Actualizado el 19 de febrero de 2016

La llamada del tambor

Por: . 2|2|2016

La muchedumbre de bailarinas, porque en el candombe la distribución está clara: las mujeres bailan y los hombres tocan los tambores. Por la bajada de Isla de Flores vienen llamando los tambores. Vienen empujando a una muchedumbre que se mueve como un único cuerpo, articulado al compás. En Santiago de Cuba podría ser una conga; si fuera en Los Hoyos la mejor conga de todas, dicen allí. Pero estamos en Montevideo, en el barrio Palermo, y esto es una comparsa; que así se le dice acá al candombe callejero, el original.

Podría ser cualquier otro barrio, pero tanto Palermo como el Sur son los históricos en esto y es la calle Isla de Flores la más candombera. Va paralela a la costa montevideana y tres calles abajo está la rambla sur, que es como el malecón de La Habana; sólo que nuestro sur apunta al Polo y la brisa es como si abriéramos la puerta del frigorífico. Y el agua que allá abajo lame las rocas, es marrón porque trae el lodo de los ríos desde Brasil, Paraguay, Argentina y el propio Uruguay. Ese caudal da vida al río de la Plata, que no se llama así por el color sino por lo que buscaban los que le pusieron ese nombre.

Pero traíamos la comparsa calles más arriba y los vecinos ya salieron a la vereda a festejar el paso candombero.

Lo encabeza el estandarte con el nombre de la comparsa; luego las banderas con los colores del barrio, que suelen ser los del club de fútbol o de basket. Las agitan horizontalmente de un lado a otro de la calle, abren camino, saludan como enormes alas de mariposas contentas. Detrás las estrellas de cinco puntas y la medialuna, símbolos islámicos que vinieron con los africanos y hoy sólo son elementos decorativos del candombe, como homenajes a la noche estrellada. Se les llama “trofeos”, porque hubo tiempos de choques entre comparsas y se los disputaban, exhibiéndolos luego como trofeos de su victoria callejera.

A continuación los personajes típicos. Primero los escoberos, que abren camino limpiando el espacio con sus escobas que lanzan al aire, se la pasan por el cuerpo, la apoyan en la frente haciendo equilibrio mientras bailan, sacudiendo los caracoles y láminas metálicas del taparrabos de cuero; algunos también usan cascabeles en los tobillos. Abren paso a las diferentes parejas de mamavieja y gramillero. La mamavieja es una señora más entrada en carnes que en años, y lleva un pollerón bien amplio para que se despliegue en sus giros constantes. Algunas llevan una pequeña sombrilla, pero todas tienen su abanico infaltable, porque es el principal elemento de su juego. Bailan, giran, abanicándose coquetas, se cubren apenas el rostro para seducir al gramillero, lo buscan, lo atraen, lo esquivan con picardía. El gramillero es un viejito de barba blanca de algodón, vestido de levita y galera, que usa su bastón como eje de su arte; suele llevar también un pequeño maletín de médico repleto de yuyos curativos, que por eso es el gramillero.

La mamavieja es una señora más entrada en carnes que en años, y lleva un pollerón bien amplio para que se despliegue en sus giros constantes. Algunas llevan una pequeña sombrilla, pero todas tienen su abanico infaltable, porque es el principal elemento de su juego. Si el intérprete es bueno —algunos son muy jóvenes— es el personaje más disfrutable. El gramillero responde al coqueteo de la mamavieja, pero le cuesta llegar. Tiembla con todo el cuerpo y apoyado en su bastón intenta avanzar. A veces inclinado hacia adelante, las manos apoyadas en su bastón y las piernas abiertas, empieza a temblar de la cintura para abajo mientras con la cabeza, rítmicamente, busca a la mamavieja. Levanta un pie pero no logra apoyarlo, se le va cuando lo baja, como si le hubieran sacado el piso donde apoyarse. Otras veces no lo puede levantar, entonces, tiembla que te tiembla, hace fuerza para levantar ese pie que parece agarrado por la tierra. El público lo alienta y él, al son de los tambores, tiembla y sacude la pierna al compás. Finalmente, la tierra lo suelta y sale rápido hacia adelante a punto de caer. Se cae, se cae, se cae, pero no; sólo parece. Todo su movimiento, siempre al compás, es un amague, un juego de farsa. Parece que va hacia la derecha pero no, vuelve hacia la izquierda; parece que pisa con el pie derecho pero no, pisa con el izquierdo; parece que se cae, parece que no puede caminar, parece que si o que no. Avanza temblando, pisando en el vacío, amaga para allá y viene para acá: el gramillero es el rey de la síncopa. El juego de ambos lo es: él intenta conquistar a la mamavieja que le sonríe detrás del abanico; y cuando él está llegando, ella gira moviendo la pollera en amplio despliegue, como un torero evitando el embiste. A lo ancho de la calle, van girando y temblando, mamaviejas y gramilleros, duelo de abanico y bastón, alentados por el vecindario.

Detrás la muchedumbre de bailarinas, porque en el candombe la distribución está clara: las mujeres bailan y los hombres tocan los tambores. Claro que en estos tiempos hay roles que se comparten. Pero como musas nerviosas las bailarinas se despliegan danzantes. Las veteranas que saben, explican que el candombe se baila desde la cintura, no de la cadera. Y desde ahí, entonces, se desparraman a lo largo y ancho, disfrutando el compás; las que más gozan levantan la cara al cielo, como para sentir mejor la música que recorre el cuerpo. Extienden los brazos, sacuden los hombros, giran, lanzan un pie adelante, medio giro ahora, vuelven. De pronto se juntan todas en medio de la calle como una flor y, cuando los tambores rompen en repique, explotan como pétalos en todas direcciones llenando la calle; entonces el público también explota y grita, aplaude y baila en la vereda.

Atrás de ellas las vedettes, término nada autóctono, pero estas son como reinas silvestres, que encabezan la cuerda de tambores. Ellas deben tener presencia y carisma, actitud de mando, bailar con elegancia y llevar la cuerda. Avanzan con ellos colgados detrás, como si tuvieran una red invisible donde atraparon a toda la cuerda de tamborileros. A veces giran y se meten al centro de los tambores como una puñalada, que los abre como carne tierna; entonces bailan entre ellos y se desata la tormenta: repican y truenan los tambores al influjo de estas reinas que, provocado el estruendo, salen y se vuelven a poner al frente, para exhibir su poder, orgullosas. Es allí cuando el bailarín, que está para lucir y servir a esas reinas, las presenta al público para que las honre con su aplauso y festejos.

La cuerda de tambores tiene decenas de integrantes, que avanzan en fila, apretados, caminando al compás. Los tambores alargados, abiertos abajo; arriba lonja de cuero que se percute con palo y mano. Son de tres tipos: el más grande, de sonido grave, marca el compás; es el piano, nombre entendible en este barrio Palermo, ya que se toca más lento; aunque por momentos también repican con furia. El de diámetro más pequeño se llama chico y su toque agudo y monótono debe ser constante y sostenido, ya que es sobre él que se apoya todo. El tercero es el repique, de diámetro mediano y goza de mayor variedad musical, aunque también usa figuras rítmicas repetidas. El repique es el que llama a los otros con toques breves; a veces los ordena, haciendo la clave en la madera del tambor. Es el que desata la tormenta y el que la apaga. Cuando la cuerda viene tocando bien sostenida, serenita, un repique hace un breve fraseo llamando a la conversación; entonces otro repique le contesta imitando el toque o con otro fraseo y luego otro y así van invitando al placer de la música.

La cuerda de tambores tiene decenas de integrantes, que avanzan en fila, apretados, caminando al compás. El candombe, mezcla montevideana de africana herencia, es más que un ritmo, es una voz de identidad. Se ha extendido a todo el país. Lleva doscientos años conquistando Montevideo, hasta ponerle su sonido como música de fondo. En todos los barrios se toca y cuando pasa la comparsa, se alborota el vecindario y se impregna de todo ese contenido, maravillosa síntesis de vidas.

Eso pasó esta tarde en Isla de Flores, al sur de la ciudad. Después, nos fuimos a la rambla sur a tomar una cerveza, felices de la llamada y, si la noche está cálida y no hay brisa helada, uno puede recordar las que tomó en el malecón habanero, oyendo similares sones. Y la llamada sigue llamando, llamándonos, a todos mezclados, todos encontrados con todos al ritmo de la vida y el tambor.

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