Actualizado el 26 de enero de 2016

La sangre azul de Annie Leibovitz

Por: . 26|1|2016

Ni a favor ni en contra de nada está quien condujo el retrato a su máxima expresión comercial. En el 2008, LeBron James se convirtió en el primer hombre de raza negra que Vogue sacaba en portada y tercer varón en el trayecto de la revista, tras Richard Gere y George Clooney. El galáctico alero de los Cleveland Cavaliers aparecía junto a la supermodelo brasileña Gisele Bündchen. Aunque el montaje desató polémicas, ya que medios especializados y redes sociales lo compararon a la escena de King Kong sujetando piadosamente a su frágil criatura. Causa y efecto mediático eran obra y gracia de la fotógrafa de origen judío Annie Leibovitz (Waterbury, Connecticut, 1949).

Algo que obviaron los cronistas es que esa mezcla de virilidad y belleza podría ser un retrato simbólico de la pensadora y activista Susan Sontag (1933-2004), a quien también se le recuerda por ser la mujer que mejor lució un mechón de pelo blanco en contraste con su pelo negro y, por sus relaciones sentimentales con hembras de swing heavy, entre las que se incluye Annie Leibovitz, con quien anduvo unos dieciséis años de su vida.

Annie Leibovitz documenta plásticamente esa fusión de radicalismo y sensualidad que distinguió a la postura intelectual de Sontag, feminista que evitó centrarse en militancias de género. Annie es un remake light del primer Richard Avedon, incapaz de sobrepasar el listón fantasioso de clásicos como Irving Penn o Helmut Newton. Ella plasma un mosaico de situaciones donde no hay por qué ir a los extremos. La ausencia de canon ideológico rige la “actitud como accidente” de Leibovitz, sin arriesgarse a negar el diálogo visual entre lo privado y lo público, negociación y espontaneidad, farándula y hegemonía.

Una mañana de diciembre de 1980, Annie se presentó en el piso de John Lennon en Manhattan para fotografiarlo e ilustrar una portada de Rolling Stone. Horas después de concluir la sesión, el músico que le cantaba al amor fue baleado por un psicópata afanoso de pasar a la historia. Luego de una controversia editorial, se publicó la tapa (sin titulares) con la imagen de Lennon desnudo, acurrucado junto a su esposa vestida. Todavía Yoko Ono era “la artista desconocida más famosa del mundo”. A los cuarenta años, John casi terminaba de preguntarse: “¿Y ahora qué me va a pasar?”.

“La vida es siempre la muerte de alguien”, dijo un paranoico iluminado nacido para los manicomios errantes como Antonin Artaud.

La biografía de un personaje convertido en personalidad tiene aura de novela por entregas. Cursos en el Art Institute de San Francisco; inclinación por la fotografía en el cuarto oscuro de una base militar en Filipinas, destino de su padre como Teniente Coronel de las Fuerzas Armadas durante la Guerra de Vietnam; temporadas en un kibutz israelí participando en una excavación realizada en el tempo del rey Salomón; el colofón sería recibir el Premio Príncipe de Asturias (2013) de Comunicación y Humanidades, galardón obtenido en 2003 por su mentora “Osama Bin Sontag”, ícono de la contracultura.

Demi Moore desnuda mostrando siete meses de embarazo en Vainity Fair. Mijaíl Gorbachov sentado en un automóvil con los restos del Muro de Berlín al fondo para una campaña de Louis Vuitton. Fotomontaje de Leonardo DiCaprio y el oso polar Knut (Berlín, 2006-2011) en un glaciar de Islandia. George W. Busch y su Gabinete posando en la Oficina Oval de la Casa Blanca, luego de los atentados de las Torres Gemelas. Suri, hija de los actores Tom Cruise y Katie Holmes, revelando su existencia mediante la cámara de Annie.

Ni a favor ni en contra de nada está quien condujo el retrato a su máxima expresión comercial. Su epitafio podría ser: “Aquí reposa, en paz con su conciencia fashion, una eterna amante del show. A pesar (o debido) a los encargos millonarios, sagas y deudas, Leibovitz llegó a ser el segundo fotógrafo vivo (y primera mujer) en exhibir una muestra retrospectiva en la Galería Nacional de Retratos de Washington D.C (1991).

En el apogeo contestatario de los sesenta, Susan Sontag fue arrestada por manifestarse contra la Guerra de Vietnam. Gracias a ella, Annie visitó Ruanda y Sarajevo para luego dejar de reírse tanto del mundo. Alguien sin pruebas testimoniales aventuró que, para Sontag, las mujeres valientes eran mujeres sin patria. Quizás tenga razón.

“Si no te comprometes con nada, te comprometes con todo el mundo” (Europa 51. Roberto Rossellini).

Durante el mes destinado a la 12 Bienal, Annie llegó a La Habana en avión privado para cumplir otra misión de Vanity Fair. El objetivo era un fotorreportaje a la cantante de sangre caribeña y cabello restaurado Rihanna. Frente al mercado agropecuario Vietnam Heroico del Cerro, desnuda en una cama o en La Guarida, paladar de agenda turística-cinematográfica. Ahí estaba el ojo de Leibovitz inmortalizando a la estrella pop, contaminándose del intercambio cultural Cuba-Estados Unidos fuera de peligro comercial. De paso, cenó en el restaurante La Fontana de Miramar donde probó comida criolla, bebió daiquirí y bailó al son de “La Guantanamera” que cautivó a Beyoncé.

¿Sería posible colocar a Sontag al lado de Annie, aunque esta fuera la antípoda de ese catálogo de mutilados, dementes y prostitutas que Susan distinguía en Diane Arbus? Por supuesto que sí. Cualquier analogía es posible en la “sociedad del espectáculo”, regida por la “emoción publicitaria” que absorbe al triunfador dócil y agobia a perdedores intransigentes. Y quién sino la apasionada Susan Sontag estimuló la “irreprimible excentricidad” que nutre el lente travieso y nada rabioso de Annie Leibovitz, “porque la humanidad puede estar contenida en el idiota de la aldea o en el gran Picasso”.

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