Actualizado el 13 de noviembre de 2015

Cuando la Institución condiciona la Creación

Por: . 9|11|2015

Desde el poder institucional, como curador o especialista lo mismo puedo crear una realidad que otra contraria, y el público siempre me creerá sea cual sea mi tesis.El estado de creación sólo puede considerarse como tal si se trata de una vivencia que se manifiesta en entera libertad, con un sentimiento de entrega y en un estado de plena concentración. Si estás distraído no estás creando, si estás pensando en obtener algo a cambio de lo que creas, entonces no estás en ese momento trascendente en el que la creación ocurre.

Todos alguna vez hemos creado algo, no solo los escritores, los artistas y los científicos, también las demás personas. Durante el juego los niños desarrollan su fantasía creando historias y las viven de forma tan intensa que las creen reales a cada instante. En el momento creativo no recuerdas nada, no piensas en el pasado ni en el futuro, porque estás demasiado concentrado como para reparar en lo que te rodea. El fumador se olvida de fumar y hasta el hambriento olvida su hambre porque es un momento en el que está más allá de su cuerpo, de sus apetitos, de su historia personal.

El soplo creador es como el orgasmo de un enamorado, como la meditación de un budista, es un estado mágico del ser, una especie de iluminación en la que se plasma una idea. No importa si se modela en palabras, en un objeto, en una ecuación matemática o en una acción; sea cual sea la forma que tome, sea un texto, una obra plástica o una solución a un problema científico, lo que hay de común en todo ello es que el acto creativo se ha manifestado.

Podemos citar diversos ejemplos históricos que demuestran cómo la creatividad proviene de una necesidad interna por encima de cualquier pretensión terrenal: el Marqués de Sade no se contuvo de escribir porque le quitaran la pluma, porque no le publicasen ni porque lo encarcelaran; Kafka quemó el 90 por ciento de sus textos; y Bach, en su fervor religioso, atribuía sus creaciones a una conexión con Dios y no a su propio talento. Y es que en la creación no hay espacio para el egocentrismo ni para el lucro, el ego interviene a posteriori (escribí este libro y quiero publicarlo, pinté este cuadro y quiero venderlo) pero no en ese lapso en el que la creación se manifiesta.

En los beneficios se puede pensar después; el creador puede auto glorificarse (realizar una exposición, patentar un invento, publicar un libro, hacer un concierto) y tiene pleno derecho a ese reconocimiento por su trabajo realizado. Como también tiene derecho a sacarle partido económico, en eso estamos de acuerdo, pero esto es algo que pertenece a la vida social, práctica, y no al instante de la creación. El relámpago de la creación acontece cuando no hay coacción, y pensar en cualquier beneficio posterior representa un condicionamiento, una imposición, una violenta camisa de fuerza a la posibilidad de que ese momento mágico se manifieste.

Es cierto que hay valiosas obras de arte que fueron realizadas por encargo, y esto pudo haber contribuido a la motivación del artista; pero el éxito de estas creaciones ha sido posible o bien porque el artista se identifica con su productor y comparte sus ideas (Guernica de Picasso, cuadro que le encargara el Gobierno de la República para el pabellón español de la Exposición Universal de París) o, en caso contrario, por la rebelión del mismo contra los condicionamientos del compromiso asumido (la bóveda de la Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel, quien exigió plena libertad en el diseño de la decoración). En ambos casos no se traiciona la fluidez de la creatividad y la obra llega a lograrse. Pero aunque en varios ejemplos de encargos la creación tenga posibilidades de salvarse, nunca fluirá con la misma libertad que cuando el creador se manifiesta bajo su propio impulso, sea en el estudio o en el laboratorio.

¿Qué ocurre cuando esta obra, genuinamente creativa, deja de atenderse y la mirada se dirige a aquella otra en la que el creador tiene que “entrar por el aro” de las estrategias curatoriales de los magnos eventos de las artes plásticas, de los condicionamientos del mercado, de las imposiciones de las firmas discográficas o de las exigencias esquemáticas de los concursos literarios?

Uno de los campos en el que estos condicionamientos han atrofiado más la creación es el de las Artes Plásticas. El artista plástico que verdaderamente obedece a su instinto, y vive la experiencia creativa tal como la hemos descrito (ese momento desinteresado que trasciende el tiempo y el espacio, esa descarga visceral en la que no tienen cabida otros pensamientos que los que dan solidez a la obra), está cada vez menos presente. El precio de su libertad lo hace invisible, pues no coincide con los intereses de las instituciones, con sus estrategias y con los temas generalizadores que ellas imponen en obediencia a los poderes que las sustentan, sean económicos o políticos, en dependencia de la latitud donde residan.

De alguna forma la institución legitimadora continúa siendo necesaria: de no existir no hubiesen valores de selección, y ante la ausencia de filtros estaríamos frente a un devenir de productos pseudo artísticos que solo traerían una gran confusión. No negamos aquí la capacidad educativa que pueda tener una editorial o un centro de arte. El problema no está en la existencia de los procesos selectivos, o en lo injusta que pueda ser la determinación de un jurado, porque luego la historia suele encargarse de purificar esos errores humanos, esas limitaciones.

El problema está en que las funciones originales de las instituciones han cambiado. Se supone que las mismas promuevan, bajo los criterios de valor de sus especialistas, el arte que se está produciendo en este o aquel contexto; es decir, que las investigaciones, las exposiciones, los diversos eventos, sean la traducción y canalización al público (¿a quién si no?) de una realidad existente en el terreno de la creación. Pero las instituciones no están haciendo esto, las instituciones están “creando” el panorama artístico.

Desde el poder institucional, como curador o especialista lo mismo puedo crear una realidad que otra contraria, y el público siempre me creerá sea cual sea mi tesis. Si desde la institución pretendo demostrar —es un ejemplo— que la pintura ha muerto, organizaré una gran exposición de video artistas, aunque existan miles de pintores; y el público pensará que solo hay video artistas, o que el videoarte es ahora lo más interesante y que la pintura es cosa de ferias. Pero si quiero demostrar que la pintura está más viva que nunca, entonces selecciono solo pintores y de nuevo estoy ignorando una avalancha de creadores que para nada emplean un pincel.

El ejemplo resulta algo burdo, la realidad es más refinada, pero funciona para explicar con claridad lo que aquí manifestamos. En nuestros tiempos el poderío institucional es tal que la auténtica creación, aquella que viene desde adentro, aquella que no se prostituye, tiene todas las de perder. Claro, continúa existiendo, porque es inevitable y deliciosa para el creador, pero corre el riesgo de pagar un tributo demasiado caro: La invisibilidad.

¿Puede manifestarse la creatividad, al menos del modo en que aquí la hemos explicado —con entrega, libertad y autenticidad— cuando el supuesto creador está complaciendo los parámetros dictados por una institución promotora, cuando se subordina a un tema impuesto por la misma para poder participar en un evento legitimador?

Si coincidimos en que para que el acto creador se manifieste es ineludible ese estado desinteresado y altruista, cuya huella nos estremece al contemplar una obra de arte —esa espiritualidad que emana de un cuadro de Frida Kahlo, el nivel reflexivo que encontramos en una película de Andrei Tarkovski o aquel torrente de energía que nos dejó Janis Joplin—, no resulta favorable condicionar la producción artística en modo alguno.

Desde la institución se decide qué problemáticas son las que el artista ha de abordar en este u otro evento a través de un título o de una convocatoria. Los eventos, lejos de ser un reflejo de lo que los artistas hacen, provocan que estos se conviertan en un reflejo de lo que las instituciones enuncian. Son más los artistas que quieren legitimar sus obras en las instituciones que los especialistas que quieran conocer qué es lo que verdaderamente están haciendo los creadores en sus estudios.

Como en cualquier otra relación de oferta y demanda, uno de los dos polos tiene el poder y dicta las reglas. En este caso el poder pertenece a la institución, y para subsistir los especialistas no precisan salir a hacer “trabajo de campo” e investigar lo que realmente sucede sino que son los artistas los que necesitan de la institución para hacerse visibles.

El resultado es que los especialistas trabajan con aquellos artistas que se acercan a las instituciones y complacen los términos que las mismas establecen. Al complacer las exigencias de las instituciones artísticas, del mercado y de los criterios de los curadores a fin de ganar un poco de notoriedad, quien sale padeciendo es la creación artística misma, pues ha tomado esta o aquella forma condicionada por factores externos y muy ajena a lo que diferencia el arte de cualquier otro producto: El haber sido hecho bajo la vibración propia de la creación, es decir (ya sé que sonará cursi porque hasta ahí hemos llegado) por un acto de amor.

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