Actualizado el 4 de agosto de 2015

Amor con amor se paga

Por: . 3|8|2015

Silvio Rodríguez: Ahí está uno de los rasgos que más he admirado de Silvio (por encima de la genialidad que lo singulariza como artista), su coherencia, que lo lleva a ofrecer estos conciertos de forma absolutamente gratuita, sin que le reporten ninguna ganancia económica sino todo lo contrario.En la compleja y variopinta red conformada por la blogosfera cubana de uno y otro signo, donde podemos encontrar de todo como en botica, uno de los blogs que más suelo seguir es el denominado Segunda Cita, llevado a cabo por Silvio Rodríguez. En una reciente entrega de dicha bitácora, el profesor universitario, poeta, ensayista y otrora miembro del grupo fundador de mi querida revista El Caimán Barbudo, Guillermo Rodríguez Rivera, publicó un texto denominado «En torno a la censura», escrito a partir de la retirada de las tablas, por decisión del Consejo Nacional de las Artes Escénicas y del Centro de Teatro de La Habana, de «El rey se muere», obra escrita por ese autor de culto que es Eugène Ionesco para discursar sobre la tipología del poder, el esplendor y la decadencia de un reinado o régimen político, y que fuese montada y dirigida por Juan Carlos Cremata para su grupo El Ingenio.

Con la agudeza que le es característica, Rodríguez Rivera trasciende este incidente, para ir a la esencia del problema. Porque se puede estar a favor o en contra del procedimiento adoptado por la aludida instancia del Ministerio de Cultura como manifestación de los niveles de permisividad otorgados al arte en Cuba como expresión de la conciencia social, pero en una u otra postura habrá que admitir que lo sucedido es un caso más de los tantos registrados en el devenir de fricciones y encontronazos en el tema de las relaciones entre política y cultura en Cuba desde 1959 hasta nuestros días, muestra de que el diferendo en torno al papel del arte en la sociedad resulta un asunto no resuelto ni en la teoría ni en la práctica socialistas.

Ello corrobora aquella idea de Marx en la que decía que la historia suele repetirse dos veces, primero como tragedia y después como farsa. Como en un teatro, mudan los bocadillos, los actores y los escenarios pero el guión de la obra mantiene –o amplifica– sus peores subtramas. Como bien afirma el profesor de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, en su post fechado el lunes 27 de julio: «La censura cancela los problemas, los oculta, no los resuelve: a lo sumo, lo que hace es meter la basura debajo de la alfombra, no limpiar la casa.»

Apenas unas horas después de que viese la luz el texto «En torno a la censura», gracias al flujo informativo que hay en el ciberespacio, se conocía la noticia de la entrega, el miércoles 29 de julio, del Premio por el servicio a la nación «Monseñor Carlos Manuel de Céspedes» al proyecto «Gira del colectivo Ojalá por los barrios», iniciativa del trovador Silvio Rodríguez Domínguez. El galardón es concedido por Cuba Posible, una Plataforma de Análisis y Diálogo creada por los intelectuales Roberto Veiga y Lenier González, antiguos editores de la revista cubana Espacio Laical, y que ha sido acogida por el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo de la ciudad de Cárdenas (CCRD-C), en la provincia de Matanzas.

Con motivo del primer aniversario del fallecimiento del que fuera tataranieto de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, y acorde con la concepción humanista que posee el proyecto Cuba Posible, a fin de pensar al país y a los cubanos con una vocación inclusiva y ecuménica por medio del diálogo, fue que se constituyó el Premio por el servicio a la nación «Monseñor Carlos Manuel de Céspedes». El galardón se crea para premiar a personas e instituciones que han contribuido a la promoción de los valores humanísticos, al diálogo como metodología para toda gestión social, y al patriotismo como virtud nacional.

Curiosamente llama la atención que este importantísimo acontecimiento haya sido soslayado por la prensa cubana en su conjunto. No sé si el silencio responde a un criterio de censura por parte del parecer oficial, dado que Cuba Posible es una organización aún sin reconocimiento del Estado cubano, o es expresión de autocensura de mis colegas, a fin de cuentas entre nosotros la superestructura no se ha transformado tanto como se ha pretendido (la autocensura es expresión de esa limitación sociopolítica y, además, crítica suya).

Ya sea uno u otro el caso, lo cierto es que con la entrega de este premio a Silvio Rodríguez y su equipo de Ojalá, que por espacio de cinco años han llevado adelante la idea de gira por los barrios más vulnerables de nuestra sociedad (proyecto que no ha tenido continuación por parte de otros artistas de forma individual o por las instituciones cubanas, como cabría esperarse) y que ha puesto a la disposición de la gente sencilla residente en zonas marginales diversas manifestaciones de la cultura, Cuba Posible reconoce la obra de Ojalá como un aporte medular y sensible para colocar los ideales de justicia e igualdad en el centro del pensamiento de nuestros compatriotas. A fin de cuentas, como recoge el refranero popular, amor con amor se paga.

Según se dice en la fundamentación por haber concedido este galardón al proyecto «Gira del colectivo Ojalá por los Barrios»: «La primera entrega de este premio distingue al colectivo que gestó y simboliza un proyecto de especial significado cultural y social, y subraya tres cualidades de esencial relevancia: la capacidad del proyecto para hacer participar de él a un número amplio de personas e instituciones, la profundidad cultural de su propuesta y la calidad moral con que ha dialogado con sus públicos.»

Y se agrega: «Los espacios en los que ha tenido lugar el proyecto “Gira del colectivo Ojalá por los Barrios” muestran una Cuba en toda su magnitud, su diversidad, su sensibilidad y, también, muestran la permanencia de sus desigualdades, de su pobreza, de sus carencias. El Premio celebra la sinceridad con que el proyecto ha afrontado las realidades cubanas y, sobre todo, la pasión que sostiene el proyecto todo: la pasión por el pueblo cubano, conociéndolo y respetándolo en su profundidad y, al mismo tiempo, tratándolo como un pueblo de ciudadanos con iguales derechos a la elaboración de lo público, a la dignidad de la vida y a la creación de la belleza.»

Ahí está uno de los rasgos que más he admirado de Silvio (por encima de la genialidad que lo singulariza como artista), su coherencia, que lo lleva a ofrecer estos conciertos de forma absolutamente gratuita, sin que le reporten ninguna ganancia económica sino todo lo contrario. O no aprendí nada de periodismo durante el período en que cursé la carrera ni en los casi treinta años que llevo ejerciéndola como profesional, o lo cierto es que una acción semejante, distinguida con un premio que honra obras inspiradas en los valores que defendió en vida el padre Carlos Manuel de Céspedes, merecería la mayor divulgación que esté a nuestro alcance. Pero no es solo lo anterior lo que hace todavía más criticable el silencio que ha prevalecido en este caso. Está también la magnitud de la figura que ha dado nombre al galardón.

Para quienes no conozcan quién es Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal, vale decirles que él fue ordenado como sacerdote en Roma en 1961. De retorno a Cuba en 1963, padeció de los enfrentamientos e incomprensiones que por la época se dieron entre el Estado y la Iglesia. De las múltiples funciones que cumplió en su trayectoria como intelectual, podría resaltarse que fue rector del seminario de San Ambrosio y San Carlos, escribió varios libros, participó de manera activa como colaborador en numerosas revistas y fue miembro de la Academia de la Lengua de Cuba.

Con reproducir solo un fragmento de una conferencia ofrecida en la revista Católica Espacio Laical, pocas semanas antes de su muerte, se puede tener una idea general del pensamiento que siempre le animó: «Quienes me conocen bien, saben que el último camino, el del neoliberalismo, no es el que yo deseo para la Casa Cuba, sino más bien, el primero, el de un socialismo más participativo y democrático, al que parece nos desean conducir los actuales cambios en lento proceso de realización».

Por supuesto que los herederos del inmovilismo ideológico delineado por Stalin y que, incluso hasta de buena fe, son partidarios de que solo el pensamiento oficial posee el privilegio de la verdad, no podían ni pueden comulgar con las objeciones de monseñor Carlos Manuel acerca de la práctica de gobierno y la estructura política de la sociedad y del Estado en nuestro país a partir de 1959. Como ha afirmado el poeta y Doctor en Ciencias Rafael Acosta de Arriba en el trabajo «Cuba como pasión»:

«Ese distanciamiento se expresó en un grupo grande de objeciones a la forma de gobierno existente en el país. En su opinión, sigo apelando a sus escritos, era evidente la pobre eficacia demostrada por el sistema en su conjunto. Esto se puede seguir en observaciones suyas en las que se advierte la necesidad de una mayor participación ciudadana en las cuestiones decisoras del rumbo nacional, el imperativo de reformular la Constitución vigente (o hacer una nueva) reemplazándola por una mayormente congregante y ecuménica, con posibilidades de perdurabilidad; la urgencia de una mayor atención por parte de las políticas públicas relacionadas con los rezagos de discriminación racial aún subsistentes en la sociedad cubana (crítica de la que no escapaba la propia Iglesia); la necesidad de una mayor atención a la recuperación de la considerable fractura sufrida por la familia cubana en todos estos años; la urgencia en fortalecer la eticidad de las personas sin asociar obligatoriamente lo ético a una premisa ideológica; tal era el desmoronamiento de los valores morales en la sociedad que advertía con tristeza y dolor. La necesidad de definir el rumbo futuro del país antes de que desapareciera la dirección histórica de la Revolución también lo inquietó.

«Para Carlos, fue esencial que se colocara, efectivamente, la preocupación por la elevación de la calidad de vida de los cubanos en el centro de la agenda gubernamental. Igualmente importante para su comprensión de la situación de la Nación era que se amplificara el nivel de tolerancia de la política ante el disenso. En atención a estas cuestiones de la política y la civilidad consideró necesario el fortalecimiento de la estructura jurídica para la protección y articulación de los derechos y deberes de las personas, la familia y el Estado, así como de otras realidades socio-políticas, culturales y religiosas. Clamó por la necesidad de nuevos juristas y políticos. Es decir, era preciso avanzar con fuerza hacia un verdadero estado de derecho, sólido, articulado y acordado, no un enmascaramiento feliz del mismo. En otros aspectos, consideró apremiante fortalecer la pobre formación general y humanística de la población y de los jóvenes, en particular de los universitarios, así como reconsiderar la validez de la pena de muerte y el ámbito de los denominados “delitos políticos”.»

A quienes deseen saber más sobre este eminente intelectual y que fuese Director del Secretariado General de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, canciller del Arzobispado, miembro de varios departamentos del Consejo Episcopal Latinoamericano y consultor del Pontificio Consejo para la Cultura de la Santa Sede, les recomiendo leer el libro Monseñor Carlos Manuel de Céspedes se confiesa, escrito por Luis Báez y Pedro de la Hoz, y publicado por la Casa Editora Abril. Por lo pronto, quiero agregar que como se expresa en la convocatoria al Premio por el servicio a la nación Monseñor Carlos Manuel de Céspedes:

«Su mirada penetrante fue capaz de buscar en el pasado colonial y republicano, y desde ahí, aferrado a un humanismo de raíz cristiana, desarrolló dinámicas positivas para el presente y propuso cauces posibles para el futuro nacional. En esta gestión, jamás renunció a sus principios, comprometidos con un ideario redentor y con la cultura cubana, así como con la defensa de la soberanía nacional, de la democracia política y de la justicia social. Por otro lado, lo hizo al modo de un “hombre-puente”, abierto siempre al diálogo franco y fraterno, incluso con aquellos que no coincidían con sus posiciones. Sobre estos pilares, además, cinceló una manera altruista de concebir y construir la cubanía. En esto radica el poderío de su legado, que trasciende identidades particulares y acoge a toda la nación.»

Y vuelvo a los decires de Rafael Acosta de Arriba, quien ha asegurado: «El pensamiento de monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal es, por lo tanto, el ideario resultante de la densa cultura acumulada, de un amor incontestable por Cuba y de una tentativa infatigable por penetrar el futuro de la Patria. Se habla de ocho volúmenes en los que se compilará toda su obra escrita, pero apunto algo que me parece importante, su persona fue tan notable o más que su obra. Como intelectual, su norte fue la duda, como sacerdote, la fe, entre una y otra se movió su inquieta mente, al fondo, rondaba lo que llamó “nostalgia de futuridad”, es decir, la Esperanza. Carlos se consideró siempre parte y fruto de la tradición política y cultural del país y habló desde ella, ahí radica su fuerza.»

Con lo dicho, se comprenderá por qué me parece un verdadero dislate que la entrega del Premio por el servicio a la nación «Monseñor Carlos Manuel de Céspedes» al proyecto «Gira del colectivo Ojalá por los barrios» no se divulgase en los medios de comunicación del país, como debió ser. Aunque muchos no lo hayan interiorizado en su justa dimensión, después del 17 de diciembre de 2014 y en especial, del 20 de julio de 2015, como asegurase Guillermo Rodríguez Rivera en el post del que hablé al comenzar el presente texto: «…, creo que en las actuales circunstancias de Cuba, las ideas van a hacerse cada vez más importantes, más protagonistas de los escenarios que aguardan al país. Estamos ante un sistema que está cambiando y aunque oficialmente hayamos circunscrito el cambio a lo que se ha llamado la “actualización del modelo económico” vigente en Cuba, las transformaciones van a ir necesariamente más allá, porque esa “actualización” va necesariamente a trascender al plano ideológico. Al menos, ese es uno de los fundamentos del marxismo.»

Por último, creo oportuno acotar que la gira interminable por los barrios, de Silvio y su equipo de Ojalá, la plataforma de diálogo y análisis Cuba Posible, y el fallecido Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal tienen en común funcionar a manera de puente entre los cubanos y dar una nítida señal de que se puede vivir y convivir entre todos de mejores maneras. Igualmente, tanto la suspensión de la obra «El rey se muere» como el silenciamiento de la primera entrega del Premio por el servicio a la nación «Monseñor Carlos Manuel de Céspedes» corrobora la vigencia de una idea de Rosa Luxemburgo cuando afirmaba que no sería posible el socialismo sin democracia ni la democracia sin socialismo.

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