Actualizado el 14 de septiembre de 2015

Más allá de la Institución Arte

Por: . 10|9|2015

...el observador es el que construye la realidad, entonces nuestra tesis de que es el espectador quien construye la obra de arte no es demasiado atrevida. El espectador estaba saturado. Visitaba cada exposición con la ilusión de encontrar algo que lo conmoviese, pero siempre hallaba similares propuestas, repetidos discursos marcados por referencias que ya conocía; sus conocimientos de la Historia del Arte ni siquiera le dejaban la oportunidad de reinventar sus condicionadas interpretaciones.

Hasta los lenguajes más irreverentes habían dejado de sacudirlo. En ocasiones tropezaba con excelentes pinturas que en el fondo no eran más que variaciones de otras ya vistas. Las instalaciones, tan atrevidas hace algunos años, repetían constantemente los mismos códigos, los mismos recursos. Lo que encontraba en el videoarte ya era tan esperado que le daba sueño. El llamado “arte experimental” había dejado de hacer honor a su nombre, y lo que se etiquetaba como “conceptual” parecía venir envuelto en papel celofán como un regalito. Todo se había encorsetado en palabras huecas y sin sentido.

Aburrido de encontrar siempre lo mismo, torció el camino y entró a un museo de ciencias. De pronto se iluminó al comprobar que su capacidad de percepción no había desaparecido, sólo se había inmovilizado por la pereza, por una especie de congelación. Ahora despertaba. Se vio frente a un objeto que aunque no se proponía como arte le estimulaba su capacidad de pensar y sentir como si de ello se tratase.

Ya le había sucedido algo así cuando un día pasó distraído junto a unos cristales y se sintió iluminado por unas luces de colores. Aquella tarde torció su cabeza y no tuvo la menor duda de encontrarse en una galería de arte, pues encima de un pedestal se alzaba una estructura de tubos metálicos que terminaban en bombillos ahorradores de colores en diferentes direcciones. Era muy ingenioso aquel objeto, y lo que más le asombraba era la inteligente utilización del material, pues algo tan vulgar como una multitud de bombillos comunes se convertía, dentro de esa estructura mágica, en una ciudad fría, mecánica y a la vez hermosa a su manera, o por lo menos inquietante.

Pensando ya en la Escuela de la Bauhaus —no podía evitar su costumbre de relacionar unas obras con otras en busca de sus influencias— buscó en el pedestal el nombre del escultor. Por supuesto, la ficha técnica no aparecería nunca, pues no se trataba de una galería sino de una tienda de lámparas y el objeto en cuestión no era más que un artefacto diseñado para facilitar la venta de las bombillas.

Determinar si estamos o no frente a una obra de arte se ha vuelto complejo en nuestros días. Al parecer sólo la institucionalización de un objeto o acción puede definir este dilema. La voracidad del arte contemporáneo para convertir en medio de expresión cualquier elemento visible (o invisible) ha enriquecido las posibilidades de los lenguajes artísticos al romper las barreras entre las manifestaciones tradicionales. Esto ha  ensanchado las opciones de los creadores,  pero al mismo tiempo ha hecho irrespetable a toda obra que no se presente amparada por una prestigiosa institución que la avale.

En otros tiempos la institución legitimaba una escultura y desechaba otra, enaltecía una pintura y discriminaba otra… pero se trataba de una selección bajo un criterio de calidad, no cabía duda de que estábamos hablando de pinturas, esculturas, grabados… es decir, de obras que en algunos casos se avizoraban como trascendentes y en otros no. Algunas se valoraban como logradas y eficientes, mientras que otras se consideraban mediocres o poco importantes (luego la historia esclarecería los equívocos), pero todas eran consideradas obras de arte o al menos como intentos por llegar a serlo.

Analizar este fenómeno resulta complejo, porque mientras más amplias sean las posibilidades de los lenguajes artísticos, más libre será el espíritu del creador y mejor se expresará. Lo que aquí ponemos en evidencia es que el precio de esta riqueza ha tributado a la institución Arte; no ya el papel de legitimar qué obras tienen valor y cuales no, sino el de definir y determinar la propia existencia de las mismas.

...solo observamos que a partir de ese momento histórico el artista comenzó a depender cada vez más del amparo institucional.Un cuadro en un museo es interpretado como una obra valiosa, mientras que ese mismo cuadro en una pizzería es considerado una obra menor; pero La Fuente de Marcel Duchamp sólo es entendida como una obra de arte, mientras se encuentre en el museo, pues apenas se coloque en un baño público todo el que entre orinará en ella. Es con este asombroso ready made que comenzó a entregarse a la institución el poder de definir qué es o qué no es una obra de arte. Eso no hace a Duchamp culpable de la actual confusión sobre el tema y tampoco disminuye su grandeza, solo observamos que a partir de ese momento histórico el artista comenzó a depender cada vez más del amparo institucional.

Antes de la existencia de este poder ilimitado —que pone a los artistas al servicio de las instituciones en vez de funcionar éstas al servicio de los artistas—, el público no se confundía, como nuestro espectador, delante de una tienda de lámparas. Se preguntaba este, ante aquel objeto maravilloso, por qué no podía gozar el mismo de un espacio en la Bienal de Venecia y por qué no aparecía el nombre del autor de aquella “escultura”, de aquel objeto que lo había seducido (no solo en el sentido visual) mucho más de lo que habitualmente encontraba en las galerías de arte.

Pongamos ahora un ejemplo concreto que ilustra lo que estamos hablando. Imaginemos que llegamos a una sala de exhibición (no diremos todavía donde) y encontramos un objeto llamado  La piel del agua.

El objeto consiste en dos chorros de agua que se cruzan uno frente al otro. La extraña fuente está en una caja de vidrio. El espectador aprieta un botón y los chorros comienzan a ser iluminados por una luz parpadeante. Ante nuestros ojos las líneas de agua parecen compuestas por piedras de cristal estáticas, sostenidas en el espacio por un invisible cordón que las ata como si fuesen cuentas de un collar.

Por supuesto, estamos en un museo de ciencia, en este caso en la Cosmo Caixa de Barcelona,  pero bastaría trasladar este objeto a una galería para que el mismo fuese tomado por una obra de arte. Se trata de una demostración científica  sobre Los efectos de la tensión superficial.

El texto que lo acompaña reza: “Con luz natural, este chorro parece un objeto continuo, pero iluminado con luz parpadeante (estroboscópica), aparece compuesto por gotas esféricas. En la superficie libre de los líquidos, las moléculas no están completamente rodeadas por otras moléculas. Esto resulta en una fuerza, llamada Tensión superficial, que hace que la superficie se comporte como una membrana elástica. Las gotas tienden a su estado de mínima energía potencial, para lo cual minimizan su tensión superficial, que es tanto mayor cuanto mayor sea su superficie. En consecuencia, la gota adopta la forma que tiene la superficie más pequeña para un volumen dado: la esfera.”

Ni siquiera tendríamos que modificar demasiado el texto científico —que por otro lado no es siempre leído por los visitantes— y el propio título de la obra (La piel del agua) es tan certero, metafórico y poético como muchas obras de arte. La elegancia de la presentación, el deleite estético que se deriva del experimento —el efecto de la luz parpadeante sobre el agua— y la participación del espectador que acciona la pieza bastarían para etiquetarla como una obra de Arte Interactivo.  El efecto visual que nos hace ver los chorros de agua como piedras flotantes en el espacio sería etiquetado como Op-Art por más de un crítico, al relacionarlo con los experimentos visuales de artistas como Carlos Cruz-Diez. Sobrarían las referencias a Víctor Vasarely y demás pioneros del Arte Óptico. Las interpretaciones serían infinitas, más allá de lo lúdico o del placer puramente retiniano.

Otra pieza del mismo museo que bien pudiera considerarse como obra de arte consiste en una caja de vidrio que aprisiona una superficie de arena. Al golpear un botón surgen montículos en diversos espacios de esa superficie, alterándola siempre pero nunca de igual forma. Es una demostración de las infinitas probabilidades del azar. Junto al objeto un título sugerente: Incertidumbre, una propiedad del paisaje. Muchos de los visitantes de este museo no prestan demasiada atención a las explicaciones que acompañan a estos objetos, a causa de su complejidad científica, pero todos gozan de ellos y los interpretan exactamente como si estuviesen frente a un cuadro de Picasso. La fruición estética juega en este caso un papel más importante que la información científica. La profesionalidad de los videos y las fotografías, el diseño y la presentación tienen todo el aspecto de un museo de Arte Contemporáneo.

Como ejemplo de la existencia del Arte más allá de su institucionalización, más allá de la etiqueta que lo nombra como tal, recordemos la muestra realizada durante el año 2014 en la galería Luz y Oficios, consistente en objetos y vestidos elaborados para las Parrandas de Remedio. El nombre de la institución (Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño) justificaba con su última palabra la posibilidad de exhibir tales objetos en una sala de exposiciones, ya que se trataba de artefactos no valorados como arte. Ante el cuidado de las veladoras por evitar que el abundante público pisara los vestidos, los propios diseñadores les decían: “No los cuiden tanto que están hechos para bailar con ellos en la calle.”

¿Habrá llegado ya el momento soñado por Joseph Beuys de integrar el arte a la vida? ¿Tendrá sentido continuar creyendo las apreciaciones subjetivas y discriminatorias de las instituciones que deciden qué es o qué no es una obra de arte?

Un cuadro en un museo es interpretado como una obra valiosa, mientras que ese mismo cuadro en una pizzería es considerado una obra menor; pero La Fuente de Marcel Duchamp sólo es entendida como una obra de arte, mientras se encuentre en el museo...Por supuesto, muchos perderían suntuosas ganancias si desapareciese ese sistema promocional competitivo y mutilador de sensibilidades que llamamos “el mundo del arte”. Pero el espectador es quien tiene la última palabra. Un amigo que hace muy buenas fotos me dijo una vez que el arte no había que construirlo porque ya estaba, que solo se trataba de verlo. Este fotógrafo se nutrió de las huellas del clima y los rasguños del tiempo sobre las superficies metálicas de las casas improvisadas para edificar su serie Óxido. Es un ejemplo de cómo quien mira y valora es el que construye la obra, y si los físicos cuánticos argumentan que el observador es el que construye la realidad, entonces nuestra tesis de que es el espectador quien construye la obra de arte no es demasiado atrevida.

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