Actualizado el 27 de enero de 2016

El bosque de Nadie

Por: . 7|9|2015

“La diferencia entre un intelectual

de Occidente y uno que se encuentra tras la

cortina de Hierro, radica en que al

primero aun no le han dado una buena

patada en el trasero”.

CzesławMiłosz

 

El sol no puede taparse con un dedo: la crítica de arte, la educación de la mirada y el juicio estético no son prioridades para Nadie en el vasto bosque que simboliza la cultura cubana, pues sus resultados no implican una producción material. Al contrario, sus esfuerzos se encausan en un terrero subjetivo de aportaciones simbólicas y hasta subversivas. La crítica de arte cubano en la actualidad atraviesa un momento de inquietante distención y pérdida de eticidad. No solo asistimos a la fractura del oficio, que vivió sus mejores momentos durante el pasado siglo, legitimando y educando al ritmo de la producción simbólica que atendía y muchas veces anticipaba; también presenciamos, de forma frecuente e inevitable, incontables ausencias de las voces que desde las décadas del ochenta y el noventa dedicaron sus esfuerzos a construir un relato de nuestro panorama visual —amén de que algunos                exponentes emigraron y por diversas razones se alejaron de esta práctica. Pero esos silencios distan mucho de responder al abandono o al cambio de disciplina. Sobre ellos se vierte el desánimo, el peso de la burocracia institucional, la maliciosa intensión de algún que otro funcionario obtuso y un velo de silencio  —oficialmente invisible— que nos sumerge en el terreno de las simulaciones.

Todo ello ha tenido visibles consecuencias para el ejercicio del criterio y para el propio sistema que representa el arte. Resulta inexplicable que la crítica más reciente rehuse a explicitar un criterio y en su lugar emita apologías, que muchas veces son pretextuales y bordean al artista o fenómeno objeto de estudio, para encaminar las reflexiones sobre cuestiones egocéntricas que no vienen al caso —a veces tengo la sensación de que leo una bitácora donde la palabra más repetida es “yo”—, o peor aún, para rellenar líneas con citas de autores foráneos en pocas ocasiones pertinentes. Es complejo entender por qué muchas veces es la esposa/o, hermana/o, primo/a o mejor amiga/o de un artista quien proporciona una reflexión sobre su obra o quien realiza la curaduría de su muestra. Esto no quiere decir que el parentesco sea nocivo en cuestiones de análisis. Hay excepciones donde prima la objetividad, pero casi siempre los resultados muestran la disfuncionalidad de esos consorcios; lamentablemente en el arte cubano todo no puede quedar en familia.

Por otra parte, desde hace algunos años, una suerte de mito suburbano ha ido acrecentándose de boca en boca, para convertirse en un secreto a voces que muchos desean. Se trata del pago al servicio del crítico, quien recibe una tarifa previamente acordadapor su labor. Los cien dólares por cuartilla son una aspiración que se ha readecuado como metáfora de éxito, frente a las escuálidas remuneraciones que reciben los autores por concepto de colaboración en las publicaciones cubanas. Ciertamente, sólo las revistas foráneas ofrecen un pago más o menos razonable —de ahí la evidente migración que se nuclea alrededor de ellas—, pero en el caso de estos servicios particulares se hace inevitable cuestionar hasta qué punto son sinceros o positivos; es lógico que quien escriba conociendo que cada folio tiene un precio fijo, lo haga para la absoluta complacencia del otro, como también resulta coherente que quien paga espere una montaña de lisonjas para sí. Se trata de un juego mutuo de autoengaño donde ambas partes son tan beneficiadas como desestimables.

El resultado de estas fracturas suele ser la desarticulación del juicio, lo cual hace plausible que una exposición sea alabada por un lado o juzgada por otro, arbitrariamente. Si bien las contradicciones enriquecen el contexto y le otorgan dinamismo, no es causa del azar que una opinión se muestre absolutamente venerable con una exhibición, mientras que otras descubran aspectos negativos en la misma; ese encuentro cómplice de las voces se halla en peligro de extinción o aparece por momentos como una rara avis.

El sol no puede taparse con un dedo: la crítica de arte, la educación de la mirada y el juicio estético no son prioridades para Nadie en el vasto bosque que simboliza la cultura cubana, pues sus resultados no implican una producción material. Al contrario, sus esfuerzos se encausan en un terrero subjetivo de aportaciones simbólicas y hasta subversivas. La figura del crítico aun hoy emerge con el prejuicio del que juzga, del estudioso pedante que no es capaz de hacer; y los textos, si son leídos, pasan al olvido sin cambiar nada. Irónicamente, todo esto ocurre desde la autoconciencia del que escribe, que continúa su labor por inerciao por idealismo. Creo que las palabras del poeta Juan Carlos Flores ilustran de un modo abrumador el estado de las cosas “…porque el que escribe o el que piensa es como el que está enterrado en un cementerio, pero en una fosa común”.

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