Actualizado el 19 de febrero de 2016

Ritual pagano

Por: . 2|2|2016

 

Estadio Centenario, construido para la celebración de la primera Copa Mundial de Fútbol en 1930.

“Estábamos, estamos, estaremos

juntos. A pedazos, a ratos,

a párpados, a sueños.”

Bodas de perlas,

Mario Benedett

Porfiado con la rutina del diario vivir, el hombre busca lo impredecible. Cada uno de sus pasos anuncia que lo importante no es lo que dejó atrás, sino hacia donde se dirige. Lleva la camiseta de su equipo en el hombro izquierdo, como si fuera un bebé dormido; en su mano derecha sostiene un teléfono al que contempla atento, vaya uno a saber buscando qué cosa. Tiene los nervios y la calma de quien va al confesionario. Su tranco no mira al frente, sólo le basta un pequeño paneo para saber que la brújula funciona bien. Corre con cierta ventaja: el faro, ese que todos llaman “la Torre de los Homenajes”, pincha el cielo y se ve prácticamente desde cualquier ángulo de Montevideo. La torre es el mástil sagrado del estadio Centenario, templo del fútbol uruguayo donde a veces el destino se vuelve evidente y en otras parece inverificable. El hombre avanza con la creencia de ir a un partido de fútbol, cosa que nunca podría desmentirse, pero lo que realmente hace es ir a definir una gran porción arqueológica del país celeste: no hay discurso que pueda mejorarnos.

Desde que alguien puso la idea en el imaginario colectivo, el estadio nació por méritos pasionales. Un año antes de que el país celebrara el centenario de la Jura de la Primera Constitución de la República el 18 de julio de 1930, con un Uruguay que ostentaba el doble campeonato olímpico de fútbol, en París 1924 y Ámsterdam 1928, el genotipo uruguayo dejaba ver su hilacha: celebremos, sí, pero con fútbol. Con economía pujante y títulos bajo el brazo, el gobierno de la época se propuso construir un estadio gigante para recibir, además de en otras dos canchas, la primera Copa Mundial de Fútbol. Fue bien a lo nuestro, todo impulso: edificar una obra donde meter 80.000 almas en un período de seis meses. Cuenta la leyenda que en el partido inaugural del estadio, cuando jugaron Uruguay y Perú, el cemento aún estaba fresco.

El partido Uruguay-Bolivia se disfruta en una pantalla pública frente a edificio de la Intendencia.Se necesitaron alrededor de 500 trabajadores, se utilizaron 14.000 m3 de hormigón y se movieron 160.000 m3 de tierra, pero se hizo. El lugar elegido fue el Parque de los Aliados —hoy llamado José Batlle y Ordóñez—, una zona que con el tiempo se transformó en uno de los pulmones céntricos de la ciudad, donde respirar verde sólo cuesta vida. Para mejor, como si fuera un capricho, el parque —y el estadio— funcionan como epicentro de varias avenidas. Por más tupido que sea el bosque, el coloso de cemento se ve desde cualquier lado; así somos, eso nos importa. Desembocar en el fútbol es cosa cotidiana.

Desde cuando el fútbol no era la guarangada siglo XXI que intentan vendernos, sino aquel arte en pocos colores que se hacía por deseo —como cuando el bandoneonista se estremece ante el último suspiro de su fuelle—, la personalidad del país pica como una pelota, tal vez porque el fútbol es la única manera que encontramos de enfrentarnos con los poderosos del mundo.

Tanto los disgustos como las satisfacciones repercuten en nuestros actos, desde los éxitos de 1930, y de 1950 en Maracaná (Río de Janeiro, Brasil), hasta el propio karma del “Maracanazo” y la desidia de no ganarle a nadie. Por loco que parezca, en este juego de once contra once aprendimos que la búsqueda del placer también significa el miedo de perder lo que más se quiere. El fútbol representa tanto en la idiosincrasia del uruguayo que el grado de frustración se eleva a niveles incalculables cuando a las derrotas siguen más derrotas. De ahí que muchas veces Uruguay sea ese lugar del planeta donde los individuos se justifican a sí mismos por la negatividad; algo que el músico y letrista compatriota Walter Bordoni ya escribió: “Siempre con la misma milonga aferrados al dogma del fiel perdedor”.

Alguna vez uno de los boleteros del estadio fue el escritor Juan Carlos Onetti. No hay metáfora: vendedor de ilusiones, como lo denominó el mexicano Juan Villoro. Entrada en mano y al teatro circular. En ocasiones, sin exagerar, da la sensación de que nuestras obras teatrales duran religiosos noventa minutos de función, divididos en dos mitades iguales separadas por quince minutos de intervalo. La trama es el salvoconducto para la supervivencia.

Adentro, cada uno se ubica de acuerdo al bolsillo. Las diferencias sociales quedan plasmadas según las tribunas: la América para las billeteras gordas; la Olímpica, que sostiene la Torre de los Homenajes, flamea clase media; Ámsterdam y Colombes, ambas cabeceras, son el pueblo y sus cargas. En el césped, por su parte, se depositan la euforia, la paz, el deseo, la desconfianza, las supersticiones, el deber; sí, la supervivencia, desde el inocente niño que asiste al partido con una ilusión similar a escribirle la carta a los Reyes Magos, hasta el veterano que, aun sabiéndoselas todas, deja abierta la hendija de la utopía.

Pared pintada por hinchas del Peñarol en las inmediaciones del Palacio Peñarol "Cr. Gastón Guelfi", sede del club.Termina el partido, pero nunca se apagan las luces del estadio. El denominado Monumento Histórico del Fútbol Mundial, único en su especie, apenas puede descansar en paz. El hombre se va tras el culto. El resultado proyectará si las oraciones semanales serán de agradecimiento, de perdón o de petición.

Cae el sol. Ya no pica y la noche comienza a presentarse como la compañía perfecta. Frente al templo del fútbol, una comparsa llamada La Tangó hace candombe con tambores que miran de reojo, en señal de reverencia. El hombre, de frente, observa inmóvil la cadencia del milongón. En su espalda el fútbol, esa magia que permite que los uruguayos soñemos sin dormir.

 

*Fermín Méndez, Mintxo, nació en Mercedes, departamento de Soriano, Uruguay, en 1980. Es periodista desde 2002 y actualmente trabaja como redactor de la diaria. Escribió a cuatro manos, junto al futbolista Agustín Lucas, el libro de crónicas El lado B. Lo que uno hace por el otro (Ediciones Túnel)

 

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