de quienes los comienzan a leer, pues a pesar de tanto esfuerzo la mayoría de estos trabajos no son leídos completamente ni una sola vez, más que por su propio autor. Quienes elaboran un proyecto deben actuar casi como los cineastas del cine de entretenimiento, donde los diez primeros minutos garantizan que el público siga viendo la película. No suelen ser sinceros porque obedecen a una convocatoria, y es importante narrar las supuestas intenciones del trabajo de manera que se inclinen hacia los designios de la institución que los convoca.

 No es tan fácil encontrar otro camino, pues la función de muchos de estos concursos es precisamente la financiación de obras que el artista no pudiera costear con sus propios medios. Esa intención es loable, pero el “síndrome de los proyectos” se ha extendido a todos los tipos de eventos artísticos (bienales, salones…) imponiéndose sobre la obra. Esta se traduce en un elegante diagrama virtual de lo que no se hará, eso lo sabemos, pues si el jurado llegase a la sala de exposiciones se sorprendería de que lo que ve no es lo que en el esquema vio, y lo que realmente ocurre no es lo que el texto prometía.

No por esto hay que satanizar la presencia de los proyectos. Cualquier cosa que se lleva a cabo ha sido proyectada, planificada, se han tenido en cuenta ciertos objetivos, se han seleccionado ciertos materiales, se ha pautado un tiempo de trabajo… Los resultados logrados por un artista están respaldados por aspectos no perceptibles que tomaron parte en el transcurso de la construcción de su artefacto.

El hecho de realizar un proyecto hace mucho más conciente al artista de cómo será su proceder, será menos errático, aprovechará al máximo sus posibilidades, andará su camino con una claridad mayor. Un proyecto no tiene por qué ser algo frío o aniquilador de las emociones. Es una planificación de la energía, para hacerla fluir de forma más eficiente.

El descubrimiento intuitivo, irreflexivo, no tiene que desaparecer por el hecho de que el artista elabore un proyecto. Este puede ser flexible y contar con el aspecto emocional de la obra, haciendo valer la impaciencia del impulso creador como parte intrínseca de la acción a llevar a cabo. Trabajar a partir de proyectos puede ser útil hasta en obras tan emocionales como la de Jackson Pollock, que conceptualizada como pintura de acción (action painting), redimensiona su propia gestualidad. No negamos aquí la utilidad de un proyecto ni su efectividad.

Pero una cosa es reconocer la utilización de estos métodos como parte de la creación contemporánea y otra muy distinta es la de confundir el proyecto con la obra, o valorar a un artista a partir de lo que presenta en vez de lo que ejecuta, es decir, sus obras.

Resulta fatuo, además, el obvio engaño de los bocetos para instalaciones que se venden como proyectos, cuando en realidad son dibujos que el artista nunca necesitó hacer para llevar a cabo su obra de gran formato. Son falsos proyectos, a veces realizados en técnicas de grabado que reflejan la escultura o instalación no presente y tienen una función mercantil; es más fácil vender un grabado que una gran escultura y esta estampa refleja el supuesto proyecto realizado para la misma. ¿Quién necesita hacer un boceto en una piedra litográfica? No se trata de un croquis que ayude a pensar o a construir sino de una pose, de un engañoso disfraz para el mercado, con señalizaciones innecesarias y cálculos gratuitos. Un “post proyecto”, una consecuencia de una obra, en vez de su causa.

Al confundir el proyecto con la pieza, los criterios de selección destacarán, cada vez más, a los artistas capaces de presentar elegantes esquemas y textos que cumplen con todas las normas: introducción, objetivos, módulo referente a tal aspecto… Resulta insuficiente valorar la calidad de una obra a partir de lo bien armado de un proyecto el cual, aun siendo portador de ideas interesantes, no garantiza que la obra llevada a cabo contenga esa inatrapable sustancia que identifica al arte. Esa inconmensurable condición está presente en muchas obras que no partieron de un proyecto racional, explicado y presentado ante los jueces, sino de otro más íntimo y críptico, como los que guarda la caja verde de Duchamp.

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